Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Una difícil decisión
Don Julián llegó a la librería justo después de que las camionetas de Maximiliano se alejaran, con el corazón galopando a un ritmo vertiginoso entro al local imaginándose lo peor. Él pensó que el esposo de Selene la había encontrado y que él había llegado tarde para defenderla, pero al ver que ella aún estaba en la librería y que Gabriel la acompañaba se sintió aliviado.
—Tengo que irme, Maximiliano sabe donde estoy y cuando se dé cuenta de que la policía no va a llegar volverá por mí y por ustedes — dijo Selene aún nerviosa.
—No tienes que volver a huir, yo estoy aquí contigo y no dejaré que se vuelva a acercar a ti — respondió Gabriel sintiendo como su corazón se rompía al ver a Selene en ese estado.
—Ya no estás sola hija, nosotros te vamos a proteger y nadie podrá volver a lastimarte — intervino Don Julián dando pasos hacia la pareja.
—Ustedes no entienden, Maximiliano es muy poderoso y en menos de lo que creen nos destruirá a los tres y yo no quiero que ustedes salgan lastimados por mi culpa.
—No puedes seguir huyendo, eso no es vida —, dijo Gabriel con seguridad — Es hora que vuelvas y enfrentes a ese hombre y termines con todo esto.
—No puedo —susurró Selene, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla—. Ustedes no lo han visto cuando la ira lo ciega. Él no negocia, él devasta. Si vuelvo, me encerrará en una celda sucia y fria, me dejara a mi suerte y acabará con lo que tanto me ha costado recuperarme, esta vez no saldré de sus garras ni muerta. Prefiero desaparecer en la selva o cruzar la frontera a pie antes que permitir que me ponga una mano encima otra vez.
Gabriel la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos. La intensidad de su mirada era tal que, por un momento, Selene sintió que el aire vibraba a su alrededor.
—Escúchame, Selene. No te estoy pidiendo que vuelvas de rodillas. Te estoy pidiendo que vuelvas con la cabeza en alto, con un ejército legal detrás de ti y con el mundo entero mirando. Maximiliano prospera en la sombra, en el silencio de las paredes de su mansión. Pero si lo exponemos, si pides el divorcio alegando maltrato y presentas las pruebas de sus abusos, su imperio de cristal empezará a agrietarse. El escándalo es lo único que temen los hombres como él.
—Gabriel tiene razón, hija —añadió Don Julián, cuya voz ya había recuperado su firmeza—. Huir es darle la razón, es aceptar que él es el dueño de tu destino. Si te vas ahora, pasarás el resto de tu vida mirando por encima del hombro cada vez que escuches un motor o veas una sombra. ¿Es esa la libertad que tanto te costó conseguir?
Selene guardó silencio, el eco de las palabras de ambos chocando contra el trauma que aún gritaba en su interior. Miró a su alrededor; la librería, su pequeño paraíso, ahora olía a la intrusión de Maximiliano. Las flores rotas del sueño parecían materializarse en las esquinas.
—¿Y si falla? —preguntó Selene con un hilo de voz—. ¿Y si sus abogados compran a los jueces? ¿Y si mi padre testifica en mi contra para salvar su pellejo, como siempre lo ha hecho?
—Entonces yo estaré allí para sostenerte —respondió Gabriel con una seguridad que rayaba en lo absoluto—. No tienes idea de los recursos que puedo movilizar cuando me propongo algo. Maximiliano cree que es el tiburón más grande del océano, pero no sabe que ha entrado en aguas que no comprende. Confía en mí, Selene. Por primera vez en tu vida, deja que alguien más pelee esta batalla contigo.
Selene miró las manos de Gabriel. Eran manos que diseñaban, que construían, que protegían. Luego miró a Don Julián, el hombre que le había devuelto la fe en la bondad desinteresada. Por primera vez desde que salió de su ciudad natal, el peso en su pecho no era solo miedo; era el peso de la responsabilidad de reclamar su propia vida.
—Está bien —dijo finalmente, con una chispa de acero en sus ojos azules que Gabriel no había visto antes—. Volveré. Pero no volveré como la esposa sumisa que él recuerda. Volveré para recuperar mi nombre, para divorciarme de ese monstruo y para asegurarme de que mi padre nunca más pueda usarme como moneda de cambio.
—Esa es mi Selene —murmuró Gabriel, atrayéndola hacia un abrazo protector—. Prepárate, porque mañana mismo salimos hacia la ciudad. Vamos a terminar con esta pesadilla de una vez por todas.
Don Julián asintió, aunque en su mirada había una sombra de preocupación. Él sabía que Maximiliano Valente no se rendiría fácilmente, pero también sabía que Selene ya no era la misma mujer que llegó hace un año con el alma hecha jirones. La guerra estaba declarada, y esta vez, la "inversión" de Maximiliano estaba a punto de demostrarle que la libertad no tiene precio, pero que recuperarla tiene un costo que él no estaba preparado para pagar.
Mientras tanto, en la penumbra de su coche, Maximiliano ya estaba haciendo llamadas, ordenando que se preparara el "comité de bienvenida". No sospechaba que el arquitecto que lo había desafiado estaba a punto de desmantelar su vida, no con ladrillos, sino con la verdad devastadora que Selene estaba lista para gritar frente al mundo.