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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

...Val....

Llegué a mi departamento arrastrando los pies.

El turno en la torre fue una tortura. Cada vez que se abría una frecuencia, se me tensaba todo el cuerpo esperando oír esa voz grave diciendo "Cielo 3576, solicita autorización". No pasó. Su vuelo era hasta el día siguiente, según el tablero de programación que revisé tres veces. Casualmente.

Abrí la puerta y el olor a pizza fría y desodorante masculino me pegó en la cara antes de que pudiera prender la luz.

No.

—¡Muñeca! —Luciano Reyes estaba acostado en MI sofá, con MI control remoto, viendo MI televisión, comiendo pizza sobre MI mesa como si todavía viviera aquí—. Pensé que no ibas a llegar.

—Luciano. —Mi voz salió plana—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a hablar contigo. —Se levantó con esa sonrisa de niño bueno que antes me parecía linda y que ahora me revolvía el estómago—. No hemos hablado desde... ya sabes. El malentendido del grupo.

—No fue un malentendido.

—Claro que sí, muñeca, los chicos estaban bromeando y yo les seguí el juego. Así son los hombres entre ellos. No significa nada.

Lo miré. Luciano Reyes era guapo. Alto, piel clara, pelo castaño siempre peinado, ropa cara. El tipo que las revistas pondrían en portada. Pero debajo de eso no había nada. Como abrir un regalo enorme y que la caja esté vacía.

Y anoche otro hombre me había tocado como si cada centímetro de mi piel valiera la pena, y la diferencia entre ese recuerdo y el tipo que tenía enfrente era tan grande que casi me daba risa.

—¿Todavía tienes las llaves de mi departamento? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Nunca me las pediste. —Intentó tomarme las manos. Retrocedí—. Val, ¿en serio vas a tirar tres años por un chiste en un grupo de WhatsApp?

—No es por el chiste, Luciano. Es porque lo dijiste en serio. —Me mantuve firme aunque por dentro todo temblaba—. Me llamaste loca. Dijiste que sólo estabas conmigo por los contratos con mi padre.

—Eso no es verdad, muñeca. Te amo.

—¿Ah sí? —Solté una risa seca—. ¿Y por eso le dijiste a tus amigos que soy "el paquete" que viene con la firma de mi papá?

La sonrisa se le descompuso. Por un segundo se le asomó el Luciano de verdad — esa mirada fría de alguien que siempre está calculando cuánto le cuesta cada emoción que finge.

—Estás exagerando. Como siempre. —Le cambió el tono—. Esto es exactamente lo que le decía a los chicos: siempre haces un drama de todo.

—Ya terminamos, Luciano.

—¿Terminamos? —Se rió como si no pudiera creerlo—. Val, no seas ridícula. No puedes terminar conmigo.

—Acabo de hacerlo.

—¿Y qué vas a hacer sola? —Se cruzó de brazos. Me miró con burla y con algo más feo—. No tienes a nadie. Tu padre ni te habla. Tu hermana te detesta. Tu madre lleva diez años en coma. Tu abuelita está en una clínica en otra ciudad. ¿Quién te va a aguantar si no soy yo?

Cada frase fue un golpe. Directo a donde sabía que dolía.

Porque tenía razón. En cada punto, el desgraciado tenía razón.

Mi padre me trataba como un estorbo. Camila me odiaba con ganas. Mi madre estaba en Clínica Santa Lucía, dormida desde que yo tenía diecisiete. Y Abuelita, lo único bueno que me quedaba, estaba lejos y cada vez más frágil.

Estaba sola.

Pero prefería estar sola a estar con alguien que me hacía sentir que no valía nada. Anoche alguien me miró como si valiera todo, y aunque fuera un error de una noche, al menos ya sabía cómo se sentía eso.

—Deja las llaves en la mesa y vete —dije. Mi voz no tembló. No sé de dónde saqué eso, pero no tembló.

Me observó un rato. Recalculando. Luego caminó a la mesa, dejó caer las llaves con un golpe metálico y se fue hacia la puerta.

Pero antes de salir se detuvo. Y lo que dijo no sonó a despedida.

—Vas a volver, Valentina. Siempre vuelves. —Voz suave, casi dulce. Ojos fríos—. Sin mí no vas a poder vivir. Y cuando te des cuenta, voy a estar aquí esperándote.

La puerta se cerró.

Me quedé parada en la sala. El corazón me golpeaba las costillas. No era tristeza. Era el eco de todas las veces que me dijeron que no era suficiente, que estaba rota, que debía agradecer que alguien se quedara conmigo.

El teléfono vibró. Camila.

«Hermanita, escuché que terminaste con Luca. Ay, qué pena. Pero no te preocupes, yo voy a consolarlo por ti 😘»

Lo leí tres veces. Cada vez dolía menos. No porque me acostumbrara sino porque algo dentro de mí se estaba poniendo duro. Como piel nueva sobre una herida. No la cura, pero al menos deja de sangrar.

Borré el mensaje.

Fui a la cocina. Tiré la pizza de Luciano a la basura. Me serví un vaso de agua y me senté en el piso con la espalda contra el refrigerador.

Cerré los ojos. No pensé en Luciano ni en Camila ni en mi padre ni en los diez años de mierda que llevaba cargando.

Pensé en un bar oscuro. En una risa. En una voz que decía "ya no me caías bien antes y aún así no podía quitarte los ojos de encima". En unas manos que me recorrieron entera como si tuviera todo el tiempo del mundo. En la forma en que dijo mi nombre contra mi cuello, ronco, medio ahogado, justo antes de terminar.

Abrí los ojos y me abofeteé mentalmente.

No, Valentina. No vas a pensar en Sebastián del Fuego. No en su sonrisa, ni en sus manos, ni en cómo se sentía tenerlo encima, ni en esa cosa que te hizo con la boca que todavía te tiemblan las piernas de recordarla.

Es un error. Luciano es el pasado. Y mañana tienes que levantarte a las cinco para guiar aviones.

Me di una ducha. Me metí a la cama.

Antes de dormir, desbloqueé el teléfono una última vez.

Treinta y siete mensajes de Luciano. "Perdóname." "Estaba bromeando." "Eres lo más importante de mi vida."

No respondí ninguno.

Pero lo que no pude ignorar fue el último mensaje. Un número desconocido.

«Encontré tu credencial del aeropuerto en mi chamarra. Supongo que la necesitas para trabajar. ¿Quieres que te la devuelva o prefieres pagarme cien mil pesos para que la olvide?»

Me mordí el labio.

Maldito Del Fuego.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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