En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 15
En la parte más baja del palacio, lejos del lujo y de la luz del sol, estaban las celdas privadas del Emperador. El aire allí abajo era frío, húmedo y olía a piedra vieja. No había ventanas, solo antorchas pegadas a las paredes de piedra que soltaban un humo denso.
Lucian y Daphne Ash llevaban dos días encerrados en ese lugar. Sus ropas de seda caras ya estaban sucias y arrugadas. Daphne intentaba mantener la postura sentada en un banco de madera, pero el miedo le hacía temblar las manos. Lucian caminaba de un lado a otro como un animal atrapado, lanzando maldiciones entre dientes.
La puerta de hierro del pasillo se abrió con un ruido pesado.
Magnus entró a la celda solo, sin guardias detrás de él. No los necesitaba. Vestía su túnica oscura de Emperador y llevaba la espada colgada al cinto. Su presencia llenó el lugar de inmediato, y su fuerte aroma a pino y tormenta se volvió pesado en el aire frío de la mazmorra.
—¡Esto es una locura, Majestad! —gritó Lucian en cuanto lo vio, dando un paso al frente con la cara roja de rabia—. ¡Somos nobles del norte! ¡No puedes tenernos encerrados como a perros sin un juicio público frente al senado!
Magnus no respondió. Caminó despacio hasta la mesa de madera que estaba en el centro de la celda y tiró sobre ella dos tomos pesados. Eran los libros contables del norte.
Daphne miró los papeles y se le fue todo el color de la cara.
—Ese dinero era parte de los gastos del ducado... —empezó a decir Daphne con la voz temblorosa, tratando de sonar tranquila—. Son errores de nuestros contadores, nada más.
—No son errores —dijo Magnus con una voz baja y helada que resonó en las paredes de piedra—. Tardaron tres años en armar este robo. Inventaron viajes de barcos que nunca salieron, compras de comida que jamás llegaron y pagos a soldados que no existen. Se quedaron con miles de monedas de oro del imperio.
—¡Eso no demuestra nada! —interrumpió Lucian, apretando los puños—. ¡Nadie en este palacio tiene la capacidad de entender esos libros! ¡Tus contadores pasaron días mirándolos y no encontraron nada! ¡Alguien te metió ideas en la cabeza!
Magnus soltó una risa corta, sin nada de gracia. Sus ojos rojos brillaron con oscuridad bajo la luz de las antorchas.
—Mis contadores no lo encontraron —dijo el Emperador, apoyando las manos sobre la mesa y acercándose a Lucian—. Lo encontró Aeryn.
Al escuchar ese nombre, Daphne soltó un grito ahogado de rabia.
—¡Esa maldita Omega! —maldijo Daphne, perdiendo del todo la compostura y apretando las uñas contra su vestido—. ¡Esa mujer es una rata del sur! ¿Vas a creerle a una sucia Omega que estuvo escondida durante seis años en lugar de a tus nobles?
—Aeryn encontró cada una de las tramas que armaron en menos de media hora —respondió Magnus, con un tono firme que hizo callar a Daphne al instante—. Ella es mil veces más lista que ustedes dos juntos.
Lucian apretó los dientes con furia.
—¡Todo es por esa mujer y por su bastardo! —gritó Lucian fuera de sí, olvidando con quién estaba hablando—. ¡Nos humillaste frente a los guardias por salvar a ese niño! ¡Nos quitaste nuestras tierras por culpa de sus mentiras! ¡Ojalá la hubiéramos encontrado primero en el sur para desaparecerla a ella y a ese perro con tus mismos ojos!
El aire de la celda se volvió helado en un segundo.
Antes de que Lucian pudiera terminar de hablar, Magnus se movió con una rapidez increíble. Agarró a Lucian por el cuello con una sola mano y lo estampó contra la pared de piedra. El impacto resonó en todo el pasillo.
Daphne soltó un chido de terror y se pegó contra el rincón más alejado de la celda.
Lucian pataleaba en el aire, tratando de soltarse de la mano de hierro del Alfa, pero no podía ni respirar. Los ojos de Magnus estaban completamente rojos, llenos de una rabia peligrosa. El aroma a tormenta del Emperador se volvió tan aplastante que a los dos nobles les costaba trabajo tomar aire.
—Vuelve a nombrar a mi hijo o a Aeryn —dijo Magnus con una voz tan baja y amenazante que hizo temblar a Lucian—, y no necesitaré ningún libro contable para terminar contigo aquí mismo.
Magnus apretó los dedos un segundo más, disfrutando del terror en la cara de Lucian, antes de soltarlo. El noble cayó al suelo de rodillas, tosiendo con fuerza y agarrándose la garganta.
El Emperador se acomodó la túnica con total calma, recuperando el control de su cuerpo.
—A partir de hoy —habló Magnus mirándolos desde arriba—, sus títulos quedan cancelados. Sus tierras y su dinero pasan a ser propiedad de la corona para pagar lo que robaron. Se quedarán en esta celda hasta que yo decida qué hacer con ustedes.
—¡El senado no se va a quedar callado! —alcanzó a decir Daphne desde el rincón, llorando de rabia y miedo—. ¡Nuestros aliados van a protestar!
—Sus aliados están ocupados intentando que no los descubra a ellos también —respondió Magnus con una sonrisa helada—. Nadie va a venir a salvarlos.
Magnus dio media vuelta y caminó hacia la salida. Golpeó la puerta de hierro con la mano para que el guardia abriera desde afuera.
El Emperador ni siquiera se giró a mirarlo. Salió al pasillo y la puerta de hierro se cerró de golpe con un ruido seco, dejando a los dos nobles a oscuras con sus propias maldiciones.
Magnus subió las escaleras despacio. La rabia que sentía por las palabras de Lucian empezó a calmarse a medida que se alejaba de las mazmorras. Mientras caminaba de regreso al ala privada del palacio, solo podía pensar en llegar a la suite para ver a Ian y a Aeryn a salvo bajo su techo.