Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 18 — UNIÓN PROHIBIDA
Haru sonrió dentro del beso y murmuró contra mis labios, la voz cargada de lujuria:
—A mí me gusta así como está… peludito…
Lo que dijo me puso aún más rojo.
El calor me subió por el cuello hasta las orejas.
Intenté hablar, pero mi voz salió tartamudeante y avergonzada:
—¡D-deja de decir tonterías…! ¡Vete! Eres el novio de Aoi… no quiero involucrarme contigo…
Haru no se apartó.
Sus dedos siguieron moviéndose dentro de mí, lentos y profundos, abriéndome con cada embestida de sus nudillos. Su otro brazo me mantenía firmemente contra su pecho, y podía sentir cómo su miembro moreno y grueso se endurecía contra mi vientre, rozando el mío.
El baño, iluminado ahora por la luz fría, se sentía demasiado pequeño.
El vapor de la ducha aún flotaba en el aire, mezclándose con el sonido húmedo de los dedos de Haru entrando y saliendo de mi cuerpo. Yo seguía temblando, dividido entre la vergüenza, el miedo de lo que estaba pasando… y el placer traicionero que me recorría la espalda.
Haru gruñó contra mi boca y profundizó el beso como si quisiera devorarme.
Su lengua se enredó con la mía, succionando, explorando, mientras mordía mi labio inferior hasta dejarlo hinchado y sensible.
Su mano libre bajó por mi nuca, recorrió mi pecho y atrapó uno de mis p*zones erectos. Tiró de él entre los dedos, retorciéndolo con precisión cruel, hasta que un gemido agudo se me escapó y se ahogó dentro de su boca.
—Aoi está dormida —susurró contra mis labios, la voz grave, espesa de deseo—. Y tú estás aquí… temblando… liberando feromonas como una p*ta en c*lo que me está rogando que la f*lle.
Sus dedos se hundieron más profundo. Tres. Me abrió sin piedad, estirándome, rozando ese punto que me hacía arquear la espalda. Mi cuerpo traicionero se contrajo alrededor de ellos con fuerza, succionándolos. Mi miembro, ya duro y palpitante, rozaba el suyo. El de Haru era más grande, grueso, más caliente, venoso y latía contra mi vientre como una promesa oscura.
Intenté apartarme.
Empujé su pecho con ambas manos.
Él no cedió. Me forzó a hincarme de rodillas sobre el suelo húmedo e introdujo su miembro en mi boca de un solo empujón.
—Ni se te ocurra morderlo.
Me tomó del cabello con una mano y embistió. El grosor venoso golpeaba el fondo de mi garganta una y otra vez. Lágrimas me quemaban los ojos. Babas corrían por mi mentón. Cada embestida era más profunda, más posesiva. Cuando sintió que estaba al borde, lo sacó. Chorros calientes de semen salpicaron mi cara, mis labios, mis pestañas; otra parte entró directa en mi boca.
—Trágatelo todo —ordenó, volviendo a meterse hasta el fondo—. Cada gota.
Obedecí.
Tragué.
El sabor amargo y espeso me llenó la garganta.
Cuando lo sacó, tosí, la voz rota:
—Haru… déjame, por favor. Vete.
No me escuchó.
O fingió no hacerlo.
Me levantó de un tirón brutal, jalándome del cabello, me giró de golpe y me empujó contra la pared fría. El azulejo helado me quemó la piel en contraste con el calor abrasador de su cuerpo pegado a mi espalda. Levantó mi pierna derecha, abriéndome por completo. La punta gruesa, morena y resbaladiza de su miembro rozó mi entrada todavía húmeda y abierta por sus dedos.
—Haru… —gimió mi voz, atrapada entre el miedo, la vergüenza y un pl*cer sucio que me estaba volviendo loco—. No… no deberíamos…
Se inclinó sobre mi hombro.
Mordió el lóbulo de mi oreja con los dientes mientras empujaba apenas la cabeza de su miembro contra mi an*, estirándome solo lo suficiente para hacerme temblar.
—Dime que pare de verdad… —susurró, la respiración caliente y húmeda contra mi piel—. Dímelo y me detengo.
—Para —logré decir, aunque la voz me temblaba—. Vete.
Haru sonrió.
El aliento me rozó la oreja. Hizo caso omiso de mi rechazo… y de su propia promesa.
Con un solo empujón firme, profundo y despiadado se hundió dentro de mí hasta la base.
El dolor y el placer se entremezclaron de forma brutal. Me sentí partido en dos. Tan lleno que el aire se me atascó en la garganta. Un gemido silencioso se me escapó. Haru gruñó de puro placer animal. Una de sus manos me apretó la cadera con fuerza suficiente para dejar moretones; la otra rodeó mi miembro y empezó a masturbarme con el mismo ritmo salvaje de sus embestidas.
—Tan apretado… —jadeó contra mi oído, la voz ronca—. Incluso después de anoche, cuando Yoru y Akira te foll*ron por turnos… todavía te sientes virg*n. Todavía te cierras alrededor de mi miembro como si fuera la primera vez.
Cada embestida era más profunda, más brutal. El sonido de su pelvis chocando contra mis n*lgas llenaba el baño.
PLAP…
PLAP…
PLAP…
Húmedo, obsc*no, obsc*namente rítmico. Mi miembro goteaba sin control entre sus dedos. Cada vez que golpeaba ese punto profundo dentro de mí, mis rodillas flaqueaban y gemidos rotos se me escapaban.
—Haru… ¡ahh…! —sollozaba, incapaz de formar palabras coherentes—. Es… demasiado…
—Para… me voy a venir… —gemí, la voz quebrada.
No se detuvo. Me f*llaba con fuerza, casi con rabia contenida, como si necesitara marcarme desde dentro. Su miembro se deslizaba dentro y fuera con facilidad ahora, usando mis propios fluidos y el semen residual de la noche anterior como lubricante. El exceso salía con cada embestida, espeso y caliente, corriendo por mis muslos en hilos viscosos que goteaban hasta el suelo.
De pronto me giró de nuevo, esta vez de frente. Me levantó como si no pesara nada y me empujó contra la pared, enganchando mis piernas alrededor de su cintura. En esa posición me penetró aún más profundo, hasta el fondo. Mi espalda se arqueó. Mis pezones erectos y sensibles rozaban sus pectorales con cada embestida. Me besó otra vez, salvaje, desesperado, mordiendo, succionando, mientras me f*llaba sin piedad.
—Córr*te para mí —ordenó contra mi boca, la voz gutural—. Quiero sentirte apretarme la p*lla mientras te lleno.
—Quiero que te c*rras sabiendo que te estoy f*llando c*ntra tu voluntad… y que tu cuerpo lo está pidiendo.
El org*smo me golpeó como un latigazo.
Mi cuerpo entero se tensó. Mi miembro palpitó violentamente entre nuestros vientres y chorros densos de s*men salpicaron su abdomen, el mío, subiendo hasta el pecho.