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Las Consecuencias del Orgullo

Las Consecuencias del Orgullo

Status: Terminada
Genre:Escuela / Romance / CEO / Grandes Curvas / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:898
Nilai: 5
nombre de autor: Quel Santos

Karen Forth aprendió a no doblarse ante las burlas, ni siquiera cuando la persona que más admiraba se suma a la humillación. Liam Carter tiene el apellido, el poder y la popularidad que ella nunca buscó… pero también carga con el peso de un error que puede costarle todo.

Decidido a ganarse un perdón que Karen no está dispuesta a regalar, Liam deberá demostrar que el amor no se promete con palabras, sino con decisiones. Entre secretos familiares, rivales implacables y heridas que no desaparecen de la noche a la mañana, ambos descubrirán que el orgullo siempre deja consecuencias.

NovelToon tiene autorización de Quel Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El peso de un apellido

El despertador de su celular sonó a las seis de la mañana con el mismo pitido insistente de todos los días. En la habitación individual de la residencia universitaria del campus de Columbia University, Liam Carter no tuvo que esforzarse para abrir los ojos. Llevaba varios minutos despierto, mirando el techo blanco y escuchando el silencio que precedía al movimiento frenético de la facultad de Administración, en pleno Nueva York. Se sentó al borde de la cama, se pasó las manos por el rostro y respiró hondo. El cuarto era práctico y minimalista: un escritorio repleto de libros de macroeconomía, un clóset de madera clara y la cama individual que él mismo se empeñaba en tender cada mañana. Vivir ahí había sido decisión suya. Cuando el escándalo estalló en los medios y todos los tabloides de Nueva York empezaron a exponer el vínculo de su hermana Hanna con aquella agencia de modelos de élite que resultó ser una fachada para algo turbio, el mundo de los Carter se vino abajo. La decepción le cayó como un golpe en el estómago. Ver a sus padres, Elizabeth y Michel, intentando controlar el daño público mientras lidiaban con el dolor de que su hija hubiera elegido el peor camino posible cambió algo dentro de Liam. No quería convertirse en otra preocupación. Quería ser el refugio seguro. Por eso hizo las maletas, dejó la comodidad de la mansión familiar en Manhattan y se aisló en el campus. Su objetivo era sencillo: estudiar Administración, alejarse del ruido y prepararse para el futuro en los negocios. Liam se puso unos jeans oscuros, una camiseta negra básica y tomó su MacBook. Antes de salir, se detuvo ante el portarretratos sobre el escritorio. En él aparecía en una foto antigua junto a su hermano mayor, Alexander. Alex era el modelo de Liam: un hombre concentrado que ya dirigía parte de los negocios de la firma de inversiones familiar con mano firme e inteligencia brillante. Liam quería ser como él. Quería tener esa misma presencia ejecutiva, esa misma capacidad de convertir ideas en imperios a través de la administración. Con esa meta clavada en la mente, cerró la puerta de su habitación con llave y salió al pasillo.

El sol de la mañana empezaba a iluminar los senderos de ladrillo y los árboles del campus, en contraste con el frío viento de Nueva York. Mientras Liam caminaba hacia el edificio principal de la escuela de negocios, el entorno comenzó a cobrar vida. Los estudiantes corrían con vasos de Starbucks en las manos, los grupos se reunían cerca de las escalinatas de piedra y las miradas inevitablemente se posaban en él. Ser un Carter en el tercer año de Administración de una universidad de la Ivy League significaba que la privacidad era un lujo inexistente. La gente sabía quién era antes de que pudiera presentarse. Sabían del dinero, del poder y del prestigio que cargaba su apellido. Algunas chicas de primer año cuchicheaban al verlo pasar, pero Liam apenas inclinaba la cabeza con cortesía y distancia, sin aminorar el paso. Ya estaba acostumbrado a los murmullos. Al principio, los comentarios sobre su hermana lo habían afectado profundamente y lo obligaban a caminar con la cabeza baja, pero el orgullo y la compostura heredados de sus padres se impusieron. Él no había hecho nada malo. Su prioridad era la facultad de Administración. Las chicas del campus, sobre todo las que pertenecían a las fraternidades más exclusivas y se llamaban a sí mismas las reinas sociales de la universidad, intentaban llamar su atención de todas las maneras posibles. Cambiaban de ruta para cruzarse con él, sacaban temas banales sobre viajes a los Hamptons o fiestas costosas y dejaban claro que estaban disponibles. Pero Liam permanecía impenetrable. No era el tipo de joven mujeriego que coleccionaba conquistas para inflar su ego los fines de semana en fiestas de fraternidad. Para él, las relaciones eran una distracción innecesaria en ese momento. A la entrada del edificio de aulas se encontró con sus dos mejores amigos, Caleb y Mason. Ambos provenían de familias estadounidenses muy bien posicionadas y estudiaban Administración con él, pero no cargaban con la misma presión que Liam sentía sobre los hombros. Caleb bromeó con que parecía haber leído ya tres informes financieros antes del desayuno, y Liam respondió con una media sonrisa que solo estaba repasando la materia de gestión de riesgos, porque el examen del profesor Vance no sería fácil.

