Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 2 — Mi propio espacio
Después de pensarlo durante varios días, finalmente tomé una decisión: quería independizarme. No porque estuviera aburrida de mi familia ni porque tuviera algún problema con ellos. Todo lo contrario, los quería muchísimo. Simplemente sentía que ya tenía 20 años y necesitaba comenzar a vivir algunas experiencias por mi cuenta.
Quería tener mi propio espacio, organizar mis horarios, preparar mi comida, estudiar tranquila y aprender a responder por mí misma. Sabía que independizarse no era tan sencillo como uno se lo imaginaba, pero también sentía que era el momento de intentarlo.
Una tarde encontré un anuncio de un apartamento que se veía bastante bonito. No era gigante ni tenía lujos, pero tenía una sala pequeña, cocina, baño y una habitación cómoda. Lo mejor era que quedaba en una zona que conocía bastante bien de Manizales.
Así que llamé a la casera y quedé de ir a verlo.
Cuando llegué al edificio, una señora de unos cincuenta años me recibió en la entrada.
—¿Usted es Maidy? —me preguntó.
—Sí, señora. Mucho gusto.
—Mucho gusto, mija. Venga, yo le muestro el apartamento.
Subimos y mientras caminábamos por el pasillo, la señora me iba explicando algunas cosas del edificio.
—Aquí la gente es tranquila. Cada quien anda en lo suyo y no se meten mucho con los demás.
—Eso está bueno —respondí.
Llegamos frente al apartamento que me interesaba. La señora abrió la puerta y me dejó entrar.
Comencé a mirar todo con atención.
La sala era pequeña, pero bonita. Había espacio suficiente para poner un sofá y una mesita. La cocina estaba al fondo y la habitación tenía una ventana desde donde se alcanzaban a ver algunas de las montañas de Manizales.
—Ay, está bonito —dije emocionada.
—¿Le gusta?
—Sí, señora. Muchísimo.
La casera sonrió, pero luego pareció recordar algo.
—Ah, eso sí, mija... hay una cosita que tengo que contarle.
La miré.
—¿Qué pasó?
—En el edificio hay un muchacho que vive en el departamento 512.
—¿Y?
La señora hizo una cara extraña.
—Pues... es un poquito complicado.
—¿Complicado cómo?
—Es demasiado.
Solté una pequeña risa.
—¿Demasiado qué?
—De todo, mija. Es fiestero, llega tarde, a veces llega de madrugada y casi siempre viene oliendo a guaro.
Abrí los ojos.
—¿En serio?
—Sí. Hay veces que uno siente el olor desde el pasillo.
—¡Ave María!
—Y además tiene un carácter fuerte. Es grosero.
Yo me quedé pensando.
—¿Grosero conmigo?
—Con cualquiera que le diga algo cuando llega tomado.
—Ah.
La señora continuó hablando.
—No es que sea un hombre malo. Pero desde hace un tiempo cambió mucho.
—¿Le pasó algo?
La señora guardó silencio durante unos segundos.
—Eso sí no me corresponde contárselo, mija.
—Entiendo.
—Solo se lo digo para que después no vaya a decir que yo no le advertí.
Miré nuevamente el apartamento.
La verdad, aquella advertencia me había dejado un poquito preocupada, pero el lugar me gustaba demasiado.
—Bueno, yo creo que no habrá problema. Si cada quien está en su departamento...
—Eso espero —dijo ella.
Acepté el apartamento.
Durante los primeros días me dediqué a organizar mis cosas. Compré algunas cosas para la cocina, acomodé mi ropa y preparé un espacio donde pudiera estudiar.
Me sentía feliz.
Era extraño, pero bonito.
Cada vez que abría la puerta pensaba:
Este es mi lugar.
Una noche estaba sentada estudiando cuando escuché que alguien entraba al edificio.
Miré la hora.
Eran casi las tres de la mañana.
Escuché pasos por el pasillo.
Después, unas llaves chocaron contra el piso.
—¡Juepucha! —se escuchó decir a un hombre.
Me levanté de la silla.
Entonces recordé lo que me había dicho la casera.
“El muchacho del 512.”
Abrí la puerta apenas un poquito.
Al fondo del pasillo estaba él.
Era un hombre joven, alto, con el cabello despeinado y la ropa un poco desordenada. Caminaba lentamente mientras intentaba encontrar las llaves.
Y sí.
El olor a guaro se sentía desde lejos.
—Definitivamente era verdad —murmuré.
El hombre levantó la cabeza y me vio.
—¿Qué mira? —preguntó con una voz seria.
Me sorprendí.
—Nada. Solo estaba viendo quién era.
—Pues no mire.
Fruncí el ceño.
—Oiga, tranquilo. No le estoy haciendo nada.
—Entonces cierre la puerta.
Me molestó la forma en que me habló.
—No tiene que ser grosero.
El hombre soltó una risa amarga.
—Haga lo que quiera.
Después abrió la puerta del departamento 512 y entró.
Yo me quedé mirándolo unos segundos.
—Qué genio tan bravo —murmuré.
Cerré mi puerta y regresé a estudiar.
Todavía no sabía su nombre.
Tampoco sabía qué había detrás de ese comportamiento, ni por qué aquel hombre parecía estar huyendo de algo cada vez que salía de fiesta.
Solo sabía una cosa:
Mi nuevo vecino del 512 era un hombre borracho, fiestero y bastante grosero.
Y apenas acababa de conocerlo.