La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 7
A la mañana siguiente la lluvia se había marchado del todo.
Santiago despertó bajo un cielo plomizo y un aire cortante que anunciaba que el invierno apenas comenzaba.
Conduje hasta la Academia Valmont mientras la música sonaba suavemente y las calles se llenaban poco a poco de vehículos.
Al llegar, el inmenso edificio de cristal brillaba bajo la luz fría.
Por el vestíbulo circulaban cientos de estudiantes con sus uniformes azul rey, hablando animadamente de fiestas, viajes y las próximas vacaciones.
Todo parecía exactamente igual.
Hasta que lo vi.
Matías estaba junto a su casillero, revisando apuntes con la misma expresión:
Fría, distante, con esa altivez que parecía decir que nadie merecía acercarse.
Como si la vida entera le hubiera enseñado a levantar muros antes de que pudieran lastimarlo.
—Buenos días —dije al pasar.
—Buenos días.
Nada más.
Ni una sola palabra extra.
Sofía apareció detrás de mí y soltó un suspiro largo.
—Juro que un día responderá con una oración entera y el mundo temblará.
—No empieces tú también.
—Solo digo lo obvio.
Entramos al salón y el profesor anunció:
—Esta tarde vence el plazo para entregar la primera parte del proyecto semestral.
Un murmullo agitado recorrió el aula mientras todos revisaban archivos desesperados.
—¿Traes todo listo?
—le pregunté.
—Sí.
—¿Me lo podrías enviar?
—Lo hice hace diez minutos.
Revisé el correo:
allí estaba, perfectamente organizado.
—Eres aterrador.
—Eficiente —corrigió sin levantar la vista.
—Eso suena aún peor.
Volvió a sumergirse en sus apuntes.
Para él, esa charla ya había terminado.
Durante el recreo fui a la biblioteca a imprimir unos documentos.
Había tanta gente que la fila parecía no acabar.
—Esto tomará una eternidad —se quejó Sofía.
—Exagerada.
—Amalia, hay veinte personas delante de nosotras.
Mientras esperaba, miré hacia un rincón y lo vi:
Matías sostenía una hoja muy arrugada entre los dedos.
Fruncía el ceño, con una expresión de angustia que jamás le había visto.
—¿Le ocurre algo?
—susurró mi amiga.
—No lo sé.
Un instante después guardó el papel apresuradamente y salió casi huyendo.
La curiosidad venció mi prudencia.
—Vuelvo enseguida.
—¡Eso nunca sale bien!
—alcanzó a gritarme.
Lo alcancé junto a las escaleras mecánicas.
—¡Matías!
Se detuvo y giró bruscamente.
—¿Qué quieres?
—Se te cayó esto.
Le tendí el papel que había quedado olvidado sobre la mesa.
Lo arrebató de inmediato.
—Gracias.
—¿Era algo importante?
—Sí.
—Entonces cuídalo mejor.
—No necesito consejos tuyos.
—Y tú no necesitas ser tan desagradable.
Sus ojos verde claro se clavaron en mí con una intensidad que me hizo callar.
—Acostúmbrate.
Siguió su camino sin mirar atrás.
Me quedé indignada…
Hasta que vi que la hoja asomaba de nuevo entre sus dedos.
Alcancé a leer claramente:
«Deuda pendiente.
Plazo vencido.
Último aviso.»
Sentí que el estómago se me hundía.
No costaba adivinarlo:
trabajaba hasta tarde, cargaba con su hermana, y aun así algo así lo acosaba.
Problemas que no eran para alguien de su edad.
Esa tarde entregamos el trabajo.
Al salir el cielo ya se teñía de violeta y gris.
Caminé hacia el auto con esa frase dando vueltas sin descanso.
Me detuve un momento antes de arrancar y miré la academia.
Todos fingimos tener una vida perfecta allí adentro.
Pero algunos llevaban tormentas tan grandes que nadie podía verlas.
Mientras las luces de Santiago se encendían una por una y recordé esa mirada cansada y asustada que intentaba ocultar, supe:
¿Qué más tendría que perder para estar dispuesto a darlo todo… solo para mantener a salvo a la única familia que le quedaba?