La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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9
Con el ojo lagrimal picando, subió a la habitación, se encerró en ella y limpió la rebelde lágrima que se desprendió de sus hermosos ojos.
Alguien con el corazón tan puro e inocente como ella se ofendía con facilidad ante las falsas acusaciones y calumnias de su esposo.
Se quedó toda la tarde encerrada en su habitación. Salir y encontrarse con Burak para que terminara insultándola no quería.
Estaba observando a la nada cuando la empleada tocó la puerta.
—Señora, ahí abajo la buscan.
—¿El abogado Alper?
La empleada negó. Elif frunció el ceño sin imaginar quién era, ya que no tenía quién fuera a visitarla. Él era el único que la conocía en esa ciudad, el único que podría hacerle una visita. Pero hacía no más de cuatro horas que se había ido. ¿Ya volvió? ¿Y a qué? Se preguntó mientras salía de la habitación.
Al llegar a las gradas escuchó a Burak hablar:
—¿Y para quién es todo eso?
—Eso a ti no te incumbe —le respondió una voz familiar.
Cuando logró reconocer la voz de la joven que la acompañó en las compras, bajó.
—Oh, Elif —se acercó y la saludó con un beso en ambas mejillas—. Un poco más y el tarado de tu esposo me convence de que estabas dormida.
Burak rodó los ojos y se cruzó de brazos en el momento en que Elif lo miró.
—Mira lo que te traje —fue hasta los muebles y agarró las bolsas—. ¿Quieres que lo veamos aquí o en tu recámara?
—En mi habitación —la mirada intensa de su esposo le incomodaba.
—Pueden quedarse en la sala. Total, poco me importa lo que vayan a hablar, y menos me quedaré a escucharlas —dijo pasando por su lado. Agarró las llaves del coche y se marchó.
Una vez que Burak salió, Melisa tomó la mano de Elif y se sentaron en el mueble.
—Esto te envió mi padre para tu primer día de universidad.
—¿Lo de la universidad es serio?
—Por supuesto, niña. ¿Qué creías? ¿Que mi viejo miente? —chasqueó la lengua—. Mi padre es el abogado más honesto y sincero que existe en este pedorro país.
Elif sonrió y cubrió su boca. Quería reír, pero se abstuvo.
—Aguantarse las ganas de reír es malo —dijo al momento en que le apartaba la mano del rostro—. Tienes una hermosa sonrisa. No puedes ocultarla.
Aquellos halagos le subieron el estado de ánimo.
—¿Quieres que te venga a visitar más a menudo? —Melisa miró alrededor de la sala. Ese lugar le parecía hermoso, pero sería como una cárcel para Elif.
—Me haría bien.
—Bien, entonces vendré todos los días. Ahora tengo que irme. Quedé de cenar con mi padre y hermano. No quiero llegar tarde. Si hay algo que no le gusta a mi padre, es la impuntualidad.
Se despidió y salió. En cuanto a Elif, subió las bolsas a la habitación, retiró la caja y se encontró con una laptop. ¿Cuánto tiempo había soñado con tener una? Y ahora que la tenía se abrazó a ella, la abrió y empezó a navegar, a seguir las indicaciones del tutorial que observaba en el teléfono.
Cuando la noche llegó, Elif bajó a cenar. Agradeció infinitamente que Burak no hubiera llegado. Comió tranquila, disfrutando del exquisito sabor de la comida. En el momento en que iba a subir, la puerta se abrió. Burak apareció. Aquellos celestes ojos la miraron con frialdad. Ignorando a la mujer parada en el último escalón, pasó hasta el pequeño bar y ahí se quedó. Colocó música y se sirvió una copa.
Con sus ojos iluminados se quedó observando la gran fotografía de su abuelo. De pronto sintió tanta rabia que lanzó la copa contra ese retrato. No contento con eso, lo agarró de los lados y lo tiró al suelo.
—Todo es tu culpa. Tú destruiste mi vida.
Si Ahmet Demir no hubiera dejado ese testamento, su padre habría tomado posesión de la fortuna como su único hijo, y él no se habría casado con una mujer que no amaba, aun cuando la que amaba lo hubiera traicionado. Él ni siquiera hubiera tenido que estudiar en su país. Habría tenido la oportunidad de ir a Estados Unidos, España, Francia… cualquier país, menos el suyo. Ahí estaban cien años atrás de lo que podía aprender en los antes nombrados.
