Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.
Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.
Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.
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Capítulo 3
—¿Cómo? —Camila miró a la enfermera con los ojos desorbitados—. Pero soy su hija. Solo quiero acompañar a mi padre.
La enfermera esbozó una sonrisa tenue e intentó mantener la amabilidad a pesar de la urgencia.
—Necesitamos espacio y concentración total para atender su estado. Por favor, espere afuera.
—Pero… —la voz de Camila se quebró—. Mi padre está solo ahí adentro.
—El doctor y el equipo médico harán todo lo posible por él —respondió la enfermera con firmeza pero en voz baja—. Confíe en nosotros.
La puerta comenzó a cerrarse lentamente.
—¡Papá! —Camila gritó sin darse cuenta. Sus manos se extendieron, como si quisiera alcanzar a su padre por última vez—. ¡Papá, estoy aquí! ¡No tengas miedo!
Pero la puerta se cerró por completo, separándola de la única persona que tenía en el mundo. El sonido de esa puerta al cerrarse retumbó con una claridad brutal en los oídos de Camila. Se quedó clavada frente a la entrada de Urgencias. Sus ojos contemplaban vacíos el letrero de la puerta, como si esperara que las letras pudieran darle una respuesta. El cuerpo le temblaba. Las piernas le flaqueaban. Se pasó las manos por la cara e intentó contener el llanto que le volvía a subir por la garganta.
—Dios mío… —susurró con un hilo de voz—. Te suplico que salves a mi padre.
Al otro lado de aquella puerta, la situación estaba lejos de ser tranquila. Don Ramón yacía en la camilla de Urgencias con diversos aparatos conectados a su cuerpo. El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico, pero inestable. Los números en la pantalla subían y bajaban, arrugando el ceño del personal médico.
—La presión arterial está cayendo —informó una de las enfermeras.
—Preparen medicación cardíaca —ordenó el doctor con voz firme—. Tenemos que actuar rápido.
Un médico de mediana edad se apostó junto a la camilla de don Ramón. Con manos ágiles revisó la respuesta pupilar, la presión y el pulso.
—El infarto es severo —dijo a su equipo—. Hay indicios de una obstrucción grave.
—¿El paciente tiene antecedentes, doctor? —preguntó otra enfermera.
—Su hija mencionó historial cardíaco —respondió el médico—. Primero estabilicemos. Pongan otra vía intravenosa.
El ruido de los aparatos se intensificó. Varias enfermeras se movían con rapidez: colocaban sueros, preparaban medicamentos, registraban cada mínima variación en el monitor. El rostro de don Ramón seguía pálido. Su pecho subía y bajaba de manera irregular. Un sudor frío le empapaba las sienes a pesar del aire acondicionado.
—Debemos actuar lo más rápido posible —repitió el doctor—. El tiempo es decisivo.
Mientras tanto, en el pasillo frente a Urgencias, Camila perdía el control sobre sí misma. Caminaba de un lado a otro sin parar. Sus pasos eran rápidos, sin rumbo. Las manos se le retorcían entre sí; de vez en cuando se aferraba a su propio hiyab. Cada pocos segundos se detenía justo frente a la puerta de Urgencias. Pegaba el oído y esperaba escuchar la voz de su padre. Pero lo único que percibía era el murmullo lejano de los aparatos y las pisadas del personal.
—Papá… —susurró de nuevo—. Sé fuerte, papá. No me dejes sola en este mundo. Solo te tengo a ti, y no estoy lista para perderte.
Camila retomó su ir y venir, se detuvo a mirar la puerta, se secó las lágrimas un instante y volvió a caminar. El tiempo parecía arrastrarse. Cada segundo se sentía como un minuto. Cada minuto como una hora. Se sentó un momento en la banca metálica frente a Urgencias. Pero no aguantó ni un minuto antes de ponerse de pie otra vez. Estar sentada solo alimentaba los pensamientos más oscuros.
