Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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El pueblo en Ruinas.
La pesada puerta de roble y hierro del taller se cerró a sus espaldas con un eco sordo que pareció sellar una época entera en la historia del Valle de la Grieta. Fuera, el aire del páramo soplaba con una fuerza implacable, cargado de un frío metálico que descendía directamente desde las cumbres nevadas del norte.
Leo, Kassandra y Garrik avanzaron en silencio por el sendero serpenteante que abandonaba las bocaminas, dejando atrás la relativa seguridad de los túneles para adentrarse en la inmensidad grisácea de las tierras desoladas. El horizonte se extendía como un mar de rocas grises, matorrales secos y colinas azotadas por el viento, un paisaje desprovisto de piedad donde la única ley que imperaba era la del más fuerte o la del más astuto.
—Manténganse alejados de los caminos principales durante las primeras leguas —advirtió Kassandra, caminando unos pasos al frente con la ballesta ligera lista para cualquier imprevisto, sus ojos oscuros analizando cada recodo del sendero—. Los puestos de peaje del Gremio solían estar a diez leguas de las minas, pero con la destrucción de la artillería en el desfiladero norte, es muy probable que hayan duplicado las patrullas de reconocimiento. Si nos ve una partida de caballería imperial antes de cruzar los páramos bajos, tendremos que improvisar demasiado pronto.
Garrik, que llevaba su pesada maza apoyada al hombro como si no pesara más que una rama de olivo, escupió a un lado con desdén.
—Que vengan —gruñó el enano, ajustándose el cinturón de herramientas donde guardaba sus cuñas de acero y su martillo de mano—. Tienen treinta caballos y placas de hierro brillante, pero en estos desfiladeros su armadura es solo un blanco más fácil para la nueva pólvora de Leo. ¿O ya se te olvidó cómo sonó el doble cañón contra el escudo de su sargento?
—No se trata de si podemos ganarles un tiroteo, Garrik, sino de que no podemos darnos el lujo de gastar munición ni atraer a todo el ejército del rey antes de llegar a los pueblos agrícolas —replicó Leo con voz pausada, sintiendo cómo el viento frío rozaba las nuevas cicatrices de su pecho a través de la fina tela de lino—. Necesitamos caballos, harina, carne seca y, sobre todo, gente dispuesta a escuchar lo que tenemos que decir. Un puñado de mineros con pistolas no puede tomar un palacio si el resto del imperio cree que somos simples forajidos.
El sol comenzó a descender lentamente tras los picachos occidentales, tiñendo el cielo de un tono cobrizo y violáceo que presagiaba una helada nocturna severa. Sabían que el primer poblado en su ruta, San Olivo de las Piedras, se encontraba a dos jornadas de marcha rápida. Un lugar históricamente dedicado al cultivo de olivos amargos y al procesamiento de hierro bruto, ahora sometido bajo el puño de hierro de los recaudadores de impuestos de Valerius III.
A medida que avanzaban, el ritmo de la marcha se volvió un ejercicio de resistencia física y cálculo mental. Leo aprovechaba las pausas breves para revisar los planos que llevaba guardados en su mochila, recalculando el peso de los cartuchos de papel encerado y comprobando que la humedad de los páramos no hubiera afectado la pólvora fina que almacenaba en los frascos sellados con cera. Cada paso lo alejaba de la fragua, pero lo acercaba al centro névralgico del poder imperial, un sitio donde las leyes de la física que él dominaba tendrían que enfrentarse a siglos de tradición, oro y sangre.
La oscuridad terminó por devorar el sendero, obligándolos a encender una pequeña fogata sin llama, oculta entre las rocas de un barranco seco, donde se repartieron una ración escasa de pan duro y carne curada.
—Mañana al mediodía cruzaremos el límite del valle —dijo Kassandra, rompiendo el silencio mientras afilaba la punta de una saeta con una pequeña piedra de afilar—. A partir de ahí, ya no somos mineros buscando refugio. Somos forasteros con un secreto que la corona pagaría por silenciar.
Leo miró hacia el norte, donde en la lejanía, más allá de las nubes y las montañas, se alzaba invisible pero omnipresente la silueta imponente del Palacio de la Aguja. Tocó con los dedos la empuñadura de la pistola de doble cañón en su cinto, sintiendo el frío reconfortante del metal y la madera.
—Que busquen lo que quieran —respondió Leo con una fría determinación en la mirada—. Mañana empieza la verdadera recolección.
El descenso de las estribaciones montañosas exigió tres jornadas más de marcha implacable, un trayecto donde la piedra gris y vertical fue cediendo el paso de forma paulatina a laderas de tierra marrón, surcadas por arroyos de deshielo y matorrales espinosos que anunciaban la transición hacia las tierras bajas.
A medida que se alejaban de los dominios directos del Valle de la Grieta y de las rutas patrulladas por las guarniciones del Gremio, el aire cambiaba de textura. Ya no transportaba el característico rastro metálico de los hornos de fundición y el azufre, sino un perfume áspero a tierra húmeda, pasto seco y humo lejano de chimeneas rurales.
—Hemos cruzado el mojón de la antigua jurisdicción real —anunció Kassandra al cuarto día, deteniéndose en lo alto de una loma barrida por el viento para ajustar las correas de sus botas gastadas—. A partir de este valle secundario, los inspectores de impuestos del rey rara vez ponen un pie a menos que haya una revuelta que reprimir o un tributo extraordinario que arrancar a la fuerza. Oficialmente, estamos en tierra de nadie... o peor, en tierras olvidadas por la corona.
Garrik dejó caer el peso de su maza sobre el suelo polvoriento, estirando la espalda con un crujido audible de huesos mientras exhalaba una bocanada de aire espeso.
—Pues qué buen lugar para buscar amigos —murmuró el enano con una mueca escéptica, cruzándose de brazos mientras contemplaba el valle que se extendía varios kilómetros más abajo—. Las tierras donde el rey no manda suelen estar gobernadas por señores locales igual de avaros o por bandidos que te cortan el cuello por un trozo de pan duro. Más nos vale que tu invento hable claro, muchacho.
Leo no respondió de inmediato. Se había quitado la mochila de los hombros para masajearse el cuello, dejando que la brisa templada de las tierras bajas secara el sudor acumulado en su frente. Su mirada recorría la vasta extensión agrícola que se abría ante ellos: campos de trigo tardío castigados por la sequía, cercas de piedra caída y, a lo lejos, emergiendo entre una arboleda de álamos marchitos, los tejados de pizarra de un asentamiento considerable. San Olivo de las Piedras. Un pueblo dedicado tradicionalmente al aceite y al cultivo de secano, ahora sumido en una quietud extraña, casi fantasmal.
—No vamos a mendigar ni a comprar lealtades con promesas vacías, Garrik —dijo Leo con voz calmada, volviendo a colgarse la lona al hombro y asegurando el arnés de su pistola doble—. Vamos a demostrarles lo que significa dejar de depender de los armeros del Gremio. Si este pueblo está tan aislado como parece, seguro que llevan meses sufriendo el acoso de merodeadores o de los recaudadores itinerantes sin tener con qué defenderse.
El sol comenzó a inclinarse hacia el oeste, proyectando sombras alargadas sobre el camino de tierra que serpenteaba entre los olivares abandonados. A medida que se acercaban al perímetro del poblado, la ausencia de movimiento en los campos se tornó más evidente. No había campesinos arando ni niños corriendo entre los surcos; las puertas de las pocas casas dispersas a las afueras estaban trancadas con tablones gruesos y las ventanas exhibían una oscuridad impenetrable.
—Algo no encaja —advirtió Kassandra, desenganchando la ballesta ligera con un movimiento imperceptible y deslizando una saeta en la ranura de carga—. Un pueblo agrícola no se encierra a cal y canto a pleno día a menos que esperen una incursión o ya hayan tenido visitas desagradables recientemente.
—O ambas cosas —sentenció Garrik, empuñando la maza con firmeza y adelantando el paso con una agilidad sorprendente para su complexión robusta—. Manténganse a mi espalda. Si nos reciben a flechazos, les devolveremos el saludo con plomo.
Cruzaron el viejo dintel de piedra que marcaba la entrada de San Olivo. Las calles principales, flanqueadas por casas de piedra de dos plantas y tejados oscuros, estaban desiertas. El único sonido era el crujido de la gravilla bajo sus botas y el ulular lejano del viento entre las ramas desnudas de los olivos.
De pronto, un destello metálico en una ventana del segundo piso del edificio comunal hizo que Kassandra se detuviera en seco, levantando el brazo para ordenar silencio absoluto.
—Arriba, a las diez —susurró ella sin apartar los ojos del blanco—. Nos están apuntando con un arco compuesto. Y no parecen cazadores locales.
Leo levantó la vista lentamente, apoyando de manera instintiva la mano derecha sobre la empuñadura de nogal de su arma de doble cañón, mientras el quinto día de su largo viaje hacia el corazón del imperio comenzaba con una tensa y silenciosa advertencia.
La tensión en el aire se volvió tan densa que el crujido de una teja suelta por el viento sonó como un disparo seco.
—Bajen las armas y muestren las manos —una voz áspera y curtida por el frío resonó desde el tejado del edificio comunal, cortando el silencio de la plaza principal.
Tres figuras aparecieron de golpe tras el parapeto de piedra de la azotea. No vestían las cotas de malla pulidas ni las tabardas con el escudo del león rampante de la guardia real del Gremio; llevaban gabardinas de cuero desgastado por la intemperie, botas remendadas con alambre y arcos compuestos de doble curvatura tensados al máximo. Eran desertores o bandidos locales que habían tomado el control del pueblo, aprovechando el vacío de poder que el avance del imperio había dejado en las rutas secundarias.
