En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: El valle de los lirios
La invitación llegó al amanecer.
Seraphina todavía se encontraba frente al espejo cuando un sirviente llamó a la puerta. Llevaba una bandeja de plata entre las manos y, sobre ella, descansaba un sobre de papel marfil sellado con cera dorada.
La joven miró el emblema de la rosa atravesada por una espada.
—¿Es del emperador?
—Sí, mi lady.
Seraphina tomó el sobre y rompió el sello.
La letra de Aurelius era elegante, firme y precisa.
Lady Seraphina:Esta tarde asistiréis conmigo al encuentro imperial del Valle de los Lirios. Preparad un vestido apropiado para la ocasión. Partiremos después del mediodía.Aurelius Devereaux.
Seraphina leyó el mensaje dos veces.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Eso es todo, mi lady.
—Ni una explicación, ni una petición, ni siquiera una palabra amable.
El sirviente permaneció inmóvil.
—¿Debo responder algo?
Seraphina volvió a mirar la carta.
—Dile al emperador que no soy una de sus posesiones para llevarme de un lado a otro cuando le apetezca.
—¿Deseáis que escriba exactamente eso?
Seraphina abrió la boca, pero se detuvo. La imagen de Aurelius esperándola en el salón de baile apareció en su mente. Recordó su mano en su cintura y la forma en que se había apartado cuando ella le dijo que estaba demasiado cerca.
—No —dijo finalmente—. Dile que asistiré.
El sirviente inclinó la cabeza y se marchó.
Mireya entró poco después con varias prendas.
—¿Un evento social? —preguntó, emocionada—. Es la primera aparición pública de la futura emperatriz.
—No soy la futura emperatriz.
—Eso es lo que todos dirán esta tarde.
Seraphina observó los vestidos que habían preparado. Uno era de color dorado, otro azul oscuro y el último tenía un tono verde profundo parecido al de los bosques.
—El verde.
Mireya sonrió.
—Lo imaginé.
El vestido era elegante sin parecer excesivo. Tenía mangas largas, una falda amplia y bordados de pequeñas hojas doradas alrededor del cuello y las muñecas. Seraphina permitió que le recogieran el cabello en una trenza adornada con una cinta de color marfil.
—¿Qué es exactamente el Valle de los Lirios? —preguntó.
—Un lugar hermoso al sur del palacio. En primavera, los campos se cubren de flores blancas. La nobleza se reúne allí para montar a caballo, conversar y observar las carreras.
—¿Carreras?
—Y música, banquetes, juegos y bailes.
Seraphina suspiró.
—Todo parece una excusa para que las personas importantes se observen unas a otras.
—Lo es.
—¿Y por qué debo ir?
Mireya bajó la voz.
—Porque todos desean conocer a la mujer que se casará con el emperador.
Seraphina sintió que el estómago se le cerraba.
Un carruaje imperial la llevó hasta las caballerizas del palacio. Aurelius ya la esperaba allí.
Vestía una túnica oscura ajustada al cuerpo, botas altas de cuero y una capa negra prendida sobre un hombro. Su apariencia era menos ceremonial que de costumbre, pero seguía siendo imponente. A su lado había dos caballos.
El suyo era negro, enorme y de ojos inteligentes.
El de Seraphina era una yegua blanca con la crin plateada.
—¿Sabes montar? —preguntó Aurelius.
—Sí.
—¿Bien?
—Lo suficiente para no caer delante de toda la corte.
Aurelius extendió una mano para ayudarla a subir.
Seraphina la observó unos segundos antes de aceptarla. Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos y la ayudó a montar con facilidad.
Cuando Aurelius subió a su caballo, se colocó junto a ella.
—No te alejes del grupo.
—No soy una niña.
—No he dicho que lo seas.
—Lo dice cada vez que me da una orden.
—Entonces quizá deberías dejar de comportarte como alguien que necesita supervisión.
Seraphina lo miró con indignación.
Antes de que pudiera responder, los caballos comenzaron a avanzar hacia la salida del palacio.
El camino al valle atravesaba un bosque lleno de árboles antiguos. La luz del sol se filtraba entre las ramas y caía sobre el suelo como pequeñas monedas doradas. Por primera vez desde su llegada, Seraphina pudo respirar sin sentir las paredes del palacio sobre ella.
