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BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Sinopsis del Argumento

​Diana Monasterio vive su vida bajo el pulso exacto de un quirófano: disciplina férrea, éxito absoluto y una reputación intachable dentro de la alta sociedad. A los 45 años, viuda y consagrada como una de las cardiocirujanas más respetadas del país, dirige su imperio médico con la misma frialdad con la que protege su vida privada. Sin embargo, su mundo milimétricamente ordenado se fractura el día que ingresa de urgencia la matriarca de la familia Blake, una paciente de 78 años al borde de la muerte.

​Al frente de la sala de espera está Samantha Blake, una experimentada y magnética jefa de división del FBI. Con 54 años, una presencia imponente y una vida vivida sin armarios ni complejos, Samantha deslumbra a Diana desde el primer segundo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL REFUGIO DEL DESEO

El murmullo distante de los transeúntes y el zumbido constante de los equipos médicos en el atrio central del hospital parecieron desvanecerse por completo. Diana seguía de pie frente a Samantha, sintiendo el peso de la mirada clara y penetrante de la agente, que parecía descifrar cada una de las dudas que aún revoloteaban en su mente. A pocos metros de allí, cualquier compañero de trabajo, residente o conocido de la alta sociedad podía cruzarse con ellas y encender la chispa de un escándalo monumental. Samantha leyó el destello de cautela y recelo que cruzó fugazmente por los oscuros ojos de la cirujana.

Sin apartar la vista de ella, Samantha dio un paso al frente y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo cálido, casi imperceptible, diseñado exclusivamente para los oídos de Diana.

—Aquí no podemos hablar con la tranquilidad que merecemos, Diana —le dijo Samantha, con una sinceridad aplastante y un tono protector que desarmó el último reducto de resistencia de la médica—. Si aceptan mis palabras, te propongo algo: ven a mi apartamento. Allí podremos conversar a solas, sin miradas indiscretas, sin la presión de los pasillos del hospital y sin el miedo constante a que alguien te reconozca. Estarás segura.

Diana tragó saliva con lentitud. Su mente analítica evaluó el riesgo en una fracción de segundo: ir a la casa de una mujer a la que apenas conocía, romper el protocolo sagrado de su existencia controlada y cruzar una línea de no retorno. Pero el peso de la rutina, el cansancio acumulado de vivir para los demás y el calor magnético que desprendía Samantha pesaron infinitamente más.

Un temblor sutil recorrió sus labios, y un atisbo de sonrisa vencida se dibujó en su rostro antes de asentir con un movimiento casi imperceptible.

—De acuerdo... Vamos a tu apartamento —respondió Diana en un tono apenas audible.

El trayecto en el vehículo de Samantha transcurrió en un silencio cómplice y cargado de una electricidad sutil. A los pocos minutos, aparcaron en el sótano de un edificio residencial moderno y exclusivo, rodeado de absoluta privacidad. El apartamento de Samantha reflejaba exactamente su personalidad: espacios amplios, decoración minimalista en tonos grises y madera oscura, ventanales de suelo a techo que mostraban el horizonte nocturno de la ciudad iluminado por miles de luces titilantes, y un orden impecable que, a diferencia del de Diana, no nacía del miedo al caos, sino de la practicidad y la elegancia.

Apenas cerraron la puerta de la entrada tras de sí, la atmósfera se volvió densa. El aire parecía comprimirse entre ambas.

Samantha dejó las llaves sobre la consola, se quitó la americana oscura y se giró lentamente hacia Diana, quien permanecía de pie en medio del recibidor, con los brazos cruzados de manera protectora sobre la delicada camisa de seda marfil, sintiendo de repente el peso de los doce centímetros de tacón y la vulnerabilidad de estar allí.

—Estás en tu casa, Diana... o al menos, en un lugar donde puedes dejar de fingir que tienes el control absoluto de todo —dijo Samantha con una suavidad arrolladora, acercándose despacio con pasos firmes y medidos.

Diana no respondió. Sus ojos oscuros se quedaron fijos en la imponente figura de Samantha, que se detenía a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y cuero llenó sus sentidos por completo, nublándole el pensamiento.

Sin mediar más palabras, Samantha no aguantó más la tensión contenida de los últimos días. Con una determinación feroz y cargada de un deseo largamente reprimido, tomó a Diana por la cintura con firmeza y la guio con suavidad pero sin dudar hacia el amplio y cómodo sillón de la sala.