El hombre que había hablado, un sujeto de barba desaliñada con una cicatriz cruzándole el pómulo izquierdo, dio un paso al frente y apuntó directamente al pecho de Kassandra con una flecha de punta de hierro forjado tosco.
—Forasteros armados con ballestas de precisión y un martillo de guerra en tierras que pagan tributo a la Cofradía del Hierro —escupió el líder desde arriba, esbozando una sonrisa torcida y cínica—. O son inspectores imperiales muy mal disimulados o son idiotas con ganas de donar su equipo. ¿Qué prefieren que sea?
Garrik dio un paso al frente, haciendo amago de levantar la maza con una furia sorda bullendo en su garganta, pero una seña rápida y discreta de Leo lo detuvo en seco. El joven inventor dio un paso al frente, manteniendo las manos vacías y a la vista, aunque su pulgar derecho rozaba con naturalidad milimétrica el martillo inferior de la pistola doble oculta bajo su chaqueta.
—No somos inspectores del rey ni tampoco idiotas —respondió Leo con voz clara y firme, proyectando el tono para que resonara en toda la plaza vacía—. Venimos del Valle de la Grieta. Y si estamos aquí no es para buscar problemas con ustedes, sino para ofrecerles un trato que sus arcos y sus caballos no pueden comprarles.
El líder bandido soltó una carcajada corta y burlona, mirando a sus dos compañeros apostados en el techo.
—¿El Valle de la Grieta? ¿Escucharon eso, muchachos? Las ratas de las minas ahora salen a pasear por los campos como si fueran señores feudales —el hombre tensó un poco más la cuerda del arco, apuntando ahora directamente a la frente de Leo—. Aquí no nos interesan los discursos de mineros fugitivos. Bajen las armas, dejen las mochilas con las provisiones que lleven y tal vez los dejemos marchar de vuelta a sus túneles antes de que les llenemos el cuerpo de flechas.
Kassandra no esperó una orden verbal. Sus dedos se tensaron sobre el mecanismo de la ballesta ligera con una velocidad felina, apuntando directamente al hombro del arquero que flanqueaba al líder por la derecha.
—Tu arco es rápido, bandido —dijo Kassandra con voz gélida, sus ojos oscuros fijos en el blanco—. Pero esta saeta de acero cruza la distancia antes de que alcances a soltar la cuerda. Pruébalo si quieres comprobarlo.
El líder vaciló por una fracción de segundo al ver la absoluta compostura de la mujer y la postura imperturbable del enano. En ese instante de duda, Leo aprovechó para avanzar un paso más, alterando la dinámica de poder con la fría precisión de quien calcula cada variable en juego.
—Pueden quedarse con nuestras mochilas si tanto les urge —replicó Leo con total serenidad, sacando lentamente la mano derecha del cinto y sosteniendo un pequeño cartucho de papel encerado entre los dedos, dejándoles ver la pólvora negra a través del tejido—. O pueden bajar las armas, escuchar lo que trajimos en las alforjas, y ver cómo una sola pieza de metal puede hacer más por este pueblo que todas sus amenazas juntas. ¿Qué prefieren? ¿Morir defendiendo un pueblo muerto de hambre o negociar con los únicos que le han roto la espalda al Gremio?
El eco de las palabras de Leo se disipó entre las fachadas agrietadas de piedra y el viento sordo que barría la plaza de San Olivo. Pero el silencio que siguió no fue de negociación; fue el vacío denso que precede al colapso.
Mientras el líder de los bandidos entrecerraba los ojos, sopesando si disparar o arrebatarles las mochilas, una corriente de pensamientos súbitos y violentos atravesó la mente de Leo como un relámpago. Las siluetas de aquellos hombres armados, con sus gabardinas remendadas y su desprecio absoluto por los desamparados, no encuadraban en las leyendas de un mundo fantástico y lejano. Eran exactamente el mismo rostro de la podredumbre que él conocía demasiado bien. El reflejo idéntico de la corrupción sistémica, de los caciques de barrio y los criminales protegidos por la impunidad que habían asfixiado su vida anterior en México antes de aquel fatídico final que lo arrojó a este maldito isekai. Cárteles de pacotilla, abusadores de sotana o de placa, parásitos dispuestos a desangrar a los inocentes con tal de conservar su pequeña porción de poder miserable.
Una chispa de furia ancestral, un fuego sordo y ciego que creía haber sepultado bajo los planos y los cálculos de ingeniería, estalló de golpe en su pecho. Ya no quedaba espacio para la diplomacia barata ni para discursos persuasivos con escoria que no entendía otro idioma que el de la fuerza bruta.
Sin pronunciar una sola advertencia adicional, con una frialdad absoluta y metódica, Leo sacó la pistola de doble cañón de su cinto.
El movimiento fue tan rápido que el líder bandido ni siquiera alcanzó a tensar la cuerda. Con el pulgar derecho accionado de inmediato, Leo apuntó sin titubear al pecho del arquero ubicado a la izquierda del parapeto y, con un milisegundo de diferencia, al segundo facineroso situado en el flanco derecho.
El primer trueno rasgó el aire del pueblo con la violencia de una tormenta artificial. La onda expansiva hizo vibrar las tejas de arcilla y el fogonazo cegador iluminó los rostros desencajados de los bandidos. La bala de plomo endurecido, impulsada por la pólvora negra comprimida, cruzó la distancia a velocidad supersónica y destrozó por completo el cráneo del primer asaltante, derribándolo de espaldas hacia el vacío del tejado en una fracción de segundo.
Antes de que el eco del primer disparo terminara de rebotar contra los cerros circundantes, el segundo dedo de Leo accionó el gatillo superior.
El segundo estallido rugió con idéntica furia asesina. El proyectil impactó de lleno en el torso y el cuello del segundo bandido, arrancándole la vida al instante y arrojándolo contra los maderos del balcón comunal en medio de una nube de humo espeso y hediondo a azufre. Dos truenos secos, dos muertes instantáneas ejecutadas a sangre fría y sin un ápice de vacilación.
—¡Será mejor que ni intenten defenderse! —bramó Leo, con la voz destilando un hielo tan profundo que parecía congelar el propio aire, mientras el humo blanquecino aún se elevaba desde las dos bocas del cañón humeante.
El impacto visual y sonoro fue devastador. El líder de los bandidos, con el rostro salpicado por los restos de sus propios hombres y los ojos desorbitados por un terror primitivo, dejó caer el arco al suelo con un estrépito metálico. Los dos sujetos que quedaban en la azotea retrocedieron tropezando torpemente con sus propias piernas, mientras que abajo, en los costados de la plaza, un par de cómplices que se ocultaban tras los barriles de aceite arrojaron sus armas al suelo y levantaron las manos temblorosas, completamente paralizados por el shock. No era una pelea justa; era una ejecución sumaria dictada por una tecnología que desafiaba cualquier lógica de la espada y el arco.
A pocos pasos de allí, Kassandra se quedó inmóvil, con los dedos todavía sobre el mecanismo de su ballesta. Un escalofrío frío recorrió su espina dorsal, haciendo que apartara la mirada de los cuerpos inertes en el tejado para centrarla en el perfil de Leo.
En los oscuros ojos de la exploradora, acostumbrada a la crudeza de la guerra y a la muerte silenciosa de las saetas, algo cambió de manera irrevocable en ese instante. Lo que vio en la mirada de Leo no fue la fría eficiencia táctica de un estratega ni la furia impulsiva de un plebeyo acorralado; fue una oscuridad implacable, una determinación calculadora y fría que rozaba lo inhumano. Ese no era el joven inventor que dibujaba planos con tiza en la penumbra de la fragua; era un hombre dispuesto a quemar el mundo entero desde sus cimientos si con ello garantizaba que la podredumbre no volviera a tocar a los suyos.
Garrik, a su lado, bajó lentamente la maza de guerra, soltando un silbido bajo y respetuoso mientras contemplaba el vapor que aún exhalaba el doble cañón de Leo.
—Vaya... —murmuró el enano con una mezcla de asombro y siniestra aprobación—. Parece que el muchacho por fin decidió dejar de pedir permiso.
El olor a azufre y pólvora quemada se adhería al polvo de la plaza principal de San Olivo como una mortaja invisible. Nadie se atrevía a respirar demasiado hondo. El único sonido que competía con el ulular del viento entre las callejuelas era el goteo constante y rítmico de la sangre que caía desde el tejado comunal, marcando el compás de una tiranía deshecha en cuestión de segundos.
El líder de los bandidos, un hombre que apenas un minuto antes alardeaba con la insolencia de quien se creía dueño y señor del valle, permanecía de rodillas sobre las losas de piedra. Tenía las manos abiertas, separadas del cuerpo, con las palmas hacia arriba en un gesto instintivo de rendición absoluta. Sus ojos, inyectados en sangre y abiertos de par en par por el pánico, no se apartaban de la boca humeante de la pistola doble que Leo aún sostenía con pulso firme.
—N-no... no sabíamos con quién... —balbuceó el líder, con la voz quebrada y temblorosa, perdiendo por completo la fachada de rudeza—. Por los dioses, no disparen... Lo que quieran, el pueblo es suyo, las provisiones están en el almacén del fondo... todo es suyo.
