Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 3. EL SABOR DE LA POLVORA ANTES DE LA TORMENTA
Faltaban exactamente dos semanas para el día de mi ejecución. Así era como llamaba en mi mente a la fecha de mi boda, porque para mí no era otra cosa que el fin de mi vida tal y como la conocía. Mi padre, ansioso por restregarle su triunfo a toda la comarca, decidió organizar una cena formal en nuestra casa para formalizar los acuerdos de la dote y firmar los últimos contratos antes de que el cura nos uniera legalmente.
El gran comedor de nuestra hacienda parecía el escenario de una obra de teatro hipócrita. Mi madre había mandado a sacar la vajilla de gala, esa que solo se usaba cuando venían inspectores extranjeros o políticos de la ciudad. El ambiente estaba cargado con el aroma de los asados caros y los perfumes carísimos de los invitados. En un extremo de la mesa presidía mi padre, Don Manuel, con una sonrisa de suficiencia que no le cabía en el rostro. A su lado se sentaba Don Alfonso, el padre de Ismael. Al mirarlo, entendí por qué Aarón decía que la salud de ese hombre pendía de un hilo: estaba llamativamente pálido, sus manos temblaban ligeramente al sostener la copa de agua y se notaba que el esfuerzo de estar allí sentado le costaba la vida. Su esposa lo miraba de reojo a cada instante con una mezcla de amor y terror absoluto, como si temiera que fuera a desplomarse sobre el mantel en cualquier momento.
Y luego estaba él. Ismael.
Se sentaba justo frente a mí, pero durante toda la cena evitó mirarme directamente a los ojos. Iba impecable, vestido con un traje oscuro a medida que acentuaba su espalda ancha y sus hombros firmes. No parecía el típico chico del pueblo que se pasaba el día oliendo a tierra y a tractor; tenía la espalda recta, los modales pulidos de alguien que había estudiado fuera y una expresión fría, casi analítica, como si estuviera memorizando cada rincón de la sala en lugar de disfrutar de la velada. Su mandíbula permanecía tensa, apretada con tanta fuerza que se le marcaba el hueso. Mi hermano Aarón, sentado a mi lado, me dio un suave codazo por debajo de la mesa.
—Es un témpano de hielo —me susurró al oído—. Te juro que si le pinchas con un alfiler no le sale sangre, le sale agua congelada.
Yo no respondí. Me sentía tan asfixiada por el corsé de mi vestido como por las risotadas de mi padre y de mis hermanos mayores, que ya brindaban por las tierras que se unirían a nuestro imperio en catorce días. Sentía que las paredes del comedor se encogían sobre mí, robándome el oxígeno. No podía seguir allí metida simulando que era la feliz y sumisa novia que todos esperaban. Aprovechando que mi padre se levantó para buscar otra botella de la reserva privada y que la atención se desvió hacia él, me deslicé sigilosamente de mi silla y salí por la puerta trasera que daba a los jardines.
El aire de la noche me golpeó la cara, devolviéndome la vida. Dejé atrás el camino empedrado iluminado por los faroles y caminé a oscuras hacia la primera hilera de los viñedos, allí donde la sombra de las parras me ocultaba por completo del resto del mundo. Apoyé mis manos en la barandilla de madera que limitaba la propiedad y cerré los ojos, respirando el olor a tierra mojada y a uva madura. Al menos aquí fuera el aire era gratis.
—Es una cena insoportable, ¿verdad?
Una voz profunda, baja y con un deje de ironía rompió el silencio de la noche, haciéndome dar un respingo del susto. Me giré con el corazón desbocado y lo vi. Ismael estaba apoyado contra uno de los postes de madera, a solo unos metros de mí. No lo había oído llegar. Se había quitado la chaqueta del traje, que ahora colgaba de uno de sus dedos sobre su hombro, y se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa blanca, dándole un aspecto mucho menos rígido que el de hace unos minutos.
—Me has asustado —atiné a decir, cruzando los brazos sobre mi pecho para protegerme del frío repentino y de su mirada.