El salón de tercer año de Administración era amplio, con las sillas dispuestas en forma de anfiteatro. Apenas Liam entró acompañado de sus amigos, un silencio sutil se extendió por las primeras filas. Dos de las chicas más populares del curso, Chloe y Amanda, se enderezaron de inmediato y saludaron, señalando dos asientos vacíos a su lado. Era una invitación silenciosa que se repetía casi todos los días. Liam, el orgulloso heredero, fue directo a las filas centrales y ocupó un lugar neutral, desde donde podía ver el proyector a la perfección sin involucrarse en conversaciones paralelas. El profesor entró al salón y comenzó la dinámica de las teorías administrativas. Durante las tres horas siguientes, Liam se olvidó del mundo exterior. Anotó cada detalle sobre fusiones y adquisiciones, participó en las discusiones planteando puntos relevantes y demostró el conocimiento de alguien que no solo leía los libros de texto, sino que seguía el mercado financiero de Wall Street en tiempo real. Sabía que el apellido Carter le abriría puertas, pero también que su competencia técnica en Administración sería lo que lo mantendría dentro de las salas de juntas en el futuro. No le interesaba ser el heredero que lo recibió todo en bandeja de plata; quería ser el hombre que merecía el lugar que ocupaba por su propio esfuerzo e intelecto. Cuando terminó la clase, el profesor Vance llamó a Liam a su escritorio para elogiar su ensayo sobre gobierno corporativo. Destacó su visión madura y comentó que su hermano debía de estar orgulloso de su dedicación a los estudios de Administración. Liam le agradeció y afirmó que se esforzaba por estar listo cuando llegara la oportunidad, con una mezcla de satisfacción y responsabilidad. El peso de que lo compararan con Alexander era constante, pero funcionaba como el combustible perfecto para no acomodarse nunca.

La cafetería universitaria estaba llena cuando el trío de amigos llegó. El ruido de cientos de voces y el tintineo de los cubiertos llenaban el amplio espacio del campus neoyorquino. En cuanto Liam tomó su bandeja y se sirvió una comida equilibrada, comprendió que encontrar una mesa vacía sería un reto. No tardó en ver que un grupo de atletas del equipo de remo y las chicas de los comités estudiantiles les hacían señas, dejando espacio en la mesa principal del centro de la cafetería. Chloe lo llamó en voz alta y le avisó que estaban organizando la fiesta de fin de semestre en una azotea de moda de Manhattan. Liam volteó hacia sus amigos. Caleb se encogió de hombros, indicando que por él estaba bien, y Mason ya caminaba en esa dirección. Sin muchas opciones que no parecieran una grosería innecesaria, Liam se dirigió a la mesa central y se sentó. De inmediato, la atención del grupo se concentró en él. Le preguntaron cuáles eran los planes de su familia para las vacaciones, si irían a su propiedad en Aspen o si se quedaría en la ciudad ayudando en los negocios de la firma de inversiones, aplicando lo que aprendía en Administración. Él explicó con sencillez que se quedaría allí, concentrado en los cursos de verano de la universidad, manteniendo un tono firme y educado. Una de las amigas de Chloe se inclinó un poco más sobre la mesa, se acomodó el cabello con coquetería y comentó que él no hacía más que estudiar, que debería disfrutar más de la vida universitaria con tanta gente deseando su compañía. La insinuación era directa, pero Liam se limitó a sonreír con profesionalismo y cambió de tema, llevando la conversación a la siguiente ronda de exámenes. Veía el esfuerzo de aquellas chicas por acercarse a su realidad, pero ninguna parecía ver al hombre detrás del apellido ni su ambición genuina por la administración de negocios. Veían el estatus, el auto deportivo que mantenía en el estacionamiento del campus y la posibilidad de entrar a un círculo social exclusivo de Nueva York. Esa superficialidad lo alejaba todavía más de cualquier interés romántico.

