5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 7 — ENTRE MIRADAS Y NUEVOS COMIENZOS
Los días en la universidad comenzaron a sentirse diferentes.
Para Julietta, aquel lugar que al principio parecía enorme y desconocido poco a poco empezaba a convertirse en un sitio donde podía sentirse cómoda.
Ya no tenía que mirar los carteles de los pasillos tantas veces.
Ya no se preocupaba por perderse entre tantos edificios.
Y lo más importante: ya no sentía que estaba sola.
—Creo que por fin estoy entendiendo cómo funciona todo esto —dijo Julietta mientras caminaba junto a Emma por el patio de la universidad.
Emma sonrió mientras sostenía sus libros contra su pecho.
—Te dije que iba a pasar. Solo necesitabas acostumbrarte.
Julietta observó a los estudiantes alrededor.
Algunos corrían para llegar a clases.
Otros estaban sentados conversando.
Y otros simplemente disfrutaban el descanso.
La universidad seguía siendo un lugar lleno de personas diferentes, pero ahora ella empezaba a formar parte de ese mundo.
—Supongo que tenías razón —admitió con una pequeña sonrisa.
Emma se rio suavemente.
—No te acostumbres, no siempre tengo razón.
—Claro que sí —respondió Julietta divertida.
Desde que se habían conocido, ambas habían creado una amistad que ninguna esperaba.
Eran diferentes.
Emma era tranquila, reservada y muy observadora.
Julietta tenía una personalidad más abierta y estaba acostumbrada a expresar lo que sentía.
Pero justamente esas diferencias hacían que se llevaran bien.
En ese momento, una voz conocida apareció detrás de ellas.
—Espero que esa conversación tan seria no sea sobre estudiar.
Las dos se dieron vuelta.
Mateo estaba parado ahí con una sonrisa divertida.
A su lado estaba Lucas, tranquilo como siempre.
—¿Y si sí? —preguntó Emma.
Mateo hizo una expresión de sorpresa.
—Entonces tendré que llamar a alguien para investigar.
Lucas negó con la cabeza.
—No exageres.
—Estoy siendo responsable —respondió Mateo.
Julietta soltó una risa.
Con el paso de los días, estar con ellos se había vuelto algo natural.
Mateo siempre encontraba la forma de hacer reír a los demás.
Lucas hablaba menos, pero cuando lo hacía siempre tenía algo interesante que decir.
Y Emma empezaba a sentirse más segura.
Ya no era solo la chica tímida que caminaba con sus libros.
Ahora podía reír, bromear y disfrutar.
Mientras tanto, Gio terminaba sus clases.
Su rutina era bastante sencilla.
Universidad.
Entrenamiento.
Casa.
No necesitaba demasiado para sentirse bien.
—¿Hoy vas a entrenar o vas a sorprendernos faltando? —preguntó Mateo cuando lo encontró.
Gio lo miró serio por unos segundos.
—¿Alguna vez me viste faltar?
Mateo sonrió.
—No.
Lucas acomodó sus lentes.
—Ese es justamente el problema. Sos demasiado constante.
Gio soltó una pequeña risa.
Con ellos dos siempre era igual.
Lo molestaban, pero sabía que eran sus amigos de verdad.
Cuando llegaron a la cancha, todo cambió.
Porque ahí Gio era otra persona.
Su expresión se volvía más concentrada.
Sus movimientos eran más seguros.
El chico tranquilo de la universidad desaparecía.
En la cancha estaba el jugador que todos respetaban.
—Llegaron tarde —dijo una voz conocida.
Los tres miraron hacia adelante.
Renata estaba ahí.
Con su camiseta deportiva y esa mirada segura que siempre parecía decir que estaba lista para competir.
Gio sonrió de lado.
—Pensé que ibas a decir que no querías perder contra nosotros.
Renata levantó una ceja.
—Soñá.
Mateo miró a Lucas.
—Ya empezaron.
Lucas suspiró.
—Como siempre.
Renata tomó una pelota.
—Hagamos una apuesta.
Gio cruzó los brazos.
—¿Qué tipo de apuesta?
—Jugamos los tres. El que pierda acepta que los otros son mejores.
Mateo se rio.
—Eso no parece una apuesta. Parece una excusa para discutir.
Pero nadie rechazó la idea.
Y el juego comenzó.
La cancha se llenó de energía.
El sonido de las zapatillas contra el piso se mezclaba con las voces de los jugadores.
Gio y Renata competían como siempre.
Cada punto parecía una batalla.
Ella no quería darle ventaja.
Él tampoco pensaba dejarse ganar.
—Nunca vas a aceptar que soy mejor, ¿verdad? —preguntó Renata.
Gio recibió la pelota y sonrió.
—Cuando pase, te aviso.
Renata sonrió de lado.
—Entonces voy a esperar mucho tiempo.
Lucas, aunque no era jugador profesional, demostraba que entendía mucho del deporte.
Sabía leer las jugadas y anticipar movimientos.
—No pensé que fueras tan bueno —dijo Renata.
Lucas sonrió.
—Observar también sirve.
Mientras ellos jugaban, Julietta y Emma llegaron a la cancha.
Habían terminado sus clases y decidieron pasar un rato.
Julietta se quedó mirando.
Era la primera vez que veía a Gio jugar.
En los pasillos parecía serio.
Incluso un poco distante.
Pero ahí era diferente.
Se movía con seguridad.
Se notaba que ese lugar significaba mucho para él.
—Es increíble verlo así —comentó Emma.
Julietta asintió.
—Sí... parece otra persona.
Dentro de la cancha, Gio saltó para devolver una pelota.
El partido estaba igualado.
Renata recibió el balón.
Lucas intentó bloquear.
Gio corrió para cubrir.
Todo pasó demasiado rápido.
Un movimiento.
Un golpe.
Un sonido seco.
Y la pelota salió disparada hacia un costado.
Directamente hacia donde estaban Julietta y Emma.
Julietta apenas tuvo tiempo de girar.
Después...
Todo quedó en silencio.
La pelota cayó al suelo.
Nadie habló durante unos segundos.
Gio fue el primero en reaccionar.
Corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
Julietta levantó la mirada.
Por un momento olvidó todo lo que estaba pasando alrededor.
Solo vio a Gio frente a ella.
No al jugador competitivo.
No al chico serio de la universidad.
Sino a alguien preocupado.
—Sí... creo que sí —respondió ella.
Gio la observó unos segundos, asegurándose de que realmente estuviera bien.
—Perdón. No pensé que iba a salir hacia ahí.
Julietta sonrió un poco.
—No fue tu culpa.
Desde la cancha, Renata miraba la escena en silencio.
No sabía quién había golpeado realmente la pelota.
Ni siquiera sabía por qué le importaba tanto la reacción de Gio.
Pero algo dentro suyo había cambiado.
Lucas también observaba confundido, intentando recordar cómo había ocurrido la jugada.
Nadie tenía la respuesta.
Solo quedaba la duda.
¿Quién había lanzado realmente esa pelota?
Pero para Gio y Julietta, en ese instante, eso parecía quedar en segundo plano.
Porque por unos segundos, en medio del ruido de la cancha, las voces y las miradas de todos...
Solo existieron ellos dos.
Y esa nueva sensación que ninguno de los dos podía explicar.