Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 8
La mansión principal del club de campo se había transformado en un laberinto de luces tenue, terciopelo negro y antifaces dorados. La noche culminante del fin de semana era un baile de máscaras exclusivo, el escenario perfecto para que la élite ocultara sus secretos detrás de encajes y plumajes refinados. Bajo el anonimato de la penumbra y el alcohol de alta gama, las inhibiciones se disolvían como azúcar en el champán.
Helena descendió la escalinata luciendo un vestido de seda negra que parecía líquido, con un escote asimétrico y una abertura en la pierna que dejaba al descubierto su piel bronceada con cada paso. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una máscara de filigrana negra con destellos de azabache.
En la base de las escaleras, esperándola, estaba Leonardo.
Vestía un esmoquin de un negro tan profundo que absorbía la luz, y un antifaz de cuero oscuro que solo dejaba al descubierto sus labios perfectamente esculpidos y la línea afilada de su mandíbula. Al verla bajar, sus ojos grises brillaron tras la máscara con un hambre depredadora que hizo que el vientre de Helena se contrajera en una mezcla de miedo y fascinación.
Sin articular palabra, Leonardo extendió su mano. Helena colocó sus dedos sobre los suyos, sintiendo el calor abrasador de su piel traspasar los guantes de encaje.
—Estás peligrosamente hermosa, dulce Helena —murmuró él con su voz de terciopelo, inclinándose para rozar sus labios contra el dorso de su mano antes de tirar de ella hacia su cuerpo.
A lo largo de la velada, el juego de miradas y toques no hizo más que escalar. A través de las aberturas de las máscaras, el mundo alrededor se volvió borroso. Mateo intentó acercarse en un par de ocasiones, escondido tras un antifaz de plata, pero la sombra dominante de Leonardo mantenía una barrera infranqueable. Leonardo caminaba con la mano firmemente posada sobre la cintura desnuda de Helena, marcando su ritmo, marcando su territorio.
A medianoche, la música cambió a un ritmo más lento, sensual y envolvente. El calor dentro del gran salón se volvió insoportable para Helena. Necesitaba aire. O quizás, como sugirió la voz dentro de su cabeza, necesitaba escapar del magnetismo sofocante del hombre que la tomaba de la mano.
Se deslizó hacia los jardines traseros, adentrándose en el laberinto de setos iluminado solo por la luz de la luna llena y pequeñas velas colgantes. Los murmullos de la fiesta comenzaron a apagarse, reemplazados por el susurro del viento entre las hojas.
Pero no estaba sola.
El crujido de pisadas firmes sobre la grava anunció su llegada. Helena se giró justo cuando Leonardo salía de las sombras de los arcos de piedra que conducían a la antigua bodega del club, un espacio a oscuras y apartado del bullicio.
—Te dije que no podías huir de mí —dijo Leonardo, dando pasos lentos hacia ella.
—No estoy huyendo —mintió Helena, dando un paso atrás hasta que su espalda chocó contra la pared de piedra fría de la bodega.
El contraste entre el frío de la piedra en su espalda y el calor que emanaba de Leonardo al acorralarla la hizo ahogar una respiración. Él apoyó ambas manos en la pared, a cada lado de la cabeza de Helena, encerrándola por completo en su espacio personal. El aroma a cuero, sándalo y el matiz dulce del alcohol que emanaba de su aliento la intoxicaron en segundos.
—Sí estás huyendo —corrigió él en un susurro ronco, acercando su rostro hasta que el borde de su máscara rozó la de ella—. Estás huyendo de lo que sientes cada vez que te toco.
Con un movimiento lento y deliberado, Leonardo se quitó el antifaz de cuero y lo dejó caer al suelo. Luego, estiró los dedos y desató la cinta del antifaz de Helena, dejándola al descubierto bajo la luz de la luna. Sus ojos oscuros y sin filtro se clavaron en la mirada temblorosa de ella.
—Ya no hay máscaras, Helena —murmuró él, bajando la mano para delinear el contorno de su labio inferior con el pulgar—. Ni cámaras. Ni prensa. Ni Mateo. Tampoco hay público.
A Helena se le aceleró el corazón hasta el punto de sentir el pulso retumbar en sus oídos. El aire entre ellos era una tormenta eléctrica.
—Leo... si hacemos esto aquí, a oscuras... ya no será parte del contrato —alcanzó a pronunciar ella, con la voz quebrada por el deseo ardiente que le recorría las venas.
—El contrato nunca importó —reveló él con una honestidad brutal que le heló la sangre y le encendió la piel al mismo tiempo.
Antes de que ella pudiera procesar las palabras, Leonardo inclinó la cabeza y devoró su boca en un beso que destruyó el último vestigio de la ilusión.
No hubo vacilación. No hubo actuación. Fue un beso profundo, posesivo y salvaje que cruzó la línea de la ficción para siempre. La lengua de Leonardo se introdujo con maestría, buscando la suya con un hambre acumulada que hizo que a Helena se le aflojaran las rodillas. Un gemido ahogado se escapó del pecho de ella, rindiéndose de inmediato a la marea de sensaciones.
Las manos de Leonardo bajaron por su espalda, amoldando la seda del vestido a sus curvas antes de tomarla con fuerza por las caderas y alzarla suavemente, pegándola contra la pared de piedra. Helena envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él por instinto, sintiendo la dureza y el calor de su cuerpo entre las muslos. El contacto íntimo y directo la hizo jadear contra sus labios.
—Dime a quién quieres, Helena —exigió Leonardo entre besos febriles que bajaban por su mandíbula hasta el cuello, mordisqueando levemente la piel sensible de su clavícula—. Dime qué nombre está en tu mente ahora mismo.
El toque de Leonardo era fuego puro. Sus manos subieron por los muslos al descubierto de Helena, arrugando la seda del vestido mientras sus dedos quemaban la piel desnuda. Helena echó la cabeza hacia atrás contra la piedra, entregada por completo al placer arrollador que solo él sabía sacarle. El recuerdo de Mateo, de la boda y de la venganza no era más que ceniza amarga.
—Tú... —logró gemir ella, enredando sus dedos firmemente en el cabello oscuro de Leonardo, tirando de él para traer su boca de vuelta a la suya—. Eres tú, Leonardo.
Una sonrisa victoriosa y oscura se dibujó en los labios de él antes de volver a sellar sus bocas en un beso aún más hambriento. Cada caricia, cada fricción de sus cuerpos en la penumbra del jardín era una declaración innegable de posesión. Helena sabía que estaba cayendo en una trampa de la que tal vez nunca podría salir, pero mientras los labios de Leonardo la devoraban sin piedad a oscuras, no le importaba quemarse en su infierno.