La tarde era el momento favorito de Liam. Mientras la mayoría de los estudiantes aprovechaba el tiempo libre para descansar en el césped o socializar en el centro estudiantil, él se dirigía a la biblioteca central de la universidad. El edificio histórico, con grandes ventanas arqueadas y olor a papel impreso, era su verdadero refugio. Siempre elegía una mesa al fondo, cerca de las secciones de economía, finanzas y derecho corporativo, donde casi no había movimiento. Allí extendía sus cuadernos, abría la laptop y pasaba horas analizando gráficos de mercado y estudiando casos de empresas que habían quebrado por falta de planificación familiar. El error de su hermana Hanna seguía resonando en su mente como una advertencia constante. Ella se había dejado llevar por el dinero fácil, las apariencias y el glamour vacío de una falsa carrera exitosa. Liam bajaba la vista hacia sus propios libros y pensaba que la única estructura sólida en la vida nacía del conocimiento, de una buena administración y del trabajo duro. De vez en cuando, algunas estudiantes de otros edificios pasaban junto a su mesa a propósito, dejaban caer un bolígrafo o fingían buscar un libro en el mismo estante solo para entablar conversación. Liam recogía el objeto con cortesía, lo devolvía con un gesto silencioso y volvía de inmediato a la pantalla de la computadora. No tenía tiempo para juegos de seducción. Su mente estaba puesta en un plan de cinco años que incluía graduarse con los máximos honores en Administración y poner en marcha su propia startup de consultoría financiera, sin depender directamente del dinero de su padre. Quería construir su propio nombre, aun llevando el mismo apellido que su hermano.

Cerca de las cinco de la tarde, el celular de Liam vibró sobre la mesa de la biblioteca. Al ver el nombre de Alexander en la pantalla, recogió sus cosas rápidamente y salió al patio exterior, donde la brisa del atardecer neoyorquino empezaba a enfriar el ambiente. Contestó al segundo tono y saludó a su hermano. Alexander fue directo al punto: le preguntó cómo iban las cosas en el campus y si había analizado el portafolio de inversiones que le había enviado por correo electrónico. Liam respondió que sí mientras caminaba despacio por el jardín de la universidad. Le explicó sus anotaciones en el archivo y sugirió, con una excelente visión de gestión de carteras, que la asignación de activos en el sector tecnológico estaba demasiado expuesta a la volatilidad del mercado externo; sería más seguro diversificar en fondos inmobiliarios ese trimestre. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido por el sonido de papeles al pasar. Alex elogió su razonamiento práctico, comentó que Liam había dado exactamente con el punto que el comité de cumplimiento estaba discutiendo y añadió que sus padres estaban orgullosos de su desempeño académico. Mencionó que sus padres aún sentían mucho lo ocurrido con Hanna, pero que ver a Liam tan concentrado y decidido a convertirse en un gran administrador era un enorme alivio para la familia. Aquellas palabras fueron el punto culminante del día de Liam. Saber que estaba cumpliendo el papel de orgullo de la familia y que su hermano mayor validaba su inteligencia era todo lo que necesitaba para seguir con el mismo ritmo agotador de rutina. Le dio las gracias, aseguró que no los decepcionaría y terminó la llamada con una intensa sensación de deber cumplido.

