Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Un pasado olvidado
La noche había caído sobre Kilop.
Las calles comenzaban a vaciarse mientras las luces de la ciudad iluminaban la oscuridad.
Arlen y Luna caminaban de regreso al refugio.
Todavía podían escuchar las risas de los niños en sus recuerdos.
Durante varios minutos ninguno dijo nada.
Simplemente disfrutaron del momento.
Hasta que Luna rompió el silencio.
—Creo que deberíamos guardar este pequeño secreto.
Arlen la miró.
—¿Qué secreto?
—El refugio.
Lo que hicimos hoy.
Arlen abrió los ojos.
—¿Mentir?
—No exactamente.
—Eso suena mucho a mentir.
Luna comenzó a reír.
—Sólo no decir toda la verdad.
Arlen permaneció pensativo unos segundos.
Y después una sonrisa apareció en su rostro.
—Nunca mentí.
—¿En serio?
—Nunca.
Luna se quedó mirándolo.
Entonces comenzó a reír todavía más.
—Eres increíble.
—¿Por qué?
—Porque te emocionas por cosas que cualquier otra persona consideraría normales.
Arlen también terminó riéndose.
Y por algún motivo...
Aquello le gustó.
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Cuando llegaron al refugio ya era completamente de noche.
Y alguien los estaba esperando.
Ailén.
Sentada sobre una baranda con los brazos cruzados.
—Llegaron.
Dijo.
—Hola.
Respondió Luna.
—¿Dónde estaban?
Preguntó Ailén.
Arlen respondió inmediatamente.
—Entrenando.
Luna giró lentamente hacia él.
Ailén también.
Silencio.
—Arlen.
Dijo Ailén.
—Sí.
—Mientes horrible.
Luna tuvo que taparse la boca para no reír.
Arlen se rascó la cabeza.
—Lo estaba intentando.
—Lo noté.
Ailén suspiró.
Pero no insistió.
Ella también tenía secretos.
Y entendía perfectamente cuándo alguien no estaba listo para hablar.
—Bueno.
Dijo Arlen.
—Creo que entrenaré un poco más.
Ailén arqueó una ceja.
—¿Otra vez?
—Me siento raro.
—¿Raro?
—Diferente.
La alegría seguía presente en su mirada.
Era evidente.
Ailén lo observó unos segundos.
—Yo observaré entonces.
—Está bien.
Luna levantó una mano.
—Yo me voy a bañar.
Y desapareció por uno de los pasillos.
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Poco después.
Arlen y Ailén llegaron al campo de entrenamiento.
Pero no estaban solos.
Adrián estaba sentado en una de las gradas.
Sosteniendo una taza de café.
Tranquilamente.
Como si fuera el lugar más normal del mundo para tomar algo.
Arlen lo señaló.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Adrián levantó la taza.
—Entrenando.
—Con café.
—Es una técnica avanzada.
Ailén soltó una carcajada.
—Nadie te cree.
—No necesito que me crean.
Necesito mi café.
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Arlen negó con la cabeza.
Y comenzó.
Al principio fueron movimientos simples.
Golpes.
Patadas.
Desplazamientos.
Pero poco a poco...
Algo llamó la atención de Adrián.
Su expresión cambió.
Y comenzó a observar con más cuidado.
Cada movimiento.
Cada postura.
Cada transición.
Todo parecía natural.
Pero también...
Extrañamente antiguo.
Ailén lo notó.
—¿Qué ocurre?
Preguntó.
Adrián no respondió enseguida.
Sus ojos permanecían sobre Arlen.
—Ese estilo...
Murmuró.
—¿Qué tiene?
—Lo vi antes.
Ailén frunció el ceño.
—¿Dónde?
—No lo recuerdo.
Pero no fue en una batalla.
Fue en un libro.
Un libro muy viejo.
Arlen continuó entrenando.
Ajeno a la conversación.
Sus movimientos eran precisos.
Eficientes.
Como si hubiera repetido aquellas técnicas miles de veces.
Durante años.
O décadas.
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Finalmente se detuvo.
Respirando con calma.
Ailén le acercó una botella de agua.
—Gracias.
Arlen bebió varios tragos.
Y sonrió.
—¿Lo hice bien?
—Sí.
Respondió Ailén.
—Muy bien.
—Demasiado bien.