Kassandra dio un paso al frente, rompiendo el círculo de silencio tenso. Su ballesta seguía apuntando al pecho del hombre arrodillado, pero su mirada se desvió de reojo hacia el perfil de Leo. Había en ella una mezcla de cautela y turbación. La frialdad con la que el joven había sentenciado a los dos arqueros no se parecía en nada a la legítima defensa de las escaramuzas anteriores; había una deliberada y sombría ejecución en su acto, un eco lejano de mundos y dolores que ella no alcanzaba a comprender del todo, pero cuyo peso absoluto podía palparse en el aire.
Garrik, en cambio, soltó un gruñido gutural de satisfacción mientras avanzaba pesadamente hacia los bandidos desarmados, golpeando el suelo con el extremo de su maza para recordarles quién mandaba ahora.
—Levanten los malditos rostros y guarden silencio si valoran el trozo de pescuezo que les queda —les ordenó el enano a los dos sujetos que se habían rendido junto a los barriles de aceite. Giró la cabeza hacia Leo, esperando su directriz con una media sonrisa socarrona—. Bueno, muchacho. Ya limpiamos la entrada del recibidor. ¿Qué hacemos con las basuras que sobraron?
Leo no bajó el arma de inmediato. Dejó que el cañón siguiera humeando unos segundos más, permitiendo que el vapor y el olor acre impregnaran la conciencia de todos los presentes. Sabía que la violencia por sí sola no construía un imperio ni liberaba a un pueblo, pero entendía con cruda claridad que la debilidad invitaba a la masacre. En un mundo gobernado por déspotas y parásitos, la compasión sin dientes era una sentencia de muerte.
—No vamos a ejecutar a los que se han rendido —dijo Leo al fin, con un tono de voz plano, frío y exento de cualquier rastro de compasión o clemencia teatral—. Pero tampoco vamos a permitir que queden libres para reanudar sus crímenes a nuestras espaldas.
El joven inventor se inclinó ligeramente hacia el líder arrodillado, mirándolo desde arriba con una intensidad que hizo que el bandido se encogiera como un animal acorralado.
—Tú —le indicó Leo, señalando con el cañón frío de la pistola hacia la puerta del granero comunal—, vas a reunir a todos los habitantes de este pueblo que tengan escondidos en las bodegas o detrás de las puertas trancadas. Diles que el Gremio ya no manda aquí, que las exacciones se han acabado, y que necesitamos cargar tantas raciones de grano, carne seca y aceite como nuestros caballos puedan soportar. Y más te vale no intentar una trampa, porque la próxima bala no irá al aire ni a tus subordinados; irá directo a tu cabeza.
El hombre asintió con desesperación, ahogando un sollozo, y se levantó tambaleándose sobre sus piernas antes de salir corriendo a los tropiezos hacia los callejones laterales para gritarle a los vecinos atemorizados que el pueblo había sido liberado.
Kassandra se acercó a Leo mientras el silencio comenzaba a ceder paso al murmullo temeroso de los aldeanos que, muy lentamente, empezaban a asomar las cabezas por las ventanas y a desbaratar los maderos de sus puertas. La exploradora lo observó fijamente, buscando en su expresión algún rastro del chico reflexivo que trazaba ecuaciones en la oscuridad de la fragua.
—Has cambiado el método, Leo —murmuró Kassandra en un tono lo suficientemente bajo para que solo él pudiera escucharla, mientras enfundaba su ballesta con un movimiento seco—. Antes buscabas minimizar el daño, calcular los ángulos para desarmar o bloquear. Hoy... hoy disparaste a matar sin darles una sola oportunidad de rendición previa.
Leo guardó la pistola doble en su cinto, ajustando la correa con un movimiento mecánico y preciso, sintiendo cómo el cuero rozaba las cicatrices de su torso.
—En el Valle de la Grieta jugábamos a defendernos de un ejército que venía a destruirnos en un campo de batalla claro —respondió Leo sin mirarla, con la vista fija en la puerta del granero donde los primeros aldeanos comenzaban a salir con rostros demacrados y miradas incrédulas—. Esto no es un campo de batalla, Kassandra. Esto es una limpieza. Si queremos llegar al Palacio de la Aguja y derrocar a Valerius y a Vespera sin que nos apuñalen por la espalda en cada pueblo del camino, la escoria que se aprovecha de los débiles en la retaguardia tiene que entender una sola regla: el precio de intentar frenarnos es la muerte inmediata. Ya no hay tiempo para segundas oportunidades.
Garrik, que escuchaba la conversación mientras se cruzaba de brazos sobre su peto de cuero, soltó una carcajada seca y aprobatoria.
—Dice bien el muchacho. La guerra no se gana dando discursos en las plazas, se gana cortando la maleza de raíz para que no vuelva a crecer. Vamos a cargar las alforjas; el sol no nos va a esperar.
El murmullo temeroso de los aldeanos al romper las barricadas de sus puertas duró exactamente lo que tardaron en abrirse de par en par los pesados portones de roble del granero comunal.
De la oscuridad húmeda y apestosa del interior no salió un grupo de vecinos aliviados, sino una procesión de espectros vivientes. Primero fueron ancianos de piel translúcida y costillas marcadas como arcos de violín, apoyándose unos en otros para no desplomarse sobre la gravilla. Pero lo que hizo que el aire se congelara por completo en los pulmones de Kassandra y Garrik fue lo que vino detrás.
Media docena de niños, con los ojos hundidos en cuencas oscuras, los labios resecos y la ropa reducida a harapos colgantes, arrastraban los pies hacia la luz del sol. Estaban tan demacrados que apenas podían sostenerse en pie; el hambre y el terror prolongado los habían convertido en sombras silenciosas. Un par de ellos se aferraban a las faldas de una mujer que lloraba en silencio, con la mirada perdida en el suelo.
Al fondo del granero, atados con grilletes de hierro a una argolla de la pared y con restos de comida podrida tirada fuera de su alcance como una burla cruel, se veían los catres donde los habían mantenido hacinados durante semanas mientras los bandidos racionaban el grano para su propio consumo.
La mandíbula de Leo se tensó hasta marcarse con violencia. Sus nudillos se cerraron con tanta fuerza alrededor de la correa de su mochila que las cicatrices pálidas de sus manos estiraron la piel al límite. El recuerdo fugaz de los abusadores en su mundo anterior se mezcló de golpe con la cruda y miserable realidad de estos niños reducidos a esqueletos por puro capricho de la escoria que acababa de suplicar piedad.
Uno de los dos bandidos que seguía de rodillas junto a los barriles —el mismo que había estado custodiando la puerta del granero— intentó incorporarse de golpe, lanzando una mirada furtiva y cargada de odio hacia los niños antes de buscar con disimulo una daga oculta en la bota.
—Estaban... estaban jodidamente molestos con el llanto, solo los callábamos un poco para que no llamaran la atención... —masculló el bandido con una sonrisa torcida, intentando justificar su atrocidad con desprecio—. ¡Solo queríamos que guardaran silencio!
Leo no parpadeó. No hubo advertencia, ni dudas, ni un ápice de hesitación.
—Además... los niños no se tocan —escupió Leo con una voz tan gélida y cargada de una furia asesina que hizo retroceder al propio Garrik.
Con un movimiento fluido y mecánico, sacó la pistola de doble cañón, la niveló a menos de dos metros de distancia y apretó el gatillo inferior.
El trueno estalló con una violencia atronadora en medio de la plaza, reverberando contra los muros de piedra. La bala de plomo destrozó el pecho y el cráneo del bandido en una fracción de segundo, proyectándolo hacia atrás en un charco de sangre y humo acre.
El silencio posterior fue absoluto. El último bandido superviviente, que seguía arrodillado a su lado con las manos en la nuca, vio los sesos de su compañero salpicarle el rostro y soltó un grito ahogado antes de desmayarse de terror sobre las losas de la plaza.
Kassandra contuvo la respiración, observando la escena con los ojos fijos en Leo. Ya no había dudas ni turbación en su mirada; comprendía perfectamente la fría matemática de la justicia que el joven estaba aplicando. En un mundo donde los tiranos y los criminales pisoteaban a los inocentes sin consecuencias, la piedad hacia los monstruos era simplemente una complicidad silenciosa.
Garrik dio un paso al frente, enfundando su maza con un movimiento seco, y se agachó para empezar a cortar con un cincel las cadenas que mantenían atados a los niños.
—Menos mal que trajimos suficiente pólvora, muchacho —gruñó el enano, con los ojos brillantes de una ira fría—. Porque me parece que vamos a tener que limpiar mucho más que este pueblo antes de llegar a la capital.
El sol de la tarde comenzó a descender, tiñendo el polvo y el humo de la pólvora suspendidos en el aire de San Olivo con un tono cobrizo y áspero. La plaza principal, que minutos antes había sido escenario de la ejecución implacable de los bandidos, se transformó de inmediato en un centro de actividad febril y ordenada.
Leo no perdió un solo segundo en discursos innecesarios. Con una seña precisa, organizó a los aldeanos que aún conservaban algo de fuerza física: los hombres y mujeres más sanos, aunque demacrados por el hambre, fueron distribuidos en cuadrillas de trabajo. Unos se encargaron de asegurar el perímetro de la plaza con barricadas improvisadas usando carretas y vigas de roble, mientras otros comenzaron a limpiar los escombros de las casas dañadas y a reparar los techos del granero comunal.
En el extremo opuesto del patio, junto a una vieja fuente de piedra seca, Garrik había improvisado una gran hoguera utilizando los restos de muebles rotos y leña seca que los bandidos habían dejado amontonados. El enano, con las mangas de la camisa arremangadas y una gruesa olla de hierro negro que había rescatado de una de las cocinas abandonadas, comenzó a volcar sacos enteros de lentejas, frijoles secos y trozos de carne curada que los criminales guardaban celosamente para sí mismos.