Para mantener la mente sana frente a tanta exigencia interna, Liam llevaba una rutina física rigurosa. A las seis de la tarde ya estaba en el gimnasio del campus, vestido con ropa deportiva cómoda. El lugar estaba moderadamente lleno de atletas de los equipos universitarios y estudiantes relajados. En cuanto Liam entró y comenzó a calentar en la caminadora, notó que las miradas volvían a concentrarse en él. Era un joven alto, de complexión atlética y facciones llamativas que atraían la atención de forma natural, pero su actitud seria mantenía a la mayoría a una distancia prudente. Se puso los audífonos y se aisló con una lista de reproducción de música para concentrarse. Durante una hora y media se entregó al entrenamiento de fuerza con intensidad. Cada repetición, cada gota de sudor, parecía canalizar la frustración acumulada por las decisiones de su hermana y la presión de ser el Carter perfecto, el futuro líder empresarial. No entrenaba por vanidad estética, aunque los resultados eran evidentes; entrenaba por disciplina. La disciplina del cuerpo reflejaba la que exigía para administrar la mente. Cuando terminó, algunos conocidos de la universidad intentaron invitarlo a tomar una cerveza en un pub cercano al campus, un punto de reunión tradicional de los estudiantes estadounidenses los martes por la noche. Mason insistió en que fuera y le recordó que incluso los futuros CEO necesitaban descansar de la Administración. Liam rechazó la invitación con una expresión serena, pero innegociable, y explicó que todavía tenía que terminar un artículo de economía internacional para entregarlo a la mañana siguiente. Los chicos respetaron su decisión; sabían que cuando un Carter decía que no, de nada servía insistir.

La noche cayó por completo sobre Nueva York cuando Liam regresó a los dormitorios de la residencia universitaria. Después de una ducha larga y caliente que relajó los músculos tensos por el entrenamiento, se puso ropa cómoda y preparó una cena sencilla en la cocina compartida del piso, que a esa hora estaba vacía. Llevó el plato a su habitación, pues prefería su propia compañía al ruido de las zonas sociales. Mientras comía, repasaba mentalmente lo que había ocurrido durante el día. Todo marchaba exactamente como lo había planeado. Sus calificaciones en la facultad de Administración eran las más altas del grupo, su reputación entre los profesores era impecable y lograba mantener la distancia necesaria de las distracciones cotidianas de la universidad. Se sentía en control absoluto de su vida, una fortaleza de concentración y determinación que nada podía sacudir. Estaba orgulloso de su actitud, orgulloso de ser el hijo que llevaba buenas noticias a la casa de los Carter en un momento tan delicado. Tras lavar los platos, volvió a sentarse ante el escritorio. El reloj marcaba las nueve de la noche. Durante las tres horas siguientes, el único sonido de la habitación fue el clic rítmico del teclado de su laptop. Liam desmenuzaba teorías económicas, elaboraba hojas de cálculo de proyección para la administración estratégica y organizaba su agenda para el resto de la semana. Sabía que la cima del mundo de los negocios era un lugar solitario, y ya se estaba preparando para vivir en ella.

Cerca de la medianoche, Liam por fin cerró la laptop y ordenó los libros de Administración en el estante. Caminó hasta la ventana de su habitación y contempló el campus iluminado por los postes de luz amarillenta, con la silueta de los edificios de Manhattan al fondo. A lo lejos todavía se escuchaban risas y música procedentes de los dormitorios más animados, pero allí, en su sector, reinaba la paz que tanto protegía. Liam Carter se acostó con la mente cansada, pero el corazón tranquilo. Tenía la certeza absoluta de que iba por el camino correcto. Era el orgullo de sus padres, el hermano dedicado que seguía los pasos de Alexander y el estudiante más brillante de su generación. Se sentía invencible dentro de su burbuja de rectitud, estudio y disciplina. Se durmió sin saber que la vida universitaria no se componía solo de altas calificaciones en Administración y planes corporativos perfectos. Liam creía tener control absoluto sobre sus reacciones y sus decisiones, pero el destino en el campus se movía de maneras imprevisibles. En los días siguientes, una serie de acontecimientos pondría a prueba no su capacidad para administrar empresas o analizar gráficos, sino su empatía, su carácter y los límites del orgullo que cultivaba con tanto celo. Sin embargo, por el momento no era más que el joven Carter ideal, dormido antes de otro día de éxito meticulosamente planeado para honrar el nombre de su familia.

Liam Carter

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