Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Mi culpa
Cloe
Aprieto mis manos, una contra la otra mientras camino por habitación.
Fabiano lo sabe.
Fabi sabe lo que hice… lo que he estado haciendo los últimos tres años.
Me detengo cuando un dolor quema en mi pecho.
Quizá mi hermano va a pensar que me merecía lo que pasó con Lucio… Después de todo iba por la vida acostándome con Mattheo sin realmente pensar en las consecuencias.
Mis rodillas ceden y caigo al suelo cuando la vergüenza arde en mi rostro.
¿Cómo podré mirar a mi hermano a la cara?
Quizá me merezco todo lo que me pasó.
Quizá es el precio justo a pagar por mi comportamiento.
Quizá mi hermano me repudie.
Quizá sienta el mismo asco por mí que el que siento por la vida que está creciendo dentro de mí… Y quizá eso también es un castigo.
La puerta se abre y escondo mi rostro entre mi cabello.
—¿Enana? —pregunta Fabi.
Enana.
Todavía me llama así.
Retuerzo mis manos sin mirarlo.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por nada —dice Mattheo—. No has hecho nada malo.
Miro su rostro y puedo ver el comienzo de un cardenal en su mandíbula.
Eso también es mi culpa.
—Todo esto es mi culpa.
—Claro que no —discute Fabi.
Mi hermano.
Mi gemelo.
Mi otra mitad.
Y la persona con la que he sido menos sincera.
Rompo en un sollozo.
—He hecho todo mal.
Fabiano me abraza. Trato de alejarme. Me siento sucia, y no quiero ensuciarlo. No a él.
—No has hecho nada mal, enana.
—Sí…—Me atrevo a mirarlo. Su rostro se ve borroso entre mis lágrimas—. No mereces esto. No mereces una hermana como yo.
Toma mi barbilla.
—Eres la mejor hermana que podría haber pedido.
—Pero te mentí. Me acosté con tu mejor amigo por tres años… Debes pensar que soy una cualquiera.
Mi hermano lanza una mirada de completo odio a Mattheo, quien mira todo con rostro cenizo.
—No me mentiste. No me debías nada, enana. —Vuelve a lanzar una mirada envenenada en dirección de Mattheo—. Tú sí —espeta antes de volver a mirarme con ojos suaves—. Eres libre y con quien decidas acostarte es tu problema… Solo…—se detiene y arruga su ceño—, pensé que tenías mejor gusto, enana.
Mattheo sonríe y yo casi lo hago.
Fabi no está molesto conmigo.
Lo abrazo con fuerza sintiéndome bendecida por poder llamar a este hombre mi hermano.
—Eres libre, Cloe. Nunca olvides eso. No perteneces a nadie —declara. Miro mi vientre y siento el asco subir a mi garganta—. A nadie —repite—. Lucio pagará con su vida no haber respetado tu libertad a elegir.
Asiento y vuelvo a abrazarlo.
Fabi se pone de pie conmigo y luego mira a Mattheo.
—Tenemos que hablar, enana.
Mattheo me mira.
—Antes de cualquier cosa, tienes que saber que es tu decisión. Lo que tú decidas estará bien.
Miro mi vientre.
—Creo que ya les había dicho que no me haré un aborto.
Fabiano mira a Mattheo y endurece la mandíbula.
Ese intercambio silencioso no me gusta.
—¿Qué? —Ninguno responde—. ¿Qué pasa?
Mattheo mira a mi hermano.
—Díselo tú.
—¿Decirme qué?
Fabiano se pasa una mano por el rostro.
—Hay otra cosa que tenemos que solucionar.
Mi estómago se contrae.
—¿Qué otra cosa?
—Lucio.
Todo mi cuerpo se pone rígido.
Mattheo lo nota.
—No está aquí —dice inmediatamente.
Asiento.
Lo sé. Sé que no está aquí. Pero eso no impide que mi piel se enfríe al escuchar su nombre.
—¿Qué pasa con él?
Fabiano suspira.
—Si se entera del embarazo, va a asumir que el bebé es suyo.
Asumir.
No entiendo la elección de palabra. Por supuesto que es suyo.