¿Y si su padre no volvía a despertar? ¿Y si esta era la última vez que había escuchado su voz? ¿Y si todo era culpa suya?
—Es mi culpa —murmuró Camila cubriéndose el rostro—. Todo esto es mi culpa. —El llanto le brotó sin que pudiera contenerlo. Los hombros le temblaban con violencia—. Si tan solo hubiera descubierto antes la traición de Diego, si hubiera abierto los ojos a tiempo… papá no estaría pasando por esto.
Los pensamientos de Camila se extraviaron al recordar el rostro pálido de su padre antes de desplomarse. La mirada herida y decepcionada de don Ramón. Y la culpa la golpeó una y otra vez, sin tregua. Se puso de pie nuevamente. Sus pasos se aceleraron, casi a trote, recorriendo aquel pasillo estrecho, hasta que una enfermera la detuvo con suavidad.
—Disculpe, señora, por favor siéntese e intente calmarse.
Pero Camila solo asintió brevemente sin escuchar de verdad. Sus pies seguían moviéndose. El corazón le latía desbocado.
Al poco rato, la puerta de Urgencias se abrió por fin. Camila, que iba caminando, se detuvo en seco. La respiración se le cortó. Los ojos se le abrieron de par en par al ver salir a un médico de la sala. El doctor se retiró la mascarilla del rostro. Su expresión era seria, agotada, y no traía buenas noticias.
Camila corrió hacia él.
—Doctor… ¡Doctor! —la voz le temblaba—. ¿Cómo está mi padre? Está bien, ¿verdad?
El médico la observó durante unos segundos. Esa mirada le oprimió el pecho aún más.
—¿Usted es familiar de don Ramón Ríos? —preguntó.
—Sí, doctor. Soy su hija —respondió Camila, y el médico asintió despacio.
—El estado de su padre en este momento… —el doctor hizo una pausa, como buscando las palabras adecuadas— sigue siendo crítico.
La frase le quitó las fuerzas de las piernas.
—¿Crítico…? —repitió Camila en un susurro—. ¿Qué quiere decir?
El doctor tomó aire.
—Su padre sufrió un infarto bastante severo. La obstrucción es grave y estamos haciendo todo lo posible por estabilizarlo.
El mundo de Camila se desmoronó de golpe. La palabra severo retumbaba en su cabeza. Una y otra vez.
—Severo… —los labios le temblaron—. Entonces… ¿mi padre…?
—Estamos haciendo el máximo esfuerzo —la interrumpió el doctor con rapidez—. Pero tiene que estar preparada para cualquier posibilidad.
Esa frase fue el golpe definitivo que terminó de destrozarla. Las lágrimas le rodaron a raudales. El cuerpo entero le temblaba. Se tambaleó, y estuvo a punto de caer de no haberse sujetado de la pared del hospital.
—Dios mío… —el sollozo le estalló en la garganta—. Papá…
Se tapó la boca con la mano, intentando ahogar el llanto que se hacía cada vez más fuerte. Le dolía el pecho. La respiración se le entrecortaba. Frente a ella, el doctor la observaba con gesto serio, procurando mantener la compostura.
—Intente ser fuerte, señora. En este momento solo nos queda ponerlo en manos de Dios. Si no tiene más preguntas, con su permiso me retiro —dijo el médico antes de alejarse para atender a otros pacientes.
La puerta de Urgencias volvió a abrirse con un sonido apenas perceptible, pero para Camila, fue como si se abriera el portal hacia la realidad que más temía.
—Pase, señora. Pero no se demore mucho —le indicó una enfermera en voz baja, entreabriéndole la puerta y haciéndole un gesto para que entrara.
Camila asintió despacio. Las manos le temblaban al tocar la manija. Por un instante, dudó. Los pies le pesaban, como si algo la retuviera de avanzar. El pecho le oprimía. La respiración era corta y rápida. Tenía miedo. Miedo de ver lo que la esperaba al otro lado de esa puerta.
Pero al final, Camila cruzó el umbral.