Renacida en el Imperio Celestial

Renacida en el Imperio Celestial

Mei Lan

¡Plaf!

—¡Maldita niña que solo trae desgracias!

El sonido de la bofetada retumbó en la sala de espera, atravesando los oídos y el corazón de aquella joven de veinte años.

El cuerpo de Mei Lan se estremeció. Su respiración se volvió entrecortada, los ojos se le llenaron de lágrimas. La mano derecha le subió por instinto hasta la mejilla, ardiente por el golpe de su madre.

—Ma... Mamá... —su voz tembló, casi inaudible.

—¡No me llames mamá! —Lily, su madre, resopló con brusquedad. Era una mujer de mediana edad, el rostro contraído por la furia—. ¿Cómo pude tener una hija como tú? ¡Niña maldita! ¡Me arrepiento de haberte criado!

—Mamá, yo solo...

—¡Basta! —la cortó una voz grave desde atrás.

Esa voz. La que alguna vez la hizo sentirse a salvo, ahora sonaba como un martillo de juez.

Mei Lan bajó la cabeza. Las lágrimas le rodaron sin control. —Papá...

Mei Long la miró con dureza, lleno de una ira fría y contenida. —Vete de aquí. A partir de hoy, no quiero volver a verte. No te aparezcas frente a nosotros nunca más.

El corazón le dio un vuelco.

Esas palabras le vaciaron el cuerpo entero. El hombre que debería haber sido el primer amor de su hija la acababa de echar como basura.

Detrás de su padre, dos personas la observaban con repugnancia: su hermano mayor y el prometido de Mei Lan.

—La que tendría que haber nacido enferma eras tú, no Mei Lin —soltó el hermano mayor con crueldad.

—Exacto —añadió el prometido con frialdad—. Siempre causando problemas. Hasta a mis padres los ha hecho pasar vergüenza.

Mei Lan levantó el rostro despacio y los miró uno por uno. Ya no había miedo en sus ojos. Solo un vacío gélido, como si algo dentro de ella acabara de morir.

—¿Entonces todo esto es porque llegué diez minutos tarde? —preguntó en un susurro.

—¿Y todavía te atreves a contestar? —chilló Lily otra vez—. Si no fueras tan lenta, ¡Mei Lin no se habría desmayado! ¿Quieres que tu hermana muera? ¡Seguro lo hiciste a propósito para hacerle daño! —la acusó, apuntándola con el dedo.

Mei Lan se mordió el labio, conteniendo las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. —No fue a propósito, mamá. El autobús estaba lleno, yo...

—¡Excusas! —bramó su padre—. ¡Siempre has traído mala suerte! ¡Desde niña causando problemas! Ya tuvimos bastante de cargar con la vergüenza de tener una hija como tú.

—Vete —repitió, más cortante y más frío, cada palabra hundiéndose como un cuchillo en el pecho de la muchacha.

El silencio se espesó. Los visitantes del hospital solo observaban, sin atreverse a intervenir, aunque la compasión se les notaba en la cara.

Solo se oía el tictac del reloj de pared en el pasillo.

Mei Lan miró hacia la puerta de la habitación donde estaba internada Mei Lin. Detrás de esa puerta, su hermana gemela yacía en cama. Todo el amor de la familia era para Mei Lin. Ella siempre fue la sombra a la que culpaban de todo.

Sin decir nada más, Mei Lan agachó la cabeza. —Está bien —dijo sin inflexión—. Me voy.

—¡Y no vuelvas nunca! —le gritó su madre.

Mei Lan no respondió. Se dio la vuelta despacio y se alejó por el pasillo del hospital con pasos vacilantes.

La gente la miraba pasar: una chica con el uniforme universitario arrugado, cargando una bolsa con un almuerzo intacto.

La comida que debió haber entregado diez minutos antes para su gemela. Solo porque el autobús que Mei Lan había tomado se averió en el camino.

Salió del hospital y miró al cielo encapotado. La primera gota de lluvia le cayó en la mejilla. Lluvia o lágrimas, ya no sabía distinguir.

—Está bien —murmuró tan bajo que apenas se oyó—. Quieren que me vaya, ¿verdad? Me iré. Para siempre.

*

*

El motor del autobús ronroneaba suave, el vehículo se mecía al ritmo de la carretera sinuosa que bordeaba el precipicio.

