Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
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Visita a la clínica
El convoy de camionetas negras se detuvo frente a la entrada privada de la Clínica San Lucas. Matteo, en un gesto inusual de "concesión", le había permitido a Ana visitar a sus padres, pero no sin antes recordarle las reglas con una frialdad gélida: dos horas, vigilancia constante y ni una palabra que pusiera en duda la versión de la beca en Suiza.
Ana bajó del vehículo vistiendo un conjunto de lino oscuro, elegante pero sobrio, que gritaba una riqueza que no le pertenecía. Sus guardaespaldas se quedaron a una distancia prudencial, pero su presencia era una sombra constante que le recordaba que, incluso en un hospital, seguía siendo una prisionera.
Al entrar en la suite de recuperación, el corazón de Ana se encogió. Lorenzo estaba despierto, sentado en la cama con el torso vendado, mientras Teresa le leía un libro en voz baja. Al ver a su hija, los ojos del viejo obrero se iluminaron con una chispa de vida.
—¡Ana! Mi niña... —la voz de Lorenzo era débil, pero llena de un amor que hizo que Ana se sintiera como la traidora más grande del mundo—. Mira este lugar. Dicen que tu empresa lo paga todo. No sé cómo agradecerte este sacrificio.
Ana se acercó y tomó su mano, evitando mirar a su madre a los ojos. Teresa, con el instinto de quien ha criado a un hijo notaba algo diferente en la postura de Ana, en la forma en que su mirada se desviaba del presente.
—Lo importante es que estés bien, papá —susurró Ana—. En Suiza están muy contentos con mi trabajo. Solo... solo quería verlos antes de tener que volver a "viajar".
—¿Te volverás a ir? —preguntó Teresa, su voz cargada de una preocupación que ocultaba una sospecha profunda.
—Les prometo que volveré pronto, pero en este momento necesito regresar al trabajo, estoy trabajando en algo importante... —Ana hizo una pausa. Sabía que su "trabajo" era mantener caliente la cama de un demonio y ser el trofeo de un imperio criminal—. Regresaré, lo prometo.
La visita transcurría en una paz tensa hasta que la puerta se abrió de golpe. Elena y Carla, sus mejores amigas de la universidad, entraron cargadas de flores y revistas. Se detuvieron en seco al ver a Ana. El silencio que siguió fue denso como el plomo, roto solo por el pitido constante de los monitores médicos.
—¿Ana? —Elena soltó las flores sobre una silla—. ¿Qué haces aquí? Pensamos que ya estarías en Zúrich. Jessica nos dijo que te habías ido sin siquiera despedirte.
—Tuve que volver por unos trámites de la visa —mintió Ana, sintiendo que el oxígeno de la habitación se agotaba—. Fue algo de último minuto.
Carla, la más observadora del grupo, caminó alrededor de Ana, analizando el corte impecable de su ropa, el reloj de diseñador en su muñeca y, sobre todo, la marca púrpura en la base de su cuello; una señal de posesión que el cuello del vestido no lograba ocultar por completo.
—Qué trámites tan lucrativos, Ana —soltó Carla con una voz cargada de sospecha—. Ese reloj cuesta más que nuestra carrera entera. Y esos hombres que están parados en el pasillo... no parecen empleados de una agencia de becas. Parecen mercenarios.
—Son seguridad de la empresa —respondió Ana, tratando de mantener la firmeza que Matteo le había exigido—. Suiza es muy estricta con sus becarios de investigación confidencial.
Elena, al ver la incomodidad evidente y el temblor en las manos de su amiga, intervino de manera asertiva, intentando suavizar el ambiente.
—Vamos por un café, necesitamos ponernos al día.
—No tengo mucho tiempo, chicas. En menos de una hora debo estar en el aeropuerto —mintió Ana de nuevo, sintiendo cómo cada palabra le quemaba la garganta.
Elena se acercó y la tomó por los hombros, obligándola a alejarse de la cama de sus padres para hablar en el rincón más alejado de la sala.
—No nos mientas más, Ana. Fuimos a la facultad a preguntar por esa supuesta beca y nos dijeron que no existe tal programa de intercambio este semestre. Y Miguel... Miguel ha desaparecido de la faz de la tierra, pero en el campus dicen que anda metido en cosas turbias.
—Déjenlo en paz —espetó Ana. El nombre de Miguel le provocó una punzada de rabia que casi supera al dolor de la traición—. Él ya no es parte de mi vida.
—¿Y quién es parte de tu vida ahora? —preguntó Carla, bajando la voz al notar que Teresa las observaba con atención—. Vimos las camionetas afuera. Son las mismas que estaban en la discoteca la noche que ese hombre te "elegió". Ana, dinos la verdad: ¿estás en problemas? ¿Ese tipo te tiene a la fuerza?
Ana miró hacia la puerta de cristal, donde la silueta de uno de los hombres de Matteo se recortaba contra la luz fría del pasillo. Sabía que si decía la verdad, la cuenta de la clínica se cerraría antes del anochecer. Sabía que si confesaba, pondría una marca en la espalda de sus amigas.
—Estoy donde quiero estar —dijo Ana, endureciendo la mirada y adoptando la frialdad cortante que había aprendido de Matteo—. Estoy salvando a mi familia. Si eso no les gusta, o si no pueden entender que la vida no es siempre como en los libros de texto, es su problema. Suiza es un contrato, y mi contrato es con gente que cumple lo que promete.
—Te han lavado el cerebro —susurró Elena, retrocediendo con horror—. O peor aún... te has convertido en una de ellos.
Ana no respondió. Se dio la vuelta para darle un beso de despedida a sus padres, sintiendo cómo el abismo entre su antigua vida y su presente se ensanchaba hasta volverse insalvable. Al salir de la habitación, las lágrimas que había contenido durante dos horas empezaron a rodar, pero se las limpió con un movimiento brusco antes de que sus guardaespaldas pudieran ver una debilidad.
No sabía que, desde una de las cámaras de seguridad de la clínica, Matteo —usando sus accesos como un Morerri— estaba observando toda la escena. Sonrió con una satisfacción gélida al ver cómo Ana se quedaba sin amigas, sin aliados y, pronto, sin familia. Estaba logrando su objetivo: dejarla sola en el mundo para que solo pudiera acudir a él. Sin embargo, al verla romperse y llorar en el pasillo, un sentimiento extraño y punzante apareció en su pecho; una sombra de algo que él no se podía permitir sentir por nadie. Fue un parpadeo de debilidad que borró rápidamente con un trago de su propio odio.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana