Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
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Capitulo 6
El tiempo avanzó con una tranquilidad que Auren jamás creyó posible.
Dos años pasaron casi sin darse cuenta.
Auren cumplió doce años.
Su cabello azul seguía llamando la atención de cualquiera que la viera, aunque en el pueblo ya todos se habían acostumbrado. Algunos niños decían que parecía una muñeca; otros aseguraban que las hadas la habían bendecido cuando era bebé. Los adultos simplemente sonreían y seguían con sus asuntos.
Ella prefería que nadie hiciera preguntas.
Su magia seguía siendo un secreto conocido únicamente por sus padres.
Y así quería que permaneciera.
Aquella mañana, mientras el sol apenas comenzaba a iluminar la calle, Auren terminó de colocar varios panes sobre el mostrador.
Un anciano tomó una hogaza recién horneada y sonrió.
—Cada día están más ricos.
Su padre soltó una carcajada.
—No me halague demasiado o terminaré creyéndomelo.
—Ya te lo crees desde hace años.
La mujer del anciano le dio un pequeño golpe en el brazo.
Él fingió sentirse ofendido.
—¿Ves, niña? Llevo treinta años casado y todavía no reconoce mi talento.
Auren terminó riéndose.
—Tal vez tenga miedo de que deje de esforzarse.
—¿Escuchaste eso? Nuestra hija acaba de ponerse de tu lado.
Su madre apareció desde la cocina con una bandeja de bollos.
—Porque alguien tiene que mantenerte con los pies en la tierra.
Los clientes comenzaron a reír junto a ellos.
Aquellas escenas sencillas eran las favoritas de Auren.
No necesitaban grandes acontecimientos para sentirse felices.
Cuando la panadería quedó vacía, ella subió rápidamente a su habitación.
Allí guardaba un pequeño baúl donde conservaba cada retazo de tela que conseguía.
Ninguno era costoso.
Algunos provenían de vestidos viejos.
Otros eran sobrantes que los comerciantes regalaban porque ya no podían venderlos.
Para Auren todos tenían valor.
Los extendió cuidadosamente sobre la cama.
Su mirada recorrió cada color.
Cada textura.
Cada pequeño detalle.
Después tomó un lápiz de carbón.
Comenzó a dibujar.
En su primera vida había visto cientos de vestidos confeccionados para la nobleza.
Recordaba cada corte, cada bordado y cada error.
Muchos eran caros únicamente porque llevaban piedras preciosas.
Muy pocos transmitían verdadero cuidado en su confección.
Ella quería algo diferente.
Prendas cómodas.
Elegantes.
Hermosas sin necesidad de excesos.
Cuando terminó el dibujo, comenzó a trabajar.
Sus manos ya no eran torpes como dos años atrás.
La aguja parecía deslizarse con naturalidad entre sus dedos.
Cada puntada encontraba exactamente el lugar que debía ocupar.
Y, como siempre ocurría, una tenue luz azul apareció alrededor de sus manos.
La magia recorría el hilo lentamente.
Sin prisa.
Sin llamar la atención.
Cuando terminó el vestido, dio un paso hacia atrás.
Era pequeño.
Pensado para una niña.
El color crema combinaba perfectamente con unas discretas flores azules bordadas cerca del cuello.
Lo levantó con cuidado.
La tela parecía mucho más fina que antes de comenzar.
También era más resistente.
Y el bordado tenía un brillo delicado que solo podía apreciarse cuando la luz incidía sobre él.
Auren sonrió satisfecha.
Había conseguido exactamente lo que imaginó.
Un golpe suave sonó en la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Sí, papá.
El hombre asomó la cabeza.
—Tu madre dice que...
Las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
Sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia el vestido.
Permaneció completamente inmóvil.
—¿Lo hiciste tú?
Auren asintió.
Él se acercó despacio.
Tomó la prenda entre sus manos con muchísimo cuidado.
La observó por delante.
Después por detrás.
Revisó las costuras.
Pasó los dedos sobre la tela.
—Está...
Guardó silencio unos segundos.
—Está demasiado bien hecho.
Auren bajó la mirada.
—Todavía puedo mejorar.
Su padre negó con firmeza.
—Claro que puedes mejorar. Siempre se puede aprender algo nuevo, pero esto...
Volvió a mirar el vestido.
—Esto ya parece el trabajo de alguien que lleva muchos años dedicándose a coser.
Ella sonrió ligeramente.
—Me gusta mucho hacerlo.
Él conocía esa expresión.
Era la misma que aparecía en el rostro de su esposa cuando preparaba un nuevo postre.
La misma que él tenía al sacar una hornada perfecta del horno.
Era la expresión de alguien que había encontrado aquello que realmente amaba.
Esa tarde llevó el vestido a la planta baja.
Su madre quedó tan sorprendida como él.
—Auren...
Tomó la prenda con evidente cuidado.
—Es precioso.
—¿De verdad?
—Muchísimo.
La mujer recorrió con los dedos cada costura.
No encontró un solo defecto.
Miró a su hija.
Después a su esposo.
Ambos comprendieron lo mismo sin necesidad de hablar.
Aquello era demasiado bueno para permanecer guardado dentro de una habitación.
Los días siguientes, Auren continuó confeccionando nuevas prendas.
Un vestido azul.
Otro color marfil.
Una pequeña capa para invierno.
Después una camisa infantil.
Cada pieza era mejor que la anterior.
Su magia también parecía crecer junto con ella.
Nunca cambiaba radicalmente las telas.
Simplemente potenciaba aquello que ya existía.
Las hacía más suaves.
Más resistentes.
Más duraderas.
Nada llamativo.
Solo una calidad difícil de explicar.
Su padre comenzó a preocuparse.
No por el talento de su hija.
Sino porque aquel talento podía pasar toda la vida encerrado entre cuatro paredes.
Una noche, mientras cenaban, dejó los cubiertos sobre la mesa.
—He estado pensando en algo.
Su esposa levantó la vista.
—Eso siempre significa que viene una idea peligrosa.
—Qué poca confianza me tienes.
Auren soltó una risa.
—Yo también quiero escucharla.
El hombre carraspeó antes de hablar.
—Creo que alguien más debería ver los vestidos de nuestra hija.
La sonrisa de Auren desapareció.
—¿Venderlos?
—Tal vez.
Ella negó inmediatamente.
—No quiero acercarme a los nobles.
Su padre comprendía perfectamente aquella reacción.
Nunca insistieron para que contara todo lo ocurrido antes de llegar con ellos.
Pero sabían que existían heridas muy profundas.
—No estoy hablando de la nobleza.
—¿Entonces?
—En el distrito comercial trabajan muchos comerciantes independientes. Hay pequeñas boutiques, sastres y personas que compran buenos diseños para venderlos después.
No todos trabajan para los aristócratas.
Auren permaneció pensativa.
Su madre intervino con suavidad.
—Nadie va a obligarte. Si no quieres hacerlo, seguiremos igual que hasta ahora.