"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.
La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente
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CAPÍTULO 9: El Tablero Imperial y la Red de Espías
Tras la abrumadora demostración de poder, la dinámica en el ducado de Beaumont dio un giro de ciento ochenta grados. El duque Alistair canceló de inmediato la llegada de la Baronesa Thorne; ya no había necesidad de moldear a una novia perfecta para el sacrificio político. Elaria ya no era un peón, sino la reina indiscutible del tablero.
En las semanas siguientes, las sesiones secretas en el despacho del Duque se volvieron rutinarias. Custodiados por la lealtad inquebrantable de Cedric, Alistair le reveló a Elena los secretos más oscuros de la corona. El Emperador no solo vigilaba a los Beaumont por su antigua magia; planeaba absorber el ducado por completo utilizando una red de espías de élite llamados “Las Sombras de Ébano”.
—La sanadora de la corte que te evaluó era una de ellas —explicó el Duque una noche, extendiendo un mapa del Imperio sobre su escritorio de caoba—. Envió el reporte de tu núcleo ‘inactivo’, pero el Emperador es un hombre paranoico. No se quedará de brazos cruzados. Enviará a su mano derecha a confirmar la debilidad de nuestra estirpe.
—Que venga —respondió Elaria, balanceando sus pequeñas piernas desde una silla que le quedaba inmensa—. Si el Imperio quiere jugar al ajedrez, les enseñaremos quién controla las reglas.
La predicción del Duque se cumplió apenas un mes después. Los estandartes dorados del Imperio ondearon en las puertas del castillo de Beaumont con la llegada del Marqués Volkov, el implacable consejero imperial. Un hombre de ojos de serpiente y una sonrisa ensayada que ocultaba intenciones venenosas.
El banquete de bienvenida fue una farsa de cortesía aristocrática. Volkov observaba cada movimiento de Elaria con una fijeza depredadora, buscando cualquier atisbo de engaño.
—Es una lástima lo de la pequeña milady —siseó Volkov, alzando su copa hacia el Duque—. El Imperio esperaba una gran tejedora de Weave para las futuras filas del ejército celestial. Una niña sin magia... es un desperdicio de sangre noble. Su única utilidad ahora será un matrimonio de bajo rango para asegurar las fronteras.
Cedric apretó los dientes, conteniendo el impulso de desenvainar su espada, pero una sutil mirada de Elaria lo detuvo.
Elena, usando la astucia y madurez de su vida pasada, decidió que era hora de darle al enviado imperial una advertencia que jamás olvidaría, sin romper su fachada de niña indefensa.
Mientras el sirviente vertía vino en la copa de oro del Marqués Volkov, Elaria fijó su mente en el líquido. Utilizando la manipulación elemental absoluta que había perfeccionado en secreto, alteró sutilmente el Weave del aire y el agua a la distancia. No desató fuego ni levantó rocas; fue un ataque invisible.
En el instante en que Volkov llevó la copa a sus labios, el vino se congeló por completo dentro del cáliz, convirtiéndose en un bloque de hielo negro y sólido. Al mismo tiempo, el aire alrededor de la silla del Marqués se volvió tan denso y gélido que su propia respiración se transformó en escarcha instantánea, aprisionando sus botas al suelo con una fina pero irrompible capa de hielo.
El Marqués palideció, ahogándose con el repentino frío. Miró a su alrededor con pánico, pero nadie en el salón parecía notar nada extraño. El Duque Alistair continuaba cortando su carne con una calma imperturbable, y Cedric sonreía de medio lado.
Elaria miró fijamente al tembloroso emisario y, con una voz infantil que resonó con un eco mental aterrador solo en la cabeza de Volkov, le envió un mensaje directo:
—Dile al Emperador que los Beaumont ya no obedecen a las sombras. Si vuelve a estirar su mano hacia este castillo, congelaré la sangre en sus venas antes de que pueda pestañear.
Con un pestañeo de la niña, el hielo se derritió instantáneamente, devolviendo el vino a su estado líquido y liberando las botas del hombre, quien respiraba agitado y con la frente empapada de sudor frío. Volkov se levantó de la mesa, tirando la silla hacia atrás, completamente aterrorizado. Sin despedirse, abandonó el salón a toda prisa rumbo a la capital. El juego diplomático había terminado. El enfrentamiento final contra el Imperio estaba oficialmente declarado.