Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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capitulo 11
Seinec y Murac regresaron en el auto después de compartir una cena tranquila. Al detenerse frente a la casa, el ambiente se sentía cálido a pesar de la noche.
—Muchas gracias por la cena —dijo Seinec con una sonrisa agradecida.
—No comiste postre —observó Murac, mirándola de reojo.
—Estoy bien, gracias.
Murac apagó el motor del auto, la miró fijamente y le propuso con tono amable:
—¿Te preparo un café turco?
—No podré dormir si tomo café a esta hora —respondió ella, negando suavemente con la cabeza—. Además, me levantaré temprano mañana, tengo mucho que hacer. Dejémoslo para otra ocasión.
—Está bien —sonrió él de medio lado—. Entonces me debes un café.
Antes de que Seinec pudiera reaccionar, Murac bajó rápidamente del auto.
—Espera, espera —le dijo, mientras abría una sombrilla para protegerse de las gotas que caían con fuerza. Cambió de lado y le abrió la puerta del carro a ella.
—¿Qué haces? ¡Te estás mojando! —le reclamó Seinec preocupada, al ver cómo la lluvia golpeaba sus hombros.
—No importa, ven —insistió él, extendiéndole la mano.
—Llueve mucho...
—Acércate —le pidió Murac con voz suave, cubriéndola por completo con la sombrilla.
Caminaron juntos, muy juntos, resguardados del frío hasta llegar al porche de la entrada. Al estar bajo techo, ella se volteó hacia él.
—Gracias por todo. Buenas noches.
Murac se quedó observando la fachada oscura antes de responder.
—Seinec... sabes que dejarte aquí sola en la noche no me deja tranquilo.
—¿Qué va a pasar, Murac? Esta es la casa donde crecí —respondió ella, intentando calmar su preocupación.
Él dio un paso al frente y la miró con total seriedad.
—Escucha, Seinec. Si te sientes sola o angustiada, puedes llamarme. Me sentiré mucho más tranquilo si lo haces.
—Bueno —asintió ella, conmovida por su caballerosidad—. Te llamaré si me siento sola o angustiada, no te preocupes, lo haré.
—¿Es una promesa?
Seinec asintió con la cabeza, regalándole una última mirada.
—Nos vemos.
—Lo mismo digo —respondió él, antes de dar la vuelta bajo la lluvia.
Al día siguiente, la realidad era completamente distinta en otra parte de la ciudad. Borans y la pequeña Zerimar amanecieron en medio del parque, profundamente dormidos dentro del auto.
Los primeros rayos de sol despertaron a la pequeña. Al mirar la hora en su teléfono, se alarmó por completo.
—¡Voy a llegar tarde a la escuela! —exclamó angustiada. De inmediato, empezó a mover al hombre de los hombros—. ¡Borans, despierta! ¡Despierta! Llegaré tarde a la escuela, ¡despierta, vamos!
Borans se sobresaltó por el sacudón, moviéndose bruscamente, y terminó pegando la cabeza con fuerza contra el volante. El claxon del auto sonó con un estruendo corto.
—¡Ay! ¿Qué pasa? —gritó Borans, sobándose la frente.
—¡Ay, mis oídos! —se quejó Zerimar, tapándose la cabeza por el bocinazo.
—¡Mi cuello! —rezongó él, estirándose con dolor.
—¡Uff, tienes que llevarme a la escuela ya!
—Por todos los cielos, no empieces tan temprano —gruñó Borans de mal humor.
Zerimar miró a su alrededor, desesperada por las condiciones en las que estaban.
—¿Dónde me cambio de ropa? ¿Dónde me lavo la cara? ¿Dónde me cepillo los dientes?
—Entre dormido, a mí qué me importan tus dientes —respondió él de mala gana, dándole la espalda—. Puedes hacer lo que sea, adelante.
—Necesito que me des dinero —le exigió la niña.
—¿Pero qué dices? Si te di dinero hace poco
—reclamó él, frunciendo el ceño.
—Tuve que pagar el taxi cuando iba camino a casa a ayudar a Seinec.
—¡No debiste hacerlo! —le reprochó Borans con rabia—. Si no hubieras aparecido, ahorita mismo seríamos ricos. ¡Mira cómo estamos! Apenas podemos dormir en este cacharro.
—¿Y qué voy a comer? —preguntó ella con un nudo en la garganta.
Borans simplemente la ignoró, se acomodó la chaqueta encima y se volteó por completo para seguir durmiendo.
Zerimar, con el corazón apretado, salió del carro como pudo y buscó un rincón privado para cambiarse de ropa. Al terminar, vio que Borans seguía roncando sin importarle nada.
Decidió no perder más tiempo y se fue caminando a toda prisa, casi corriendo, para intentar salvar el día.
Cuando por fin llegó al colegio, abrió la puerta del salón con timidez.
—Buenos días, maestra...
La maestra se dio la vuelta, miró el reloj de la pared y luego a la niña con evidente preocupación.
—Zerimar... es casi medio día. ¿Dónde has estado?
—Eh... maestra, siento mucho haber llegado tarde —respondió, bajando la mirada.
—Ayer tampoco viniste —le recordó la profesora, cruzándose de brazos con tono serio pero preocupado—. ¿Qué está pasando?
—Eh, lo que pasó es que... —titubeó Zerimar, inventando una excusa en su mente.
La maestra suspiró y caminó hacia la puerta.
—Acompáñame, por favor.
La llevó al pasillo para hablar a solas. Al estar allí, se agachó un poco para quedar a su altura.
—Zerimar, dime la verdad... ¿Está pasando algo malo en casa?
Zerimar tragó saliva, sintiendo el peso del secreto de estar viviendo en un auto, y mintió para proteger a Borans:
—No, maestra.
—¿Y entonces cuál es el problema? —insistió
la profesora, mirándole el uniforme desarreglado—. Ni siquiera te has amarrado el cabello hoy.
La pequeña, tratando de disimular su nerviosismo, le sonrió de manera inocente y empezó a acomodarse el pelo con las manos.
—Lo estoy haciendo ahora mismo, vea.
La maestra la miró con tristeza, sabiendo que la niña ocultaba algo.
—Zerimar, necesito hablar con tu padre lo antes posible. ¿Entiendes?
—Bueno, maestra, se lo diré... —respondió la pequeña con desánimo—, pero no sé si venga.
—No importa —sentenció la profesora, poniéndole una mano en el hombro—. Tú dile que la profesora necesita hablar con él urgentemente. Ahora, entra al salón.
Al entrar de nuevo al aula, la maestra se dirigió al resto del grupo en voz alta:
—A ver, niños, ¿terminaron de escribir?
—¡Sííí! —respondieron todos los alumnos al unísono, mientras Zerimar caminaba en silencio hacia su asiento.