Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19 — Tras el ventanal
Fue Valentina quien le escribió primero, y le costó cada letra.
"¿Me puede recoger hoy? Necesito hablar con usted."
La respuesta llegó en menos de un minuto. "Paso por ti a las siete. Lino avisa."
Durante la tarde repasó cómo preguntárselo. Él había estado en la prueba, conocía a Toño y había exigido puntuaciones. Tal vez podía decirle qué le faltó. Valentina quería una respuesta que le sirviera para la siguiente audición, aunque le doliera escucharla.
El coche llegó a las siete en punto.
Al subir encontró a Damián con el teléfono guardado, esperándola. Le preguntó cómo le había ido en clase. Valentina contestó y dejó pasar el momento de hablar del casting. Volvió a intentarlo cuando ya estaban en el elevador de la Torre.
—Quería preguntarle una cosa —alcanzó a decir ella en el elevador, mirando los números subir.
—Arriba —dijo él, sin voltear.
Arriba, el departamento estaba a media luz, y la ciudad entraba entera por el ventanal, ese muro de vidrio del piso al techo detrás del cual la Ciudad de México ardía en millones de puntitos.
Valentina se quedó junto al cristal, de espaldas a la vista, decidida.
—Señor Mondragón. El casting. Yo bailé bien, y aun así…
—Fue una decisión de la producción. —Damián se acercó, aflojándose el nudo de la corbata—. Esas cosas pasan. No dependen de ti.
—¿Le dijeron por qué? Toño dijo que había bailado bien…
—Vale. —Le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó la cara, y su voz bajó a ese registro ronco que ella conocía demasiado—. No viniste a hablar de un papel.
—Sí vine.
—No. —Y la besó.
Desde el pasillo de la audición había vuelto a besarla en la boca, pero ella todavía esperaba el instante en que él decidiera recordar su antigua regla. Esta vez se acercó despacio. Valentina sintió el ventanal a su espalda y le apoyó una mano en el pecho.
—Esto no… —intentó, contra su boca.
—Lo sé.
Le fue bajando las manos por los costados y la cintura, y la volvió hacia el cristal. Valentina apoyó las palmas en el vidrio mientras él le apartaba el pelo del cuello con los labios. Había querido detenerlo para terminar la conversación. Ahora, al sentirlo tan cerca, le costaba volver a encontrar las palabras.
Lo que siguió lo hicieron ahí, contra el ventanal, con la ciudad debajo. Él la sostuvo por la cintura y ella se dejó llevar, mordiéndose la mano para no gritar su nombre. La pregunta no había desaparecido; por un rato pudo dejar de pensar en el correo de rechazo y en lo que iba a hacer después.
—Damián —dijo, tuteándolo, porque en esos minutos el usted no le cabía en la boca.
—Aquí estoy —contestó él, contra su nuca—. Aquí estoy.
Después vino la quietud.
Se quedaron un rato abrazados frente al vidrio. Él le apoyó la barbilla en el hombro y empezó a masajearle la cintura, justo donde le molestaba después de las suplencias en las telas. Valentina hizo un pequeño movimiento al sentir la presión.
—¿Te duele aquí? —preguntó, bajo.
—No —mintió Valentina.
—Mientes muy mal, mi Vale.
Él aflojó la presión y siguió. Valentina quiso decirle que un poco más abajo, pero se contuvo: todavía no le había explicado cuánto trabajaba con las telas. Le sorprendió que pareciera saber dónde le dolía.
Podía preguntarle. También podía volver al casting. En cambio, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra él. Hacía tiempo que nadie se detenía a aliviarle un dolor sin pedirle que siguiera trabajando enseguida.
Cuando Damián retiró la mano, ella se dio cuenta de que seguían sin hablar del motivo por el que lo había buscado.
* * *
Más tarde la llevó al vestidor.
Era un cuarto entero, más grande que la recámara de la casita, con las luces prendiéndose solas al entrar y las paredes forradas de ropa que ella nunca en su vida se pondría: vestidos con etiquetas colgando, zapatos alineados como en una tienda, cajones de terciopelo con joyas dentro.
—Toma lo que quieras —dijo Damián, recargado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados—. Lo que sea. Es tuyo.
Valentina pasó entre los espejos, leyendo algunas etiquetas sin descolgar nada. Buscaba prendas que pudiera volver a usar, algo que no dependiera de que él la llevara a otra cena.
Al final eligió otro vestido negro, de corte sencillo, y unos aretes de perla más pequeños que los de la cena. Podría ponérselos también para una entrevista de trabajo.
—Con esto está bien —dijo.
Damián arqueó una ceja.
—Hay medio clóset ahí.
—No lo necesito. —Se giró hacia él, con el vestido doblado sobre el brazo—. Y de todos modos se lo voy a pagar.
—¿Pagarme un vestido?
—Todo. —Levantó la barbilla—. Le voy a llevar una cuenta. Cada semana. De lo que gaste en mí, hasta el último peso. La mesada, la casa, esto. Para que el día que me vaya no le deba nada.
Damián dejó de mirar el vestido cuando ella dijo "el día que me vaya".
—Está bien —dijo, y se despegó del marco de la puerta—. Una cuenta por semana. Pero me la traes tú misma. Y me la enseñas aquí, en persona. —Se acercó, le quitó el vestido del brazo y lo acomodó en una percha para que se lo llevara—. Si quieres jugar a que me debes, Vale, vamos a jugar. Pero cobro yo las cuentas. En mano.
Valentina quería revisar cantidades. Él acababa de fijarle otra cita. Pensó en aclarárselo, pero primero necesitaba saber si iba a mostrarle los gastos o seguir diciéndole que era un juego.
—Tráigame los recibos, entonces —dijo—. No puedo llevar una cuenta sin saber lo que pagó.
—Lino los tiene.
Al menos había aceptado que revisara los recibos. Valentina pensaba pedirlos esa misma semana.
* * *
De vuelta en Coyoacán, colgó el vestido en el clóset y abrió los mensajes. Antes de revisar las cuentas necesitaba hacer otra cosa.
Buscó el número de Lino.
Lo tenía desde las primeras llamadas, guardado con un punto para no explicar quién era si alguien miraba sus contactos. Ahora cambió el nombre por "L.". No lo volvía más seguro, pero le resultaba menos extraño escribirle así.
Escribió despacio, borrando y volviendo a escribir.
"Lino, disculpe la hora. ¿Sabe dónde publican convocatorias de casting otras productoras? Quiero buscar trabajo por mi cuenta. No le pido que hable por mí; solo los contactos. Preferiría que quedara entre nosotros."
Se quedó con el pulgar encima de "enviar" un rato largo.
Lino trabajaba para Damián. Era lo primero que debía recordar, sobre todo al pedirle discreción. Pero conocía a las productoras y quizá le daría una dirección antes de contarle al jefe. Valentina estaba cansada de esperar que la llamaran. Si conseguía una convocatoria abierta, tendría dónde empezar.
Lo envió.
La respuesta tardó. Valentina dejó el teléfono a su lado y abrió una página nueva de la libreta para anotar nombres y fechas.
Cuando la pantalla se encendió, vio que Lino había leído el mensaje.