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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

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Capítulo 18

Cap 18: El cumpleaños de las hermanas

Nadie en aquel salón conocía el principio de la historia. Nadie, salvo doña Leticia, y ella se lo había tragado durante veinte años como quien traga un hueso.

Rosaura Nava y ella habían sido, de jóvenes, las mejores amigas del mundo. Rosaura era hija de la institutriz de la casa; crecieron juntas, dormían a veces en la misma cama, se contaban todos los secretos. Hasta que el padre de Leticia empezó a mirar a la institutriz de otro modo. La madre de Leticia se hundió en una tristeza sin fondo y murió de esa tristeza. Y en vísperas de la boda con que su padre pretendía coronar aquel romance escandaloso, él y la madre de Rosaura murieron juntos en un accidente de carretera, una noche de lluvia.

Leticia heredó una fortuna entera. Rosaura quedó en la calle, sin madre, sin apellido que la sostuviera, sin estudios, empujada a un matrimonio miserable con un hombre violento llamado Cástulo Nava. Dieron a luz el mismo día, en el mismo hospital, en cunas contiguas. Y alguien, esa madrugada, cambió a las dos bebés de lugar. Nadie supo nunca si fue venganza, descuido o destino con mala leche.

Leticia crió a la hija de su enemiga creyéndola propia, y la odió en secreto por parecerse cada año más a Rosaura. La otra niña creció en la pobreza y los golpes, hasta que hace tres años una prueba de ADN la trajo de vuelta a reclamar "lo suyo": Susana.

Esa era la herida vieja, envenenada, que latía invisible bajo los candelabros del Cumbre esa noche.

Susana hizo su entrada como una diva de telenovela. Maquillaje de portada, pestañas postizas, una corona de brillantes en la cabeza que valía una casa, un vestido rojo encendido con una abertura que le subía hasta medio muslo. Los flashes de los celulares la rodearon en cuanto puso un tacón en el salón.

Entonces, por la escalera de caracol del fondo, bajó Ximena.

Vestido blanco. Sencillo. Sin una sola joya encima más que el collar Redención, que le latía discreto en el pecho. Y el blanco, contra la luz cálida y dorada del salón, la volvió luminosa, etérea, imposible de no mirar. Al lado de esa aparición, el rojo estridente de Susana, de golpe, se vio barato, gritón, de mal gusto.

—Qué belleza —murmuró una señora, tapándose la boca con el abanico—. La hija de crianza opaca a la de sangre sin proponérselo.

—Y fíjate cómo la trata la madre —contestó otra por lo bajo—. A esta ni la voltea a ver. A la del vestido rojo la baña de atenciones delante de todos. Se le nota el favoritismo a leguas.

Susana oyó los murmullos —los estaba cazando— y le hirvió la sangre. Alzó la voz de golpe, para que medio salón la escuchara.

—¡Hermana! Qué bueno que llegaste. —Sonrió con toda la dentadura—. Oye, ya que esta fiesta también es mía, ¿por qué no me sirves tú la primera copa de champaña? Quiero que todos vean cuánto me quieres. Ah, y de paso —soltó una risita, señalándose los pies—, me limpias estos zapatos, que se me ensuciaron en la escalera. Piénsalo como tu regalito para mí.

Varios celulares se alzaron al mismo tiempo, grabando. El salón entero contuvo el aliento, saboreando de antemano el espectáculo de la orgullosa Ximena Salazar humillada de rodillas ante toda la sociedad de Monteverde.

Ximena tomó una copa llena de la charola de un mesero. Caminó despacio, con una calma pasmosa, hacia Susana. Y en lugar de agacharse, volteó la copa entera, de un movimiento limpio, sobre los zapatos de cristal cuajados de diamantes.

La champaña corrió, espumeando, sobre las piedras.

—Considéralo un brindis —dijo Ximena, con una serenidad de hielo—. En la casa donde me criaron se brinda por lo que ya terminó y no merece resucitar. —Alzó un poco la barbilla, mirándola de arriba abajo—. Y algo en ti, hermana, lleva muerto desde hace rato.

Susana se puso morada bajo el maquillaje.

—¡Cómo te atreves, estos zapatos costaron una fortuna, son de edición limitada...!

—Un cuarto de lo que cuesta el collar que traigo puesto ahora mismo. —Ximena ni parpadeó—. No compares peras con manzanas, se te nota lo nueva.

Una risa ahogada recorrió el salón. Alguien, entre las invitadas, reconoció la pieza.

—Ese collar... —murmuró una señora, entornando los ojos—. Ese es un MissY. Uno de los últimos. Lo vi en el catálogo de QUEEN. Vale una fortuna. ¿De dónde lo sacó la conductora esa?

—Un regalo, seguro —contestó otra, con envidia mal disimulada—. Alguien muy poderoso se lo puso en el cuello. Nadie compra un MissY para sí misma sin que se sepa.

Susana oyó el murmullo y se le agrió la sonrisa. Ella había pagado una corona de brillantes para ser el centro de su propia fiesta, y toda la sala hablaba del collar sencillo que colgaba del cuello de la arrimada. Le hervía la sangre. Cada minuto que pasaba, Ximena le robaba la noche pedazo a pedazo, sin esfuerzo, con solo estar de pie.

En eso, Susana jugó su carta guardada. Chasqueó los dedos hacia una puerta lateral, y por ahí entró Lili, con el vientre ya muy abultado, sostenida del brazo como una reina frágil y doliente.

—¡Ah, y les quiero presentar a alguien! —anunció Susana, tomándole la mano a Lili y acariciándole la barriga con una exhibición descarada—. Esta es Liliana, mi nueva amiga del alma. La pobrecita ha sufrido tanto, tanto. Ahora es la prometida del heredero de los Ayala, y muy pronto va a darle un hijo varón. —Clavó los ojos, filosos, en Ximena—. Qué distinto, ¿verdad, hermana?, tener el amor verdadero de un hombre... a tener que fingir delante de todos que no te importa que te lo hayan quitado en tus narices.

Los fines de las dos coincidían como dos cuchillos apuntando al mismo cuello: arruinar a Ximena, forzar el divorcio, dejarla sin marido, sin apellido y sin cara ante la sociedad.

En ese momento, las puertas del salón se abrieron y entró Fernando. Lo habían engañado para que asistiera, prometiéndole quién sabe qué. Se detuvo en el umbral, olfateó el aire cargado de tensión, vio a Lili exhibida del brazo de Susana como un trofeo, vio la champaña derramada brillando en el suelo, y su mirada fue directa, como un imán a su polo, hasta Ximena de blanco en el centro del salón.

Ella no le devolvió la mirada. Se volvió apenas hacia Susana y bajó la voz hasta un susurro que solo ellas dos pudieron oír, por debajo de la música.

—Todavía puedo hacer que pases muchísima más vergüenza esta noche, hermana. —Sonrió, apenas, sin calor—. Delante de toda esta gente. ¿Quieres probar hasta dónde llego?

1
Mar Sol
¡¡Ándale!! ya se le cayó el teatrito a Fernando ¿cuál será su respuesta? jajajaja
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