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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

NovelToon tiene autorización de 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

4. Lo que no podía comprender

Belvina no contestó de inmediato. Su mirada se sostuvo un instante y luego se desvió, despacio. No era evasión. Era más bien... desinterés.

Sus ojos cayeron sobre la mesa frente a ellos. Una variedad de platillos dispuestos con esmero. Lujosos. Humeantes. El aroma ascendía poco a poco, impregnando el aire.

Su estómago reaccionó antes de que su mente pudiera frenarlo. Tragó saliva con disimulo.

Dios mío... ¿esto come la gente todos los días?

Su expresión se mantuvo intacta.

Pero el brillo de sus ojos cambió durante una fracción de segundo. Lo suficiente para que alguien que observara con atención pudiera captarlo.

Y Alden no lo pasó por alto. Su mirada descendió, siguiendo la dirección en que Belvina miraba. Hacia la comida. Después, de vuelta a su rostro. Su ceño se frunció apenas.

Extraño.

Hacía un momento, esa mujer hablaba como si nada le importara. Ahora parecía... cautivada.

El contraste era demasiado evidente.

Y precisamente eso hacía que a Alden le costara cada vez más apartar la atención.

Belvina tomó aire, breve. Serena. Ya no era Dina. Era Belvina.

Con calma, tomó la cuchara. Probó un bocado. Se quedó inmóvil. El sabor le inundó la boca de golpe.

En su cabeza, una sola palabra surgió con nitidez: Increíble. Está delicioso.

Pero su rostro permaneció inexpresivo. Tragó, tomó otro bocado. Luego otro más.

Aún tratando de contenerse. Aún tratando de aparentar normalidad. Aunque su ritmo... se aceleró sin que lo notara.

Del otro lado, Alden la observaba en silencio. Sin expresión definida. Pero con la mirada afilada.

—¿Hambre? —soltó de pronto.

El tono era ligero, aunque claramente... burlón.

—¿O cansada de actuar todo el día?

La cuchara de Belvina se detuvo una fracción de segundo. Le lanzó un vistazo fugaz. Mirada plana. Sin ofenderse. Sin reacción excesiva.

Y entonces...

Volvió a comer. Como si aquel comentario... no mereciera respuesta.

Qué fastidio, refunfuñó para sus adentros.

Alden recargó la espalda y la estudió con más detenimiento.

Su forma de comer era prolija, pero ya no artificiosa. No había gestos elegantes exagerados, de esos que siempre exhibía.

Lo que había, en cambio, era eficiencia. Concentración. Como alguien que de verdad disfrutaba la comida.

Su ceja se arqueó apenas. Extraño.

-

Después de la cena, Belvina se levantó de la silla de inmediato.

Sin esperar. Sin voltear. Dejó la mesa atrás. Sus pasos eran tranquilos. Firmes. Decididos.

Los sirvientes la siguieron con la mirada, discretos.

Alden también. La ceja del hombre se elevó ligeramente.

¿Por qué su forma de caminar se siente diferente?

Normalmente, Belvina caminaba como modelo en una pasarela. Demasiado forzado. Demasiado consciente de sí misma.

Pero ahora...

No había pose excesiva. No había intento de atraer miradas. Solo pasos rectos... sin titubeo. Y justo por eso, lucía más elegante.

Belvina entró a la recámara. La puerta se cerró tras ella. Sus ojos recorrieron el espacio al instante.

Amplio. Lujoso. Demasiado ordenado.

—Así que esta es la habitación...

Fragmentos de la memoria original de Belvina comenzaron a regresar. Como un rompecabezas que se armaba poco a poco.

La ubicación del clóset. El baño. El tocador. Lugares que un momento antes le resultaban ajenos ahora empezaban a sentirse... reconocidos.

Se acercó al espejo. Se detuvo. Contempló su propio reflejo. Aquel rostro era hermoso. Piel impecable. Rasgos perfectos. Cuerpo proporcionado.

Nada le faltaba.

—Dios mío... ¿de verdad esta es mi cara ahora?

Se quedó mirando el espejo sin parpadear. Levantó la mano, se acarició las mejillas y las palmeó suavemente. Asegurándose de que no fuera un sueño.

—No es un sueño. Ay... Dios mío... De verdad es hermosa —exclamó, incapaz de contener la felicidad.

Pero su mirada descendió. Hacia la ropa. Después, hacia el maquillaje. Exhaló con brusquedad.

—Demasiado esfuerzo...

Maquillaje grueso. Ropa llamativa. Todo era... excesivo.