—Lo sé.
—Y va a venir por ustedes.
Ustedes.
Miro mi vientre. El asco regresa.
—Entonces hay que matarlo. —Fabiano abre la boca—. No —lo interrumpo—. No tú. —Mi mirada pasa hacia Mattheo—. Ninguno de ustedes.
Mattheo asiente.
—Te dije que lo traeré a tus pies.
—Bien.
—Pero hasta entonces —continúa Fabiano—, tenemos que mantenerte fuera de su alcance.
—Puedo quedarme aquí.
Los dos se quedan callados.
Eso me da la respuesta.
—No puedo quedarme aquí —susurro.
—Podrías —dice Fabi—, pero necesitarías guardias contigo todo el tiempo. No podrías salir sola. Tendríamos que controlar cada persona que entra a la casa, cada auto que se acerca, cada...
Dejo escapar una risa sin humor.
—Una prisión.
Fabiano cierra los ojos.
—Sí.
No.
Mi respiración comienza a acelerarse.
No puedo.
No puedo volver a vivir encerrada.
No importa cuántas ventanas tenga la habitación.
No importa que la puerta esté abierta.
No importa que la llave esté de mi lado.
—No —declaro.
—Lo sabemos —dice Mattheo.
Lo miro.
—Entonces ¿qué?
Otra vez ese intercambio entre ellos. Ya estoy empezando a odiarlo.
—Dejen de mirarse y díganmelo.
Fabiano respira profundamente.
—Existe una manera de hacer que Lucio pierda cualquier argumento para venir por el bebé.
Frunzo el ceño.
—¿Cuál?
Se quedan en completo silencio y luego Fabi dice: —Que el bebé pertenezca legalmente a otra familia.
Tardo varios segundos en entender.
Cuando lo hago, retrocedo.
—No.
Fabiano todavía no ha dicho la palabra.
No necesita hacerlo.
—Cloe...
—No.
Miro a Mattheo. Él permanece inmóvil.
—No.
—Nadie está diciendo que tengas que aceptar —dice.
—¡¿Matrimonio?!
La palabra sale casi como un grito.
Fabiano aprieta los labios.
—Sí.
Suelto una carcajada histérica y dolorosa.
—¿Están dementes?
—Probablemente —murmura Mattheo.
—¡Acabas de decirme que soy libre! —le grito a mi hermano—. ¡Que no pertenezco a nadie!
—Y no perteneces a nadie.
—¡Entonces no puedes casarme con alguien!
—No estoy intentando casarte con nadie.
—¿Ah, no? Porque hace diez segundos parecía exactamente eso.
Fabiano vuelve a pasarse una mano por el cabello.
—Estoy intentando explicarte una opción.
—Una opción de mierda.
—Sí.
Eso me silencia.
Lo miro.
Mi hermano parece tan miserable como yo.
—Es una opción de mierda —repite—. Pero es una opción.
Miro a Mattheo.
No está diciendo nada. Eso me enfurece todavía más.
—¿Y tú?
Sus cejas se juntan.
—¿Yo qué?
—¿Qué haces aquí?
El dolor aparece en sus ojos.
—Cloe...
—¿Fabi decidió que eres el candidato perfecto porque ya te acostabas conmigo?
—No.
—Entonces ¿qué?
Miro a mi hermano.
—¿Le ofreciste casarse conmigo?
Fabiano abre la boca.
—No exactamente.
—¿Qué significa no exactamente?
—Significa que fue más complicado.
—Fantástico. —Me llevo ambas manos al cabello—. Esto es una locura.
—Sí —dice Mattheo.
Giro hacia él.
—¡Deja de estar de acuerdo conmigo!
Por primera vez, casi sonríe.
—Es difícil cuando tienes razón.
—Mattheo.
Su expresión vuelve a ponerse seria.
—No voy a casarme contigo si tú no quieres —dice.
—Qué alivio.
—Cloe...
—No.
la muerte de Lucio 🤔aunque aún debemos esperar el nacimiento de una niña muy bella 🎉🎉🎉
🥺superarás todo lo que te hizo ese animal
yo la más paranoia haciéndome conclusión 🤭🤭