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PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Malentendidos / Matrimonio arreglado
Popularitas:11.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.

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capitulo 6

El zumbido de la sangre en mis oídos era tan ensordecedor que tapaba cualquier otro sonido en la sala de juntas. El aire acondicionado, que antes me parecía helado, ahora se sentía como el vapor espeso de una fragua. Sentía las rodillas flojas, de mantequilla, y si no hubiera tenido la palma de la mano firmemente apoyada contra el borde de la mesa de caoba, me habría desplomado sobre el suelo de mármol allí mismo, frente a los abogados, frente a mi padre y, peor aún, frente a él.

*Zayd.*

El Jeque Zayd Al-Maktoum. El hombre que se suponía que era un dictador lejano, una firma en un papel, un título nobiliario y un pozo de dinero sin rostro. El hombre que, en realidad, era el dueño de la suite del último piso del *The Peninsula*. El depredador que me había desvestido con los dientes, que había arrastrado su barba de tres días por la curva de mi vientre y que me había reclamado con una posesividad tan salvaje que todavía sentía el eco de su anatomía grabado en el interior de mis muslos.

No podía ser real. Las posibilidades matemáticas de que esto ocurriera eran ridículas, una broma macabra del universo. De todos los hoteles de Manhattan, de todos los hombres de la élite neoyorquina, yo había ido a elegir precisamente al único del que quería vengarme antes de conocerlo. Había querido destruir su preciada cláusula de pureza con un extraño, y el extraño era él.

Mis ojos, desorbitados por el pánico, se clavaron en sus facciones. Busqué desesperadamente algún rastro de confusión en su rostro, alguna señal de que él también estuviera sufriendo el mismo colapso mental que me estaba desgarrando por dentro.

Pero no había nada.

Zayd Al-Maktoum mantenía una compostura perfecta, monolítica. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad aristocrática, rota únicamente por esa sutil, gélida y calculadora curva en la comisura de sus labios. Sus ojos ámbar, encendidos con destellos verdes bajo las luces de la sala, no parpadearon. Me recorrieron de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en el cuello cerrado de mi traje azul marino, descendiendo por la línea de mis caderas atrapadas en la falda lápiz y regresando a mi rostro descolorido. En su mirada no había sorpresa; había triunfo. Un triunfo absoluto, oscuro y posesivo. Él sabía exactamente quién era yo. Lo había sabido desde el instante en que cruzó el umbral de la puerta.

—Jeque Al-Maktoum, es un honor absoluto —la voz de mi padre rompió el silencio sepulcral de la sala. Se inclinó hacia adelante en una reverencia que me pareció humillante, rompiendo la tensión del aire—. Le presento a mi hija, Serena Luna. Mi mayor orgullo.

La ironía de las palabras de mi padre me dio ganas de vomitar. *Su mayor orgullo.* La mercancía que acababa de entregar en bandeja de plata para pagar sus deudas.

Zayd apartó los ojos de los míos por una fracción de segundo para mirar a mi padre. El cambio en su expresión fue imperceptible para cualquiera, pero yo lo noté. Sus facciones se endurecieron aún más, adoptando la distancia gélida del hombre de negocios que está acostumbrado a tratar con deudores desesperados.

—Señor Luna —respondiós Zayd. Su voz de barítono profundo, la misma que me había susurrado obscenidades al oído en la penumbra de la suite, resonó en la sala con una formalidad cortante—. Agradezco su puntualidad. Mis abogados me informan que los términos del contrato base ya han sido revisados por su equipo.

—Así es, Su Alteza —intervino el abogado británico, acomodándose las gafas con nerviosismo—. Todo está en orden. Solo faltan las firmas de las cláusulas privadas y el protocolo de presentación formal.

Yo seguía estática, una estatua de sal. Sentía el sudor frío empapar la tela de mi blusa bajo el saco. Mi mente trabajaba a mil revoluciones por minuto. ¿Qué iba a pasar ahora? Si Zayd revelaba lo que había sucedido unas horas antes, el contrato se rompería. Mi padre iría a la cárcel. Nuestra familia sería el hazmerreír y el paria de los círculos sociales de Nueva York. Pero lo que más me aterraba no era el escándalo financiero; era la mirada de Zayd. Esos ojos ámbar me dictaban que el juego no había terminado. Al contrario, acababa de empezar, y él tenía todas las cartas ganadoras.

