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Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: El edificio de cristal

El autobús rechinó hasta detenerse en la parada principal de la ciudad, y yo bajé con la cabeza alta, aunque mi corazón latía con una mezcla de miedo y determinación que me recorría todo el cuerpo.

La ciudad. Ruidosa, sucia, llena de gente apurada que no miraba a nadie. En mi vida anterior la había odiado. La había temido. Ahora la veía con otros ojos: era un campo de batalla, y yo venía a ganar.

Caminé tres cuadras hasta que el edificio del Grupo Montenegro se alzó frente a mí, cortando el cielo con sus cincuenta pisos de cristal y acero. Me detuve un instante en la acera, alzando la vista, y una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

La última vez que había estado aquí, había entrado por la puerta principal como una invitada más a esa fiesta de productos orgánicos, con mi vestido sencillo y mis manos sudorosas, sin saber que esa noche cambiaría mi vida para siempre.

Ahora entraba por la puerta de servicio. Como limpiadora.

Y estaba exactamente donde quería estar.

 

La oficina de Recursos Humanos estaba en el sótano, una habitación pequeña y mal ventilada con tres sillas de plástico y una recepcionista que no levantaba la vista del celular.

—¿Nombre? —preguntó sin mirarme.

—Lucía Fernández.

—¿Puesto?

—Personal de limpieza, turno nocturno.

Ella levantó una ceja, finalmente me miró, y sus ojos recorrieron mi falda azul, mis botas de goma, mi trenza. Noté el desprecio rápido que cruzó su rostro. En otra vida me habría sonrojado y habría bajado la mirada. Ahora le devolví la mirada con calma.

—Pase a la sala de entrevistas. La encargada está con otro candidato.

Me senté y esperé. A mi lado, una mujer de unos cuarenta años con las manos curtidas por el trabajo me sonrió con amabilidad.

—¿Primera vez que postulas aquí? —me preguntó en un susurro.

Asentí.

—Te aviso —continuó ella, bajando la voz—, el turno nocturno es el peor. Te toca limpiar los pisos ejecutivos, las oficinas de los jefes... y esos señores son bien exigentes. Pero pagan el doble que el turno de día.

—Lo sé —respondí, y no pude evitar que una sonrisa se me escapara—. Por eso vine.

Ella me miró extrañada, pero no dijo nada más.

 

La entrevista duró quince minutos. La encargada, una mujer severa de traje gris llamado la señora Morales, me hizo las preguntas de rutina: experiencia, disponibilidad, referencias.

Yo respondí con sinceridad medida. Sí, había trabajado limpiando en la feria municipal. Sí, podía empezar mañana mismo. No, no tenía problemas con el turno nocturno.

—¿Y por qué quieres trabajar de noche? —me preguntó de pronto, clavándome con sus ojos—. La mayoría de las mujeres jóvenes prefieren el día.

La pregunta era una trampa. Lo sabía. Si decía la verdad —que quería acceso a los pisos ejecutivos para espiar, escuchar y recopilar información— me echarían en un segundo.

Sonreí, la sonrisa dulce y un poco triste de la chica de campo que todos subestimaban.

—Por el sueldo, señora —dije con voz suave—. Tengo... deudas. Y el turno nocturno paga más. Además, de día tengo que atar mis gallinas.

Señora Morales soltó una risita seca, pero vi cómo sus ojos se suavizaban un poco. La historia de la chica pobre que trabaja de noche para salir adelante era convincente. Demasiado convincente.

—Está bien —dijo, firmando un papel—. Empiezas mañana. Turno de ocho de la noche a cuatro de la mañana. Piso 45, oficinas ejecutivas. Uniforme te lo dan aquí. Y una regla muy importante: si ves a alguien del consejo directivo o al señor Montenegro, te haces a un lado, miras al suelo y no hablas. ¿Entendido?

Mi corazón dio un vuelco al oír su nombre, pero no lo demostré.

—Entendido, señora.

—Puedes irte. Mañana a las siete y media aquí, para el uniforme y la inducción.

Salí de la oficina con el papel de contratación apretado en la mano. El primer paso del plan estaba dado.

 

Iba caminando hacia la salida, por el pasillo del sótano, cuando escuché voces que se acercaban. Me apreté contra la pared, instintivamente, como me habían enseñado que debía hacer una limpiadora: invisible, pequeña, en el camino de nadie.

Dos hombres pasaron a mi lado, hablando en voz baja pero acalorada. Uno era alto, vestido con un traje azul que le quedaba perfecto, con el cabello negro peinado hacia atrás y unos anteojos que le daban aire de intelectual. El otro...

El otro era Alejandro Montenegro.

Mi respiración se detuvo por completo.

Lo había visto en fotografías, en noticieros, en la portada de revistas de negocios. Pero ninguna imagen le hacía justicia. Era alto, más alto de lo que recordaba, con esos hombros anchos que llenaban su traje negro a la perfección. Su mandíbula estaba afeitada con precisión, su nariz recta, y esos ojos... esos ojos oscuros, intensos, que la noche de la fiesta me habían mirado como si yo fuera el centro del universo.

