Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 4: La Ira Contractual
El cielo sobre el Sector 42 estaba teñido de un rojo enfermizo. No era el atardecer; era la manifestación residual de un demonio Clase III que había logrado rasgar parcialmente la membrana entre realidades. La mansión Vanderbilt, una fortaleza moderna de tres pisos con jardines holográficos y sistemas de defensa de última generación, quedaba a solo cuatrocientos metros de la anomalía.
Tres equipos de hélix —dieciséis operadores en total— descendieron de tres transportes aéreos blindados. Las hélices silenciosas apenas emitían ruido gracias a la tecnología de supresión acústica. Marcus Hale había dado la orden clara: intervención total, tarifa triple, y discreción absoluta.
El capitán del Equipo Delta, una mujer llamada Irina Voss, de treinta y seis años, aterrizó primero. Su armadura Abyssal Mark III brillaba con un negro mate bajo las luces de emergencia. El visor táctico proyectaba datos en tiempo real: niveles de energía demoníaca en 87% y subiendo.
—Delta, Sigma y Omega, formación en abanico —ordenó por el canal encriptado—. Objetivo principal: neutralizar al Clase III. Secundario: proteger la mansión Vanderbilt. No se aceptan daños colaterales a la propiedad del cliente. Cualquier baja civil fuera del contrato será ignorada.
Los cazadores respondieron con afirmaciones cortas. Eran profesionales. Bien pagados, bien equipados y con incentivos por eficiencia. Ninguno pensaba en heroísmo esa noche.
El demonio se manifestó completamente a los pocos minutos. Era una entidad colosal, de casi nueve metros de altura, con un cuerpo que parecía una amalgama de carne putrefacta, metal retorcido y sombras vivientes. Sus múltiples brazos terminaban en garras que destilaban un ácido corrosivo capaz de derretir el hormigón reforzado. De su torso brotaban ojos que parpadeaban constantemente, alimentándose del miedo que generaba su mera presencia.
—¡Contacto! —gritó el francotirador de Sigma desde un techo cercano.
El primer disparo fue una bala de plasma bendito cargada con un inhibidor mágico. Impactó en uno de los brazos centrales, provocando un rugido que hizo vibrar las ventanas de las casas cercanas.
Irina avanzó con su escuadra. Llevaban rifles de ráfaga pesada, granadas de fragmentación consagrada y un cañón portátil de contención de portales. hélix no escatimaba en tecnología cuando el cliente pagaba bien.
—¡Mantengan distancia! —ordenó Irina—. No dejen que os toque. Recordad el briefing: Clase III con capacidad de regeneración acelerada y manipulación de miedo.
El demonio cargó. Sus pisadas abrían grietas en el pavimento. Un miembro del Equipo Omega fue demasiado lento; un brazo lo alcanzó de refilón y lo lanzó contra una pared. El impacto rompió varios huesos, pero la armadura salvó su vida. Dos compañeros lo arrastraron a cubierto mientras los demás abrían fuego.
Las balas trazadoras iluminaban la noche. Cada impacto arrancaba trozos de carne corrupta que se disolvía en humo negro. El demonio contraatacó lanzando púas óseas que atravesaban el aire como misiles. Una de ellas alcanzó a un operador de Delta en el hombro, perforando la armadura. El hombre gritó cuando el veneno comenzó a quemar su carne.
—Herido en Delta-4 —reportó Irina con voz fría—. Extraigan y continúen. No detengan el avance.
Desde la mansión Vanderbilt, los dueños observaban todo a través de cámaras de seguridad. El señor Vanderbilt, un magnate de la industria farmacéutica, ya había transferido el pago adicional. Para él, esto no era más que un inconveniente caro que debía resolverse rápido.
El combate duró casi cuarenta minutos. Los equipos de hélix utilizaron tácticas precisas: distracción con drones armados, fuego concentrado en las articulaciones y, finalmente, el despliegue del cañón de contención. Cuando el demonio cayó de rodillas, rugiendo de furia, Irina se acercó y clavó un núcleo de supresión directamente en su torso principal.
La criatura se convulsionó. Su cuerpo comenzó a desintegrarse en partículas de energía oscura que fueron absorbidas por los recolectores portátiles de hélix. No dejarían que esa esencia se perdiera. Todo era recurso.
—Objetivo neutralizado —anunció Irina al comando central—. Tres heridos, ninguno crítico. Daños a la mansión: mínimos. Solicito permiso para retirada y limpieza.
Desde la Torre hélix, Marcus Hale respondió personalmente:
—Excelente trabajo, capitana Voss. Cobren el bono por rapidez y regresen. Los recolectores de esencia deben llegar intactos al laboratorio.
Mientras los equipos recogían equipo y heridos, el aire en el Sector 42 parecía más pesado. Nadie lo notó. Los sensores de hélix registraron solo una ligera fluctuación residual, catalogada como “normal post-eliminación”. Los operadores, cansados pero profesionales, comentaban entre ellos sobre el bono que recibirían esa noche.
—Otro día más —murmuró uno mientras subía al transporte—. Mañana toca patrulla rutinaria en la Zona Dorada. Al menos pagan bien.
Ninguno percibió las pequeñas fisuras invisibles que comenzaban a formarse en el tejido de la realidad.
En el Convento de la Sagrada Misericordia, Verónica estaba arrodillada en la capilla principal, como era su costumbre antes de dormir. La hora era avanzada, casi las tres de la madrugada. Solo una vela iluminaba el altar. Sus manos estaban entrelazadas con el rosario entre los dedos.