Mei Lan iba sentada en el último asiento, la mirada perdida en la ventanilla. Allá abajo, el abismo se abría con árboles que parecían diminutos y lejanos.

Respiraba con dificultad. Los dedos le apretaban un viejo brazalete de plata en la muñeca izquierda. Lo único que le quedaba de su abuelo; lo había cuidado incluso cuando no tenía nada que comer.

—¿Adónde se supone que vaya ahora? —susurró, los ojos vidriosos.

La acababan de echar del hospital. No tenía casa, no tenía dinero, no le quedaba nadie en el mundo.

No era la primera vez que la expulsaban por algo insignificante. Sus padres no escatimaban en castigos cada vez que Mei Lin se entristecía o se lastimaba.

El autobús aceleró cuesta abajo por una pendiente larga. Algunos pasajeros cabeceaban de sueño, otros miraban sus teléfonos.

Todo se volvió silencio. Y entonces, de golpe, ocurrió.

¡Crac!

¡Chirrr!

Un estruendo salió de la parte delantera, seguido de gritos histéricos.

—¡Los frenos no responden! —aulló el conductor desde su asiento.

—¿¡Qué!? —un pasajero se levantó de un salto, el rostro blanco como la cera.

El autobús se ladeó a la izquierda, luego a la derecha. Todos gritaron. Los niños lloraban, una madre abrazaba a su bebé con fuerza.

Mei Lan se quedó paralizada un instante, el corazón martilleándole el pecho. Giró hacia la ventanilla y el alma se le encogió. El autobús se deslizaba inclinado hacia el borde del precipicio.

—¡Aaaaah!

¡Crash!

El impacto fue brutal. Los cuerpos salieron disparados contra los asientos delanteros. El autobús se detuvo, pero quedó inclinado, la parte frontal suspendida en el vacío. Solo un árbol enorme los separaba de la muerte.

Un segundo de silencio absoluto. Después, llantos y rezos se desbordaron de todas partes.

—Dios mío, sálvanos.

—¡No quiero morir! ¡Tengo hijos!

—¡El autobús se va a caer! ¡Ayuda!

Mei Lan cerró los ojos un momento para calmarse. Sentía la vibración sutil del piso bajo sus pies. Si alguien se movía un poco más de la cuenta, todo se vendría abajo.

Tomó aire con fuerza. —¡Tranquilos todos! —su voz sonó firme, cortando el pánico de raíz.

Varios pasajeros la miraron con los ojos desorbitados de miedo.

—No podemos dejarnos llevar por el pánico —continuó rápido—. Si todos se mueven sin control, el autobús se cae al abismo.

—¿¡Y entonces qué hacemos!? —gritó un hombre joven, aterrorizado.

Mei Lan miró hacia la parte trasera del vehículo. —¡La ventanilla de atrás! ¡Es la única salida!

Se desplazó con cuidado, trepando de asiento en asiento. Cada paso pesaba; el autobús se balanceaba centímetro a centímetro. Con su cuerpo ágil y las habilidades que su abuelo le había enseñado, se movía con la destreza de alguien entrenado.

—¡Nadie se mueva todavía! —ordenó.

Al llegar a la ventanilla trasera, se palpó el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño objeto de metal: la llave del autobús, que había recogido del suelo. Sin dudar, la estrelló contra el cristal.

¡Crash!

El vidrio se hizo añicos. El viento frío le azotó la cara.

—¡Los niños primero! —gritó Mei Lan—. ¡Rápido, pero con cuidado!

Una madre empujó suavemente a su hija pequeña. —¡Por favor, ayude a mi niña a salir!

Mei Lan extendió la mano. —Toma mi mano. Despacio.

La niña lloraba de miedo, pero Mei Lan la calmó con voz suave. —Todo está bien, eres valiente. ¡Vamos!

Uno por uno fueron sacando a los niños, la tensión apretando el aire como un tornillo. Por fin, todos los pequeños estaban afuera.

Después les tocó a los ancianos y a las embarazadas.

El autobús seguía crujiendo. El árbol que los sostenía empezó a emitir sonidos de fractura.

—¡Rápido! ¡Ya casi! —les gritó Mei Lan.

