Mei Lan tenía una vida moderna y prometedora, hasta que la traición de su propia familia la arrastró a la muerte. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de Jiu Mei, una joven despreciada en el Imperio Celestial de Jade, un mundo antiguo donde el cultivo marcial y la energía espiritual determinan el poder de cada persona.
Rodeada de hermanos que la protegen, una madre que lucha por sobrevivir y enemigos que la subestiman, Mei descubre que su alma moderna esconde un secreto que podría cambiar el equilibrio del imperio. Con ingenio del siglo XXI y una determinación inquebrantable, comienza a ascender por los rangos del cultivo, desafiando a clanes corruptos, concubinas despiadadas y dioses ocultos que conspiran desde las sombras.
Pero nada la preparó para Chen: un joven de apariencia inocente que habla de sí mismo en tercera persona, que se aferra a ella como un niño perdido y que esconde bajo su sonrisa tonta un poder capaz de destruir el cielo y la tierra. Mientras Mei lo protege creyéndolo débil, él mueve los hilos del destino para mantenerla a salvo.
Entre batallas épicas, venganzas satisfactorias, amistades forjadas entre mundos y un romance de combustión lenta que arde con cada capítulo, Mei deberá enfrentar la verdad sobre su renacimiento, el origen de su poder y el precio que el universo exige por desafiar sus leyes.
¿Puede una mujer moderna reescribir las reglas de un imperio celestial?
NovelToon tiene autorización de Yulianti Azis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La inteligencia de Qing Mei
Al cruzar el salón principal, Qing Mei, Qing Wei y Qing Dao escucharon voces tensas provenientes del interior.
Varios hombres vestidos con ropas formales estaban sentados alrededor de una gran mesa redonda de madera de roble. En el centro se extendía un mapa de los terrenos agrícolas de la Aldea Pao, la mayor parte teñida de un marrón seco.
—El río del este se secó por completo.
—El arroz no tendrá tiempo de crecer. Hasta el maíz se marchitó.
—Si esto sigue así, la sequía arrasará con toda la aldea.
El tono de sus voces rebosaba angustia.
Qing Mei se detuvo y sus dos hermanos también se asomaron por la rendija de la puerta. Observó los rostros preocupados de los ancianos.
—Sequía —murmuró en voz baja—. Si esto continúa, todos pasarán hambre.
A sus espaldas apareció la Señora Song, que acababa de alcanzarlos tras darle instrucciones a su sirvienta.
Al notar la expresión seria de la joven, le preguntó con suavidad:
—¿Qué sucede, Qing Mei? Te veo inquieta.
Qing Mei la miró con determinación. —Señora Song, yo... quizás tenga una solución para ese problema.
La Señora Song se sorprendió, pero esta vez no se rio de la muchacha. Después del tratamiento del día anterior y el de hoy, sabía que esa joven no era cualquier chica.
—¿Una solución? ¿Te refieres a la cosecha perdida?
Qing Mei asintió con firmeza. —Sí, señora. También sé cómo hacer que la aldea sobreviva incluso en plena sequía.
Sin pensarlo dos veces, la Señora Song tomó a Qing Mei de la mano y la llevó adentro del salón.
En la sala, el Señor Song, jefe de la aldea, un hombre imponente de barba larga, conversaba con varios jefes de aldeas vecinas y algunos notables de la comunidad.
Entre ellos se hallaba un anciano con túnica gris: el Anciano Qing, abuelo de Qing Mei y de sus dos hermanos.
En cuanto la Señora Song entró con Qing Mei y los dos jóvenes, la sala enmudeció.
—¿Qué ocurre, esposa? —preguntó el Señor Song, extrañado.
—Esposo —dijo la Señora Song con voz suave pero segura—, traigo a alguien que tal vez tenga una solución para el problema de la sequía.
Los jefes de aldea se miraron entre sí, confundidos, pero el Señor Song arqueó las cejas.
—¿Ah, sí? ¿A quién te refieres?
La Señora Song se volvió y empujó con delicadeza el hombro de Qing Mei hacia adelante. —Es Qing Mei, la hija menor de la familia Qing.
Al escuchar ese nombre, el Anciano Qing se puso de pie de inmediato. Su rostro se endureció.
—¿Ha dicho quién? —exclamó—. ¿Qing Mei? ¿Y esos son Wei y Dao? ¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó con voz cargada de desdén.
Los dos hermanos hicieron una reverencia, pero no dirigida al abuelo, sino al jefe de la aldea y los demás presentes.
—Nuestros respetos, Anciano Qing —dijo Qing Wei en voz baja.
—¡Silencio! ¡Ni siquiera merecen dirigirme la palabra! —bramó el Anciano Qing—. ¡No tienen vergüenza de presentarse aquí, donde hombres instruidos debaten asuntos importantes!
