Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 3: La Tía y los Secretos
La iglesia de San Miguel olía a incienso y a velas viejas. Maya había estado allí cientos de veces, pero nunca se acostumbraba a ese olor. Le recordaba demasiado a funerales.
Su tía, Catherine Blackwood, estaba de pie frente al altar, de espaldas a ella. Tenía sesenta y dos años pero se movía como alguien de treinta. Su cabello rubio platino estaba recogido en un moño perfecto, y llevaba un traje negro impecable que probablemente costaba más que el salario mensual de la mayoría de las personas.
Catherine era la hermana de su padre, pero donde Thomas era fuego, Catherine era hielo.
—Llegas tarde —dijo sin voltear.
—Cinco minutos —respondió Maya.
—En nuestro negocio, cinco minutos es la diferencia entre vivir y morir. —Se giró lentamente, sus ojos azul pálido fijos en Maya—. Deberías saberlo mejor que nadie.
Maya se acercó, sus pasos resonando en el piso de mármol. Catherine caminó hacia una puerta lateral que conducía a la sacristía. Maya la siguió.
La sacristía era donde guardaban las armas verdaderamente peligrosas. Las que no eran solo para matar vampiros, sino para destruirlos completamente. Agua bendita de iglesias antiguas, reliquias de santos, símbolos de poder que habían sido bendecidos por obispos hace siglos.
Catherine cerró la puerta detrás de ellas y se apoyó contra ella, estudiando a Maya con la intensidad de alguien que estaba leyendo un libro.
—Tu padre me dijo que encontraste a un vampiro antiguo anoche.
Maya sintió que su corazón se aceleró. Había esperado tener más tiempo antes de que esta conversación ocurriera.
—Sí.
—Y lo dejaste ir.
No era una pregunta.
—Fue demasiado rápido. Desapareció antes de que pudiera—
—Antes de que pudieras qué, Maya? —Catherine se acercó, sus tacones chasqueando contra el piso—. ¿Antes de que pudieras matarlo? ¿Antes de que pudieras hacer lo que fuiste entrenada para hacer?
—Tía, yo—
—Sabes lo que significa un vampiro antiguo, ¿verdad? —Catherine la interrumpió, su voz bajando a un tono peligroso—. Significa que ha matado a cientos de personas. Significa que es inteligente, poderoso y absolutamente despiadado. Y significa que es una amenaza que debe ser eliminada.
Maya quería decirle sobre la tristeza en los ojos del vampiro. Quería decirle que algo en él parecía... roto. Pero sabía que eso solo haría que las cosas empeoraran.
—Lo sé —dijo simplemente.
Catherine la miró durante un largo momento, luego asintió lentamente.
—Bien. Entonces sabrás que necesito que lo encuentres de nuevo. Y esta vez, lo mataras.
Abrió un armario de madera oscura y sacó un frasco de cristal lleno de un líquido que brillaba con un brillo sobrenatural. Era agua bendita de la Basílica de San Pedro, bendecida hace más de cien años.
—Una gota de esto en la herida de un vampiro antiguo es suficiente para quemarlo desde adentro. —Le pasó el frasco a Maya—. Pero tienes que estar lo suficientemente cerca para usarlo. Tienes que ganarte su confianza.
Maya tomó el frasco, sintiendo su peso en las manos.
—¿Cómo?
Catherine sonrió, y no fue una sonrisa amable.
—Los vampiros antiguos son como los hombres antiguos, Maya. Están solos. Han visto morir a todos los que amaban. Están hambrientos de conexión, de algo que los haga sentir vivos de nuevo. —Se acercó más, sus ojos azul pálido brillando con algo que parecía casi malicia—. Usa eso. Sedúcelo. Hazle creer que te interesa. Gánate su confianza. Y cuando esté vulnerable, lo matas.
El estómago de Maya se revolvió.
—¿Me estás pidiendo que lo seduzca?
—Te estoy pidiendo que hagas lo que sea necesario para completar la misión. —Catherine se giró y caminó hacia la puerta—. Tu madre murió porque fuimos débiles. Porque dudamos. Porque pensamos que podíamos razonar con los monstruos. No cometeremos ese error de nuevo.
—¿Mamá fue cazadora? —preguntó Maya. Nunca le habían dado detalles sobre cómo murió su madre.
Catherine se detuvo en la puerta.
—Tu madre fue la mejor cazadora que jamás haya vivido. —Su voz era tranquila, pero había algo en ella que sonaba a vidrio roto—. Fue tan buena que pensó que podía salvar a uno de ellos. Pensó que había algo humano en él que podía alcanzar. —Se giró, y sus ojos estaban llenos de una rabia antigua—. Se equivocó. Y murió por ello.
Luego se fue, dejando a Maya sola en la sacristía, sosteniendo el frasco de agua bendita, sintiéndose como si estuviera sosteniendo el peso de toda la historia de su familia.
Esa noche, Maya salió a buscar.
No fue a sus lugares habituales de cacería. Fue al almacén donde había visto al vampiro. Sabía que era una estupidez. Sabía que era exactamente lo que su tía esperaba que hiciera. Pero no podía evitarlo.
Necesitaba verlo de nuevo.
Entró por la ventana rota, sus movimientos silenciosos. El almacén estaba vacío, lleno solo de sombras y lluvia. Esperó durante dos horas, sin moverse, sin hacer un sonido.
Nada.
Estaba a punto de irse cuando escuchó una voz desde las sombras.
—Volviste.
Maya se giró, su mano ya en el cuchillo. Él estaba de pie en el rincón más oscuro del almacén, tan inmóvil que parecía parte de la arquitectura misma.
—Vine a terminar lo que empezamos —dijo Maya, aunque ambos sabían que era una mentira.
Lucien sonrió, y había algo en esa sonrisa que era casi triste.
—No, cazadora. Viniste porque yo estoy aquí. Igual que yo vine porque tú estarías aquí.
Dio un paso hacia ella, luego otro. La lluvia golpeaba el techo, creando un ritmo constante que parecía sincronizarse con el latido acelerado del corazón de Maya.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Lucien, su voz como terciopelo.
—Maya.
—Maya —repitió, como si estuviera probando el sabor de la palabra—. Es un nombre hermoso. Significa "ilusión" en sánscrito, ¿lo sabías?
—No me importa lo que signifique.
—Deberías. Porque eso es lo que somos, tú y yo. Una ilusión. Un momento de locura en un mundo de oscuridad. —Se detuvo a un metro de ella—. ¿Por qué viniste realmente, Maya?
Ella no respondió. No podía. Porque la verdad era que no lo sabía.
Lucien levantó su mano lentamente, dándole tiempo para alejarse. Cuando ella no lo hizo, sus dedos fríos tocaron su mejilla.
—Tienes miedo de mí —susurró.
—Sí —admitió Maya.
—Bien. El miedo es honesto. —Su pulgar acarició su pómulo—. ¿Sabes qué es lo peor de ser lo que soy? No es la sed de sangre. No es la soledad. Es que cada vez que alguien se acerca lo suficiente para que pueda tocarlo, sé exactamente lo que tengo que hacer para destruirlo.
—¿Y qué es eso? —preguntó Maya, sin aliento.
Lucien se inclinó más cerca, y ella pudo sentir el frío que emanaba de él, como si fuera la muerte misma.
—Amarlo —susurró contra su cabello.
Luego desapareció en las sombras, dejando a Maya sola de nuevo, con el frasco de agua bendita en su bolsillo y el corazón roto en su pecho.