Al final, casi todos los pasajeros habían salido, incluido el conductor, un hombre mayor. Desde afuera, miraba a Mei Lan, que seguía adentro.

—¡Señorita! ¡Venga! ¡El autobús está a punto de caer! —gritó el conductor, desesperado.

Mei Lan los miró desde dentro, el rostro empapado de sudor y lágrimas. Esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Vayan ustedes primero. Yo los alcanzo, señor.

—¡Señorita! ¡Salga ya! ¡Esto no va a aguantar! —aulló un hombre al que ella misma había salvado.

El autobús crujió más fuerte.

Pero Mei Lan solo miraba por la ventanilla. Sentía el corazón vacío. ¿Para qué seguir viviendo? No tenía casa adonde volver, nadie que la esperara. Aunque sobreviviera, solo le aguardaban insultos y castigos.

Contempló el brazalete en su muñeca. —Abuelo —susurró con una sonrisa amarga—. Por fin voy a reunirme contigo.

¡Craac!

El árbol enorme se partió.

—¡Señorita! —gritaron los pasajeros desde afuera, las manos extendidas hacia el autobús.

Mei Lan cerró los ojos y aspiró hondo. —Adiós... papá, mamá, hermano, Dylan.

¡BUUUUM!

¡DUUUM!

El autobús se precipitó al abismo, seguido de una explosión inmensa y una llamarada de fuego.

Los pasajeros que se habían salvado gritaron histéricos. Algunos cayeron de rodillas, llorando.

—Ella... ella nos salvó a todos —dijo una madre, abrazando a su niña con fuerza.

Entre el humo y las llamas que lamían el cielo, el brazalete de Mei Lan brilló con una luz intensa que envolvió el cuerpo de la muchacha.

Capítulos
1 Mei Lan
2 Transmigración y el espacio mágico
3 La transformación de Qing Mei
4 Fortalecer el poder
5 ¿Identidad?
6 La abuela y la tía Qing
7 Entrenamiento
8 Socorrer
9 La inteligencia de Qing Mei
10 Comida nueva
11 La ambición del Anciano Qing
12 Intrusos
13 Visitas no deseadas
14 El Decreto Imperial
15 El ladrón
16 Desaparecidos
17 El castigo
18 La compensación
19 El secreto
20 Adiós a la Aldea Pao
21 Emboscada de los Qing
22 El castigo del Anciano Qing
23 ¿Un esclavo?
24 Aquel joven era Chen
25 Llegada al Imperio Celestial de Jade
26 Registro en la Academia
27 Prueba de ingreso a la Academia Celestial
28 La invitación al banquete
29 El banquete
30 ¿De la era moderna?
31 Amigas del pasado
32 Lo que deparó el futuro
33 La familia demente
34 El principio del desastre
35 La verdad al descubierto
36 Destrucción
37 Compañeras de habitación
38 Nuevos enemigos
39 La maldición
40 ¿Quién es él?
41 ¿Una espada rota?
42 Escarabajo de Fuego
43 La tienda misteriosa
44 Zhu Shu se cura
45 La identidad revelada
46 Les haré pagar
47 Ayudando a la Princesa Zhu Shu
48 Sanando a la Emperatriz
49 Sanando a la Emperatriz 2
50 La Emperatriz se recupera
51 La Emperatriz despierta
52 Dos fenomenos
53 Avance al Reino del Dios de la Guerra
54 Desviar el Trueno Celestial
55 ¿Quién es el hombre enmascarado?
56 Príncipe Heredero Zhu Jin
57 Una lección por aprender
58 Algo impactante
59 Los Dioses Ocultos
60 El castigo de las consortes
61 Cizaña
62 La petición rechazada
63 Reencuentro con la familia Qing
64 El combate
65 Planes siniestros
66 Secuestrada
67 La llegada de Mei
68 La llegada de Wei y Dao
69 La destrucción de la familia Lian
70 El castigo
71 Rumores
72 Las Ruinas Antiguas
73 Pistas
74 El hombre enmascarado es...
75 ¿Un disfraz?
76 El disfraz del Anciano Yuan Zhao
77 El primer beso
78 El mensaje del Anciano Yuan Zhao
79 Perfeccionando el cuerpo divino
80 Estado de emergencia
81 Entreguen a Mei
82 La batalla continúa
83 La aparición de alguien
84 Los tres descendientes del Emperador Demonio
85 El fin del Dios Chung
86 Limpiando las ruinas
87 Mei sumida en sus pensamientos
88 Situación complicada
89 La partida de Mei y su familia
90 Una lección para la ratoncita
91 Una amenaza para ellos
92 El Gran Dios Antiguo desaparece
93 La niebla ilusoria
94 La pirámide y el océano
95 El despertar del Emperador Demonio
96 El Despertar del Emperador Demonio
97 Batalla contra un viejo enemigo
98 ¡Acorralada!
99 Determina tu destino
100 Elegir
101 He vuelto
102 Inquietud y desasosiego
103 Vamos a casarnos
104 La boda
105 Al frente de la Academia del Cielo
106 Las tres Diosas
107 La futura esposa del Gran Dios
108 Hacia el final
109 Unos meses después
110 Final
Capítulos

