«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 8: Emboscada en la ciudad
El distrito financiero de la capital bullía con su ritmo frenético habitual. Rascacielos de cristal reflejaban las nubes grises, mientras ejecutivos en trajes oscuros caminaban a toda prisa por las aceras húmedas. Dayana salió de L'Étoile, un exclusivo restaurante francés ubicado en el corazón de la zona corporativa. Acababa de reunirse con el abogado de su difunta madre para rescindir los poderes legales que Richard y su padre habían tenido sobre sus cuentas personales durante años.
Se detuvo en la escalinata de mármol del establecimiento, esperando a que el chofer asignado por Nolan trajera el vehículo blindado desde el estacionamiento subterráneo. El aire frío de la tarde golpeó su rostro, pero el abrigo de cachemira negra sobre su traje esmeralda la mantenía cálida. Ajustó los guantes de seda de sus manos, sintiendo el relieve de la alianza de platino bajo la tela. Se sentía ligera, libre de las cargas del pasado.
Sin embargo, la burbuja de control en la que se encontraba se rompió en un parpadeo.
De entre la multitud que caminaba por la acera, una silueta irrumpió con violencia, empujando a los transeúntes sin ninguna cortesía. Dayana se tensó de inmediato al reconocer los rasgos del hombre que avanzaba directamente hacia ella.
Richard.
Pero ya no era el hombre pulcro, arrogante e impecable de hacía veinticuatro horas. Su costoso traje de diseñador estaba arrugado, la corbata colgaba desalineada de su cuello y su cabello, usualmente peinado a la perfección, era un desastre salvaje. Tenía los ojos inyectados en sangre, ojeras profundas y una barba de un día que delataba una noche de absoluto desvelo y desesperación. Exudaba un aura de pura ruina y decadencia.
—¡Dayana! —su voz raspó como lija, cargada de un rencor tan denso que hizo que varias personas a su alrededor se detuvieran a mirar.
Dayana no retrocedió ni un solo paso. Enderezó la espalda y lo miró desde la altura de sus tacones de aguja. Sus ojos castaños, ahora delineados con una frialdad felina, lo evaluaron con desapego, como si estuviera observando a un insecto molesto.
—¿Qué estás haciendo aquí, Richard? —preguntó ella, su tono de voz tan cortante que pareció congelar el aire entre ambos— Este es un lugar público. Ten un poco de la dignidad que te queda.
—¿Dignidad? —Richard soltó una risa histérica, una mueca retorcida que deformó sus facciones— ¿Me pides dignidad después de lo que me hiciste? ¡Me has destruido, maldita perra calculadora! ¡Mi empresa está en quiebra! ¡La junta directiva me ha destituido esta mañana y los bancos han congelado hasta mis cuentas personales! ¡Todo por tu culpa!
Varios murmullos estallaron entre los presentes. Dos hombres de negocios que salían del restaurante se detuvieron en seco, reconociendo de inmediato los rostros de los protagonistas del escándalo del año.
—Tú te destruiste solo la noche en que decidiste meter a Vanessa en la cama de huéspedes, Richard —replicó Dayana, sin alterar el volumen de su voz, pero inyectando cada palabra con un veneno helado— Yo solo decidí cambiar de socio comercial. Alguien que, a diferencia de ti, sabe lo que valgo y respeta sus acuerdos.
Al escuchar la mención de la traición y, peor aún, al ver la transformación radical de Dayana —su nuevo corte de cabello implacable, su mirada altiva y la elegancia letal que ahora emanaba— el orgullo de Richard se hizo añicos. No podía soportar que la mujer que consideraba "aburrida" y "manipulable" se alzara por encima de él, protegida por el hombre al que él siempre había temido.
El rencor y la humillación pública nublaron por completo el juicio de Richard.
—¡Te vendiste a Nolan Cross! —rugió, dando un paso violento hacia el frente, acortando la distancia entre ambos— ¡Eres una maldita oportunista! ¿Crees que ese monstruo te quiere? Solo te usó por las acciones, igual que yo. Pero a diferencia de mí, él te desechará en cuanto se canse de ti. ¡Ven aquí! ¡Me vas a firmar la revocación de esas acciones ahora mismo o juro que...!
Cegado por la furia, Richard levantó la mano derecha y avanzó con brusquedad, extendiendo sus dedos curvos con la clara intención de jalarla del brazo, arrastrarla fuera de las escalinatas y descargar en ella toda la violencia física y verbal de su frustración.
Dayana contuvo el aliento, sus reflejos instintivos empujándola a tensar los músculos para defenderse.
Sin embargo, el impacto nunca llegó.
Una mano enguantada en fino cuero negro interceptó la muñeca de Richard en el aire con una precisión quirúrgica y una fuerza tan descomunal que el crujido de los huesos articulados pareció resonar en la escalinata de mármol. Richard soltó un quejido ahogado de dolor, su cuerpo congelándose a mitad del movimiento.
Dayana levantó la vista, sintiendo que un aire gélido e imponente invadía el espacio.
Detrás de Richard, emergiendo de la penumbra de una imponente limusina negra que acababa de detenerse frente a la acera sin que nadie lo notara, se alzaba una figura monumental. Su traje de tres piezas color azul noche era impecable, su porte destilaba una autoridad absoluta y sus ojos grises, tan afilados y despiadados como navajas, miraban a Richard con una fijeza asesina.
Es Nolan.
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