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El Caos En Mi Refugio

El Caos En Mi Refugio

Status: En proceso
Genre:Escuela / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.

Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar

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Capítulo 8: Desastre en los Estantes

​El aire de la biblioteca a las cuatro y media de la tarde era una mezcla denso de polvo suspendido en los rayos de luz sobre las mesas de roble, el olor seco de la celulosa vieja y el perfume demasiado dulce con el que Patricia intentaba marcar presencia a medio metro de Mateo. Para cualquier estudiante en época de exámenes, aquel lugar representaba la paz; para Mateo, era un calabozo de alta seguridad donde cada movimiento en falso amenazaba con activar una alarma.

​Llevaban casi una hora de turno. Mateo permanecía de pie al final del pasillo seis, sosteniendo una bayetilla de microfibra con la que se suponía que debía limpiar las baldas superiores. Sus manos, diseñadas para agarrar balones de cuero con costuras gruesas y frenar embestidas de cien kilos en el campo de hierba, se sentían ridículamente torpes rozando la madera barnizada.

​A pocos metros de distancia, al otro lado de la estantería central, las voces de Lola y Andrés llegaban a sus oídos en un murmullo rítmico y constante. No gritaban, no se reían con estridentismo; hablaban con una fluidez casi ensayada, interrumpiéndose con amabilidad para cotejar códigos de catalogación. Cada vez que el murmullo de Andrés se pausaba y la voz suave de Lola respondía con una pequeña afirmación, a Mateo se le tensaban los tendones del cuello.

​—Si sigues frotando esa madera con esa fuerza, vas a levantar el barniz, García —musitó Patricia a su lado, apoyándose en la estantería con los brazos cruzados. Tenía los ojos fijos en la lista de asistencia, pero la sonrisa en la comisura de sus labios delataba que no se le escapaba un solo detalle de la tortura silenciosa del capitán.

​—Estoy limpiando —gruñó él en un hilo de voz, sin mirarla.

​—Estás a punto de romper la balda —corrigió ella con frialdad—. Y mientras tú pareces un guardia de seguridad a punto de perder la paciencia, mira allá atrás. Andrés le está enseñando la sección de tomos raros. Ella parece fascinada.

​Mateo apretó los dientes hasta que las mandíbulas le dolieron. La tentación de decirle a Patricia que se callara era enorme, pero sabía que ella tenía la llave de su permanencia en ese lugar. Si Patricia reportaba a la Sra. Gutiérrez que él no estaba cumpliendo sus funciones, lo expulsarían del voluntariado esa misma tarde, dejándole el camino completamente libre a Andrés.

​En ese momento, la Sra. Gutiérrez emergió de la oficina trasera empujando un carrito metálico de dos niveles. Sobre la bandeja superior descansaba un bloque monumental de la Enciclopedia Universal Ilustrada: doce tomos de lomo ancho, encuadernados en piel oscura con grabado dorado en el lomo, pesados como lingotes de plomo y con los bordes gastados por décadas de uso.

​—Señorita Ramos —llamó la bibliotecaria con su voz pausada y rasposa—, estos volúmenes deben volver a la sección de consulta especial en el piso superior. Necesitamos que estén acomodados antes del cierre de las cinco.

​Lola se asomó desde el fondo del pasillo, secándose las manos en los pantalones.

​—Voy enseguida, Sra. Gutiérrez. Los subiré en dos tandas por la escalera auxiliar.

​La frase flotó en el pasillo como un desafío involuntario. Mateo sintió que las pulsaciones se le disparaban en las sienes. "Dos tandas". La oportunidad de demostrar algo —lo que fuera— se encendió en su cerebro con la urgencia de un instinto primario. Él no sabía descifrar el sistema Dewey, no leía literatura clásica ni sabía usar una pluma estilográfica, pero si había algo de lo que estaba absolutamente seguro, era de su fuerza física. Era su terreno, la única moneda de cambio que le quedaba para reclamar su utilidad en aquel espacio donde se sentía un inútil.

​Antes de que Lola pudiera dar tres pasos hacia el carrito, Mateo tiró la bayetilla sobre la balda y avanzó a grandes zancadas.