Zayd comenzó a caminar lentamente rodeando la inmensa mesa de caoba. Cada uno de sus pasos, firmes y deliberados, parecía resonar directamente en mi pecho. Su silueta masiva, envuelta en el traje gris a medida, se recortaba contra el ventanal de Manhattan. Emanaba un aura de peligro tan cruda que los abogados de su propio equipo bajaron la mirada con respeto mutuo cuando él pasó por su lado. Era un rey en su corte, un Alfa absoluto inspeccionando su nueva adquisición.

—La señorita Serena parece un poco... indispuesta —comentó Zayd, deteniéndose a unos pasos de nosotros. Su mirada regresó a mí, clavándose en mis labios temblorosos—. Señor Luna, espero que el clima de Nueva York no esté afectando la salud de mi futura esposa. La noto inusualmente pálida.

Mi padre se giró hacia mí de inmediato, con los ojos abiertos de par en par en una muda súplica de pánico.

—¡Oh, no es nada, Su Alteza! —exclamó mi padre, con una sonrisa forzada que rozaba el patetismo—. Solo son los nervios normales de una joven ante un compromiso tan importante. Serena comprende la magnitud de este enlace y el honor que representa unirse a la familia Al-Maktoum. Ha sido educada para estar a la altura de las circunstancias. Ella sabe cuál es su deber.

—¿Su deber? —repitió Zayd, saboreando la palabra con una lentitud que me hizo dar un respingo. Sus ojos brillaron con una luz maliciosa—. Excelente. Me alegra saber que la sumisión y el respeto a las normas son virtudes arraigadas en su hogar, señor Luna. En mi tierra, la lealtad y la obediencia a los contratos se pagan bien. Pero la insubordinación... la insubordinación se castiga con severidad.

Mis uñas se hundieron aún más en mis palmas. Sabía que cada palabra, cada aparente comentario formal de negocios, iba dirigido exclusivamente a mí. Era un castigo psicológico sutil, una demostración de poder. Me estaba haciendo saber que estaba atrapada, que el vestido negro rasgado y la huida cobarde antes del amanecer no habían sido más que un retraso temporal en su agenda de posesión.

—Por supuesto, Su Alteza. Serena es una mujer impecable —insistió mi padre, ajeno por completo al subtexto erótico y peligroso que flotaba en la habitación—. Serena, saluda al Jeque formalmente, por favor.

El momento había llegado. No podía huir. No había ascensores a los que correr, no había madrugadas oscuras que me protegieran. Estaba en su territorio, bajo sus luces, rodeada de sus hombres.

Tragué saliva, intentando forzar a mis cuerdas vocales a emitir un sonido digno. Di un paso adelante, despegándome de la seguridad de la mesa. El movimiento hizo que mi falda lápiz se tensara contra mis muslos, y vi cómo las pupilas de Zayd se dilataban de inmediato, reviviendo por una fracción de segundo la fiera lujuria que nos había consumido horas antes. El calor regresó a mi vientre de golpe, una oleada traicionera de deseo que odié con todas mis fuerzas. Mi cuerpo lo recordaba. Mi cuerpo lo deseaba, a pesar del terror que me inspiraba.

—Es un honor conocerlo... Jeque Al-Maktoum —logré decir, manteniendo la voz lo más firme posible, aunque el temblor en mis manos era inocultable.

Zayd acortó la distancia que nos separaba. Se detuvo justo frente a mí, tan cerca que su aroma a maderas caras, tabaco dulce y ese perfume almizclado e intensamente masculino borró por completo el olor a café y cuero de la sala. Volvía a estar en su campo de fuerza. Su sombra me cubrió por completo, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Desde esta distancia, pude ver la perfección de su mandíbula afilada y la textura de la barba de tres días que me había provocado escalofríos de placer.

—El honor es mío, señorita Luna —respondió, con una voz suave que contrastaba peligrosamente con la frialdad de sus ojos.

Extendió su mano grande y bronceada hacia mí. Sus dedos eran largos, con las uñas perfectamente cuidadas, pero la palma revelaba esa sutil firmeza que me había sujetado las caderas contra el colchón con una fuerza descomunal.

Dudé un segundo que pareció una eternidad. Sentí la mirada de mi padre clavada en mi nuca como una daga. Lentamente, levanté mi propia mano derecha y la deposité sobre la suya.

En cuanto nuestras pieles se tocaron, una descarga eléctrica, violenta y abrasadora, recorrió mi columna vertebral. Fue como tocar un cable de alta tensión expuesto. Un estremecimiento visible sacudió mis hombros. Zayd cerró los dedos alrededor de los míos con una firmeza indiscutible, impidiendo que pudiera soltarme aunque quisiera. Su agarre no era el de un saludo de cortesía; era el de un grillete. Un reclamo físico.

