Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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capítulo 9
La niña del andén
El cuervo desapareció entre los edificios.
Gabriel permaneció inmóvil sobre la azotea.
Las últimas palabras del ave seguían resonando en su cabeza.
—"Ya es demasiado tarde, Guardián."
Miró nuevamente el cielo.
La enorme grieta había desaparecido.
Las nubes volvían a cubrir Tokio como si nada hubiera ocurrido.
Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, habría pensado que todo había sido una alucinación.
Regresó al despacho.
Tomó la carta de Hayato Mori y la guardó cuidadosamente dentro del Proyecto Umbral.
Necesitaba respuestas.
Pero antes debía asegurarse de que Valeria seguía a salvo.
A varios kilómetros de allí, Valeria despertó sobresaltada.
Miró el reloj.
4:03 de la madrugada.
Había soñado con una estación de tren completamente vacía.
Una niña la llamaba desde el otro extremo del andén.
No podía verle el rostro.
Solo escuchaba una frase repetirse una y otra vez.
"No subas al último tren."
Se llevó una mano al pecho.
El corazón seguía latiendo con fuerza.
Encendió la lámpara de la habitación.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Respiró con alivio.
Entonces escuchó una voz infantil.
—Llegaste tarde...
Valeria se quedó inmóvil.
La voz provenía del baño.
Se levantó lentamente.
Abrió la puerta.
No había nadie.
Solo el espejo empañado por el vapor de la ducha.
Y, dibujada con un dedo sobre el cristal, una pequeña figura sosteniendo un paraguas.
Debajo del dibujo aparecía una palabra.
Shibuya.
A las ocho de la mañana Gabriel llegó al hotel.
Encontró a Valeria completamente despierta.
Ella le contó el sueño.
El dibujo.
La palabra escrita en el espejo.
Gabriel no dijo nada durante unos segundos.
Después tomó un mapa de Tokio que llevaba en su mochila.
Marcó un punto.
La estación de Shibuya.
—¿Qué ocurre? —preguntó Valeria.
—Hace treinta y nueve años desapareció una niña allí.
Nunca encontraron su cuerpo.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Gabriel no respondió de inmediato.
Porque, en realidad...
No lo sabía.
Una hora después caminaban entre la multitud de Shibuya.
Miles de personas cruzaban el famoso paso peatonal sin imaginar que, bajo sus pies, existían túneles cerrados desde hacía décadas.
Gabriel descendió por una escalera de servicio.
Una puerta metálica impedía el paso.
Sacó una vieja llave.
La cerradura cedió con un chasquido.
Valeria lo observó sorprendida.
—¿Cuántas llaves tienes?
Gabriel sonrió apenas.
—Más de las que me gustaría.
Entraron.
El túnel estaba oscuro.
Olía a humedad y metal oxidado.
Las antiguas vías permanecían cubiertas de polvo.
Ningún tren pasaba por allí desde hacía muchos años.
Mientras avanzaban, Valeria comenzó a sentir la misma presión en el pecho que había sentido la noche de la ruptura.
Cada paso era más pesado.
Como si el aire se volviera más denso.
De pronto...
Escuchó una risa.
No era la risa profunda de la entidad.
Era una risa infantil.
Gabriel también la oyó.
Al iluminar con la linterna, descubrieron a una niña sentada sobre uno de los bancos.
Vestía un uniforme escolar antiguo.
Llevaba un pequeño conejo de peluche entre los brazos.
Y sonreía.
—Hola... —dijo con una voz dulce.
Valeria dio un paso hacia ella.
Gabriel levantó inmediatamente el brazo para detenerla.
—No.
La niña inclinó lentamente la cabeza.
—¿Por qué no quiere que se acerque?
Gabriel permaneció en silencio.
La niña volvió a hablar.
Esta vez mirando directamente a Valeria.
—Él tiene miedo de mí.
Gabriel respondió con firmeza.
—No.
Tengo miedo de lo que está usando tu apariencia.
La sonrisa de la niña desapareció.
Durante un instante, el túnel entero tembló.
Las luces de emergencia comenzaron a encenderse una tras otra.
La pequeña suspiró.
—Llegó demasiado pronto...
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién?
La niña levantó lentamente la vista hacia la oscuridad del túnel.
Su expresión cambió por completo.
Ya no sonreía.
Ahora parecía aterrada.
Con lágrimas en los ojos, dio un paso hacia atrás y susurró:
—Él nunca viene solo.
Un rugido estremeció las paredes.
No provenía del túnel.
Venía de mucho más abajo.
De un lugar donde jamás deberían escucharse voces humanas.
El suelo vibró bajo sus pies.
Y, desde la absoluta oscuridad de las vías abandonadas, comenzaron a abrirse decenas de ojos negros.
Uno...
Dos...
Cinco...
Diez...
Después dejaron de poder contarlos.
Gabriel apretó la linterna con fuerza.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla...
Comprendió que no estaban enfrentándose a una única entidad.
Habían entrado, sin saberlo, en un lugar donde algo llevaba mucho tiempo esperando... y no estaba solo.