—¡Abran paso, dejen que el caldo tome cuerpo! —bramaba Garrik con su voz ronca, removiendo el contenido de la olla con un cucharón de madera del tamaño de un remo, mientras el aroma reconfortante a comida caliente empezaba a competir con el persistente hedor a pólvora y azufre—. ¡Nada de raciones mezquinas! Hoy se come hasta que la olla quede limpia, pero el que tire un solo grano de maíz tendrá que vérselas con mi maza.
Mientras el calor de la sopa comenzaba a sanar simbólicamente el ambiente, Kassandra se había instalado en el interior del granero, convirtiéndolo en un improvisado puesto de auxilio. Había ordenado tender jergones limpios y mantas abrigadas sobre los catres de madera donde los niños y ancianos habían estado prisioneros. Con una palangana de agua tibia, vendas limpias de lino que ella misma había cortado de su mochila y un frasco de ungüento antiséptico a base de hierbas y alcohol, la exploradora se arrodilló junto al catres más cercano.
Con una paciencia infinita y una delicadeza que contrastaba fuertemente con su faceta de combatiente letal, Kassandra comenzó a limpiar las llagas y las costras de desnutrición en los brazos y rostros de los pequeños. Les hablaba en un tono suave y pausado, asegurándose de que bebieran pequeños sorbos de agua con sal y azúcar para rehidratar sus cuerpos debilitados antes de permitirles probar el caldo liviano que Garrik mandaba a calentar en cuencos de barro. Los niños, atemorizados al principio por el eco de los disparos, empezaban a calmarse bajo sus manos firmes pero cálidas, encontrando en su presencia el primer atisbo de seguridad en semanas.
Fuera, en medio del bullicio de la reconstrucción y la cocina, Leo observaba la escena desde el umbral del granero. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo el roce áspero de la camisa contra sus cicatrices recientes. Sabía que este respiro en San Olivo de las Piedras no era más que una pausa en una guerra inevitable, pero al ver a los aldeanos organizarse, a Garrik alimentar a los hambrientos y a Kassandra cuidar a los niños, comprendió que la revolución ya no dependía únicamente de sus pistolas de doble cañón o de sus cálculos balísticos. Había germinado en algo mucho más difícil de destruir: la dignidad recuperada de un pueblo dispuesto a no volver a arrodillarse jamás.
El crepúsculo comenzó a teñir las colinas de San Olivo con un manto de violetas oscuros y sombras alargadas. La plaza, que al mediodía era un escenario de terror y ejecución sumaria, latía ahora con un ritmo vital completamente renovado. Alrededor de la gran hoguera improvisada por Garrik, el aire se impregnó de un espeso y humeante aroma a caldo de legumbres y carne asada que hacía semanas no habitaba en las chimeneas del pueblo.
Los niños, ya con los rostros limpios de hollín y envueltos en mantas de lana áspera pero secas, comían en silencio en el interior del granero acondicionado como enfermería. Kassandra no se había apartado de su lado; alternaba las cucharadas de caldo tibio con palabras suaves, observando cómo el color comenzaba a retornar tímidamente a las mejillas demacradas de los más pequeños. Su ballesta descansaba apoyada contra el madero del catre, un recordatorio silencioso de que la paz en la que vivían en ese momento era un territorio conquistado a pulso de plomo y pólvora.
Afuera, el estruendo de los martillos y las sierras seguía resonando contra las paredes de piedra. Los hombres y mujeres del pueblo, guiados por el ejemplo implacable de los tres forasteros, habían improvisado un taller temporal bajo el alero del edificio comunal. A la luz de las antorchas de resina, Leo trabajaba sin tregua sobre un sólido banco de roble, rodeado por varios aldeanos jóvenes que lo observaban con una mezcla de reverencia y temor.
—El acero de las rejas de los arados no sirve para fabricar espadas de caballería —explicó Leo con voz firme, sosteniendo una barra de metal rojiza recién salida de las brasas que Garrik mantenía avivadas con un fuelle manual—. Es demasiado quebradizo para un golpe directo. Pero para puntas de flecha reforzadas y para los resortes de tensión de las ballestas de repetición, es exactamente lo que necesitamos.
Leo colocó la barra sobre el yunque y dejó caer el martillo con un golpe seco, preciso y rítmico. Las chispas saltaron en abanico, iluminando su rostro surcado de sudor y las pálidas cicatrices de su torso. Los aldeanos, que hasta hacía unas horas creían que su único destino era morir de hambre bajo el yugo de los bandidos y el abandono de la corona, observaban hipnotizados cómo el metal inútil cobraba una forma letal y defensiva bajo las manos del joven del Valle de la Grieta.
Garrik, secándose el sudor de la frente con un trapo hecho girones y bebiendo un trago largo de agua de una cantimplora, se acercó a Leo con una sonrisa torcida, apoyando las manos pesadas sobre sus caderas.
—Tienen madera, muchacho —murmuró el enano en voz baja, cuidando que los aldeanos cercanos no escucharan su evaluación táctica—. Están aterrorizados, sí, pero el miedo se les está transformando rápido en rabia contenida. Si les enseñamos a montar estas ballestas y a mantener la pólvora seca, este pueblo de agricultores hambrientos podrá aguantar una semana entera de asedio antes de que el primer soldado de Valerius cruce los olivos.
Leo detuvo el martillo, apoyándolo verticalmente contra el yunque mientras exhalaba una bocanada de aire caliente. Su mirada se desvió hacia los límites oscuros del pueblo, donde el camino de tierra desaparecía entre los campos de cultivo abandonados hacia la inmensidad de los páramos del sur. Sabía perfectamente que el silencio de la noche actual era temporal. Los bandidos muertos tenían compañeros, rutas comerciales y, tarde o temprano, la administración del Gremio o las patrullas de la princesa Vespera notarían que el puesto de recaudación y control en San Olivo había dejado de enviar tributos y reportes.
—No vamos a esperar a que nos pongan bajo asedio, Garrik —respondió Leo con una fría y calculadora seguridad en la voz, volviendo a girar la pieza de metal sobre la superficie de hierro—. Un muro defensivo solo sirve para retrasar el inevitable si dejas que el enemigo elija el momento del ataque. Cuando hayamos terminado de armar a los hombres de este pueblo y asegurar sus reservas de alimento, no nos atrincheraremos. Usaremos este lugar como nuestra retaguardia segura, y nosotros tres seguiremos avanzando hacia el siguiente nudo de comunicaciones de la corona.
En ese instante, Kassandra salió del granero, dejando que la pesada puerta de roble se cerrara a sus espaldas con un golpe sordo. Se acercó al banco de trabajo con paso ágil, cruzando los brazos mientras evaluaba los montones de saetas de punta reforzada y los mecanismos de ballesta ya ensamblados que cubrían las mesas.
—Los niños ya duermen sin fiebre —informó Kassandra con voz neutra, aunque sus ojos oscuros brillaban con una intensidad distinta a la de los días anteriores—. Y los ancianos del consejo del pueblo quieren hablar contigo, Leo. Están afuera, esperando en el dintel de la plaza. Tienen miedo, pero por primera vez en años, ese miedo ya no es hacia los hombres del rey, sino hacia la posibilidad de que nosotros nos marchemos y los dejemos solos otra vez.
Leo dejó el martillo sobre la mesa definitiva, se limpió las manos manchadas de hollín en los costados de los pantalones y asintió con la cabeza. Era el momento de consolidar lo que las balas y la pólvora habían iniciado: transformar una revuelta de forajidos desesperados en el primer eslabón real de una cadena revolucionaria que ya no se detendría hasta las puertas mismas del Palacio de la Aguja.
El aire de la noche en San Olivo se cernía denso y frío, cargado con el olor persistente a carbón vegetal, el metal recién forjado y el rastro lejano del caldo de legumbres que aún humeaba en la gran hoguera central.
Bajo el dintel de piedra del edificio comunal, la silueta de tres ancianos aguardaba con una paciencia pétrea, tallada por décadas de abusos fiscales, malas cosechas y el abandono sistemático de una corona que solo recordaba su existencia cuando llegaba el momento de cobrar los impuestos con la punta de la espada. El mayor de ellos, un hombre de hombros caídos llamado Vicente, cuya barba blanca y rala temblaba ligeramente por el frío, dio un paso al frente cuando vio que Leo se acercaba con paso firme, flanqueado de cerca por Kassandra y Garrik.
—Forastero... o ingeniero, como te llaman los muchachos —comenzó diciendo Vicente con una voz gastada pero firme, apoyando nudillos nudosos sobre un bastón de madera nudosa—. Nos han salvado de la escoria que nos robaba el grano y nos dejaba morir de hambre en las celdas. Mis nietos ya duermen bajo techo y con el estómago caliente por primera vez en un mes. Pero un anciano no vive setenta años en las tierras de la corona sin aprender a temer a las facturas que vienen después.
Vicente levantó la mirada, clavando sus ojos turbios pero lúcidos directamente en el rostro inexpresivo de Leo.
—Los bandidos que mataste esta tarde no eran más que perros sueltos que pagaban una parte de su botín a los recaudadores del Gremio en el cruce de los ríos —prosiguió el anciano, apretando la empuñadura de su bastón—. Cuando noten que el puesto de San Olivo lleva tres días en silencio y que los tributos no llegan, mandarán una compañía de lanceros de la guardia o a los mercenarios de la princesa Vespera. Este pueblo no tiene murallas de piedra, muchacho. Somos agricultores, no soldados. Si nos arman con esas ballestas de hierro, podremos vender cara nuestra piel una tarde... pero al caer la noche, el fuego arrasará con todo lo que amamos. ¿Qué clase de futuro nos están ofreciendo en realidad? ¿Una masacre gloriosa para que ustedes sigan su camino hacia el norte?
