Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 22 - La canción
Todos tenemos una canción que deja de ser una canción.
Empieza sonando como cualquier otra.
La escuchas por casualidad.
La dejas de fondo mientras haces los deberes.
La tarareas sin pensar.
Y, un día, alguien la convierte en un recuerdo.
Desde ese momento ya no vuelves a escuchar la melodía.
Escuchas a la persona.
Porque hay canciones que dejan de pertenecernos.
Empiezan a tener nombre y apellido.
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El invierno comenzaba a despedirse poco a poco.
Las mañanas seguían siendo frías, pero el sol ya se atrevía a quedarse más tiempo.
El instituto también parecía diferente.
Las chaquetas empezaban a abrirse.
El patio volvía a llenarse.
Y las conversaciones se alargaban unos minutos más antes de entrar a clase.
—Hoy estás demasiado feliz.
Leo observó a Acuario mientras dejaba la mochila en el banco.
—¿Y eso es malo?
—Da miedo.
—A mí me preocupa más que tú hayas llegado puntual.
—Milagros ocurren.
Capricornio negó con la cabeza.
—Apuntad la fecha.
Esto no volverá a pasar.
Escorpio soltó una carcajada.
—Voy a hacer una foto como prueba.
—Me siento atacado.
—Porque lo estás.
Las bromas siguieron durante todo el recreo.
Todo era exactamente igual que siempre.
Y, sin embargo, Libra tenía la sensación de que cada día conocía un poco más a Acuario.
Sabía cuándo iba a hacer una broma antes de que abriera la boca.
Sabía cuándo una sonrisa era de verdad y cuándo solo intentaba quitar importancia a algo.
Incluso empezaba a reconocer sus silencios.
Y eso la asustaba un poco.
Porque conocer a alguien de esa forma implicaba haberle prestado mucha atención.
Más de la que estaba dispuesta a admitir.
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En la última hora el profesor de Tecnología permitió trabajar con auriculares mientras terminaban un proyecto.
El aula quedó envuelta en un murmullo constante.
Libra estaba concentrada cuando escuchó un golpecito en la mesa.
Acuario levantó un auricular.
—¿Quieres escuchar una canción?
Ella lo miró.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Y el trabajo?
—Lleva cinco minutos guardado.
No le faltaba razón.
Libra aceptó.
Él colocó uno de los auriculares en su oído y se quedó con el otro.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo sonó la guitarra de los primeros acordes.
Era una canción tranquila.
Sin prisas.
De esas que parecen escritas para conducir de noche o mirar por la ventana de un tren.
Libra no la conocía.
Cerró los ojos un instante.
Le gustó desde la primera estrofa.
Cuando terminó, se quitó despacio el auricular.
—Es bonita.
Acuario sonrió.
—Sabía que te gustaría.
—¿Por qué?
—Porque habla de encontrar un lugar donde sentirse en paz.
Y tú siempre dices que las mejores canciones cuentan historias.
Ella bajó la mirada.
Lo había dicho una vez.
Hacía meses.
Y él lo recordaba.
—Tienes demasiada memoria.
—Solo para algunas cosas.
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Al sonar el timbre, comenzaron a recoger.
Mientras guardaban los cuadernos, Acuario volvió a hablar.
—Te la paso luego.
—¿La canción?
—Sí.
—Vale.
—Pero tienes que prometerme una cosa.
Libra arqueó una ceja.
—Empiezas a dar miedo.
—Escúchala entera.
No solo una vez.
Las canciones buenas cambian cuando las escuchas varias veces.
Ella sonrió.
—Trato hecho.
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Aquella tarde, al llegar a casa, encontró el enlace en el chat.
Solo había escrito:
"Dime qué te parece cuando la escuches con calma."
Libra se tumbó sobre la cama.
Se puso los auriculares.
Y volvió a reproducirla.
La primera vez prestó atención a la melodía.
La segunda, a la letra.
La tercera...
La tercera dejó de escuchar.
Empezó a recordar.
El banco del recreo.
La guerra de nieve.
El pequeño Saturno.
El paraguas bajo la lluvia.
El chocolate caliente.
Las tardes caminando sin rumbo.
Era increíble cómo una canción podía abrir una puerta llena de recuerdos.
Cuando terminó, permaneció unos segundos en silencio.
Después escribió:
"Ahora entiendo por qué te gusta tanto."
La respuesta llegó enseguida.
"¿Y?"
"Creo que dentro de unos años me seguirá recordando a este momento."
Pasaron unos segundos.
Después apareció otro mensaje.
"Ojalá."
Solo una palabra.
Pero escondía un deseo enorme.
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Los días siguientes la canción empezó a aparecer en todas partes.
Sonaba mientras hacía los deberes.
Mientras ordenaba la habitación.
Mientras iba en autobús.
Y, sin darse cuenta, cada vez que empezaban los primeros acordes, sonreía.
Una tarde Capricornio le quitó un auricular.
—¿Otra vez esa canción?
Libra reaccionó sorprendida.
—¿Cómo sabes que es la misma?
—Porque llevas una semana escuchándola.
Ella rió.
—¿Tanto se nota?
—Muchísimo.
Capricornio la observó unos segundos.
—¿Te gusta la canción...
...o te gusta quién te la enseñó?
Libra dejó de sonreír.
No respondió.
No hacía falta.
Capricornio levantó las manos.
—Vale, vale.
No he dicho nada.
Pero ambas conocían la respuesta.
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El viernes, durante el recreo, Leo apareció con un pequeño altavoz.
—Hoy pongo yo la música.
—Eso nunca acaba bien —protestó Escorpio.
—Confía.
Todos comenzaron a protestar por las canciones que elegía.
Hasta que, de repente, sonaron unos acordes conocidos.
Libra levantó la cabeza.
Era aquella canción.
Buscó a Acuario casi por instinto.
Él ya la estaba mirando.
No dijeron nada.
Solo sonrieron.
Una sonrisa pequeña.
Discreta.
Como si acabaran de compartir un secreto delante de todo el mundo sin que nadie más se hubiera dado cuenta.
Leo siguió hablando.
Escorpio cambió de tema.
Capricornio discutía con otro compañero.
Nadie reparó en aquel intercambio de miradas.
Nadie, excepto ellos.
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Aquella noche, antes de dormir, Libra volvió a reproducir la canción.
Pensó en lo curioso que era todo.
Había millones de canciones en el mundo.
Miles de artistas.
Miles de melodías.
Y, sin embargo, una sola bastaba para resumir un invierno entero.
Apagó la música justo antes de quedarse dormida.
Sin saberlo, acababa de crear uno de esos recuerdos que más tarde duelen.
Porque el tiempo puede borrar conversaciones.
Puede borrar fechas.
Incluso puede difuminar rostros.
Pero hay canciones...
...que son capaces de devolver una vida entera con apenas cuatro acordes.
Y todavía no imaginaba cuántos años tardaría en volver a escuchar aquella melodía sin que se le encogiera el corazón.