En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Otro golpe a la realidad.
Darío conduce.
Yo apoyo la frente contra la ventanilla.
El vidrio está frío.
Las luces de la ciudad pasan rápido, se estiran, se deforman.
No pienso en nada concreto.
Tampoco hablo.
Él no dice una palabra.
Cuando el auto se detiene, sé dónde estamos.
—Entra —dice al fin, sin mirarme—. Tengo que ir a la empresa por unas cosas.
Me deja las llaves en la mano y su chaqueta sobre los hombros.
Asiento.
Camino hasta el edificio encogida, como si el cuerpo me pesara más de lo normal.
El viento me golpea el rostro.
Su olor se queda conmigo.
Me aferro a eso sin darme cuenta.
Lo veo alejarse y entro.
El departamento está ordenado.
Demasiado.
Todo huele a café y madera.
Normalmente me tranquiliza.
Hoy no.
Hoy parece un lugar prestado.
Encuentro la habitación de huéspedes.
Cierro con seguro.
En el baño, el espejo me devuelve a alguien que no reconozco: maquillaje corrido, ojos hinchados, el vestido de novia pegado al cuerpo.
Me lo quito despacio.
En la bañera, el agua tibia me cubre hasta el cuello.
Cierro los ojos.
Por un momento deseo que todo sea mentira.
Solo eso.
Que nada de esto haya pasado.
Cuando salgo, la piel se me ve arrugada.
Me pongo una bata.
Levanto el vestido del suelo y lo dejo doblado sobre la silla. No sé por qué lo hago.
Tal vez porque no estoy lista para tirarlo.
Me acuesto.
Miro el techo.
Las lágrimas salen solas.
Me encojo.
No lucho más.
Me duermo.
Despierto con un ruido lejano.
Una aspiradora.
Abro la puerta apenas.
Una joven limpia las escaleras.
—El señor Darío mandó esto —dice, entregándome una bolsa.
Dentro hay un vestido con flores.
Simple.
Bonito.
Lo aprieto contra el pecho un segundo antes de cambiarme.
Cuando bajo, Darío está sentado en el sofá con una taza de café.
No parece haber dormido.
—¿No vas a trabajar? —pregunto.
Niega.
—Me despidieron.
—¿Cómo?
—El nuevo dueño. Damián Volkov.
El nombre me sacude.
—Tu padre firmó un convenio hace años —continúa—. Nunca se cumplió.
—¿Y mi herencia? —pregunto casi sin voz.
—Será difícil averiguarlo ahora.
—Buscaré dónde quedarme hoy —digo, automática.
—No —responde—. Aquí puedes quedarte.
—No quiero ser una carga.
—No lo eres.
El silencio vuelve.
—Te quiero como a un hermano —murmuro—. Y…
—Lo sé —me interrumpe—. Y sé que aún quieres a René.
No respondo.
—Por eso dudé en decirte esto.
Lo miro.
—¿Qué?
Respira hondo.
—Se anunció el compromiso de Yajaira con René.
El aire me falta.
—Todo les salió bien —digo—. A ellos sí.
Asiente.
—Ania… el día que tu padre estuvo internado, los vi besándose.
No reacciono.
Me levanto.
Camino hacia la habitación.
—Tenías derecho a saber —dice detrás de mí.
Cierro la puerta.
Me dejo caer al suelo.
No grito.
No golpeo nada.
Solo lloro en silencio.
Siempre hubo señales.
Yo elegí no verlas.
Nunca fui la protagonista.
Solo el reemplazo.
La noche cae.
No como.
No hablo.
Desde la ventana veo las luces encenderse una a una, indiferentes.
Me acuesto de nuevo.
Cierro los ojos.
Y por primera vez no pido desaparecer.
Solo pido que el dolor deje de apretar tanto.