El silencio que siguió a las palabras de Vicente fue profundo. Los aldeanos que trabajaban en las barricadas y en el taller improvisado detuvieron sus labores de golpe, volviendo la vista hacia el grupo con una mezcla de esperanza contenida y pánico latente. Sabían que el anciano estaba diciendo la verdad; una revuelta aislada en un pueblo perdido era apenas una chispa en medio de un océano de cenizas si el aparato militar del imperio decidía aplastarla con toda su fuerza.
Leo no apartó la vista del anciano. No hubo en su rostro ninguna mueca de falsa compasión ni promesas vacías de una paz idílica que sabía perfectamente que no existía en este mundo.
—Vicente —respondió Leo, con un tono de voz tan pausado y gélido que cortaba el viento helado de los páramos—. No vine aquí a ofrecerles una muerte gloriosa, ni a usarlos como escudo humano para limpiar nuestra retirada hacia el norte. La verdad es exactamente la que temes: si nos marchamos mañana y los dejamos solos con estas herramientas, el imperio los pisoteará antes de que termine la semana. Pero la alternativa no es esconderse a esperar la horca de la corona.
El joven inventor avanzó un paso más, apoyando una mano firme sobre la fría piedra del dintel, justo a la vista de todos los aldeanos que se habían congregado alrededor.
—Los bandidos que murieron hoy no eran más que el reflejo de cómo los tratan los de arriba. El rey Valerius y la princesa Vespera no ven en ustedes a seres humanos; ven una granja de impuestos, un recurso renovable de carne y grano que pueden exprimir hasta secarlo. Si esperan a que su piedad o su olvido los proteja, ya están muertos. La única razón por la cual seguimos aquí y no cabalgando hacia la capital es porque San Olivo no es solo un punto en nuestro mapa: es el primer eslabón de una red que vamos a encender en todo el imperio.
Leo señaló con la barbilla hacia el taller improvisado, donde las nuevas piezas de ballesta y los cartuchos de pólvora descansaban bajo las lonas protectoras.
—No les vamos a dar una sola tarde de resistencia, Vicente. Les vamos a dar el conocimiento, la disciplina y la artillería necesaria para que ustedes mismos conviertan este valle en un terreno donde ningún recaudador del Gremio se atreva a poner un pie sin temblar. Cuando el ejército del rey mande a sus lanceros, no encontrarán a un grupo de campesinos acobardados esperando el patíbulo; encontrarán a un pueblo armado hasta los dientes que sabe exactamente cómo reventar una armadura imperial a cincuenta pasos de distancia.
Garrik soltó un bufido de aprobación, cruzando los brazos sobre su pesado peto de cuero, mientras Kassandra observaba cómo la expresión de los ancianos y de los aldeanos comenzaba a transformarse lentamente. El miedo paralizante que los había gobernado durante años no desaparecía por completo, pero sobre él comenzaba a construirse algo infinitamente más peligroso para la corona: la certeza absoluta de que el poder del imperio no era invulnerable.
Vicente miró fijamente al joven inventor durante un largo instante, sopesando cada palabra, cada cicatriz en sus manos y la fría determinación que destellaba en sus ojos oscuros. El anciano exhaló un suspiro tembloroso, dejó caer ligeramente el peso sobre su bastón y, con un movimiento lento pero cargado de solemne dignidad, inclinó la cabeza.
—Si el plomo y el acero tienen que hablar para que nuestros hijos no vuelvan a pasar hambre en una celda... —murmuró Vicente con voz ronca, levantando de nuevo la vista hacia Leo—, entonces enséñanos a disparar, ingeniero. Nosotros pondremos la sangre y el terreno.
—Trato hecho —concluyó Leo, dando media vuelta para regresar al banco de trabajo—. Mañana al alba, antes de que el sol caliente los páramos, empieza el entrenamiento de tiro para cada hombre y mujer con fuerza para sostener una ballesta. La tormenta ya empezó, y nadie va a detenerla.
El fuego de la gran hoguera central proyectaba sombras danzantes sobre los muros de piedra del edificio comunal mientras el acuerdo quedaba sellado. Vicente, con el peso de sus setenta años de sumisión finalmente desplazado por una fría y sobria determinación, hizo una seña a los hombres y mujeres del pueblo para que comenzaran a dispersarse hacia sus hogares y refugios provisionales. La consigna había quedado clara: San Olivo de las Piedras dejaba de ser una granja tributaria de la corona para convertirse en el primer bastión clandestino de la revolución.
Leo observó a los aldeanos retirarse en completo orden, con la mente ya trabajando en los siguientes engranajes logísticos que exigía la empresa. Sabía perfectamente que la tecnología que él dominaba —el secreto de la combustión rápida, el azufre purificado, la proporción exacta de salitre y carbón, y la maquinaria de precisión necesaria para ranurar las almas de los cañones— era un monopolio que no podía ni debía descentralizar. Las pistolas de doble cañón y los cartuchos de alta velocidad eran su ventaja absoluta, su seguro de vida y el martillo principal con el que golpearían a los comandantes imperiales. Si entregaba armas de fuego a una milicia campesina sin la disciplina ni la infraestructura química adecuada, el riesgo de accidentes catastróficos, traiciones o de que las piezas cayeran intactas en manos del Gremio era simplemente inaceptable.
Pero convertir un pueblo en una fortaleza no exigía replicar la pólvora en cada rincón. La verdadera guerra de guerrillas se sostenía tanto con el trueno del plomo como con la implacable letalidad de la balística mecánica.
Al amanecer del sexto día desde su salida de las minas, el taller improvisado bajo el alero comunal rugía con una intensidad renovada. Leo y Garrik no habían dormido. Mientras el enano se encargaba de fundir lingotes de plomo recuperados de los techos y las tuberías viejas para verterlos en moldes de cartuchos, Leo diseñaba y supervisaba la fabricación masiva de armamento de largo alcance que no requería una sola onza de pólvora negra: ballestas pesadas de doble hoja de acero y arcos compuestos reforzados con tendones y láminas de cuerno de cabra montés.
—Si no les vamos a dar pistolas, muchacho, al menos asegúrate de que estas bestias de acero puedan atravesar una cota de malla a cien pasos —gruñó Garrik, arrojando un lote de puntas de flecha recién templadas dentro de un barril de aceite hirviendo para endurecer el metal—. Los aldeanos no tienen tu pulso ni tus cálculos de trayectoria, pero si les armamos con ballestas de repetición con palanca de tensión rápida, podrán hacer una carnicería antes de que la caballería enemiga alcance a desenvainar.
Leo se frotó los ojos cansados, sintiendo el picor del humo en la garganta, antes de inclinar el rostro sobre los planos dibujados con carbón en una tabla de pino.
—No necesitan competir con mis pistolas, Garrik —respondió Leo con voz fría, ajustando los engranajes de tensión de un prototipo de ballesta pesada que permitía recargar tres saetas consecutivas sin soltar el estribo—. Estas armas son para mantener a raya a los destacamentos y proteger el perímetro. Lo verdaderamente importante no es solo lo que les dejamos, sino lo que nos llevamos de aquí.
Kassandra, que se acercaba con un rollo de cuerdas de cáñamo fresco y sacos vacíos de lona al hombro, escuchó las últimas palabras del joven inventor mientras dejaba caer la carga sobre la mesa de trabajo.
—Te refieres al pacto logístico —intervino la exploradora, cruzando los brazos y mirando de reojo hacia los graneros donde los aldeanos ya comenzaban a embolsar trigo seco, carne salada y frascos de aceite de olivo prensado—. San Olivo no solo va a ser un nido de arqueros listos para morir por nosotros. Va a convertirse en nuestra despensa permanente y nuestro almacén avanzado en el camino hacia la capital. Cada vez que pasemos por aquí, o cada vez que mandemos a exploradores de confianza, este pueblo tendrá que surtirnos de provisiones y cartuchos limpios.
—Exacto —afirmó Leo, levantándose del banco y estirando la espalda con un crujido seco—. Un ejército no marcha sobre el estómago vacío ni sobre promesas ideológicas. Si queremos llegar al Palacio de la Aguja con suficiente margen operativo para resistir el contraataque de Vespera, necesitamos líneas de suministro estables fuera del alcance del Gremio. San Olivo es el primero. Cuando avancemos al siguiente punto en el mapa, dejaremos establecida la misma red: protección armada a cambio de tributo logístico para nuestra causa.
El sol terminó de romper sobre las cumbres de los páramos, iluminando un panorama completamente transformado en la plaza de San Olivo. Ya no se veían los rostros demacrados y temerosos del primer día; los hombres y mujeres del pueblo, alineados en cuadrillas bajo la supervisión de Vicente y la atenta mirada de Garrik, sostenían las nuevas ballestas de alta tensión, practicando los movimientos de carga y disparo contra blancos de madera colocados al fondo del valle.
Leo caminó hacia el centro de la plaza, sintiendo el peso frío de su pistola de doble cañón firmemente asegurada en el cinto. Sabía que el camino hacia la caída del rey Valerius III todavía era largo, sangriento y sembrado de traiciones, pero mientras el plomo estuviera bajo su control exclusivo y cada pueblo se convirtiera en un engranaje autosuficiente de su guerra, la maquinaria de la revolución había dejado de ser una simple fantasía para convertirse en una fuerza imparable.