Zayd inclinó su cuerpo imponente hacia adelante, fingiendo el gesto tradicional de besar la mano de su prometida ante los ojos de las familias y los abogados, quienes observaban la escena con aprobación protocolaria. Mi padre incluso soltó un suspiro de alivio al fondo.

Pero Zayd no se limitó a besar el dorso de mi mano.

Elevó mis dedos hasta sus labios carnosos, dejando que el calor de su aliento rozara mi piel desnuda, enviando una oleada de fuego directo a mi entrepierna que me hizo humedecer los labios por puro instinto de supervivencia. Entonces, manteniendo mi mano sujeta contra su pecho, se inclinó un poco más, aprovechando la cercanía para invadir por completo mi espacio personal. Su rostro quedó a milímetros de mi oreja, su barba rozando la piel sensible de mi cuello, justo en el lugar donde todavía conservaba una pequeña marca rojiza oculta bajo el cuello del traje.

El olor de su piel me mareó. Sentí cómo sus labios se movían contra mi lóbulo, y su voz bajó a un susurro rudo, áspero y letal que solo mis oídos pudieron captar en medio del silencio de la sala.

—Una huida muy torpe, mi hermosa ladrona —susurró Zayd, y su aliento cálido me erizó hasta el último vello del cuerpo—. Dejaste la cama revuelta... pero olvidaste que yo siempre reclamo lo que me pertenece. Disfruta de la reunión, porque cuando estemos a solas, vas a pagar por cada minuto que me hiciste buscarte.

El Jeque Al-Maktoum se enderezó con una lentitud exasperante, soltando mi mano con un roce deliberado de sus dedos que me dejó temblando. Me miró desde su altura, la sonrisa calculadora grabada a fuego en sus labios perfectos, mientras yo me quedaba sin aire, atrapada en la jaula de oro de sus ojos ámbar, sabiendo que mi noche de rebeldía me había encadenado al infierno más delicioso y peligroso de mi vida.

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Milcaris
Nació en bebé 🍼😍
Milcaris
Yo pensando que ni lo iban a extrañar. Que tuviera un feliz viaje en su descanso 🤭🤭
Milcaris
Que piensen en el bebé y nada más 🥰
PATUBELA
DESPIERTA BELLO DURMIENTE, TU CHICA SE ESCAPA 🫣
PATUBELA
No me digan que otra vez van a parar en segunda base 🤦🏻‍♀️😒
PATUBELA
No es el momento para locuras
PATUBELA
Recapacita Serena, vas a perjudicar a Zayd, y si él pierde su poder no podrá ayudar a tu papá. piensa mejor las cosas
PATUBELA
me preocupa que con su escape, Serena deje mal parado a Zayd y pierda su derecho al trono🤦🏻‍♀️
PATUBELA
ojalá Serena lo comprenda 🙄
PATUBELA
Es demasiado riesgoso...si la secuestran?🫣
PATUBELA
No te aflijas, deja que Zayd haga su trabajo y espera que te de una explicación
PATUBELA
Amiga, mejor ve a buscar marido a otra parte, aquí el título de jequesa no está vacante. OOPS!!🤭
PATUBELA
y la pobre Serena oliendo a lomo de camello 🤦🏻‍♀️que desastre!!🙄
PATUBELA
y usted no se metaque nadie le está pidiendo su opinión ni consejo, limítese a sus labores de ama de llaves, que su sobrino está grandecito para decidir con quien mezcla su sangre. TIRANOSAURIA ASQUEROSA!! 😤
Lacarvel
Se sintió tan corta 🫠 y tan hermosa, gracias por esta historia tannn lindaaaa.
PATUBELA
Serena tienes que atacar con todo y atrapar a ese Princeso...no se lo vas a dejar fácil a la bruja ofrecida 😤
PATUBELA
exótica tu abuela 😤😤 bruja igualada!!
Lacarvel
El amor gana y florece 🥰🥰🥰🥰🥰 desde que sten unidos como familia todo lo otro se combate
Yura Ran
🥰👌 gracias
Milcaris
Me encanta y alegra que todo esté fluyendo en ellos de manera natural. Ahora sí vamos a disfrutar de muchos días de una pareja feliz.
Yura Ran: hermosa 🥰👌novela
total 1 replies
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