En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — Deportivo negro
Los garrotes caen sobre mi espalda, mis costillas, mis brazos. Cada impacto es un estallido de dolor blanco que borra todo pensamiento racional. Me enrollo sobre mí misma en el suelo, adoptando la posición fetal por instinto, protegiéndome la cabeza y el abdomen con los codos y las rodillas. El empedrado me raspa los antebrazos a través de la tela del vestido.
No puedo ver nada. La tela que me cubre la cabeza es gruesa, áspera, apretada contra mi nariz y mi boca. Respiro a través de la trama del tejido y cada inspiración trae el sabor de la gasolina y algo metálico que podría ser mi propia sangre.
Cuento los golpes. Es lo único que puedo hacer para no perder la conciencia. Cinco. Siete. Once. Catorce.
Los atacantes no hablan. No se dicen nada entre ellos. Son profesionales, o al menos alguien los entrenó para esto. Cada golpe evita los puntos vitales con precisión calculada: la cabeza, la columna, el vientre. Quieren lastimarme, no matarme. Quieren dejar marcas que duelan durante semanas pero que no aparezcan en un certificado de defunción.
Alguien me quiere dar una lección. No una muerte. Una lección.
Un garrote me alcanza el costado izquierdo, justo debajo del brazo, donde las costillas son más frágiles. Siento cómo algo cruje dentro de mí, un sonido íntimo y horrible, como una rama seca que se parte bajo una bota. El dolor es tan agudo que mi cuerpo intenta vomitar, pero la tela contra mi boca convierte la arcada en una sofocación que me hace toser bilis y sangre.
Dos golpes más en la espalda. El tercero me arranca un grito que sale apagado por la tela, animal, irreconocible.
Luego, silencio.
Pasos que se alejan. Rápidos, coordinados. Un motor que arranca a veinte metros de distancia. Llantas sobre empedrado. Se fueron.
Me quedo inmóvil durante un minuto entero, tendida de costado en el callejón, respirando a través de la bilis y la sangre que me llena la boca. El frío del empedrado me cala los huesos. El mundo pulsa al ritmo de mi dolor: cada latido del corazón envía una onda de fuego desde las costillas hasta la punta de los dedos.
Con las manos temblorosas, me arranco la tela de la cabeza. El aire fresco me golpea el rostro como un bofetón y parpadeo hasta que las estrellas dejan de duplicarse.
El callejón está vacío. Las sombras han vuelto a su lugar.
Me toco la espalda. Mis dedos regresan mojados, calientes, oscuros bajo la luz escasa de la única farola que funciona. Sangre. No sé de dónde sale exactamente. De todas partes, tal vez.
El mundo se inclina. Las estrellas se multiplican, se dividen, se convierten en puntos blancos que nadan en mi campo visual. Sé lo que significa: estoy perdiendo la conciencia. Si me desmayo aquí, en este callejón sin luz, sin teléfono, nadie me va a encontrar hasta mañana. Y para entonces, el frío de la noche podría terminar lo que los garrotes empezaron.
Me arrastro hacia el borde de la calle. Centímetro a centímetro. Con los codos y las rodillas, porque mis piernas no responden. Dejo un rastro oscuro sobre las piedras detrás de mí. El vestido marfil ya no es marfil. Es rojo oscuro, casi negro bajo esta luz.
Llego al borde del callejón donde se conecta con la calle principal. Logro sentarme contra el muro, apoyando la espalda herida contra la piedra fría. El contacto me arranca un siseo entre los dientes. Levanto la cabeza. La calle está desierta. Los invitados a la fiesta usan el estacionamiento principal, al otro lado de la residencia. Aquí no pasa nadie.
Excepto que un par de faros aparecen al final de la calle.
Un auto. Negro. Bajo. Se acerca despacio, con un ronroneo de motor que reconozco como algo potente, algo fabricado para velocidades que ninguna calle urbana permite.
Reúno toda la fuerza que me queda y me pongo de pie. El movimiento me arranca un gemido que sale de lo más profundo de mi pecho, involuntario y casi inaudible. Levanto la mano derecha. La izquierda la mantengo presionada contra el costado donde la costilla crujió.
El auto se detiene.
Es un deportivo negro de fabricación exclusiva, tan oscuro que parece hecho de sombra líquida, con la carrocería tan pulida que refleja la farola como un espejo convexo. El motor vibra, grave y constante.
La ventanilla del conductor baja. El interior está en penumbra. Solo distingo un perfil anguloso, una mandíbula marcada, y unos ojos que brillan en la oscuridad con una intensidad que debería asustarme pero que, por alguna razón, me tranquiliza.
—¿Qué te pasó?
La voz es grave, baja, con la economía de alguien acostumbrado a hablar solo cuando es necesario. Y es extrañamente familiar. La he escuchado antes, pero mi cerebro, nublado por el dolor y la pérdida de sangre, no logra ubicarla.
—Señor... ¿podría llevarme a un hospital?
Mi voz suena como si viniera de muy lejos, como si otra persona hablara usando mi boca. El mundo se vuelve borroso. Los faros del auto se multiplican. Mis piernas ceden por segunda vez.
Lo último que siento antes de perder la conciencia son unas manos grandes que me atrapan antes de que mi cuerpo toque el asfalto. Unas manos cálidas, callosas, con la fuerza de alguien acostumbrado a cargar cuerpos inconscientes fuera de edificios en llamas. Huelen a jabón neutro y a algo que podría ser humo viejo, incrustado en las líneas de las palmas.
Después, oscuridad.
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Despierto en fragmentos, como una radio que se sintoniza y se pierde.