El silencio de la madrugada en San Olivo era absoluto, roto únicamente por el crujido intermitente de las brasas agonizantes en la hoguera exterior y el ulular lejano del viento nocturno contra los aleros de piedra.
Leo despertó de golpe, con los ojos abiertos de par en par y el corazón galopando contra sus costillas como si acabara de escapar por los pelos de una emboscada en las trincheras. Un sudor frío le empapaba la frente y la nuca, pegando los mechones de cabello oscuro a su piel. Respiraba con dificultad, con el pecho hestando agitado bajo la ligera manta de lino, mientras sus dedos buscaban de manera instintiva el flanco derecho de la cama, buscando el frío reconfortante de la madera y el metal de su pistola doble.
No había enemigos cruzando la puerta ni disparos rasgando el aire de la plaza. Solo era el eco persistente de su propia mente, calculando sin descanso en la penumbra.
En medio de la oscuridad de la pequeña habitación que le habían asignado en el segundo piso del edificio comunal, la pesadilla o la vaga reminiscencia de su vida anterior se desvaneció, dejando paso a una urgencia mecánica mucho más vívida y apremiante. Los dos disparos de su pistola de doble cañón eran letales, infalibles y devastadores a corta distancia, pero tenían un límite táctico innegociable: el tiempo de recarga. En una escaramuza abierta contra media docena de soldados imperiales con sables de acero y ballestas de repetición, agotar ambos cartuchos significaba quedar expuesto durante los segundos críticos necesarios para extraer el papel encerado, verter la pólvora, introducir la bala y asentar el pistón. Segundos que en el campo de batalla equivalían a una sentencia de muerte.
Leo se incorporó de un salto, sin encender vela ni lámpara. Sus pies desnudos tocaron el suelo frío de piedra con una pisada firme. Caminó a tientas hasta el pequeño escritorio de madera rústica junto a la ventana, donde guardaba sus blocs de papel de estraza y los trozos de carbón comprimido.
La inspiración no era una chispa divina; era el resultado de la presión constante de la supervivencia. Sus manos, ágiles y marcadas por las cicatrices recientes de las quemaduras y los yunques, se movieron con una velocidad febril sobre el papel. Las líneas negras empezaron a trazar arcos concéntricos, cilindros ranurados y mecanismos de percusión rotatorios que desafiaban la tecnología rudimentaria de este mundo isekai, pero que respondían perfectamente a las leyes de la física y la metalurgia que él dominaba a la perfección.
—Un cilindro giratorio... alineado con el ánima del cañón mediante un trinquete accionado por el martillo... —murmuró Leo para sí mismo en un susurro apenas perceptible, mientras su mente despiezaba y volvía a armar mentalmente la compleja ingeniería del arma que cambiaría por completo las reglas de su ofensiva.
Ya no se trataba de depender de dos únicos tiros. Estaba diseñando un revólver de tambor: un arma capaz de acumular seis cargas consecutivas en un solo mecanismo compacto, un multiplicador de fuerza letal que transformaría a un solo hombre en una guarnición entera de fuego portátil.
A través de los cristales sucios de la ventana, las primeras luces pálidas y cenicientas del séptimo día comenzaron a perfilar las cumbres de los páramos del sur. Pero Leo ya no miraba el amanecer; sus ojos brillaban en la oscuridad con una intensidad fría y calculadora, mientras el carbón seguía rayando el papel con la precisión implacable de quien está a punto de reescribir el destino de un imperio con plomo y rotación mecánica.
Las líneas de carbón sobre el papel de estraza se volvieron cada vez más frenéticas a medida que los primeros rayos del alba filtraban una luz grisácea a través de los cristales polvorientos de la ventana. Leo no se había movido de la mesa en toda la noche. Sus ojos, enrojecidos por la fatiga pero encendidos por una concentración febril, repasaban una y otra vez el esquema mecánico del cilindro giratorio.
La principal dificultad de un revólver en este mundo no era el concepto teórico —la rotación de un tambor con múltiples recámaras era pura lógica física—, sino la tolerancia de ajuste. Si el espacio entre el cilindro y el cañón era demasiado amplio, los gases de la pólvora se escaparían, restando velocidad al proyectil y desestabilizando el tiro; si era demasiado ajustado, el residuo de pólvora negra bloquearía la rotación tras el segundo o tercer disparo. Necesitaba un sellado perfecto y un mecanismo de trinquete lo suficientemente robusto para soportar la fricción constante sin desajustarse en medio de combate.
—Seis tiros... —murmuró Leo con voz ronca, pasando el dedo calloso por el diagrama del tambor hexagonal que había dibujado con precisión milimétrica—. Seis oportunidades antes de tener que buscar refugio para recargar. Con esto, un solo hombre puede contener a una escuadra completa de lanceros de la guardia sin darle tiempo al enemigo de levantar el escudo.
Un golpe seco y rítmico en la puerta de madera interrumpió sus cálculos. Sin esperar respuesta, la pesada madera cedió y Garrik asomó la cabeza por el umbral, con el delantal de cuero manchado de hollín y una jarra humeante de café de achicoria en la mano.
—Despierta, inventor —gruñó el enano, frunciendo el ceño al ver las ojeras marcadas en el rostro del joven y los papeles esparcidos por toda la mesa—. Llevas toda la noche encerrado aquí arriba oliendo a cera y carbón. Los reclutas ya están formados en la plaza desde el amanecer, esperando a que les enseñemos cómo tensar las ballestas de repetición sin romperse un dedo, y Kassandra está revisando las alforjas para el primer convoy de suministros.
Leo levantó la vista lentamente, apartando el bloc de notas con un movimiento deliberado y guardándolo bajo una tabla suelta del escritorio antes de ponerse de pie. Las articulaciones le crujieron por la falta de descanso, pero la fatiga física era un precio insignificante frente a la claridad mental que bullía en su interior.
—Que esperen cinco minutos más, Garrik —respondió Leo con una media sonrisa fría y calculadora, tomando el diseño del revólver y doblándolo con cuidado para guardarlo en el bolsillo interior de su chaqueta—. No vamos a limitarnos a entrenar aldeanos con ballestas de madera y acero. Anoche terminé los planos de algo mejor.
Garrik detuvo el paso, arqueando una tupida ceja gris mientras el vapor de su jarra se disipaba en el aire frío de la habitación. Miró al joven con una mezcla de curiosidad y siniestra expectación; conocía lo suficiente al muchacho como para saber que cuando su mirada adoptaba ese brillo helado, las reglas del juego en este mundo estaban a punto de volverse mucho más peligrosas para los hombres del rey Valerius.
—¿Otro juguete de trueno? —preguntó el enano, dando un sorbo largo a su infusión amarga.
—Ya no es un juguete —sentenció Leo, abrochándose el cinto donde descansaba su pistola de doble cañón y caminando hacia la puerta con paso firme—. Es la evolución. Vamos abajo.
Al salir al corredor y descender las escaleras de madera hacia la planta baja del edificio comunal, el bullicio del pueblo recibido de golpe los envolvió. A través de la puerta principal abierta, la plaza de San Olivo mostraba un panorama completamente distinto al de hacía unos días. Ya no era un refugio de espectros famélicos y aterrorizados; las cuadrillas de hombres y mujeres se movían con disciplina, apilando sacos de grano sellados en carretas de transporte mientras los grupos de milicianos practicaban las rutinas de recarga rápida con las nuevas ballestas pesadas bajo la atenta y severa supervisión de Kassandra.
La exploradora se encontraba de pie junto a un estante de madera donde se alineaban las saetas de punta reforzada. Al ver salir a Leo y a Garrik, caminó hacia ellos con paso ágil, cruzando los brazos sobre su peto de cuero curtido.
—El perímetro sur está asegurado y las dos primeras carretas con harina, carne curada y aceite ya están listas para la ruta —informó Kassandra de inmediato, evaluando el rostro cansado pero tenso de Leo con una mirada analítica—. Vicente y los ancianos organizaron turnos de vigilancia en las colinas. Si una patrulla de la corona o del Gremio se acerca a menos de una legua de los caminos bajos, lo sabremos antes de que crucen el arroyo. Pero... ¿y tú? Tienes la cara de alguien que pasó la noche entera maquinando una catástrofe.
Leo se detuvo frente a ella, sacando el croquis doblado del bolsillo y desplegándolo parcialmente sobre la superficie de una mesa de trabajo exterior, donde el sol de la mañana comenzó a iluminar las trazas geométricas del nuevo tambor rotatorio.
—No es una catástrofe para nosotros, Kassandra —respondió Leo con voz baja, señalando con el dedo el mecanismo de rotación dibujado en el papel—. Es para el momento en que nos crucemos con la guardia de élite de la princesa Vespera en los caminos hacia la capital. Hasta ahora, nuestra ventaja táctica dependía de la sorpresa y de dos únicos tiros certeros. Eso se acabó.
Garrik se inclinó sobre la mesa, entrecerrando los ojos para examinar las líneas complejas del revólver de barril, y dejó escapar un silbido largo y gutural de profunda aprobación.
—Por las barbas de mis antepasados... —murmuró el enano con una sonrisa torcida que mostraba los dientes—. Si logras hacer que este cilindro gire y alinee el plomo con el cañón sin estallarle en la mano al tirador, no necesitaremos un ejército para tomar las puertas del Palacio de la Aguja. Con media docena de estos bichos en nuestras cartucheras, podremos barrer a una compañía entera antes de que tengan tiempo de desenvainar el acero.
