En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 5: La verdad comienza a despertar
El callejón quedó envuelto en un silencio tenso.
La lluvia seguía cayendo, pero nadie parecía prestarle atención.
Liam observaba al imponente desconocido que se había interpuesto entre él y los tres vampiros. Su presencia imponía respeto; cada movimiento transmitía la experiencia de alguien que había sobrevivido a incontables batallas.
Boreas dio un paso al frente.
—Marchaos.
El vampiro de mayor estatura sonrió con desprecio.
—¿Crees que puedes protegerlo para siempre?
—No.
—Entonces tarde o temprano será nuestro.
Los ojos azules de Boreas brillaron con intensidad.
—Pero hoy no.
Sin previo aviso, el Alfa desapareció de la vista.
Un estruendo sacudió el callejón.
El vampiro salió despedido contra la pared de un edificio, dejando un enorme cráter en el concreto.
La mujer de cabello blanco intentó atacarlo por la espalda, pero Boreas la sujetó del cuello antes de que pudiera tocarlo.
—Eres demasiado joven para enfrentarte a mí.
La lanzó varios metros, donde rodó por el suelo antes de incorporarse con dificultad.
El tercer vampiro comprendió que estaban en desventaja.
—¡Retirada!
Los tres desaparecieron entre las sombras con una velocidad impresionante.
Boreas no los persiguió.
Sabía que aquello solo era el comienzo.
Liam seguía inmóvil.
Miró sus manos. Las garras habían desaparecido.
Parecían completamente humanas.
—¿Qué... qué soy yo?
Boreas giró lentamente hacia él.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sonrió con cierta nostalgia.
—Te pareces demasiado a tu padre.
Aquellas palabras hicieron que Liam sintiera un escalofrío.
—¿Conociste a mis padres?
—Los conocí.
—Entonces... ¿están vivos?
El silencio de Boreas fue suficiente respuesta.
Liam bajó la cabeza.
Aunque no los recordaba, una profunda tristeza nació en su pecho.
—Lo siento... —dijo Boreas—. Eran grandes líderes.
Antes de que pudiera seguir hablando, se escuchó el sonido de un motor.
Un viejo automóvil se detuvo al comienzo del callejón.
La puerta se abrió apresuradamente.
—¡Liam!
Era Rowan.
Al ver a Boreas, el anciano quedó paralizado.
Sus ojos se llenaron de sorpresa.
—¿Alfa... Boreas?
El enorme guerrero inclinó ligeramente la cabeza.
—Ha pasado mucho tiempo, Rowan.
El anciano caminó hasta él y, por un instante, ambos permanecieron en silencio.
Después se abrazaron como dos viejos amigos que creían que nunca volverían a verse.
Liam observaba la escena sin comprender nada.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?
Rowan respiró profundamente.
Había llegado el momento que llevaba casi veinte años intentando retrasar.
Lo miró a los ojos.
—Hijo...
No eres mi hijo de sangre.
Liam sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué...?
—Te encontré siendo apenas un bebé.
Tu verdadero hogar no pertenece a este mundo.
Todo lo que conoces...
Todo lo que creías sobre tu vida...
Es solo una parte de la verdad.
Liam dio un paso atrás.
—No...
Eso no puede ser.
—Desearía estar equivocado.
Pero ya no puedo seguir ocultándotelo.
Boreas colocó una mano sobre el hombro del joven.
—Tu verdadero nombre no es Liam.
Es el nombre que Rowan te dio para protegerte.
Tu nombre de nacimiento...
El nombre que hace temblar a los viejos enemigos de los hombres lobo...
Es Aiden Kael Draven, heredero de la Casa Draven y legítimo Alfa del Reino de la Luna Plateada.
El corazón del joven dio un vuelco.
En el instante en que escuchó ese nombre, una oleada de imágenes invadió su mente.
Un castillo en llamas.
El llanto de una mujer.
El rugido de un hombre.
Y unos ojos rojos observándolo entre el fuego.
Llevándose las manos a la cabeza, cayó de rodillas mientras un dolor insoportable recorría todo su cuerpo.
La luna, oculta tras las nubes, emergió de repente e iluminó el callejón con un resplandor plateado.
A lo lejos, en un antiguo castillo oculto entre montañas, una figura sentada en un trono abrió lentamente los ojos.
Sonrió.
—Así que... al fin despertaste, pequeño Alfa.
El verdadero juego... acaba de comenzar.