​—Yo los llevo —anunció con la voz demasiado alta para el silencio del recinto.

​Lola se detuvo en seco, mirándolo con una mezcla de sorpresa y prevención. Andrés, que caminaba medio paso detrás de ella con las manos en los bolsillos, alzó una ceja con tranquila curiosidad.

​—Mateo, son doce tomos de la edición de 1970 —dijo Lola, frunciendo el ceño—. Pesan muchísimo y las hojas están frágiles. Hay que llevarlos de cuatro en cuatro en el montacargas o subir con calma.

​—Pesan un par de kilos cada uno, Lola, no es para tanto —respondió él, esbozando una sonrisa torcida que pretendía transmitir confianza, aunque por dentro sus músculos estaban rígidos por la adrenalina.

​—García, no es una prueba de gimnasio... —intentó intervenir Andrés con tono moderado.

​—Nadie te pidió la opinión, Andrés —lo cortó Mateo de golpe, sin mirarlo, fijando la vista únicamente en los ojos de su amiga.

​Sin esperar más respuesta, Mateo se inclinó sobre el carrito y comenzó a apilar los libros. Uno, dos, tres, cuatro... La pila creció rápidamente hasta sobrepasar la altura de su pecho. El cuero frío de las encuadernaciones se sentía resbaladizo bajo sus palmas sudorosas. Cinco, seis, siete... Para cuando colocó el último volumen arriba, la torre de papel y piel le tapaba casi por completo la visión frontal, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás para poder ver por encima de la cima desequilibrada.

​El peso era considerable, al menos quince kilos de masa inestable, pero su orgullo pesaba infinitamente más.

​—Mateo, por favor, baja la mitad —le pidió Lola. Su voz ya no sonaba enfadada, sino teñida por un temor genuino al desastre—. Te vas a tropezar.

​—Tranquila. Tengo todo bajo control —dijo él, apretando los antebrazos contra los laterales de la pila para compactarla.

​Dio el primer paso. El centro de gravedad de la torre osciló peligrosamente a la izquierda. Mateo corrigió el movimiento dando un paso brusco hacia un lado, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por la nuca. El cuero de los tomos intermedios, desgastado por los años, carecía de fricción; la pila no actuaba como un bloque sólido, sino como una columna de arena que amenazaba con deslizarse con cada vibración de sus pisadas.

​Avanzó tres metros hacia la escalera de madera que conducía al altillo. Patricia lo observaba desde la distancia con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, dividida entre el asombro y la anticipación del fiasco. Andrés se mantenía a una distancia prudencial, con la postura erguida de quien evalúa el peligro inminente.

​Lola caminaba a dos pasos de él, con las manos extendidas en el aire, listas para intentar sostener algo si la torre cedía.

​—Mateo, detente. Por favor —suplicó ella en un susurro urgente.

​Justo al llegar al primer peldaño de la escalera, la suela de goma del tenis derecho de Mateo rozó el borde del zócalo de madera. No fue un tropiezo violento, solo un pequeño desnivel imprevisto de un par de milímetros. Pero fue más que suficiente.

​El tomo número seis se deslizó hacia afuera como una ficha de dominó.

​Mateo intentó inclinar el torso hacia atrás para compensar el desplazamiento, pero el gesto solo aceleró la tragedia. La pila entera se fracturó en tres secciones. Con un crujido seco y aterrador, los doce volúmenes masivos se desparramaron por el aire en un arco caótico.

​El impacto fue ensordecedor en medio de la acústica sagrada de la biblioteca.

​Tres tomos pesados golpearon directo contra la mesa de exhibición de novedades, haciendo saltar por los aires varios tinteros decorativos y un tarro de sujetapapeles metálicos que cayeron al suelo con un tintineo escandaloso. Los volúmenes restantes cayeron en cascada sobre el suelo de roble: algunos se abrieron de golpe, doblando sus hojas amarillentas contra el suelo; uno de ellos impactó contra la base de un estante adyacente, haciendo temblar los libros de la balda inferior, y la portada de piel del tomo más antiguo se entreabrió con un chasquido que sonó casi como un hueso rompiéndose.

​Un polvo denso y antiguo se levantó de las páginas abiertas, flotando en el haz de luz del ventanal.