Kassandra miró el diseño durante un largo instante, observando la fría y matemática precisión con la que Leo había proyectado el arma. No hubo en su expresión ninguna muestra de asombro ingenuo; a estas alturas, entendía perfectamente que la mente del joven inventor operaba bajo leyes implacables donde la piedad era un lujo táctico que no se podían permitir. Levantó la vista hacia el rostro de Leo, encontrando en sus ojos oscuros el mismo reflejo de determinación implacable que había visto el día de la ejecución en la plaza.
—¿Cuánto tiempo necesitas para construir el primer prototipo funcional en la fragua? —preguntó Kassandra con total seriedad, desenganchando una correa de su ballesta.
Leo guardó el papel de nuevo en su chaqueta, ajustó la hebilla de su cinturón y miró hacia los caminos del norte, donde más allá de los páramos y las cumbres nevadas se alzaba el invisible pero amenazante Palacio de la Aguja.
—Lo justo para fundir el acero del tambor y alinear el percutor —respondió Leo con una frialdad absoluta—. En cuanto terminemos de asegurar este nodo y cargar la primera partida de suministros, nos pondremos manos a la obra en la fragua. La purga de San Olivo fue solo el principio. Ahora vamos a fabricar la tormenta.
El repiqueteo del martillo contra el yunque resonó con una regularidad implacable en el interior de la fragua, ahogando por completo el murmullo del viento matutino que soplaba en el exterior de San Olivo. Leo sostenía con unas pinzas largas un bloque de acero templado al rojo vivo, girándolo con milimétrica precisión mientras Garrik accionaba el fuelle con ambas manos, manteniendo el carbón a una temperatura furiosa y blanca que apenas si dejaba respirar.
—Un poco más de presión en el lado izquierdo del eje, Garrik —indicó Leo sin apartar los ojos de la pieza, su voz fría y monocorde cortando el estruendo del fuego—. Si el pasador del tambor se desvía medio milímetro, el percutor golpeará el borde de la recámara en lugar del fulminante, y todo el mecanismo se trabará en el peor momento posible.
El enano gruñó una afirmación gutural, tirando con más fuerza de la palanca del fuelle mientras el sudor le corría por la frente, surcando el hollín acumulado en su piel. Sabían que lo que estaban forjando no era una simple herramienta de defensa para los aldeanos; era el prototipo que rompería el equilibrio de poder en todo el imperio. Un revólver de avancarga con cilindro rotatorio mecánico no existía en este mundo de espadas, arcos y magia cortesana. Era una anomalía física nacida de la implacable memoria de un hombre que se negaba a volver a ser una víctima de la corrupción sistémica.
Afuera, en el patio central del pueblo, la rutina de la nueva milicia avanzaba bajo la supervisión directa de Kassandra. Las hileras de campesinos convertidos en combatientes practicaban de manera metódica los movimientos de recarga y tensión de las ballestas pesadas. Ya no quedaban los rostros aterrorizados ni el llanto de los primeros días; el alimento constante, el refugio seguro y la disciplina impuesta con mano de hierro habían transformado a San Olivo en un engranaje operativo autosuficiente. Las primeras dos carretas, cargadas hasta el límite con sacos de harina sellados, barriles de aceite de olivo y cajas de saetas de punta reforzada, aguardaban alineadas junto al dintel norte, listas para que el siguiente escuadrón de exploradores las llevara sigilosamente a través de los páramos hacia el próximo punto de enlace clandestino.
Kassandra caminó desde el patio hasta el umbral abierto de la fragua, deteniéndose en la entrada para observar el trabajo artesanal. Cruzó los brazos sobre su peto de cuero, sus ojos oscuros analizando cada detalle del cilindro de acero que Leo comenzaba a enfriar sumergiéndolo con un siseo violento en un cubo de agua fría. Una densa columna de vapor blanco invadió el taller por un instante, ocultando parcialmente el rostro del joven inventor.
—El convoy de suministros está listo para partir hacia el puesto de las colinas antes de que caiga el sol —anunció Kassandra con voz firme, rompiendo el ritmo metálico del taller—. Vicente y los ancianos del consejo ya designaron a los cuatro hombres de confianza que escoltarán las carretas. Nadie usará los caminos principales; se moverán por los desfiladeros secos donde la caballería de la corona no puede tender emboscadas.
Leo sacó el cilindro enfriado del agua, lo secó con un trapo grueso de lino y comenzó a examinar con una lupa de aumento las seis recámaras perfectamente alineadas y ranuradas en el metal. Su rostro no mostraba signos de cansancio, solo una concentración pétrea, casi quirúrgica.
—Bien —respondió Leo sin levantar la vista de la pieza—. Que lleven también un par de barriles extra de pólvora purificada y los moldes de plomo. San Olivo no solo tiene que sostenerse a sí mismo, sino convertirse en la fundición permanente que alimente nuestra marcha hacia la capital. Si un solo soldado del Gremio intenta acercarse a inspeccionar las rutas en las próximas dos semanas, quiero que las ballestas de los aldeanos hablen antes de que alcancen a ver el humo.
Garrik dejó caer las pinzas sobre el banco de trabajo, estirando la espalda con un crujido audible mientras se secaba las manos en el delantal. Tomó el cilindro recién fabricado de las manos de Leo, lo sopesó con una sonrisa socarrona y lo acercó al armazón principal del revólver que ya estaba ensamblado sobre la mesa de madera.
—El tambor gira suave como la seda, muchacho —aprobó el enano, deslizando el eje con un chasquido metálico perfecto—. Ahora solo falta probar si la chispa del martillo logra hacer saltar las seis cargas sin que la pieza se desuelde por la presión de los gases.
—No va a fallar —sentenció Leo con una frialdad absoluta, tomando el arma prototipo entre sus manos y sintiendo el peso equilibrado del metal y la madera de nogal en su empuñadura—. La física no comete errores cuando calculas cada variable con exactitud.
Kassandra observó el revólver completo, sintiendo un escalofrío sutil recorrer su columna vertebral. Sabía perfectamente lo que significaba ese objeto. No era un arma diseñada para duelos honorables ni para la guerra caballeresca de los nobles en el Palacio de la Aguja; era un instrumento de aniquilación eficiente, ideado por un hombre que había entendido que para destruir un imperio podrido no bastaba con ganar batallas, sino con desarraigar sistemáticamente cada pieza de su maquinaria de opresión.
—Prepárate, Garrik —ordenó Leo, guardando el prototipo en su cartuchera y tomando su abrigo de viaje mientras caminaba hacia la salida de la fragua—. Vamos a probar el tambor en el polígono improvisado detrás del granero. En cuanto comprobemos que los seis tiros salen sin fallo, entregaremos el mando de la defensa a Vicente, aseguraremos el pacto logístico de este pueblo y daremos el siguiente paso en nuestra marcha hacia la capital. La tormenta en San Olivo apenas ha comenzado a acumular fuerza, pero el cielo del imperio ya empieza a oscurecerse.
Leo se quedó mirando a Kassandra, con la mirada fija y analítica, mientras el peso del nuevo revólver prototipo descansaba con una fría firmeza en su cartuchera.
—Dime una cosa, Kassandra —comenzó diciendo Leo, con un tono de voz bajo y pausado que cortó el bullicio lejano del patio—. San Olivo ya está asegurado como nuestro primer bastión y fuente de suministros, pero no podemos avanzar a ciegas hacia el norte. ¿Qué hay de los siguientes asentamientos en la ruta hacia el Palacio de la Aguja? ¿Qué clase de resistencia o de control mantiene la corona en los pueblos aledaños antes de llegar a los anillos exteriores de la capital?
Kassandra cruzó los brazos, apoyando la espalda contra el dintel de la fragua, y su expresión se tornó más sobria, recordando los mapas y los informes de rutas que había recopilado durante sus años como exploradora en los páramos.
—Los pueblos que siguen en el camino no se parecen en nada a San Olivo —respondió Kassandra sin vacilar—. Dejamos atrás las comunidades agrícolas aisladas. A tres jornadas de marcha hacia el noreste se encuentra Puerto Seco, un nudo comercial y de caravanas donde convergen las rutas de las minas del este y los cargamentos de vino del sur. Está fuertemente custodiado; allí la guardia del Gremio no se limita a cobrar impuestos ocasionales, sino que mantiene un destacamento permanente de lanceros y un magistrado corrupto que responde directamente a la administración de la princesa Vespera.
Garrik, que limpiaba los restos de hollín de su maza con un trapo grueso, soltó un bufido despectivo al escuchar el nombre del nuevo destino.
—¿Un magistrado imperial con una compañía de lanceros? —gruñó el enano con una sonrisa torcida—. Suena a que Puerto Seco va a necesitar una limpieza de rieles muy parecida a la que le dimos a este pueblo, solo que con un recibimiento un poco más ruidoso.
—No será tan fácil como aquí, Garrik —advirtió Kassandra, clavando sus ojos oscuros en Leo—. En San Olivo nos cayeron unos cuantos bandidos de poca monta que se creían dueños del lugar. En Puerto Seco el enemigo viste los colores del rey, tiene murallas de piedra y controla el flujo de información. Si nos ven llegar como un grupo de forajidos armados, cerrarán las puertas y encenderán las almenaras para alertar a toda la guarnición del valle antes de que podamos disparar el primer cartucho.