En lugar de lucir elegante, más bien parecía alguien que suplicaba ser notada.

—Estoy segura de que este rostro se vería mucho más bonito sin tanto maquillaje de payaso.

Entró al baño.

El agua caliente llenó la bañera. Su cuerpo se hundió despacio. Los músculos tensos comenzaron a aflojarse. Sus ojos se cerraron un momento.

—Qué maravilla ser rica... —murmuró en voz baja.

—Solo este baño... es cuatro veces más grande que mi departamento rentado.

La comisura de sus labios se curvó apenas. Irónico.

Unos minutos después, salió con el cabello mojado y una bata envolviendo su cuerpo.

Abrió el clóset. Y resopló.

Una hilera de lencería colgaba ordenada en su interior. Delgada. Transparente. Prácticamente no cubría nada.

—Por Dios...

Tomó una pieza. La levantó un poco.

—¿Esto es ropa o... un colador de cocina?

La examinó con una expresión entre incrédula y divertida, con un toque de... repulsión.

—Qué vergüenza... —masculló, y la devolvió a su lugar.

Recorrió el contenido del clóset con ojo crítico. Vestidos lujosos. Colores chillantes. Cortes atrevidos.

—Todo es puro glamour... —Soltó un suspiro largo—. Parece que voy a tener que comprar ropa nueva.

Al final, eligió el camisón más "normal" de todos.

Se lo puso y se sentó al borde de la cama. Su mano alcanzó el celular. La pantalla se encendió.

—A ver... —murmuró—. Cuánto hay en la cuenta.

Unos segundos en silencio. Luego, sus ojos se abrieron enormes.

—Esto... ¿es broma?

La cifra en la pantalla no tenía sentido. Estaba lejos. Demasiado lejos del mundo que ella conocía. Ni siquiera en sueños... había imaginado un número así.

Se le cortó la respiración. Las manos le temblaron ligeramente.

—¿Esto... es todo mío ahora?

Y entonces...

—Soy rica.

La frase salió más queda. Como si ella misma todavía la estuviera poniendo a prueba.

Al segundo siguiente...

—¡Soy rica!

Sus manos volaron a las mejillas. Sus pies golpetearon el suelo, una vez... dos veces... y cada vez más rápido, como una niña que no puede contener la emoción.

—No puede ser...

Inhaló profundo, luego soltó el aire despacio. Intentó calmarse, pero las comisuras de sus labios ya habían ganado la batalla.

Sus ojos volvieron a la pantalla. La cifra seguía ahí. No desaparecía. No cambiaba.

No era un sueño.

Su sonrisa se ensanchó, esta vez sin freno.

—Si esto es un sueño... —susurró—, que nadie me despierte.

-

Mientras tanto, en la habitación contigua, Alden estaba de pie frente al espejo de su recámara. El cabello aún ligeramente húmedo. La camisa ya sustituida por un piyama impecable. Sin embargo, su mente no estaba tan serena como su apariencia.

—Cambió.

Su ceño se frunció apenas.

—¿Un truco nuevo?

La comisura de su boca se elevó, casi imperceptible.

—Tira y afloja... —murmuró.

Tenía lógica. Belvina no era del tipo que se rinde. Si el método anterior falló, por supuesto intentaría otro.

Pero su mirada se ensombreció un poco.

—Si es actuación... es demasiado impecable.

Unos segundos de silencio.

Luego giró sobre sus talones. Sus pasos eran firmes al salir de la recámara. Su destino, claro.

PAM.

La puerta de la habitación de Belvina se abrió sin que nadie tocara.

Belvina, sentada al borde de la cama, se sobresaltó. Su cabeza giró de golpe.

Su mirada era cortante.

—No entres al cuarto de alguien así como así —le espetó con frialdad—. Toca antes de entrar.

Alden permaneció en el umbral. Sin moverse. Sin disculparse tampoco. Pero sus ojos estaban clavados en la mujer frente a él.

Un segundo. Dos segundos.

Normalmente, en cuanto él aparecía en esa puerta, Belvina habría desplegado una sonrisa amplia al instante.

Se habría puesto de pie a toda prisa. Habría ido hacia él. Como si su presencia fuera lo más esperado del mundo.

Pero ahora...

No hubo sonrisa. No hubo un solo paso hacia él. No hubo... nada. Lo que hubo fue una voz gélida. Una mirada afilada. Y eso resultaba mucho más perturbador.

Alden entró. Despacio. La puerta se cerró a sus espaldas.

Clic.

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