Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo IX: Ecos del pasado
Punto de vista de Amanda
Empecé a sentir nuevamente mi cuerpo; ya no me encontraba en aquella nube flotando en un lugar desconocido de mi mente. Lentamente fui abriendo los ojos. Lo primero que vi fue el blanco del techo, lo que me asustó un poco, y luego el olor a desinfectante y antiséptico invadió mis fosas nasales. Fue entonces cuando supe que estaba en un hospital.
Los recuerdos de la cabaña llenaron mi mente e, instintivamente, llevé las manos a mi vientre, ahora plano. Entré en pánico recordando que Andrés estaba ahí conmigo; empecé a temer lo peor.
—Al fin despiertas —escuché una voz familiar—. Tranquila, yo estoy aquí y Mía está bien.
Vi a Andrés a mi lado. Se veía cansado, y ese aire de CEO frío y dominante había desaparecido por completo.
—¿Dónde está mi hija? —pregunté con angustia, aunque mi voz se sentía pesada y pastosa.
—Ella está bien, ambas están bien.
Andrés se inclinó y dejó un tierno beso en mi frente, una acción que me sorprendió y me dejó descolocada.
—Quiero verla —pedí en una súplica.
—Ya pronto la verás, ahora el doctor debe revisarte.
Poco tiempo después llegó un médico algo mayor. Yo sabía perfectamente lo que me había pasado; soy doctora, por eso entendía la gravedad de la hemorragia que había sufrido, pero ahora lo único que me importaba en el mundo era mi hija. Después de que terminó la revisión, volví a exigir verla.
—Debes recuperar fuerzas, Mía se encuentra en perfecto estado. Así que mejor tranquilízate y descansa —me recomendó el doctor antes de salir.
Pasaron al menos dos horas desde que reaccioné. Ya no aguantaba más estar lejos de mi pequeña; iba a exigirle a Andrés que la trajera de inmediato, pero justo en ese momento la puerta de la habitación se abrió, dejando pasar a una enfermera que empujaba un cunero.
—Aquí está la pequeña Mía Victoria Ferrer, queriendo ver a sus padres —dijo la mujer con una sonrisa jovial.
Miré a Andrés furiosa. Él se había atrevido a ponerle su apellido a mi hija.
—Gracias —dijo Andrés rápidamente, tomando a la bebé en sus brazos para cortar mi reacción—. Aquí está nuestra hija.
Puso a Mía en mi regazo mientras me guiñaba un ojo con complicidad. Me mantuve en silencio hasta que la enfermera salió; no iba a montar un espectáculo frente a una desconocida, a pesar de todo, sabía que nadie en este lugar podía enterarse de mi verdadera identidad. En cuanto la puerta se cerró, desaté mi rabia.
—Exijo una explicación de por qué mi hija lleva tu apellido.
—Tuve que hacerlo así, no me dejaste otra opción —respondió él, cruzándose de brazos—. En el hospital estaban haciendo muchas preguntas y, para no levantar sospechas, tuve que mentir y decir que eras mi prometida y que Mía es mi hija.
—Te aprovechaste de la situación para hacer lo que siempre habías querido: adueñarte de mi hija y ponernos tus cadenas.
—No es así, pero tampoco pienso darte explicaciones. Piensa lo que quieras, Amanda. Ahora lo único cierto es que Mía legalmente es una Ferrer, y eso es algo que nadie podrá deshacer.
Me quedé en silencio, estrechando a mi hija entre mis brazos. Ahora estaba atada a este hombre por medio de mi pequeña; porque si bien Andrés no era su padre biológico, ante la ley se había convertido en su protector absoluto.
Otra enfermera entró a la habitación llevando un carrito con medicinas. Ella notó de inmediato la pesada tensión en el ambiente y, sin pensárselo dos veces, preguntó con amabilidad:
—¿Todo está bien, señora?
Miré a Andrés y luego a mi bebé. No sabía qué hacer ni qué decir para no arruinar la fachada.
—No es nada —intervino Andrés, mirándome de reojo—. Es solo que mi mujer está un poco molesta porque Mía nació fuera del matrimonio.
Me le quedé mirando fijamente, estupefacta. No podía creer cómo se le facilitaba mentir de una manera tan convincente y fría. Él ya no era ni la sombra de aquel joven dulce que conocí en mi adolescencia, aquel al que le entregué mi primera vez.
—¡Ah, es solo eso! Es comprensible su molestia, señorita, pero no es algo que no tenga solución —dijo la mujer, suavizando el gesto—. Pienso que no importa si se casan antes o después, lo importante es bendecir la unión. Aquí en el hospital tenemos un servicio de capilla muy bonito, por si quieren legalizar su estatus antes de que les den el alta.
Un largo e incómodo silencio cayó sobre la habitación mientras la enfermera preparaba los medicamentos, dejándome atrapada en la mirada intensa y calculadora de Andrés.
Andrés guardó silencio por unos segundos, sosteniendo mi mirada fija. Pude ver el brillo calculador en sus ojos, la tentación de usar las palabras de la enfermera para acorralarme por completo en su juego. El corazón me dio un vuelco del puro susto, temiendo que fuera a aceptar la propuesta de la capilla.
Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, la tensión en sus hombros disminuyó y exhaló un suspiro suave.
—Le agradezco mucho la sugerencia, de verdad —respondió Andrés, dirigiéndose a la enfermera con una sonrisa amable que suavizó sus facciones—. Pero mi prometida acaba de pasar por un momento muy difícil y traumático en la montaña. Lo único que me interesa ahora es que descanse y se recupere junto a nuestra hija. La boda tendrá que esperar a que estemos en casa, con calma.
La enfermera asintió, visiblemente conmovida por la aparente consideración de mi "prometido".
—Es usted un hombre muy considerado, señor Ferrer. Tiene razón, la salud es lo primero. Con permiso, los dejo para que descansen.
En cuanto la mujer terminó de acomodar los medicamentos y salió de la habitación, el silencio volvió a reinar, pero esta vez ya no se sentía tan pesado. Miré a Andrés, todavía con la respiración contenida, tratando de descifrar qué acababa de pasar.
—Pensé que aprovecharías la oportunidad para obligarme —admití en un susurro, acomodando a Mía con cuidado contra mi pecho.
Andrés se acercó lentamente a la orilla de la cama y se sentó. Su mirada ya no era la del CEO implacable, sino la del hombre que me había sostenido las manos en la cabaña.
—No soy un monstruo, Amanda, ni pretendo ser tu carcelero —dijo con una voz suave pero firme—. Sé que cometí una arbitrariedad al ponerle mi apellido a la niña, pero te juro que lo hice únicamente para protegerlas. Si los Maldonado rastrean este hospital, buscarán a una mujer soltera llamada Amanda Leal. Ahora, ante el mundo, eres Victoria Arismendi y esta bebé es una Ferrer. Están blindadas. No te obligaré a casarte conmigo; quiero que estés aquí porque confías en mí, no porque no te quede otra opción.
Sus palabras me dejaron sin argumentos. Miré el tierno rostro de Mía, que dormía plácidamente ajena a la tormenta que nos rodeaba. Aunque seguía teniendo miedo de perder mi libertad otra vez, tenía que reconocer que el apellido Ferrer era el escudo más poderoso que mi hija podía tener en este momento.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda