Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.
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Capítulo 14
Capítulo 14: El documento sobre la mesa
Tres días después, Serena regresó a la residencia Flores.
No fue al jardín. No fue a su habitación. No pasó por la cocina a pedir té ni se detuvo a inspeccionar las cuentas del día. Cruzó el patio principal con la espalda recta y los pasos firmes, subió los escalones del salón grande y se sentó en la silla principal de la cabecera.
Bianca cerró las puertas detrás de ella.
Sobre la mesa de roble, Serena colocó un documento. Dos páginas de papel pergamino selladas con cera roja. Caligrafía impecable. Cada cláusula redactada con la precisión de alguien que había memorizado un códice legal entero en una mazmorra.
Un acuerdo de disolución matrimonial.
—Bianca —dijo—, dile al Marqués que lo espero en el salón. Dile que es urgente.
Bianca hizo una reverencia y salió. Serena esperó con las manos cruzadas sobre el regazo, la mirada fija en el documento. La tinta todavía olía fresca.
Pasaron veinte minutos.
Víctor Flores entró por la puerta lateral con una taza de té en la mano y migas de galleta en la solapa del chaleco. Tenía el cuello de la camisa ligeramente arrugado y el pelo desordenado del lado izquierdo, como si alguien le hubiera pasado los dedos por ahí recientemente.
Venía del ala este. De las habitaciones de Isabella.
Serena no parpadeó.
—Siéntate —dijo.
Víctor frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que ella le diera órdenes. Se sentó al otro extremo de la mesa, dejó la taza sobre el mantel y se cruzó de brazos.
—¿Qué es tan urgente?
Serena deslizó el documento por la mesa. Dos páginas de pergamino cruzando la superficie de roble con un susurro suave, definitivo, como el sonido de una espada saliendo de su funda.
Víctor lo tomó. Leyó el encabezado.
El silencio que siguió fue tan denso que Serena pudo escuchar el tic-tac del reloj en la repisa de la chimenea.
—¿Qué demonios es esto? —Su voz salió baja, contenida, como la presión que se acumula dentro de una caldera antes de reventar.
—Exactamente lo que parece —dijo Serena—. Un acuerdo de disolución matrimonial. He redactado los términos de forma justa. No pido propiedades, ni tierras, ni compensación. Solo la devolución íntegra de mi dote.
Víctor dejó caer el documento sobre la mesa como si le quemara los dedos.
—Estás loca.
—Nuestro matrimonio no tiene amor, Víctor. No lo tuvo el día de la boda y no lo tiene ahora. No compartimos alcoba, no compartimos mesa, y la única persona con la que pasas tiempo bajo este techo lleva el apellido de mi familia, no el tuyo. —Hizo una pausa—. Es mejor separarnos de forma civilizada antes de que esto se convierta en algo que ninguno de los dos pueda controlar.
—¡No voy a firmar esto! —Víctor se puso de pie. La silla chirrió contra el piso de mármol—. ¿Tienes idea de lo que dirán? ¿Un marqués divorciado? ¿La vergüenza que caería sobre mi casa?
—Sobre tu casa ya han caído cosas peores que un divorcio, y ambos lo sabemos.
La mandíbula de Víctor se tensó. Dio un paso hacia ella, luego otro, hasta que estuvo de pie frente a la mesa con las manos apoyadas en la superficie y la cara a medio metro de la suya.
—Escúchame bien, Serena. Eres mi esposa. Lo dice el decreto imperial. Lo dice la ley. Lo dice el contrato que firmaron nuestros padres. Y vas a seguir siéndolo hasta que uno de los dos se muera.
Serena no retrocedió. Ni un centímetro.
—Artículo trescientos veintisiete del Código Civil Imperial —dijo, con la misma calma con la que leería un menú—. Los matrimonios establecidos por decreto pueden ser disueltos mediante acuerdo mutuo de ambas partes, siempre y cuando se presente la solicitud ante el Tribunal de Asuntos Familiares dentro de los primeros cinco años de unión. Estamos en el segundo año. —Ladeó la cabeza—. ¿Quieres que cite también los sub-artículos?
Víctor la miró como si la viera por primera vez.
—¿Desde cuándo sabes de leyes?
—Desde que me convino aprenderlas.
Él retrocedió un paso. Se pasó la mano por el pelo. Miró el documento otra vez, luego a ella, luego al documento.
—No voy a firmar —repitió, pero esta vez la voz le tembló un grado—. No me importa lo que diga tu artículo. No me importa lo que quieras. Eres la Marquesa de Flores y lo serás hasta que yo lo decida.
Recogió el documento, lo dobló por la mitad con un movimiento brusco y se lo metió en el bolsillo del chaleco. Luego se dio la vuelta y salió del salón dando un portazo que hizo temblar los candelabros.
El eco resonó durante cinco segundos.
Serena tomó su taza de té. La superficie del líquido ni siquiera se había movido.
—Se lo llevó —observó Bianca desde la puerta, con las cejas levantadas.