​El silencio que siguió al estrépito fue absoluto, sofocante y helado.

​Mateo se quedó petrificado en la base de la escalera, con los brazos todavía extendidos en el aire en la posición en la que sostenía la torre vacía. Las palmas de sus manos temblaban imperceptiblemente. El rostro le ardía con un calor violento que le descendía hasta el pecho; sentía que los ojos de todo el recinto —la Sra. Gutiérrez paralizada en la puerta de su oficina, Patricia tapándose la boca con una mano, los dos estudiantes de fondo que habían levantado la cabeza de sus cuadernos— estaban clavados en él como agujas.

​Lola no gritó. No soltó ningún exabrupto. Se limitó a bajar lentamente las manos que había mantenido abiertas en el aire. Miró el suelo cubierto de hojas dobladas, lomos desencajados y pequeños trozos de piel desgastada que se habían desprendido de las esquinas. Luego, levantó la mirada hacia Mateo.

​En sus ojos castaños no había la rabia explosiva que él conocía. Había una decepción profunda, cansada y amarga. Una mirada que le decía, sin necesidad de articular una sola palabra, que él acababa de confirmar exactamente todo lo que ella temía: que era un peligro inmaduro para las cosas que ella valoraba.

​—Lo... lo siento —alcanzó a murmurar Mateo, con la voz quebrada por una humillación tan densa que le costaba respirar. Se inclinó torpemente hacia el suelo para recoger el primer libro que tenía cerca.

​—No toques nada —dijo Lola. Su voz no tuvo tono elevado, pero sonó tan tajante que Mateo se congeló con los dedos a un centímetro del cuero gastado.

​Lola se hincó de rodillas en el suelo sin importar que la falda se le ensuciara con el polvo acumulado. Con gestos infinitamente delicados, comenzó a cerrar los tomos abiertos, alisando las hojas dobladas con las yemas de los dedos como si estuviera atendiendo a un herido.

​Antes de que Mateo pudiera intentar articular otra disculpa, Andrés se agachó a su lado. Se arrodilló con naturalidad sobre la madera, recogió dos de los volúmenes más alejados y comprobó que la encuadernación no estuviera rota antes de juntarlos con cuidado sobre el regazo de Lola.

​—El tomo cuatro está intacto, solo se dobló la solapa —dijo Andrés con una voz tan serena y pausada que actuó como un bálsamo sobre el ambiente destruido—. El tomo ocho tiene un pequeño rasguño en la lomo, pero la Sra. Gutiérrez puede arreglarlo con cola de encuadernar. Tranquila, Lola.

​Lola dejó escapar un largo suspiro tembloroso y asintió, pasándose el dorso de la mano por la frente para retirarse un mechón de cabello suelto.

​—Gracias, Andrés —murmuró ella, buscando refugio en la compostura del chico de la camisa azul.

​Mateo continuaba de pie a medio metro de ellos, sintiéndose como un espectador grotesco en su propio desastre. Patricia se acercó despacio, le tocó el brazo con la punta de los dedos y le susurró en un tono de falsa conmiseración:

​—Mateo... tal vez deberías irte antes de que la Sra. Gutiérrez llame a la dirección.

​Él ni siquiera la escuchó. Su atención estaba completamente fija en la escena del suelo.

​Andrés ayudó a Lola a levantar la última pila de libros recuperados. Al ponerse de pie ambos, Andrés sacó un pañuelo de tela blanca de su bolsillo y se lo ofreció a Lola para que se limpiara el polvo de las manos. Luego, con una soltura aterradora, sacó de su bolsillo superior su pluma estilográfica y un pequeño cuaderno de notas.

​—Lola —dijo Andrés en voz baja, inclinándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara con claridad, aunque la acústica del lugar llevó cada palabra directamente a los oídos de Mateo—, esto demuestra que el trabajo aquí requiere que estemos perfectamente sincronizados. Para evitar estos imprevistos y coordinar los turnos directamente entre nosotros, sin intermediarios ni confusiones... dame tu número de teléfono. Así puedo avisarte exactamente cuando los carros estén listos.

