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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La lista Cap 9

Los resultados del examen iban a publicarse un viernes. El profesor lo había dicho con una naturalidad que a mí me heló la sangre: "El viernes a las 12 del mediodía subo las notas al sistema. Revisen sus perfiles".

Jueves por la noche no pegué un ojo. No por estudiar. No había nada más que estudiar. Era la espera. La peor de las torturas.

Me levanté a las cinco de la mañana. Mi madre ya estaba en la cocina, amasando. Hacía semanas que las ventas de tortas iban bien. La gente del barrio nos conocía. Incluso algunos vecinos encargaban tortas enteras para cumpleaños. Ese jueves, mi madre había horneado tres. La cocina olía a vainilla, a azúcar quemada, a esperanza.

—¿No dormiste? —preguntó, sin mirarme.

—¿Se nota?

Me pasó un tazón de harina. Amasar me calmaba. Hundir las manos en la masa, sentirla ceder bajo mis dedos, darle forma. Era como escribir, pero con los brazos.

Esa mañana vendimos en la parada del colectivo como todos los días. La señora de la farmacia compró dos porciones. Doña Nelly, la de siempre, una. Los colectivos nos saludaron con la bocina. La vida seguía. Pero mi cabeza estaba a doce del mediodía.

A las once, le dije a mi madre:

—Me voy a casa. Quiero ver la nota antes de que se sature el sistema.

—Andá. Yo guardo la canasta.

Corrí. Corrí con el teléfono nuevo en la mano, el mismo que mi madre compró con la máquina de coser. No se apagaba con el sol. Ese día lo bendije. Llegué a casa agitada, con el corazón en la garganta. Enchufé el módem USB. Abrí la computadora. El ventilador rugió como siempre, pero esta vez me pareció más ruidoso, más lento. La pantalla de pasto verde tardó una eternidad en cargar.

—Vamos, vieja —le dije a la máquina. Ella también era parte de esto.

Entré a la plataforma de la universidad. Mis dedos sudaban. Puse la contraseña mal tres veces. A la cuarta, entré.

El sistema cargaba. Una ruedita girando. Girando. Girando.

—Vamos —repetí.

Y entonces apareció.

Asignatura: Introducción a la Literatura

Nota final parcial: 9.8

No lo podía creer. Lo leí una vez. Dos. Tres. La nota estaba ahí. 9.8. Sobre diez. El examen que había escrito con tanto miedo, con tantas horas de estudio, con la lapicera azul que se me escapaba de los dedos… había salido bien. Muy bien.

Lloré. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había llorado en esa casa. Pero este llanto era diferente. No era de rabia. No era de impotencia. No era de cansancio. Era de algo que no sabía nombrar. Alivio, quizás. O victoria.

Quise llamar a mi madre, pero no tenía saldo. Me puse los zapatos y salí corriendo. Volví a la parada del colectivo. Llegué con el pelo mojado de sudor, la camisa pegada al cuerpo.

—¡Mamá!

Ella me miró con miedo. Pensó que algo malo había pasado.

—¡Saqué 9.8!

Se quedó paralizada. La canasta de tortas casi se le cae de las manos. Después, muy despacio, se llevó las manos a la cara y se cubrió los ojos. Y lloró. Mi madre, que nunca lloraba delante de nadie, lloró en medio de la calle, con la canasta de tortas en el piso y la gente mirando.

—¿Ves? —dijo, ¿Ves de lo que eres capaz?

Nos abrazamos ahí, en la parada del colectivo, bajo el sol de las doce. Los colectivos tocaron bocina. Doña Nelly aplaudió desde la vereda. El señor de la ferretería salió con una botella de agua para nosotras.

Esa noche no vendimos más tortas. Guardamos la canasta temprano y mi madre cocinó algo especial: arroz con pollo, el plato que ella hacía solo los días importantes. Comimos en el comedor, al lado de la computadora ruidosa. El ventilador rugía. El monitor parpadeaba. Y yo sentía que ese ruido ya no me molestaba. Era la banda sonora de mi victoria.

Antes de dormir, miré la foto de mi madre que llevaba en el teléfono. Y pensé en todas las veces que quise rendirme. En todas las noches de insomnio. En todos los golpes de calor bajo el sol. En la máquina de coser de la abuela que ya no estaba.

Y supe que ese 9.8 no era mío. Era de todos. De mi madre. De don Rafael. De mi tía Elena. De la señora de la farmacia. De cada persona que compró una torta, que me dio una moneda, que creyó en mí cuando yo misma había dejado de hacerlo.

Me dormí con una sonrisa. Y esa noche, por primera vez en meses, no soñé con exámenes. Soñé con un futuro que se abría como un sobre blanco.

 

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