Ante el descontrol de Burak, los empleados corrieron. Creían que él se había atrevido a tocar a Elif, y eso era algo que no se lo permitirían. Cuando vieron que aquel joven se estaba desahogando con el retrato de su abuelo, volvieron a sus puestos de trabajo.
En cuanto a Elif, se metió bajo las sábanas y se cubrió de pies a cabeza. Le aterraba que él quisiera entrar a su habitación. Ese hombre estaba borracho, y en su borrachera podía hacer cualquier cosa.
Llena de terror se quedó dormida. Al otro día se levantó de un salto y llevó la mano a su pecho. El sonido de la alarma le hizo saltar; su corazón latía rápidamente por el susto que se llevó.
Salió de la cama y fue hasta la ducha. No sabía cómo usar esas cosas, así que se quemó. Se quejó para sí misma cuando el agua hirviendo cayó sobre su piel.
Elif estaba acostumbrada a bañarse en los ríos o con un tacho tirando agua sobre su cuerpo, y agua normal.
Pero el agua de la capital estaba helada. Parecía que estaba metida en un refrigerador. En el hotel le tocó bañarse con agua helada. Tal parecía que nuevamente debía hacerlo.
Temblando salió de la ducha, buscó entre las bolsas la ropa que se pondría, peinó su largo y brillante cabello y se tiró algo del perfume que Melisa le había comprado: un perfume único, algo que apenas había llegado al mercado.
El aroma que manaba de su ropa era exquisito. Elif se quedó aspirando aquel fragante aroma. Cuando se dio cuenta de la hora, bajó corriendo. El sonido de los zapatos de Elif hizo despertar a Burak. Parpadeó un par de veces. Cuando vio que ya estaba de día, subió de prisa a la habitación para darse una ducha. Mientras él subía, Elif salía de la cocina. Burak se detuvo en lo alto de las gradas y la observó salir. No dijo nada al verla vestida de esa forma; solo se la quedó mirando.
Cuando su cerebro le recordó la universidad, fue a toda prisa a la habitación. Poco le importaba lo que hiciera esa mujer, con quién saliera, dónde iba y qué hacía. Le daba exactamente igual. Lo único que le preocupaba era que se malgastara el dinero. Eso sí que no lo permitiría.
Una vez listo, Burak se dirigió a la universidad. Bajó a toda velocidad por el alto valle de Cumbayá, llegó hasta ese lugar y, con el tiempo, ingresó al salón.
—Otra vez con mal olor, señor Demir.
—¿Algún problema, tutor?
Burak había sido un excelente alumno. Nunca había mostrado ese tipo de conducta. Esta era intachable y sus notas eran las mejores. Por eso la universidad decidió cubrirle esos semestres, ya que no habían recibido pago los últimos. Prácticamente, Burak estaba terminando los últimos semestres becado, y eso se lo recordó el tutor, pero lo hizo después de que salieron de clases.
—Cuando reciba la herencia de mi abuelo pagaré los dos semestres que debo. No quiero que nadie me regale nada.
—Burak, me parece bien que no quieras obtener las cosas a lo fácil, pero lo que no me parece es que cada día llegues alcoholizado. Quizás creas que con rociarte medio frasco de perfume el olor a alcohol no se sienta, pero te digo que es mucho peor —se acercó más, colocó la mano sobre su hombro y pidió—: No tengo idea de qué problemas estén pasando en tu familia, ni si lo que se rumora sea cierto, pero no destruyas tu vida con el alcohol. Tienes un gran futuro. Eres el mejor de la universidad. No permitas que los problemas que te rodean afecten eso que has logrado durante todos estos años.
—¿Cuáles son los rumores que recorren?
El profesor mordió los labios.
—Que Ahmet Demir no les dejó ningún centavo, y por eso te casaste con la viuda de tu abuelo.
Cuando los ojos de Burak divisaron la imagen de Elif, y más cuando su profesor le dijo eso, la sangre le hirvió como lava de volcán.