​Lola se congeló por una fracción de segundo. Miró el cuaderno de Andrés, luego miró de reojo la figura destruida de Mateo y finalmente volvió los ojos hacia la calma absoluta que le ofrecía el capitán de debate. Para ella, en ese instante de caos y vergüenza, la propuesta de Andrés no sonaba a coqueteo; sonaba a orden, a lógica, a una forma de proteger el único lugar donde buscaba paz.

​—Está bien —asintió Lola en un murmullo.

​Tomó la pluma de la mano de Andrés y, con trazo firme y diminuto, escribió diez dígitos en la esquina de la hoja.

​El gesto fue simple, cotidiano, casi administrativo. Pero para Mateo, ver la mano de Lola sosteniendo la pluma de Andrés y dejando su número en ese libreta fue como sentir un golpe seco en el centro del esternón. El aire se le agotó en los pulmones.

La sensación de insuficiencia que lo había perseguido toda la semana se transformó en un veneno amargo que le quemaba las entrañas.

​Se sintió invisible. Descartado. Un estorbo grotesco que solo servía para romper cosas hermosas.

​Un impulso ciego, violento y desesperado se apoderó de sus piernas. No podía quedarse allí un segundo más viendo cómo Andrés guardaba el libreta en su bolsillo con una sonrisa de victoria contenida.

​Mateo dio media vuelta bruscamente. En su prisa por salir de allí, su bota chocó de frente contra el carrito metálico vacío que la Sra. Gutiérrez había dejado al lado del pasillo.

​En lugar de esquivarlo, impulsado por una rabia salvaje contra sí mismo y contra el mundo entero, Mateo soltó una patada brutal contra la estructura de hierro.

​¡CLANG!

​El choque metálico resonó en toda la biblioteca con el estruendo de una explosión. El carrito salió disparado tres metros hacia adelante, chocando contra una columna de yeso antes de volcarse de lado con un chirrido de ruedas fuera de eje.

​—¡Señor García! —gritó la Sra. Gutiérrez desde su mostrador, con la voz llena de indignación.

​Mateo ni se giró. Atravesó el pasillo central casi corriendo, empujando la puerta de cristal de la entrada con tal fuerza que el brazo hidráulico gimió por la presión.

​Salió al pasillo exterior, donde el aire fresco de la tarde le golpeó la cara hirviente. Bajó las escaleras del edificio principal a zancadas ciegas, escuchando el eco de sus propias pisadas retumbar en las paredes desiertas, sabiendo que acababa de abrir una grieta entre Lola y él que ninguna disculpa torpe volvería a cerrar.

1
Betty Saavedra Alvarado
Lobelia Lola y Mateo se comportan como dos adolescentes uno quiere el otro que decidirán irán a los eventos
Betty Saavedra Alvarado
Andrés se fue de la vida de Lola
Fernanda
mateo date prisa 💯
Fernanda
muy bien Andrés
Carolina A²V
ese es mi Mateo lento pero seguro 😊🥰
Carolina A²V
estoy de acuerdo con Andrés mueve ese lindo trasero y pídele a Lola que vaya contigo al baile de graduación 😜
Carolina A²V
era no es el centro de su mente 🤔
Carolina A²V
te va a reventar tu linda carita opps 🫣🫢
celimar
me encanta 💯💯
Fernanda
cada capitulo es un aprendizaje para lola tiene que crecer más en ellos me encanta esta historia 💯💯
Betty Saavedra Alvarado
Hay personas en la vida que le gusta hacer daño no dejar a que sean felices meten cizaña para que una relación no prospere
Carolina A²V
nunca hubo hay ni abra lástima entre ustedes así que ya deja esos fantasmas que solo te atormentan y sobre todo no escuches a la venenosa de patricia que sólo tiene envidia de ti
Carolina A²V
tu apoyo de siempre Lola
Carolina A²V
todo lo contrario a lo que Lola esperaba 🤔😉
Carolina A²V
ayyy Lola y tus inseguridades 😟
Betty Saavedra Alvarado
Esa Patricia ves una bruja
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Celina Espinoza
firme lola no le agas caso
Celina Espinoza
que lindo capitulo 👍👍
Fernanda
patricia solo quiere hopacarte no le des el gusto
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