Primer fragmento: un techo blanco. Cortinas claras mecidas por una brisa. El olor a desinfectante mezclado con algo herbal, amargo y dulce al mismo tiempo. Una voz de mujer que dice «las costillas están fisuradas, no fracturadas» y otra voz, la grave, la del auto, que responde «entendido» con una sequedad que no admite réplica.
Segundo fragmento: unas manos que me limpian la sangre del rostro con una gasa húmeda. Son cuidadosas. Lentas. Recorren mi frente, mis pómulos, la línea de mi mandíbula, retirando la costra oscura con una paciencia que no espero de nadie. No tiemblan. Yo, en cambio, tiemblo entera, pero no de frío: de una vulnerabilidad que no he sentido desde que renací. Por primera vez desde que abrí los ojos en esta segunda vida, no puedo protegerme sola.
Tercer fragmento: estoy boca abajo, con la cara hundida en una almohada suave que no huele a nada que yo reconozca. Mi espalda arde bajo capas de gasa y ungüento frío. Alguien me cambió la ropa. Llevo un pijama de algodón que me queda grande, suave contra mi piel lastimada. El cuello está abierto y puedo sentir el aire nocturno contra mi clavícula.
Intento moverme. El dolor me detiene de inmediato, como una mano invisible que me empuja de vuelta contra el colchón.
—No te muevas. Las heridas de la espalda no van a sanar si sigues así.
Esa voz. La del auto. La del fragmento.
Giro la cabeza despacio, centímetro a centímetro, hasta que mi mejilla queda apoyada contra la almohada. Sebastián Montero está de pie junto a la puerta de la habitación, sosteniendo un tazón que humea en su mano izquierda. Lleva una camiseta oscura con las mangas arremangadas hasta los codos. Sus antebrazos son gruesos, con venas marcadas que se pierden bajo la tela. En el derecho, una cicatriz de quemadura serpentea desde la muñeca hasta el codo, rugosa y blanquecina.
—¿Usted me trajo aquí?
—Sí.
—¿Dónde estoy?
—En mi apartamento. Una doctora amiga mía te revisó hace unas horas. Las costillas están fisuradas, no fracturadas. La espalda tiene cortes superficiales, pero sangró mucho. La doctora suturó los dos más profundos. Necesitas reposo absoluto, mínimo tres días.
Se acerca con pasos mesurados y coloca el tazón en la mesita de noche. El líquido es oscuro, casi negro, y huele a hierbas medicinales, a raíces amargas, a algo que mi nariz de farmacéutica identifica vagamente como angélica y astrágalo.
—Bebe esto.
Intento estirar la mano, pero el movimiento me tironea los puntos de la espalda y siseo de dolor. Mis dedos se quedan a medio camino, suspendidos en el aire, inútiles.
Sebastián no dice nada. No suspira, no murmura palabras de consuelo, no me mira con lástima. Simplemente se sienta al borde de la cama, toma la cuchara del tazón y la lleva a mis labios con la misma naturalidad con la que llenaría un vaso de agua.
—Abre la boca.
La situación es tan extraña, tan inesperada, tan ajena a todo lo que he vivido en mis dos existencias, que obedezco sin pensar. El líquido es amargo, denso, con un regusto a tierra húmeda y raíces viejas que me recorre la lengua y me baja por la garganta dejando un rastro de calor.
Hago una mueca. Es horrible.
Sebastián saca algo del bolsillo de su pantalón. Tres confites de miel envueltos en papel encerado, pequeños y dorados.
—Para el sabor.
Tomo uno y lo pongo en mi boca. La dulzura estalla contra lo amargo y el alivio es inmediato, como una puerta que se abre en un cuarto cerrado. Cierro los ojos un instante.
—Gracias, Sebastián.
Él asiente. Un movimiento breve, casi imperceptible. Se levanta, recoge el tazón vacío y camina hacia la puerta.
—La doctora volverá mañana para revisar los puntos. Mientras tanto, no debes moverte. Voy a estar en la sala si necesitas algo.
—No tiene que quedarse. Ya hizo demasiado.
Se detiene en el umbral. No se voltea. Su espalda ancha ocupa casi todo el marco de la puerta.
—No es una pregunta.
Sale y cierra la puerta con un cuidado que contrasta con la firmeza de sus palabras.
Me quedo sola en la penumbra de una habitación que no es mía, en una cama que no es mía, con un pijama que no es mío. El dolor palpita en oleadas, cada vez más espaciadas a medida que el ungüento hace efecto. Mis párpados pesan como si fueran de plomo.
Antes de dormirme, un recuerdo se filtra entre las capas del dolor y el agotamiento: las manos que me limpiaron la sangre del rostro mientras yo entraba y salía de la conciencia. Manos grandes. Pacientes. Que no temblaban. Que olían a jabón neutro.
Las mismas manos que, en otra vida, me liberaron del artefacto a contrarreloj para salvar a una desconocida.
Pero eso todavía no lo sé.
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Abro los ojos al amanecer.
La luz entra por una rendija entre las cortinas y dibuja una línea dorada en el piso de madera. La habitación huele a jabón neutro y a algo que podría ser café recién hecho.
Giro la cabeza.
Junto a mi cama, dormido en una silla de madera con la cabeza inclinada hacia un lado y los brazos cruzados sobre el pecho, está Sebastián Montero. Tiene los ojos cerrados. La respiración lenta y profunda. Su mandíbula marcada está relajada por primera vez desde que lo conozco, y una sombra de barba oscurece sus mejillas.
Y sus nudillos están raspados. Ambas manos. La piel desgarrada sobre los huesos, con costras oscuras que apenas empiezan a formarse. Como si hubiera golpeado algo duro. O a alguien.
Me quedo mirándolo durante un tiempo que no sé medir. Luego cierro los ojos y me dejo llevar otra vez por el sueño.