—Claro que se lo llevó.
—Pensé que lo rompería.
—Si lo hubiera roto, significaría que no le importa. Se lo llevó porque necesita leerlo completo. Necesita buscar un error en cada línea, una cláusula que pueda impugnar, una falla que pueda usar en mi contra. —Serena bebió un sorbo de té—. No va a encontrar ninguna.
—¿Y si nunca firma?
—Firmará. Su debilidad es el orgullo, Bianca. No soporta perder el control. Ahora mismo cree que puede ganar esta batalla simplemente negándose. Pero cada día que pase con ese documento en el bolsillo, la idea se le va a meter más hondo. Como una espina. —Dejó la taza sobre la mesa—. Solo necesito el momento adecuado para empujarla un poco más.
Bianca la observó un momento largo.
—Usted da miedo, señora. ¿Lo sabe?
Serena sonrió. No respondió.
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A tres kilómetros de la residencia Flores, en una casa de piedra blanca que no figuraba en ningún registro de la ciudad, Alejandro Durán, Duque de Hielo, leía informes.
La mesa frente a él estaba cubierta de papeles. Reportes de agentes, transcripciones de conversaciones, registros de compras, movimientos de personal, horarios de sirvientes. Todo referente a una sola persona.
Serena Bridge de Flores.
—Marcus —dijo, sin levantar la vista del informe que tenía en la mano.
Marcus, su asistente, dio un paso adelante desde la sombra junto a la puerta. Era un hombre de rostro inexpresivo, eficiente como un mecanismo de relojería y tan silencioso que la mayoría de la gente olvidaba que estaba en la habitación.
—Señor.
—Resúmeme los últimos tres meses.
Marcus se aclaró la garganta.
—La señora de Flores destituyó al mayordomo principal de la residencia, un hombre llamado Gaspar que llevaba dieciocho años en el puesto. Lo hizo en menos de una semana, utilizando las propias irregularidades contables del mayordomo como palanca. Ningún sirviente se opuso. —Pasó una página—. Posteriormente, resolvió una crisis de abastecimiento con los proveedores de vino de la casa Flores, negociando directamente con las bodegas del sur y asegurando un contrato exclusivo en condiciones favorables. Los bodegueros dicen que negocia como un comerciante de treinta años de experiencia.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Algo más?
—En la cata de vinos del mes pasado, identificó correctamente la procedencia y la añada de siete de ocho vinos, superando a varios comerciantes con décadas en el oficio. Y según nuestras fuentes dentro de la residencia, conoce los movimientos de cada sirviente, cada rutina, cada conflicto interno, como si llevara años viviendo ahí. Puede predecir quién va a renunciar antes de que esa persona lo sepa.
Alejandro dejó el informe sobre la mesa. Se reclinó en la silla y juntó las yemas de los dedos frente a su rostro.
—Una mujer de dieciocho años. Casada hace menos de dos años. Sin formación militar, comercial ni legal. Que de un día para otro demuestra habilidades que tardan décadas en desarrollarse.
—Correcto, señor.
—¿Cuál es tu teoría, Marcus?
Marcus dudó un instante.
—No tengo una teoría que encaje con los hechos, señor. Si me obligara a elegir, diría que alguien la entrenó en secreto. Pero eso no explica los detalles. Nadie puede enseñarte a conocer una casa como si hubieras vivido en ella, porque ese conocimiento solo se obtiene viviéndolo.
Alejandro asintió lentamente. Sus ojos grises tenían la intensidad fija de alguien que desmontaba las cosas pieza por pieza dentro de su cabeza, sin prisa, sin pasión, con la paciencia metódica de un relojero.
—Sigue investigando —dijo—. Quiero saber qué convirtió a un cordero en un lobo.
Marcus hizo una reverencia y desapareció por la puerta como si nunca hubiera estado ahí.
Alejandro se quedó solo. Tomó uno de los reportes y releyó una línea que había subrayado dos veces:
"La señora de Flores ha presentado un documento de disolución matrimonial al Marqués."
La comisura de sus labios se curvó un milímetro. No era una sonrisa. Era algo más cercano al interés.
Algo peligroso.
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Esa noche, Víctor Flores llegó al patio de la residencia a las once con el paso errático de un hombre que llevaba cuatro horas bebiendo.
Cruzó los corredores apoyándose en las paredes. Dos sirvientas se apartaron de su camino con reverencias apresuradas. Un mozo de cuadra que pasaba con un farol lo vio tambalearse y fingió no haberlo notado.
Víctor se detuvo frente a la puerta de los aposentos de Serena.
—¡Serena! —golpeó la madera con el puño—. ¡Abre la puerta! ¡Soy tu esposo y tengo derecho a entrar!
Adentro, Serena estaba sentada en la cama con un libro abierto sobre las rodillas y una vela encendida en la mesita de noche. Llevaba el camisón blanco de dormir y el pelo suelto. Bianca, en un catre junto a la puerta, se incorporó de golpe.
—Señora...