Apenas la hizo sentar ligeramente sobre el borde del asiento, Samantha se inclinó sobre ella y la besó con una intensidad desbordante. No fue un beso tibio; fue un asalto de pasión pura. Los labios de Samantha se fundieron con los de Diana con una urgencia que hizo que la cirujana exhalara un suspiro tembloroso. Las manos de Diana, que al principio intentaron detener el impulso apoyándose en los hombros de la agente, terminaron rindiéndose, aferrándose con desesperación a las solapas de su camisa y enredándose de inmediato en su cabello corto.

El beso se volvió más profundo, hambriento y desesperado. Con una maestría que dejó sin aliento a la médica, Samantha comenzó a deslizar los labios desde la comisura de su boca, bajando lentamente por la fina línea de su mandíbula, recorriendo con besos húmedos y cálidos la delicada clavícula y extendiéndose por el cuello de Diana.

Un gemido suave, involuntario y profundamente gutural brotó de la garganta de Diana al sentir el contacto de la boca de Samantha en un punto tan sensible. Aquel sonido melodioso y entregado actuó como una chispa de gasolina en el cuerpo de la agente del FBI, intensificando aún más su deseo.

—Dime que pare... dímelo ahora y paro, Diana —susurró Samantha con la voz ronca, pegada a la piel de su cuello, deteniéndose apenas un segundo mientras sentía cómo el cuerpo de la cirujana temblaba bajo sus manos.

Diana, con los ojos oscuros medio cerrados por el éxtasis, el rostro encendido de rubor y el pecho subiendo y bajando con violencia, abrió los labios y, con una voz cargada de un anhelo irrefrenable, exhaló:

—No... no pares... por favor, no pares.

Eso fue todo lo que Samantha necesitaba escuchar. Con una urgencia febril, volvió a besarla en los labios con furia y deseo, mientras sus hábiles manos comenzaban a desabrochar los delicados botones de la camisa de seda marfil. En cuestión de segundos, la prenda cayó a un lado, dejando al descubierto el torso de Diana y el encaje fino de su sostén. Samantha no perdió un instante: deslizó las manos por su espalda, desabrochó el cierre delantero de la lencería y comenzó a chupar y morder con devoción los picos sensibles de los senos de Diana.

Cada fricción, cada mordisco medido y cada caricia experta arrancaban de Diana suspiros y gemidos cada vez más altos. La doctora, completamente abandonada a la marea de sensaciones, se aferraba con fuerza al cabello de Samantha, arqueando la espalda contra el respaldo del sillón, sintiendo que toda su disciplina de mármol se desintegraba en cenizas bajo el calor de aquel cuerpo.

Sin darle tregua a los sentidos, Samantha continuó su descenso febril. Con besos ardientes que recorrían el abdomen plano de la cirujana, fue abriendo lentamente el botón y bajando la cremallera de los vaqueros ajustados de tubo. Entre besos y caricias impacientes, deslizó la tela vaquera y la delicada tanga hacia abajo, liberando por completo el cuerpo de Diana y dejándola completamente desnuda sobre el sillón, expuesta a su mirada encendida de admiración y deseo.

Samantha se arrodilló frente a ella. Con una paciencia infinita y una destreza absoluta, comenzó a trazar un mapa de besos húmedos y suaves por el interior de sus muslos, haciendo que Diana se estremeciera de pies a cabeza. Sus labios expertos ascendieron hasta el núcleo de su intimidad, y sin previo aviso, Samantha comenzó a besar y chupar con devoción, mientras uno de sus dedos, ágil y preciso, exploraba y estimulaba directamente su clítoris con un ritmo perfecto.

—¡Ah... Dios mío... Samantha... ! —exclamó Diana, perdiendo por completo el control, arqueando las caderas hacia arriba y apretando las manos contra los cojines del sillón mientras las lágrimas de puro placer comenzaban a asomar por el rabillo de sus ojos.

La combinación exacta del calor de su boca y el tacto experto de sus dedos desató una tormenta incontrolable en el interior de la cirujana. En cuestión de segundos, una ola gigantesca, intensa y arrolladora barrió con todo a su paso. Diana lanzó un grito ahogado contra el aire de la sala, estallando en un orgasmo potente, profundo y liberador, un éxtasis tan intenso que hacía años, décadas enteras, que su cuerpo no experimentaba ni recordaba haber sentido.

Su pecho se agitaba violentamente mientras el pulso le latía en cada rincón de la piel. Cansada, temblorosa y completamente entregada, Diana dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo, con los ojos cerrados, sintiendo el calor de la respiración de Samantha sobre sus piernas y la certeza absoluta de que, por primera vez en su vida, su corazón había dejado de obedecer a los mandatos de la alta sociedad para latir, de verdad, con un pulso salvaje e indomable.

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