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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Las risas que marcaron mi antes y después

El apretón de manos se rompió, pero la sensación permaneció: firme, cálida, real. No era un sueño. Cristóbal Valentino, ese hombre imponente con ojos de tormenta y cicatriz en el rostro, acababa de ofrecerme lo que nadie se había atrevido a darme jamás: una oportunidad.

—Nos vemos el lunes a las seis de la mañana en el gimnasio trasero —dijo, dándome instrucciones claras como si ya todo estuviera decidido—. Ropa deportiva cómoda, calzado adecuado y… deja las excusas en casa. No sirven para entrenar ni para vivir. ¿Entendido?

—Entendido —respondí, y por primera vez en horas mi voz sonó segura.

Asintió con la cabeza y siguió su camino sin mirar atrás. Yo me quedé allí de pie, viendo cómo se alejaba, sintiendo que el mundo entero había cambiado de eje. Ya no era la misma chica que entró al patio esa mañana. Aún dolía, sí. Pero el dolor ya no era una cadena: era una brújula.

Caminé hacia la salida con paso diferente. No es que caminara erguida todavía, me faltaba camino para eso, pero ya no me escondía. No agaché la cabeza cuando vi a un grupo de estudiantes acercarse. Sabía lo que venía. Y vino.

—¡Mira, la reina de las cartas! —gritó uno señalándome sin pudor—. ¿Ya escribiste la siguiente, gorda? ¡Esta vez se la mandas a todos para que elijan a cuál le toca!

—¡Qué lástima que no se ahogó con tanta agua! —se burló una chica, y las risas estallaron a su alrededor como fuegos artificiales crueles.

Esas risas. Se grabaron en mi mente con fuego. Cada rostro, cada voz, cada mueca de desprecio. Los guardé a todos en un rincón de la memoria, no para odiarlos —aunque era fácil hacerlo—, sino para no olvidar nunca desde dónde parto y hacia dónde voy. Hoy se burlan. Mañana… mañana se callarán. Y pasado, pedirán permiso para hablarme.

Seguí caminando sin detenerme, sin responder, sin llorar. Las palabras rebotaban en una armadura invisible que empezaba a crecerme por dentro. Al llegar al portal de la universidad, saqué mi teléfono con manos decididas y… se me heló la sangre.

El video.

Ahí estaba. En redes sociales, etiquetado con mi nombre. Cientos de reproducciones en cuestión de minutos. La grabación mostraba todo: desde que me acerqué a Adrián con la carta en la mano, pasando por la lectura pública, las burlas, el agua derramada sobre mí… todo. Y los comentarios… me dolió leerlos, pero leí cada uno. No escapé de ellos. Los convertí en combustible:

“Qué descaro tener el valor de darle una carta así”

“Mira cómo se viste, ¿de verdad cree que tiene oportunidad?”

“Debió esconderse, qué vergüenza ajena”

“Adrián tuvo razón, sobra en todos lados”

Cada línea era un latigazo, pero en lugar de destrozarme, me forjaba. Guardé el enlace en una carpeta que llamé “Recordatorio”. Para cuando un día me sienta débil y quiera rendirme, abrirlo y recordar: esto es lo que me espera si vuelvo a ser la de antes. Esto es lo que la gente piensa de mí. Y está mal. Voy a demostrarles que está mal.

Llegué a mi casa, cerré la puerta y me apoyé contra ella soltando todo el aire que había estado conteniendo. Nadie me esperaba. Mis padres trabajaban todo el día, casi no coincidíamos. Era mi fortaleza y mi prisión: nadie me veía caer, pero tampoco nadie me sostenía.

Fui directo al espejo del baño. El reflejo me devolvió a la chica empapada, despeinada, con los ojos hinchados y la ropa pegada a un cuerpo que siempre odié. Me miré de arriba abajo sin piedad, deteniéndome en cada detalle que solía avergonzarme.

—Mírate bien —me dije en voz alta, temblando pero firme—. Esto eres hoy. Anótalo en la memoria, Elisa. Porque cuando termines, este reflejo va a ser irreconocible. Para ellos y para ti misma.

Me desnudé frente al espejo. Conté cada marca, cada pliegue, cada zona que me pesaba y me dolía. No con asco, sino con propósito. 127 kilos. Ese es el número que el mundo me puso encima como un castigo. Pues bien: voy a quitarlo uno por uno. Y con cada kilo que pierda, perderé también una parte de su poder sobre mí.

Me cambié de ropa, guardé la carta rota en un cajón como reliquia de guerra y saqué papel y lápiz. Empecé a escribir. No versos de amor esta vez. Reglas. Objetivos. Un plan:

MI JORNADA DE TRANSFORMACIÓN

- Levantarse a las 5:00 a. m.

- Entrenamiento con el profesor Valentino: lunes a viernes, 6:00 a. m.

- Investigar dieta saludable, sin excusas

- Sin redes sociales: no necesito veneno en casa

- Estudiar más fuerte que nunca: el cerebro también se entrena

- No rendirse. No volver a llorar por quien no vale una lágrima.

Lo firmé. Elisa Raven. Elisa renacida.

Esa noche dormí poco. Cada vez que cerraba los ojos, veía las risas. A Adrián arrugando mi corazón. A Mía mirándome como si fuera basura. A todos señalándome. Y cada vez que eso pasaba, apretaba los dientes y repetía: “Mañana empieza. Mañana les demuestro de qué estoy hecha.”

El despertador sonó a las cinco. No lo pospuse. Salté de la cama como si me hubieran prendido fuego. Me vestí con la ropa más sencilla que tenía —vieja, holgada, lista para ser testigo de mi cambio—, me miré al espejo una última vez antes de salir y dije:

—Por ti, Elisa. Solo por ti. Nadie más importa ya.

Caminé hacia la universidad antes de que saliera el sol. Las calles estaban vacías, en silencio, como sosteniendo la respiración ante lo que estaba por comenzar. Llegué al gimnasio trasero cinco minutos antes. La puerta estaba entreabierta. Al entrar, lo vi allí de pie, de espaldas, mirando por la ventana hacia el campo de entrenamiento que esperaba. Al oírme, se giró lentamente. No se sorprendió. Como si supiera que vendría.

—Llegaste —dijo Cristóbal, con ese tono que no juzga ni alaba, solo constata la verdad—. ¿Segura de que quieres seguir adelante? Una vez que empiece, no habrá marcha atrás.

Miré hacia afuera, donde el sol empezaba a asomarse tímidamente, tiñendo el cielo de colores nuevos. Respiré profundo, llenándome de aire nuevo, y asentí con la cabeza bien alta por primera vez de verdad.

—No quiero marcha atrás. Quiero ir hacia adelante. Hasta que no me conozcan. Hasta que me respeten. Hasta que… —hice una pausa, y las palabras salieron solas, quemando al decirlas— hasta que ellos me pidan perdón.

Cristóbal asintió, satisfecho.

—Entonces comencemos. Bienvenida al infierno, Elisa. De aquí sales de dos maneras: convertida en cenizas… o convertida en reina.

Y supe en ese instante, con certeza absoluta, que yo no iba a ser cenizas

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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