Aurelius cabalgaba a su lado en silencio.
—¿Siempre eres tan desagradable? —preguntó ella.
—Solo cuando me hacen preguntas innecesarias.
—¿Y cuándo eres agradable?
—No lo sé.
Seraphina lo estudió.
—Tal vez nunca lo has intentado.
Aurelius volvió los ojos hacia ella. Una leve expresión de sorpresa cruzó su rostro, pero desapareció pronto.
Al salir del bosque, el Valle de los Lirios se extendió ante ellos.
Era hermoso.
Los campos estaban cubiertos de flores blancas y violetas. Un río cristalino cruzaba el valle entre piedras suaves y pequeños puentes de madera. A lo lejos se alzaban pabellones decorados con telas doradas y estandartes imperiales. La nobleza se había reunido alrededor de una pista de carreras, acompañada por músicos, sirvientes y guardias.
Cuando Aurelius apareció, todas las conversaciones se apagaron.
Después, las miradas se dirigieron hacia Seraphina.
Ella sintió que cientos de ojos examinaban su vestido, su postura y su rostro.
Aurelius lo notó.
—No les prestes atención.
—Es difícil ignorar a personas que me observan como si fuera un animal extraño.
—Están intentando decidir si eres adecuada para la corona.
—¿Y qué cree usted?
Aurelius la miró de arriba abajo, sin disimulo.
—Todavía no lo he decidido.
Seraphina frunció el ceño.
—Qué alivio. Temía que mi opinión también fuera necesaria.
Antes de que Aurelius respondiera, una joven noble se acercó a ellos. Era hermosa, de cabello oscuro y vestido rojo. Hizo una reverencia profunda.
—Majestad.
—Lady Evelina —respondió Aurelius.
La mujer miró a Seraphina con una sonrisa delicada.
—Supongo que ella es la prometida.
Seraphina notó el desprecio oculto en su voz.
—Supongo que usted es alguien que hace preguntas cuya respuesta ya conoce.
Lady Evelina parpadeó.
Aurelius bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—Seraphina —advirtió.
—¿Qué? Solo estoy siendo educada.
Evelina apretó los labios.
—Espero que disfrutéis del valle. Aunque no todas las flores sobreviven cuando son trasladadas a un jardín ajeno.
La joven se alejó dejando tras de sí un perfume intenso.
Seraphina observó su espalda.
—¿Quién era?
—Alguien irrelevante.
—No parecía irrelevante.
—No lo es.
La respuesta despertó una incomodidad inesperada en Seraphina.
Antes de que pudiera preguntarle más, un caballo se descontroló cerca de la pista. El animal levantó las patas delanteras y una joven cayó al suelo.
Seraphina reaccionó antes que nadie. Tiró de las riendas y corrió hacia ella.
Aurelius la siguió.
La joven herida intentó levantarse, pero Seraphina se arrodilló a su lado.
—No te muevas. ¿Te duele algo?
—El tobillo.
Seraphina revisó la herida mientras Aurelius daba órdenes a los guardias. Su voz se volvió autoritaria y firme. En cuestión de segundos, varios sirvientes llevaron una camilla y un médico acudió para atender a la joven.
Seraphina se levantó con el vestido manchado de hierba.
Aurelius se acercó.
—¿Estás herida?
—No.
Él tomó suavemente su cintura para apartarla del paso de otro caballo.
El gesto duró apenas un instante, pero fue suficiente para que Seraphina levantara los ojos hacia él.
—Puedo caminar sola.
Aurelius retiró la mano.
—Lo sé.
Entre ambos quedó un silencio distinto.
A lo lejos, los músicos comenzaron a tocar una melodía lenta. El valle resplandecía bajo la luz dorada de la tarde.
Aurelius extendió la mano hacia ella.
—Ven.
Seraphina miró sus dedos.
—¿A dónde?
—A recorrer el valle.
—¿A caballo?
—A caballo.
Ella aceptó su mano.
Y mientras ambos se alejaban del ruido de la corte, ninguno notó que, junto al río, un pequeño grupo de lirios blancos comenzaba a teñirse lentamente de dorado.