Caminaba con una postura de quien está acostumbrado a mandar, a que todos se aparten a su paso. Y efectivamente, todos en el pasillo se apartaron. Todos menos yo, que estaba pegada a la pared, inmóvil, como un animal que se topa con un depredador y sabe que cualquier movimiento puede delatarlo.

Pasaron a mi lado. Alejandro no me miró. Por supuesto que no me miró. Para él, yo era solo una figura más en la sombra del sótano, una limpiadora anónima entre cientos.

Y eso era exactamente lo que yo quería.

O al menos, eso era lo que me repetía a mí misma, mientras sentía cómo mi corazón se aceleraba de una forma que no debería, cinco años después y con una hija en camino.

—...la junta de accionistas es la semana que viene —decía el hombre de los anteojos, que reconocí como Ricardo, su socio y amigo de toda la vida—. Los de Vega siguen presionando para que vendamos la división de alimentos orgánicos. Dicen que no es rentable.

Alejandro se detuvo en seco, a solo tres metros de mí. Yo contuve la respiración.

—La división de orgánicos no se vende —dijo su voz, grave, profunda, una voz que yo recordaba mejor que ninguna otra, porque me había susurrado cosas al oído durante toda una noche—. Es el futuro. Y si los accionistas no lo ven, que busquen otro donde invertir.

—Pero Alejandro, los números...

—Los números cambiarán —lo cortó él, y empezó a caminar de nuevo—. Tengo un plan. Solo necesito tiempo.

Se alejaron, y sus voces se perdieron en el pasillo.

Yo me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo frío del sótano, jadeando.

La división de alimentos orgánicos. Mi pequeña granja de huevos orgánicos. Alejandro Montenegro quería expandirse en ese mercado. En mi vida anterior, Carlos y Elena me habían robado la granja justo cuando el Grupo Montenegro empezó a buscar proveedores locales... y ellos se habían convertido en los proveedores, haciéndose ricos con mi tierra, mi trabajo, mi sueño.

Ahora lo entendía todo. No había sido casualidad. Carlos había estado conspirando con alguien dentro del Grupo Montenegro. Alguien que le había dado información privilegiada. Alguien que le dijo que, si se quedaba con mis tierras, podría venderle huevos orgánicos al imperio Montenegro por un precio millonario.

Una carcajada amarga me salió de la garganta.

El destino no solo me había dado una segunda oportunidad. Me había dado todas las cartas.

 

Salí del edificio y el sol de la tarde me golpeó el rostro. Saqué el viejo celular que tenía en el bolsillo —un modelo de hace años, con la pantalla rajada— y marqué un número que conocía de memoria.

—¿Diga? —respondió una voz femenina, cansada.

—Sofía, soy yo —dije, y mi voz tembló un poco al oír la voz de mi mejor amiga, la única persona que en mi vida anterior había estado conmigo hasta el final, que había llorado en mi funeral cuando nadie más lo hizo—. Necesito verte. Tengo un plan. Y esta vez... vamos a ganar.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Lucía... ¿estás bien? Tu voz... suena diferente.

Miré el edificio de cristal que se alzaba detrás de mí, y luego miré mis manos, las manos jóvenes de una chica de veintitrés años que aún tenía toda la vida por delante.

—Estoy mejor que nunca —respondí, y esta vez mi voz no tembló—. Esta vez, yo tengo el control.

Colgué y empecé a caminar hacia la parada del autobús. En mi cabeza, los engranajes del plan giraban uno a uno, encajándose perfectamente.

Mañana, primer día de trabajo. Piso 45. Oficinas ejecutivas.

Mañana, estaría a metros de Alejandro Montenegro todas las noches. Escucharía sus conversaciones. Sabría sus movimientos. Sabría quién dentro de su empresa estaba conspirando con Carlos.

Y tres días después, Carlos le propondría matrimonio a Elena a mis espaldas.

En mi vida anterior, yo lo había descubierto por accidente, una semana después, y me había derrumbado. Había llorado, había rogado, había intentado "arreglar las cosas".

Esta vez, yo sabía exactamente qué día, a qué hora y en qué restaurante sería.

Esta vez, yo aparecería allí. Con una cámara. Con testigos. Con una sonrisa.

Esta vez, serían ellos los que se derrumbaran.

El autobús llegó y subí. Mientras el vehículo se alejaba de la ciudad, yo miré por la ventana los campos verdes que se extendían a los lados, mis campos, mi hogar, y acaricié mi vientre plano.

—Aguanta un poquito más, mi princesa —susurré—. Mamá está construyendo un imperio para ti. Y nadie... nadie... nos va a quitar nada nunca más.

En la distancia, el sol se ocultaba tras las colinas, tiñendo el cielo de naranja y violeta.

Y en mi pecho, el fuego de la venganza ardía más brillante que nunca.

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nezhan
Hola, Rosemary, muchas gracias por leer con tanto detenimiento y por tus excelentes preguntas. 💛

Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.

En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
nezhan
Hola, Jessica, gracias por tu comentario. 🐔💛

Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.

Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨
Rosemary Hernandez
de dónde salió esa primera hija?
Jessica Flores
los animalitos son guardianes 🥰,y la gallina clara es su guardiana
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