—Lo siento. No era mi intención —respondió, dando un paso al frente para quedar bajo el tenue reflejo de la luna—. Pero vi cómo te escapabas y pensé que era una buena oportunidad para respirar algo que no fuera hipocresía pura.
Nos quedamos en silencio unos segundos, midiéndonos con la vista. Era la primera vez que lo tenía tan cerca. Sus ojos oscuros eran inteligentes, fijos y peligrosamente observadores.
—Así que tú eres Ismael —comenté, intentando que mi voz no temblara—. Mi futuro dueño, según los planes de nuestros padres.
Una sonrisa amarga, casi invisible, cruzó sus labios bien perfilados.
—No soy el dueño de nadie, y mucho menos tuyo —contestó con una calma que me descolocó—. No te equivoques. Yo odio este circo tanto como tú. Si estoy metido en este maldito traje y sentado en esa mesa, es únicamente por el hombre que tiene el corazón destrozado en el comedor. No por las tierras de tu padre, que no me importan lo más mínimo.
Sus palabras me pillaron totalmente desprevenida. Esperaba encontrarme a un hombre arrogante, orgulloso de heredar una fortuna a costa de mi libertad, pero lo que tenía delante era a alguien que hablaba con una madurez aplastante y un desprecio absoluto por el negocio familiar.
—Pues disimulas muy bien —ataqué, picada por su tono distante—. Mi padre y mis hermanos mayores ya están celebrando cómo van a fusionar las cuentas bancarias gracias a nosotros. Pareces muy conforme aceptando el trato de ser el semental que asegure su dichoso legado.
Ismael dio un paso más, recortando la distancia entre los dos. Era mucho más alto que yo, obligándome a levantar la cabeza para sostenerle la mirada. Su perfume, una mezcla de madera, cuero y algo sutilmente cítrico, inundó el espacio entre los dos.
—Las apariencias son herramientas muy útiles si sabes cómo usarlas —dijo en un susurro frío, inclinándose ligeramente hacia mí—. No me conoces en absoluto para juzgar lo que voy a hacer con mi vida. Sé perfectamente lo que se siente al ser vendido como una mercancía. Llevo comprometido contigo desde que tenías una semana de vida. ¿Crees que eso me hace gracia?
Me quedé muda. El dolor y la frustración que desprendían sus palabras eran reales, idénticos a los míos. Por un instante, la barrera entre los dos pareció agrietarse.
—Entonces, ¿por qué no te opones? —le recriminé con un hilo de voz—. Eres un hombre. Tú tienes voz en este pueblo. Podrías haber dicho que no. Podrías haberte marchado a la ciudad.
Ismael clavó sus ojos en los míos, y por primera vez vi una chispa de fuego contenida tras su fachada de hielo.
—Porque hay cosas que van antes que mis propios deseos, como la vida de mi madre y la salud de mi padre —sentenció con firmeza—. Pero una boda es solo un trozo de papel firmado ante un cura que no nos conoce de nada. No define quiénes somos ni dónde vamos a terminar. Cumpliré con mi parte del trato para salvar a mi familia del desastre, y te sugiero que tú hagas lo mismo si no quieres que tu padre destruya a ese hermano tuyo que tanto te defiende.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. ¿Cómo sabía lo de Aarón? ¿Tanto nos había observado en la cena? Antes de que pudiera exigirle una explicación, Ismael se dio la vuelta, se colocó la chaqueta sobre el hombro de nuevo y comenzó a caminar de regreso hacia la luz del porche.
—Nos vemos en el altar en dos semanas, futura esposa —dijo sin mirar atrás, dejando que sus palabras flotaran en el aire frío de la noche.
Me quedé sola entre las viñas, temblando, con el sabor de la pólvora todavía en la boca. Ismael no era el monstruo descerebrado que yo imaginaba, pero era algo mucho más peligroso: un hombre inteligente con sus propios planes secretos, alguien con quien iba a tener que compartir mi cama y mi vida en solo catorce días.