—Quédate donde estás —dijo Serena, sin levantar la vista del libro—. No va a entrar.
—¡Serena! ¡Te ordeno que abras esta maldita puerta!
Víctor empujó la puerta. El pestillo aguantó. Empujó más fuerte, con el hombro, y la madera crujió.
El pestillo cedió.
La puerta se abrió de golpe. Víctor dio un paso triunfante hacia el interior.
Su pie enganchó el cordel.
El alambre tensado cruzaba el umbral a la altura del tobillo, prácticamente invisible en la penumbra del corredor. Serena lo había atado esa tarde entre la base de la puerta y la pata de una mesa auxiliar, con un nudo que Bianca no reconoció pero que mantuvo la tensión perfecta.
Víctor tropezó. Sus brazos giraron en el aire buscando un equilibrio que ya no existía. Cayó hacia adelante con todo su peso y su mano golpeó el borde de la palangana de cobre que Serena había colocado en el suelo, justo al otro lado del umbral.
La palangana volcó.
Tres litros de agua helada le cayeron encima con un estruendo que resonó por todo el patio. El cobre rebotó contra el suelo de piedra una, dos, tres veces, cada golpe más escandaloso que el anterior. Víctor quedó tendido boca abajo en un charco de agua fría, empapado de la cabeza a los pies, con la dignidad hecha pedazos.
En menos de un minuto, media docena de sirvientes aparecieron en el corredor con faroles y los ojos desorbitados.
Víctor levantó la cabeza. Tenía el pelo pegado a la cara, el chaleco chorreando y una expresión que oscilaba entre la furia y el horror puro de saber que lo estaban viendo así.
—Se... señor Marqués... —balbuceó una criada, sin saber si ayudarlo o huir.
Serena se levantó de la cama con la calma de alguien que observa llover desde una ventana. Caminó hasta el umbral, miró a su esposo tendido en el charco y luego se dirigió a los sirvientes.
—El Marqués ha tenido un accidente. Llévenlo a sus aposentos y asegúrense de que se cambie la ropa. Está empapado y podría resfriarse.
Víctor la miró desde el suelo con los ojos inyectados en sangre.
—Tú... tú hiciste esto...
—¿Yo? —Serena ladeó la cabeza—. Tengo la costumbre de dejar agua preparada para lavarme los pies antes de dormir. No es mi culpa que hayas tropezado con ella.
Dos sirvientes lo levantaron del suelo. El agua le escurría por los pantalones y dejaba un rastro en las baldosas. Lo sacaron del corredor sujetándolo por los codos mientras él mascullaba insultos que el alcohol convertía en balbuceos incoherentes.
Serena cerró la puerta. Corrió el pestillo. Se sentó en la cama.
Bianca la miraba con la boca abierta.
—El alambre —dijo—. Usted puso el alambre.
—¿Qué alambre? Solo es una palangana mal puesta, Bianca. Estas cosas pasan.
—No, no pasan. Usted calculó que vendría borracho, calculó que forzaría la puerta y calculó exactamente dónde iba a pisar.
Serena abrió su libro por la página donde lo había dejado.
—Buenas noches, Bianca.
Bianca apagó su vela. Pero en la oscuridad, Serena la escuchó reírse bajito contra la almohada.
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A la mañana siguiente, la residencia Flores zumbaba con el chisme como una colmena golpeada con un palo.
El Marqués había ido borracho a los aposentos de su esposa. La Marquesa lo había bañado en agua helada. Lo habían encontrado en el suelo del corredor como un perro mojado. La palangana de cobre todavía tenía una abolladura.
Las criadas lo contaban con las manos sobre la boca para tapar la sonrisa. Los mozos lo repetían en las caballerizas sin molestarse en disimular la risa. La cocinera dijo que era un castigo divino y le puso doble porción de mermelada al desayuno de la Marquesa.
Charlotte Flores, la hermana menor de Víctor, se enteró durante el desayuno. Escuchó la versión de una doncella, luego la de un lacayo, luego la del jardinero, y cada versión era más hilarante que la anterior. Se tapó la boca con la servilleta, pero la risa le salió igual, alta y cristalina, resonando por el comedor.
—¡La palangana! —repitió, secándose las lágrimas—. ¡Dice que tropezó con una palangana!
Víctor no bajó a desayunar. Se encerró en su despacho con la puerta cerrada y la orden de que nadie lo molestara. Cuando un criado le llevó el café, lo escuchó romper algo de vidrio contra la pared.
En el ala este, Isabella recibió la noticia de labios de Dani, su doncella.
—¿Una palangana? —repitió, con los ojos entrecerrados.
—Eso dicen, señorita. Que tropezó.
Isabella no se rio. Se quedó mirando por la ventana con una expresión que Dani no supo interpretar. Pero sus dedos, posados sobre el borde de la taza de té, se apretaron hasta que los nudillos se volvieron blancos.
Serena Bridge estaba cambiando.
Y eso, para Isabella, era mucho más peligroso que cualquier palangana.
gracias
quien es Leopoldo