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Todo Por Mi Infancia

Todo Por Mi Infancia

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Todo Por Mi Infancia

Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: LA CONSTRUCCIÓN

A la mañana siguiente fui a la obra del lado del puerto.

Había un letrero que decía "Se necesita personal". No pedían experiencia. Solo aguante.

El capataz me miró de arriba abajo. Tenía la cara llena de polvo y una cicatriz que le cruzaba la ceja.

—¿Cuántos años tienes, pibe?

—Diecisiete —dije sin mentir esta vez—. Pero trabajo más que cualquiera de veinte. No me quejo. Vengo temprano y me voy tarde. Necesito la plata.

Se quedó mirándome un rato, luego escupió al suelo.

—Mañana a las cinco y media. Si llegas tarde una sola vez, te vas. Pago ocho mil al día, más bonificación si terminamos antes. ¿Trato hecho?

—Trato hecho.

Ese primer día sentí que me rompían todo el cuerpo.

Cargaba ladrillos, sacaba escombros, mezclaba cemento hasta que los brazos no me respondían más. El sol quemaba la nuca, y el polvo se me metía en la nariz, en la boca, en los ojos.

A mediodía me senté en un escalón a comer un pan duro que me había comprado. Me dolían las manos, llenas de ampollas que se me habían reventado.

—¿Te arrepientes? —me preguntó un albañil mayor, que se llamaba Pancho.

—No —respondí mordiendo el pan—. Mientras me duela, significa que estoy haciendo algo por ellos.

A la semana ya sabía moverme en la obra.

Pancho me enseñó a proteger las manos, a no levantar mal las cosas, a llevar el ritmo para no caer desmayado.

—Eres un cabro con agallas —me dijo una tarde—. No muchos de tu edad aguantan esto.

Pero lo peor no era el cansancio físico. Lo peor era el tiempo.

Los días pasaban, y cada día que pasaba era un día más que Luna y Tomás seguían en ese lugar.

Cada noche contaba la plata que guardaba en la caja: diez, veinte, treinta mil. Parecía que nunca iba a ser suficiente. Que el final nunca llegaba.

Un sábado llovió todo el día. No hubo trabajo. No hubo pago.

Me quedé en la casa vacía, mirando la foto vieja en la mesa.

—¿Y si no puedo? —susurré—. ¿Y si me rindo antes?

Pero entonces me acordé de Luna abrazada a mi polera, de Tomás mirándome con decepción, de la promesa que me hice a mí mismo.

Me sequé la cara y salí a buscar qué hacer. Terminé ayudando a un señor a cargar leña. Me pagó cinco mil pesos. Cualquier cosa servía.

Los domingos seguían siendo lo único importante.

Llegaba con la ropa limpia, aunque oliera a cemento y sudor.

—Huelo a obra —les decía yo, tratando de sonreír.

—Hueles a esfuerzo —me respondió Tomás una vez, bajito—. Hueles a que no te estás rindiendo.

Me quedé mudo. Por primera vez en meses no vi rabia en sus ojos. Vi esperanza.

—Ya falta menos —les dije—. El jefe me subió el sueldo. Ya sé hacer casi todo. Cuando cumpla dieciocho, firmo los papeles y salimos de aquí. Para siempre.

Luna me dio un dibujo que había hecho: cuatro figuras agarradas de la mano, bajo un sol gigante.

—Somos nosotros —dijo—. Cuando estemos en nuestra casa.

Lo guardé en la cartera, junto a la foto vieja.

—Lo voy a cuidar toda la vida —le prometí.

Pasaron los meses.

Las ampollas se convirtieron en callos. El dolor se volvió costumbre. Aprendí a levantar cosas que pesaban el doble que yo. Aprendí que la fuerza no está en los músculos, sino en la razón por la que sigues de pie.

Un viernes, el capataz me llamó aparte.

—Vas a cumplir dieciocho pronto, ¿verdad?

—Sí, el mes que viene.

—Te quiero aquí de planta. Contrato completo, seguro, sueldo fijo todos los meses. Eres el más responsable que tengo.

Sentí que se me caía una mochila enorme de encima.

Tenía trabajo. Tenía estabilidad. Ahora solo faltaba la última parte: ir por ellos.

Esa noche caminé a casa mirando las luces de la ciudad.

No era fácil. Me había costado lágrimas, golpes, miedo, días enteros sin dormir.

Pero ya no era el chico asustado que firmó esos papeles llorando.

Me estaba convirtiendo en el hombre que necesitaban.

El que los iba a sacar de ahí.

El que les iba a dar un hogar de verdad.

CONTINUA EN CAPÍTULO 4: EL DÍA DE LOS DIECIOCHO

1
Andrea Gonzalez
estoy mordiendome las uñas
Andrea Gonzalez
🤭🤭🤭🤭
Andrea Gonzalez
hermosa historia
Andrea Gonzalez
que gran chico Isaac
Andrea Gonzalez
que tristeza....
Lena
Sigue escribiendo. Es una buena trama
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