Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 19
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por los amplios ventanales de la oficina de la dirección médica. Camila se encontraba revisando varios expedientes de pacientes cuyas cirugías habían sido canceladas injustamente por la antigua administración. A pesar del agotamiento físico y del amargo trago de la noche anterior, la presencia de Kael en el edificio le transmitía una extraña serenidad que mantenía su pulso bajo control.
De pronto, los golpes firmes en la puerta interrumpieron su lectura. Antes de que Camila pudiera responder, la puerta se abrió y Guillermo Valenzuela avanzó un par de pasos hacia el interior. Lucía un traje impecable, pero sus ojos denotaban una mezcla de desesperación contenida y falsa tribulación.
—Camila... hija —comenzó Guillermo, modulando la voz para que sonara cálida y paternal—. Supe lo del atentado con el transporte del órgano... Dios mío, qué tragedia. No pude pegar ojo en toda la noche pensando en lo cerca que estuviste de sufrir una recaída.
Camila no se levantó de su asiento. Colocó la pluma sobre el escritorio, se reclinó contra el respaldo del sillón y lo observó con una frialdad glacial.
—Ahorrate la actuación, Guillermo —dijo Camila con voz pausada y firme—. Aquí no hay cámaras ni miembros de la junta a los que puedas engañar.
Guillermo apretó la mandíbula por una fracción de segundo antes de forzar una sonrisa conciliadora, dando un paso más hacia el escritorio.
—Sé que estás molesta por cómo se dieron las cosas en la junta, pero soy tu padre, Camila. Todo lo que he hecho ha sido para proteger el patrimonio de la familia. Ese hombre... ese Alfa, Kael, solo te está usando. Los de su clase no entienden nuestra naturaleza. En cuanto logre quedarse con los activos de la clínica, te va a dejar a tu suerte. Vuelve a casa, déjame ayudarte a buscar un tratamiento real...
—Ella no necesita volver a ningún sitio —resonó una voz profunda, grave y retumbante desde el marco de la puerta.
Guillermo se congeló al instante.
Kael entró en la oficina a paso lento, vistiendo un traje oscuro impecable. Su presencia dominante llenó la habitación de inmediato, haciendo que el aire se sintiera denso y sofocante para el padre de Camila. El Alfa caminó hasta posicionarse justo al lado de la silla de Camila, apoyando una mano con posesiva firmeza sobre el respaldo de la cirujana.
—Señor Valenzuela —dijo Kael, fijando sus ojos de verde intenso en el hombre que temblaba sutilmente frente a él—. Me resulta fascinante escuchar a un hombre hablar de "protección" cuando fue el primero en retirar a su propia hija de la lista prioritaria de trasplantes.
—Usted no tiene derecho a meterse en los asuntos de mi familia —articuló Guillermo, intentando mantener la postura, aunque la presión de la aura de Kael lo obligaba a retroceder instintivamente.
—Tengo todo el derecho desde el momento en que la vida de Camila está ligada a la mía —sentenció el Alfa con una voz rasposa que no admitía réplica—. Su tiempo en esta clínica terminó. Si vuelve a poner un pie en este piso o a acercarse a mi compañera, la auditoría no se limitará a las cuentas de la institución; haré que investiguen cada una de sus cuentas personales.
Guillermo miró a Camila buscando una pizca de duda o auxilio, pero solo encontró la mirada serena y distante de su hija.
—Esto no se va a quedar así —murmuró Guillermo entre dientes antes de dar media vuelta y salir apresuradamente de la dirección, sintiendo la mirada del Alfa sobre sus espaldas hasta que la puerta se cerró tras él.
La puerta de la dirección se cerró con un golpe seco, dejando un silencio denso en la habitación. Camila dejó escapar un largo suspiro, sintiendo cómo la tensión acumulada en sus hombros cedía lentamente. La sombra de Guillermo finalmente se había desvanecido de ese espacio que alguna vez le perteneció a su madre.
Kael se inclinó ligeramente, deslizando su mano desde el respaldo de la silla hasta tocar con delicadeza el cuello de Camila, justo donde el pulso acelerado de la cirujana comenzaba a asentarse. El contacto de la piel del Alfa envió una ola de calor reconstituyente por todo su cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó Kael con voz baja, perdiendo toda la severidad con la que había echado a Guillermo.
—Mejor de lo que esperaba —admitió Camila, alzando la vista para encontrar la mirada del Alfa—. Por primera vez en años, siento que no me afecta su chantaje. Aunque sé que ni él ni Victoria se van a quedar de brazos cruzados.
—Que lo intenten —sentenció Kael, acariciándole el pómulo con el pulgar—. Bruno tiene vigilada la mansión Valenzuela las veinticuatro horas. Al menor movimiento en falso de Victoria o de tu padre, intervendremos antes de que puedan formular un plan.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse con tres toques rápidos. Bruno ingresó al despacho sosteniendo un maletín de alta seguridad.
—Señor, doctora Valenzuela —saludó el escolta con inclinación de cabeza—. El equipo médico privado de la manada acaba de llegar de la capital. Traen consigo el protocolo de soporte vital estabilizador mientras la red de trasplantes internacional busca un nuevo donante de máxima compatibilidad.
Kael asintió y miró a Camila.
—Es hora de encargarnos de tu salud sin intermediarios humanos que puedan sabotearte —dijo el Alfa, extendiéndole la mano—. Te llevaré al área médica privada de la residencia. Allí estarás bajo el cuidado de la abuela Eva y de nuestro equipo de especialistas.
Camila detuvo sus pasos justo antes de cruzar el umbral del despacho. Se soltó suavemente del agarre de Kael y lo miró con una expresión seria, cargada de una honestidad vulnerada que la cirujana no podía seguir ocultando.
—Kael, todo esto que estás haciendo por mí... te lo agradezco —comenzó Camila, cruzándose de brazos y sosteniéndole la mirada con firmeza—. Sé que es porque soy tu compañera, pero... ¿y si no me enamoro de ti? —preguntó ella, dejando la duda flotando en el aire.
Kael se congeló un segundo, pero lejos de molestarse, una sonrisa lenta y cautivadora se dibujó en sus labios. Dio un par de pasos de regreso hacia ella, recortando la distancia con esa elegancia felina que lo caracterizaba.
—Yo no te voy a obligar, Camila —dijo él con voz suave y profunda, mirándola fijamente a los ojos—. Después de todo, tú eres una humana, y este lazo solo puedo sentirlo yo.
Camila arrugó el ceño, recordando de inmediato las advertencias de la abuela Eva sobre el peligro que corría la vida del Alfa si la unión no se consolidaba o si llegaba a ser rechazada.
—Pero si te rechazo puede pasarte algo... —insistió ella, con la preocupación dibujada en el rostro—. ¿Y qué será de Kira? —preguntó, dejando al descubierto lo mucho que la pequeña hija de Kael ya le importaba.
Kael se detuvo a solo centímetros de ella, contemplando la genuina angustia en sus ojos castaños. Luego, con una tranquilidad casi exasperante, le dio la espalda y comenzó a caminar a paso lento hacia la salida del pasillo.
—Entonces enamórate de mí —dijo él sin voltear.
—¿Qué? —preguntó ella, completamente atónita por la respuesta tan descarada.
Kael no pudo contenerse y se echó a reír, una risa baja y masculina que resonó por todo el pasillo mientras continuaba su marcha hacia el ascensor privado.
Camila negó con la cabeza, entre divertida e incrédula por la arrogancia del Alfa, y apuró el paso para caminar justo detrás de él, sintiendo cómo esa pequeña chispa en su pecho se volvía cada vez más imposible de ignorar.