De pronto, su cuerpo se tensó. Un escalofrío recorrió su columna vertebral, tan intenso que sus mechas carmesíes parecieron vibrar bajo el velo. Abrió los ojos azules de golpe. No había nadie más en la capilla.
Nadie más podía sentirlo.
Era como si miles de agujas diminutas perforaran la membrana entre el mundo humano y el abismo demoníaco. No era un portal grande. Eran fisuras. Pequeñas, múltiples, extendiéndose como grietas en un cristal golpeado. Algunas en los Barrios Bajos. Otras cerca del Distrito Industrial. Una, especialmente inquietante, muy cerca del Sector 42, donde hélix acababa de actuar.
Verónica respiró profundamente, manteniendo su postura serena. Su rostro no cambió. Solo en la profundidad de sus ojos apareció esa frialdad gélida que nadie más conocía.
«Están aumentando», pensó. «No es un aumento normal de actividad. Es el velo mismo el que se debilita.»
No era algo que pudiera compartir aún. Ni con el Padre Superior, ni con el hermano Mateo. Nadie creería que una simple monja transcriptora podía percibir algo que los mejores sensores de hélix y la Orden de San Miguel no detectaban.
Se levantó con elegancia. Caminó hasta la ventana de la capilla y miró hacia la ciudad. Las luces seguían brillando. Los transportes de hélix regresaban a su torre. Todo parecía normal.
Pero ella lo sabía. Las fisuras estaban ahí. Y pronto, lo que se filtraba a través de ellas no serían solo demonios Clase I o II. Algo más grande se estaba gestando.
Regresó a su celda en silencio. Se quitó el velo y dejó que su cabello rubio dorado cayera. Las mechas carmesíes brillaban con una intensidad sutil, como si respondieran a la llamada lejana del abismo.
Se arrodilló nuevamente junto a su cama, entrelazando las manos.
Su voz fue apenas un susurro:
—Que el Señor nos dé fuerza… porque la noche se acerca más rápido de lo que creen.
Nadie más en la ciudad durmió con la certeza de lo que estaba por venir. Solo Verónica lo presintió. Y guardó ese conocimiento en lo más profundo de su ser, junto a la otra faceta que aún permanecía dormida.
**Equipo hélix – Detalles Operativos**
Irina Voss supervisaba la extracción de la esencia demoníaca. Los recolectores eran cilindros plateados que brillaban con runas corporativas. Cada uno valía una fortuna en el mercado negro, pero hélix los usaría en sus laboratorios para mejorar las nuevas armaduras.
Uno de los operadores heridos, un joven llamado Karl, se quejaba mientras le aplicaban nano-médicos.
—Capitana… ese hijo de puta casi me arranca el brazo. ¿Vio cómo nos miró? Como si supiera que solo estamos aquí por dinero.
Irina lo miró con frialdad.
—Estamos aquí porque nos pagan por estar aquí. Si quieres jugar a ser héroe, únete a los curas. hélix no paga por ideales.
Karl guardó silencio. Sabía que tenía razón. Su sueldo le permitía mantener a su familia en un apartamento seguro en la Zona Media. Eso era suficiente.
Mientras cargaban el último contenedor, uno de los sensores portátiles parpadeó. Una lectura extraña: un pico de 0.03% en distorsión dimensional. El técnico lo descartó como error de calibración post-combate.
—Todo en verde —reportó.
Irina asintió.
—Regresamos.
Los transportes se elevaron en la noche, dejando atrás el cráter donde había caído el demonio. El pavimento aún humeaba. En las grietas del suelo, pequeñas líneas negras, casi invisibles, palpitaban con energía que ningún humano normal podía detectar.
**De regreso en la Torre hélix**
Marcus Hale recibió el informe completo mientras cenaba un filete wagyu en su comedor privado. Sonrió satisfecho al ver las cifras: costo de operación 1.8 millones, ingreso 6.4 millones. Margen excelente.
—Victoria, prepara el comunicado para el cliente —dijo a través del comunicador—. “hélix garantiza su seguridad incluso ante amenazas Clase III”. Que lo usen en su próxima campaña de imagen.
Se recostó en su silla, mirando la ciudad. Todo iba según lo planeado. Los demonios seguían siendo un excelente motor económico. Mientras siguieran apareciendo, hélix seguiría creciendo.
Ningún dato en sus pantallas mostraba las fisuras crecientes. Los algoritmos de predicción no estaban calibrados para detectar un debilitamiento estructural del velo mismo. Eso estaba fuera de su modelo de negocio.
Verónica, en su celda, no podía dormir. Se sentó en la cama y cerró los ojos, extendiendo sus sentidos. Las fisuras eran como pequeñas heridas sangrantes en la realidad. Algunas ya dejaban escapar rastros de energía demoníaca que se filtraban en los sueños de la gente.
Sintió una en particular, cerca de los Barrios Bajos, que parecía más inestable. Mañana tendría que salir otra vez. No como cazadora —todavía no—, sino como la monja que ayuda. Pero sabía que el momento en que tendría que revelar su otra faceta se acercaba.
Las mechas carmesíes en su cabello parecieron palpitar una vez más antes de que se durmiera.
La ciudad dormía ignorante. Las fisuras continuaban abriéndose, lentas, silenciosas, inevitables.