Una noche en Berlín lo cambió todo.
Tania, vendida por su propia familia a un viejo repugnante, logra escapar de la habitación de hotel, solo para caer en otra trampa: la suite de un desconocido que también ha sido drogado. Ambos son víctimas; ninguno de los dos recuerda lo que ocurrió.
Siete años después, Tania vive como madre soltera de dos gemelos extraordinarios: Renzo, un niño de mirada helada y mente implacable, y Renzi, un pequeño hacker prodigio con el corazón más grande del mundo. Juntos son su razón de vivir, su secreto más peligroso y la prueba viva de aquella noche que juró olvidar.
Pero los secretos no permanecen enterrados para siempre.
Alex Roman Vasillo —heredero de la familia mafiosa más temida de Europa, el hombre de aquella noche— descubre la existencia de los gemelos. Y un Vasillo jamás deja que le arrebaten lo que es suyo.
Lo que comienza como una guerra por la custodia se transforma en un matrimonio forzado, una alianza imposible y, poco a poco, en algo que ninguno de los dos esperaba: un amor real nacido del caos. Pero el pasado tiene garras. Enemigos antiguos, traiciones familiares y una venganza que lleva décadas gestándose amenazan con destruir todo lo que Tania y Alex intentan construir.
En esta historia donde la mafia se encuentra con la maternidad, donde dos niños genios superan a ejércitos de adultos y donde el amor más oscuro puede ser también el más verdadero, solo una pregunta importa: ¿podrán los herederos secretos de los Vasillo sobrevivir a la guerra que su propia existencia desató?
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Episodio 18
La mañana en el hospital se sentía mucho más tranquila que la noche anterior.
Dentro de la habitación de internación, Tania estaba ocupada recogiendo algunas pertenencias de su abuelo. Dobló la manta liviana, metió la ropa en la bolsa y se aseguró de que no quedara nada olvidado.
En el pequeño sofá junto a la ventana, Renzi ya estaba sentado meciendo los pies con suavidad. Su estado había mejorado notablemente. El suero de la mano incluso le habían retirado desde por la mañana.
Mientras tanto, Renzo estaba de pie apoyado cerca de la puerta con los brazos cruzados, observando a su madre sin decir gran cosa.
En la cama, el abuelo de Tania miraba a su nieta con un sentimiento de culpa.
—Tania… —llamó el anciano en voz queda. Tania se volvió.
—¿Sí, abuelo?
El anciano suspiró.
—Abuelo te pide perdón.
Tania dejó de meter ropa en la bolsa de inmediato.
—Abuelo siente haberte dado trabajo.
—Lo miró con ojos llenos de pesar.
—Por culpa de que abuelo se enfermó… seguramente tuviste que gastar mucho dinero en el hospital.
Tania sonrió levemente y movió la cabeza.
—No pasa nada, abuelo. Lo importante es que estés bien.
Sin embargo, antes de que su abuelo pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió despacio.
Una enfermera entró con una carpeta con varios documentos.
—Buenos días —saludó la enfermera con amabilidad.
—Buenos días —respondió Tania.
La enfermera le entregó un documento.
—Aquí está el formulario de alta del paciente.
Tania lo tomó. Pero antes de que pudiera leerlo, la enfermera continuó:
—Y en cuanto a los gastos de atención… todo ya ha sido cubierto por el hospital.
—Tania se quedó callada al instante. —¿Cubierto… por el hospital?
La enfermera asintió.
—Así es.
—Por lo tanto, no hay ningún costo que deba pagar.
—El abuelo de Tania se mostró visiblemente aliviado.
—Gracias a Dios… —murmuró.
Sin embargo, Tania parecía confundida. En su mente apareció un nombre.
Alex. Quizás los gastos del día anterior, cuando Renzi estuvo en observación, sí habían sido cubiertos por él.
Tania miró los documentos en su mano durante varios segundos. Pero no dijo nada. Al final solo tomó aire despacio y volvió a recoger lo que faltaba.
Mientras tanto, su abuelo estaba muy contento de poder irse por fin a casa.
Renzi también se puso de pie desde el sofá con el semblante animado.
—Mamá, ¿nos vamos ya? —preguntó lleno de entusiasmo.
Tania sonrió levemente a su hijo.
—Sí… nos vamos. —Pero en el fondo sentía que había algo que no estaba bien.
En la sala del médico pediatra ubicada en el mismo piso, el ambiente era mucho más tenso.
Alex estaba de pie frente al escritorio del médico con el rostro frío, mientras Mario permanecía un poco detrás. Ambos esperaban en silencio, aunque el aire en la sala se sentía pesado.
El médico que había atendido a Renzi la noche anterior abrió una carpeta blanca sobre el escritorio.
—Los resultados del ADN salieron más rápido de lo que preveía —dijo el médico mientras acomodaba sus lentes.
Alex no se sentó; solo se mantuvo de pie, erguido, con las dos manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando fijamente el escritorio del médico.