El Señor Song intentó calmar la situación. —Anciano Qing, le ruego que se tranquilice. Dejemos que hablen primero.
El Anciano Qing negó con brusquedad. —¡Señor Song, esto es inadmisible! ¿Le parece adecuado que una muchacha de familia pobre se entrometa en asuntos de esta magnitud? ¡En esta sala hay un erudito imperial enviado expresamente para buscar soluciones a la crisis, y esto no es lugar para juegos de niños!
La Señora Song dio un paso al frente, la voz firme pero amable. —Anciano Qing, no los culpe. Qing Mei está aquí porque yo la invité.
Aquellas palabras dejaron a todos en silencio por un instante. El Señor Song observó a su esposa y luego fijó la mirada en la joven que permanecía serena ante ellos.
—Está bien —dijo despacio—. En ese caso, habla, Qing Mei. ¿Cuál es la solución que propones?
—Escuché que discutían sobre la sequía y la preocupación por la cosecha perdida. Creo que todavía hay maneras de enfrentarlo.
Varios hombres intercambiaron miradas; algunos soltaron risitas.
—¿Una niña va a aconsejar a los jefes de aldea? —susurró uno de ellos.
Pero el Señor Song levantó la mano, ordenándoles callar.
—Muy bien. Dinos, señorita. ¿Qué tienes en mente?
Qing Mei dio un paso al frente. —El agua escasea, es cierto, pero la neblina matutina del valle del norte sigue siendo densa. Podemos aprovechar el rocío de allí construyendo recipientes de captación. Además, conozco una forma de preparar fertilizante natural con ceniza y hojas secas para conservar la humedad del suelo.
—¿Rocío y ceniza? ¿Cómo va a servir algo tan simple para salvar la cosecha? —exclamó uno de los jefes con tono despectivo.
—Si no me creen, permítanme demostrarlo en un terreno pequeño detrás de nuestra casa —respondió Qing Mei con aplomo—. En tres días verán la diferencia. Y en cuanto a los alimentos...
Qing Mei recorrió con la mirada a todos los presentes y abrió despacio la pequeña canasta que traía en la mano. De su interior sacó un objeto redondo de color marrón terroso.
—Esto —dijo en voz baja pero rebosante de convicción— se llama papa.
Todos la miraron sin comprender. Algunos jefes incluso intercambiaron miradas conteniendo la risa.
—¿Papa? —se burló uno de ellos—. Eso no es más que un tubérculo silvestre que a veces crece en los campos. ¿Cómo va a salvar a toda una aldea?
—¡Exacto! —secundó otro—. Eso es alimento para el ganado, no para personas.
El Anciano Qing soltó una risa sardónica. —¿Quieres avergonzar a nuestra familia, eh? ¿Papas? ¡Eso es basura! ¿Qué puede saber una niña como tú de agricultura?
Pero Qing Mei no se inmutó. Miró directamente al Señor Song y a los ancianos.
—Sé que parece insignificante, pero la papa puede crecer en tierra seca. Incluso con muy poca agua. Contiene nutrientes valiosos y puede sustituir al arroz como alimento básico.
La sala se llenó de murmullos; algunos se burlaban, otros cuchicheaban incrédulos. Pero la voz de Qing Mei no vaciló.
—Ya las planté en nuestro patio. Los resultados fueron buenos e incluso las convertimos en comida deliciosa. Si quieren probar, puedo enseñarles cómo.
El Señor Song observó la papa durante un largo rato y luego se volvió hacia su esposa.
—¿De verdad crees que esto puede funcionar?
La Señora Song asintió sin titubear. —Esposo, yo misma he visto las habilidades de esta muchacha. No es una chica común de aldea. Confía en ella; al menos dale una oportunidad.
Todas las miradas convergieron en el jefe de la aldea. Se acarició la barba con calma y finalmente habló:
—De acuerdo.
—A partir de mañana, pondremos a tu disposición un pequeño terreno, Qing Mei. Demuéstranos que lo que dices es cierto.
El Anciano Qing protestó de inmediato.
—¡Señor Song! ¡No puede creer estas tonterías! ¡Esta niña ni siquiera sabe leer, mucho menos de ciencias agrícolas!
Pero el Señor Song lo miró con serenidad. —A veces, Anciano Qing, el conocimiento no viene solo de los libros. Veamos los resultados en los hechos.
Aquellas palabras dejaron al Anciano Qing mudo, el rostro encendido de rabia.
Qing Mei hizo una reverencia respetuosa. —Gracias, señor. No los decepcionaré. Pero antes de eso, me gustaría darles una muestra de lo que se puede hacer con las papas.
Miró al Señor Song y a los jefes de aldea, que aún la observaban con escepticismo.
—Si el Señor Song me lo permite, quisiera usar la cocina para demostrar que lo que digo no es palabrería —dijo Qing Mei con cortesía y absoluta convicción.