Añadió Adrián.
Aquello llamó la atención de Arlen.
—¿Qué significa eso?
Adrián apoyó la taza vacía sobre un banco.
—¿Quién te enseñó a pelear?
—Mi padre.
Respondió Arlen.
Y al decirlo sintió una pequeña punzada en el pecho.
Adrián negó lentamente.
—Es difícil creer que alguien enseñara esa técnica completa.
Arlen permaneció en silencio.
Porque sabía que tenía razón.
Genaro le había enseñado muchas cosas.
Pero no todo.
Ni siquiera cerca.
—Entonces no lo sé.
Respondió.
—Simplemente me sale natural.
Adrián lo observó durante unos segundos.
—Dime algo.
En el lugar del que vienes...
¿Nunca peleaste?
Arlen abrió la boca.
Y después se quedó quieto.
Porque no tenía una respuesta.
Recordaba salir de aquella puerta.
Recordaba despertar.
Recordaba a su padre.
Pero antes de eso...
Nada.
Absolutamente nada.
—No me acuerdo.
Adrián asintió lentamente.
Como si aquella respuesta fuera incluso más preocupante.
Terminó el último sorbo de café.
—Buenas noches.
Y se marchó.
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Ailén lo observó alejarse.
—Está preocupado.
—Todos parecen preocupados.
Respondió Arlen.
—Menos tú.
—Yo también estoy preocupado.
—No parece.
Arlen sonrió.
—Porque estoy cansado.
Y preocuparme requiere demasiado esfuerzo.
Ailén soltó una carcajada.
—Ve a dormir.
—Sí, señora.
—No vuelvas a decirme señora.
—Sí, señora.
—Arlen.
—Buenas noches.
Y salió corriendo antes de que ella pudiera responder.
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Después de una ducha caliente.
Y algo de comida.
Arlen finalmente se acostó.
El cansancio llegó casi de inmediato.
Y poco después...
Se quedó dormido.
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Soñó.
Pero no era un sueño normal.
Era demasiado real.
Demasiado vívido.
Demasiado intenso.
El mundo estaba destruido.
Montañas enteras habían desaparecido.
Las ciudades eran ruinas humeantes.
El horizonte ardía.
Y el cielo estaba cubierto por nubes negras.
Miles de cuerpos cubrían los campos de batalla.
El olor a muerte impregnaba el aire.
Arlen observó aquella devastación.
Y comprendió algo aterrador.
No estaba viendo el mundo.
Estaba viendo un mundo que él conocía.
Entonces bajó la mirada.
Y descubrió que no estaba solo.
Cinco figuras permanecían a su lado.
Cinco generales.
Guerreros cuya sola presencia parecía capaz de aplastar ejércitos.
Todos observaban el horizonte.
Esperando órdenes.
Esperándolo a él.
Arlen retrocedió un paso.
Confundido.
Asustado.
Y entonces vio sus propias manos.
Una oscura neblina negra rodeaba su cuerpo.
Como humo.
Como sombras vivas.
Las mismas sombras.
Las mismas que había visto en las enormes puertas de su prisión.
Las mismas que aparecían en sus recuerdos fragmentados.
El humo se movía lentamente alrededor de él.
Como si estuviera vivo.
Como si lo reconociera.
Y una voz resonó en la distancia.
Una voz imposible de identificar.
—Mi señor...
El mundo comenzó a temblar.
Las ruinas desaparecieron.
Las sombras se expandieron.
Y entonces...
Arlen despertó.
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Abrió los ojos de golpe.
Empapado en sudor.
Respirando con dificultad.
La habitación seguía oscura.
Y durante varios segundos permaneció inmóvil.
Intentando comprender lo que había visto.
Finalmente se sentó sobre la cama.
Y recordó.
Las ciudades destruidas.
Los generales.
Las sombras.
El humo negro.
El mismo humo que había visto en las puertas.
El mismo humo que aparecía una y otra vez.
Demasiadas veces para ser una coincidencia.
Arlen apoyó los codos sobre las rodillas.
Pensativo.
Por primera vez en mucho tiempo...
No tenía respuestas.
Sólo preguntas.
Y la sensación de que alguna de ellas podía cambiarlo todo.
Afuera comenzaba a amanecer.
Pero Arlen ya sabía que ese día sería diferente.