—Vaya al grano —dijo escuetamente.
El médico asintió y deslizó la hoja de resultados hacia Alex y Mario.
En el papel aparecían varios gráficos y cifras del análisis genético. El médico dijo entonces con tono profesional:
—De acuerdo con los resultados del análisis de ADN entre usted y el niño llamado Renzi…
—Hizo una pausa.
—Se encontró una coincidencia genética muy elevada. —El médico señaló la parte inferior de la hoja de resultados.
—El nivel de coincidencia supera el noventa y nueve por ciento.
El cuarto quedó en silencio de repente.
Mario, de pie junto a Alex, se inclinó de inmediato para ver la hoja con los ojos muy abiertos.
El médico continuó con su exposición.
—Desde el punto de vista médico, no existe ninguna duda.
—Miró a Alex con seriedad.
—Renzi es su hijo biológico.
—Esas palabras parecieron golpear el aire de la sala.
Alex no habló de inmediato. Sin embargo, sus manos tomaron lentamente la hoja con los resultados de la prueba de ADN. Su mirada recorrió cada línea de los resultados. Como si no pudiera creer lo que tenía ante sus ojos.
Detrás de él, Mario incluso tuvo que tragar saliva.
—Señor… —murmuró en voz baja.
Alex seguía en silencio. Segundos después, sus manos de repente apretaron con fuerza la hoja de resultados del ADN. Las venas de sus manos se tensaron visiblemente. Su expresión se volvió mucho más oscura.
Su mente regresó a aquella noche de hacía siete años.
La mujer a quien consideró un error. Y ahora esa mujer había tenido gemelos suyos.
Los sucesores de la familia Vasillo.
Alex cerró los ojos un instante. Al abrirlos de nuevo, su mirada se transformó: fría, pero llena de determinación.
Mario, de pie a su lado, podía sentir que algo estaba cambiando dentro de su jefe.
Alex le preguntó entonces al médico con voz grave:
—Si alguien tiene hijos gemelos…
—Hizo una pausa.
—¿Es posible que ambos hayan nacido del mismo padre? —preguntó Alex, pues temía que quizás Tania se hubiera casado de nuevo antes de que nacieran.
El médico asintió sin dudar.
—Por supuesto.
—Sobre todo si son gemelos idénticos.
—Mario se volvió rápidamente hacia Alex.
Mientras tanto, Alex miró de nuevo los resultados del ADN que aún estrujaba en su mano.
Luego dijo en voz baja, casi como si hablara consigo mismo:
—Entonces… realmente son mis hijos.
Esas palabras hicieron que el corazón de Mario latiera más rápido. Porque sabía que si Alex ya había reconocido algo como suyo, no había nadie en el mundo capaz de arrebatárselo.
Segundos después, Alex volvió a mirar los resultados de la prueba. Luego levantó lentamente la cabeza y se volvió hacia Mario.
Su mirada se volvió afilada.
—Dales la orden a los guardaespaldas. —La voz de Alex era grave pero firme.
Mario frunció levemente el ceño.
—¿A los guardaespaldas, señor?
Alex no explicó en detalle.
—Traigan a Renzo y Renzi de donde está Tania.
Mario se tensó de inmediato. Alex continuó con tono frío.
—Hoy seguramente van a salir del hospital.
—Tráelos al penthouse.
Mario guardó silencio por varios segundos; su semblante mostraba duda.
—Pero… señor… —La frase quedó incompleta.
Alex lo miró al instante con dureza.
—Sin peros. —La voz de Alex fue mucho más firme ahora.
—Haz lo que te ordeno.
Mario tragó saliva; rara vez veía a Alex tan categórico.
—Señor… si los tomamos así de golpe… la señorita Tania seguramente—
Alex cortó su frase.
—Son mis hijos. —Esas palabras salieron despacio pero con todo su peso.
—Sangre de la familia Vasillo. —Se acercó al escritorio del médico. Su mirada se volvió más oscura.
—No voy a permitir que mis hijos vivan como gente ordinaria.
Mario seguía mostrando dudas.
—Pero señor… ya llevan siete años viviendo con su madre.
Alex miró directamente a Mario.
—Y ahora es el momento de que vuelvan. —El ambiente en la sala se sentía cada vez más pesado.
Mario apretó el puño un instante.
Sabía que cuando Alex tomaba una decisión, casi nadie podía hacerlo cambiar de opinión. Aun así, se sentía incómodo.
—Señor… la señorita Tania no se va a quedar de brazos cruzados.
Alex esbozó una sonrisa fina.
—No tiene opción. —Metió la hoja de resultados del ADN en la carpeta.
—Ve ahora.
—Asegúrate de que los traigan aquí.
Mario se quedó de pie unos segundos más.
Tenía el corazón pesado. Pero al final inclinó la cabeza.
—Bien… señor. —Dicho eso, Mario se dio la vuelta y salió de la sala del médico.