Leo no apartó la vista de ella. La frialdad calculadora en su mente comenzó a procesar las variables geográficas, logísticas y tácticas de la siguiente fase de su avance. No necesitaban asaltar Puerto Seco a frontalazo limpio; la clave, como siempre, residía en desestabilizar sus puntos neurológicos, infiltrarse con precisión quirúrgica y demostrarle a la población local que el puño de la corona podía romperse.
—No vamos a llegar a tocar la puerta pidiendo permiso, Kassandra —sentenció Leo con voz gélida, mientras su mano rozaba de manera instintiva la empuñadura del revólver oculto bajo su abrigo—. Si Puerto Seco es el nudo que alimenta las arcas de Vespera, entonces será el siguiente en caer. Prepara las alforjas de los exploradores y avisa a Vicente que el convoy está listo. En cuanto probemos la eficacia del nuevo tambor en el polígono, pondremos la mira en el norte. La ruta hacia la capital ya no tiene vuelta atrás.
Un silencio pesado y denso se extendió por el umbral de la fragua, solo interrumpido por el crujir del carbón que aún se enfriaba en los rincones del horno.
Leo sacó lentamente el prototipo del revólver de su cartuchera con un movimiento fluido, permitiendo que la fría luz del mediodía que se filtraba entre el polvo del taller golpeara directamente el metal bruñido del tambor rotatorio y la sólida madera de nogal de la empuñadura. El cilindro de seis recámaras reflejó un brillo opaco, letal y absolutamente desprovisto de cualquier adorno ornamental.
—Además... —dijo Leo con una pausa deliberada, mientras levantaba el arma a la altura de sus ojos y hacía girar el tambor con un chasquido metálico, seco y perfectamente sincronizado que resonó como una sentencia de muerte—, con este nuevo juguete no creo que sea necesario pedir permiso.
Garrik soltó una carcajada ronca, golpeando con aprobación el mango de su maza contra el suelo de tierra batida.
—Por los dioses, muchacho —gruñó el enano, relamiéndose los labios con una siniestra satisfacción—. A esos magistrados de Puerto Seco les va a encantar conocer la nueva aritmética de la pólvora. Se acabaron los parlamentos y las advertencias.
Kassandra observó el revólver con una mezcla de fascinación y fría aceptación. Ya no quedaba rastro de la duda que la había asaltado en los primeros días en San Olivo; el pragmatismo despiadado de Leo no era un impulso descontrolado, sino la única respuesta lógica frente a un imperio construido sobre el sufrimiento de los oprimidos.
—Si vamos a usar eso en Puerto Seco, necesitaremos algo más que la sorpresa táctica —advirtió Kassandra, desenganchando la correa de su ballesta con un movimiento automático y ajustando las hebillas de su armadura ligera—. La guardia del magistrado patrulla los accesos comerciales cada tres horas. Si vacías el tambor en medio de la plaza, más te vale asegurarte de que no quede nadie con vida para contar cómo se fabricó el trueno.
—Para eso es exactamente el cilindro, Kassandra —respondió Leo con una calma glacial, guardando el revólver en el cinto con un movimiento preciso y firme—. Seis tiros. Seis razones para que el Gremio entienda que los viejos tiempos se acabaron.
El joven inventor dio media vuelta, dejando atrás el banco de trabajo y saliendo al patio bañado por el sol donde las carretas cargadas de provisiones aguardaban alineadas. La base en San Olivo de las Piedras estaba consolidada, el suministro logístico asegurado y el primer prototipo del revólver probado con éxito matemático. La pausa había terminado; la marcha hacia la capital exigía ahora abrirse paso a sangre y plomo.
El avance hacia el norte no se precipitó de la noche a la mañana. Antes de que las carretas de suministros cruzaran el límite de los campos de San Olivo, la alianza se selló bajo las leyes más antiguas y duras de la tierra: el trueque absoluto de sangre, sudor y supervivencia.
Durante los tres días siguientes, el pueblo entero se convirtió en una colmena de actividad febril. Leo no se encerró únicamente en la fragua; con las mangas de la camisa remangadas y el rostro manchado de tierra y hollín, lideró a los aldeanos en las labores de recolección de las últimas cosechas de olivo y cereales antes de que las heladas tempranas arruinaran los campos. Bajo su dirección experta, optimizaron los canales de riego y reforzaron los graneros subterráneos para proteger el grano de la humedad y de cualquier inspección enemiga.
Por su parte, Garrik y Kassandra volcaron su experiencia táctica en los habitantes. El enano repartió y enseñó a ensamblar y mantener decenas de ballestas de repetición mecánicas y arcos compuestos entre cada hombre y mujer en edad de portar armas, mientras que la exploradora organizó turnos estrictos de vigilancia en los desfiladeros y formó a los jóvenes en tácticas de emboscada y camuflaje defensivo.
El pacto era cristalino y definitivo: San Olivo de las Piedras le había brindado a Leo, a Garrik y a Kassandra un hogar seguro, una retaguardia logística de suministros permanentes y un batallón de milicianos dispuestos a defender su tierra; a cambio, Leo les había otorgado el fuego de la protección absoluta, tecnología defensiva avanzada, el alivio de sus cosechas y la certeza de que nunca más volverían a arrodillarse ante los recaudadores de la corona.
En la última noche antes de la partida, la gran hoguera de la plaza principal no ardió con el terror de los primeros días, sino con la calidez sobria de una comunidad renacida. Vicente, el anciano líder del consejo, se acercó a Leo mientras este último revisaba por última vez los mecanismos de su nuevo revólver de tambor bajo la luz de una antorcha.
—Las carretas están listas, los campos están salvados y nuestros muchachos ya saben sostener una ballesta con la firmeza necesaria para hacer retroceder a cualquier lancero del Gremio —dijo Vicente con la voz quebrada pero firme, apoyando una mano nudosa sobre el hombro del joven inventor—. Este pueblo era una tumba abierta cuando llegaron, forastero. Ahora es un bastión.
Leo guardó el revólver en su cartuchera, levantó la vista y miró al viejo con una expresión de fría y absoluta seguridad.
—Cuide bien de este lugar, Vicente —respondió Leo con voz pausada—. Nosotros abriremos el camino hacia el norte. Cuando volvamos a pasar por aquí, Puerto Seco ya no será una amenaza para sus cosechas.
El alba del décimo día rasgó los cielos de los páramos del sur con un tono gris acero, teñido de escarcha sobre los campos de cultivo que ahora rodeaban San Olivo como un cinturón verde y protegido. La plaza principal, que semanas atrás había sido un muladar de tiranía y miseria, despedía a sus libertadores con un silencio solemne, interrumpido únicamente por el relincho ahogado de los caballos de tiro y el crujir rítmico de los ejes de madera en las carretas cargadas de grano y provisiones.
Leo marchaba a la cabeza del pequeño convoy, montado en un corcel de carga robusto y de pelaje oscuro. El frío de la mañana le entumecía ligeramente los dedos, pero su mano derecha descansaba con naturalidad milimétrica sobre la cartuchera de cuero donde el nuevo revólver de tambor guardaba sus seis cargas de plomo y pólvora purificada. A su flanco izquierdo, Garrik avanzaba a pie con su pesado paso de enano, cargando la maza de guerra al hombro como si no pesara más que una rama seca, mientras Kassandra cerraba la retaguardia montada en su propia montura ligera, con los ojos oscuros escrutando permanentemente el horizonte norte y las crestas de los desfiladeros que conducían hacia Puerto Seco.
Atrás quedaban los muros bajos de piedra del pueblo, las barricadas reforzadas y las siluetas de Vicente y la nueva milicia campesina, despidiéndolos desde el dintel con las ballestas de repetición listas al hombro. San Olivo ya no era una víctima indefensa de la corona; era el primer engranaje autónomo, el corazón logístico y el refugio seguro de una revolución que ya no se detendría por promesas ni súplicas.
—El terreno empieza a cerrarse a partir de la próxima legua —advirtió Kassandra, inclinándose ligeramente sobre el lomo de su caballo mientras acortaba la distancia con Leo—. Los caminos abiertos de los valles dan paso a los desfiladeros que conectan directamente con el nudo comercial de Puerto Seco. Si el magistrado imperial sigue enviando patrullas de reconocimiento cada tres horas como hacían el mes pasado, no tardaremos en toparnos con su vanguardia.
Leo no apartó la vista del camino de tierra que se serpenteaba entre matorrales secos y rocas erosionadas por el viento. Su mente no albergaba dudas ni vacilaciones; cada variable táctica, desde el peso de los cartuchos hasta el tiempo de respuesta de la guarnición enemiga, había sido calculada con la fría precisión de un ingeniero que diseña una máquina de destrucción inevitable.
—Que vengan —respondió Leo con una voz tan baja y gélida que pareció congelar el aire a su alrededor—. Hasta ahora hemos jugado a limpiar los restos de la tiranía en la periferia. Pero en Puerto Seco vamos a dejar muy claro que la ley del rey y las órdenes de la princesa Vespera ya no valen nada en estos caminos.
Garrik soltó una carcajada ronca, escupiendo a un lado del sendero y haciendo chocar el metal de su peto al respirar hondo.
—Más les vale tener las armaduras bien pulidas, porque el plomo de este muchacho no distingue entre nobles y bandidos —bufó el enano con una sonrisa siniestra—. Vamos a abrirles el apetito a esos magistrados del Gremio.
El pequeño grupo aceleró el paso, adentrándose con paso firme en las gargantas rocosas del norte. El humo de San Olivo quedó atrás, disipado por el viento de la madrugada, pero la tormenta que Leo había comenzado a forjar en la fragua ya marchaba indetenible hacia el corazón del imperio.