Updated 110 Episodes

1
Mei Lan
2
Transmigración y el espacio mágico
3
La transformación de Qing Mei
4
Fortalecer el poder
5
¿Identidad?
6
La abuela y la tía Qing
7
Entrenamiento
8
Socorrer
9
La inteligencia de Qing Mei
10
Comida nueva
11
La ambición del Anciano Qing
12
Intrusos
13
Visitas no deseadas
14
El Decreto Imperial
15
El ladrón
16
Desaparecidos
17
El castigo
18
La compensación
19
El secreto
20
Adiós a la Aldea Pao
21
Emboscada de los Qing
22
El castigo del Anciano Qing
23
¿Un esclavo?
24
Aquel joven era Chen
25
Llegada al Imperio Celestial de Jade
26
Registro en la Academia
27
Prueba de ingreso a la Academia Celestial
28
La invitación al banquete
29
El banquete
30
¿De la era moderna?
31
Amigas del pasado
32
Lo que deparó el futuro
33
La familia demente
34
El principio del desastre
35
La verdad al descubierto
36
Destrucción
37
Compañeras de habitación
38
Nuevos enemigos
39
La maldición
40
¿Quién es él?
41
¿Una espada rota?
42
Escarabajo de Fuego
43
La tienda misteriosa
44
Zhu Shu se cura
45
La identidad revelada
46
Les haré pagar
47
Ayudando a la Princesa Zhu Shu
48
Sanando a la Emperatriz
49
Sanando a la Emperatriz 2
50
La Emperatriz se recupera
51
La Emperatriz despierta
52
Dos fenomenos
53
Avance al Reino del Dios de la Guerra
54
Desviar el Trueno Celestial
55
¿Quién es el hombre enmascarado?
56
Príncipe Heredero Zhu Jin
57
Una lección por aprender
58
Algo impactante
59
Los Dioses Ocultos
60
El castigo de las consortes
61
Cizaña
62
La petición rechazada
63
Reencuentro con la familia Qing
64
El combate
65
Planes siniestros
66
Secuestrada
67
La llegada de Mei
68
La llegada de Wei y Dao
69
La destrucción de la familia Lian
70
El castigo
71
Rumores
72
Las Ruinas Antiguas
73
Pistas
74
El hombre enmascarado es...
75
¿Un disfraz?
76
El disfraz del Anciano Yuan Zhao
77
El primer beso
78
El mensaje del Anciano Yuan Zhao
79
Perfeccionando el cuerpo divino
80
Estado de emergencia
81
Entreguen a Mei
82
La batalla continúa
83
La aparición de alguien
84
Los tres descendientes del Emperador Demonio
85
El fin del Dios Chung
86
Limpiando las ruinas
87
Mei sumida en sus pensamientos
88
Situación complicada
89
La partida de Mei y su familia
90
Una lección para la ratoncita
91
Una amenaza para ellos
92
El Gran Dios Antiguo desaparece
93
La niebla ilusoria
94
La pirámide y el océano
95
El despertar del Emperador Demonio
96
El Despertar del Emperador Demonio
97
Batalla contra un viejo enemigo
98
¡Acorralada!
99
Determina tu destino
100
Elegir
101
He vuelto
102
Inquietud y desasosiego
103
Vamos a casarnos
104
La boda
105
Al frente de la Academia del Cielo
106
Las tres Diosas
107
La futura esposa del Gran Dios
108
Hacia el final
109
Unos meses después
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Final

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