Un matrimonio que ninguno eligió. Un hombre que no la ama. Y un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
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CAPÍTULO 7 — La orden de Valentina
Aitana llegó a la mansión después de sus clases sin imaginar que aquella tarde terminaría siendo una de las más agotadoras de su vida. Apenas entró, notó que algo había cambiado. La casa estaba demasiado silenciosa y no había nadie del personal. Dejó su bolso en la entrada y caminó hasta la cocina, donde encontró a la nana preparando la cena con una expresión de preocupación.
—¿Dónde están todos? —preguntó Aitana.
La nana dejó lo que estaba haciendo y la miró con tristeza.
—El señor Gael los despidió.
Aitana frunció el ceño.
—¿A todos?
—A todos.
Antes de que pudiera preguntar la razón, escuchó pasos detrás de ella. Gael apareció en la cocina con una carpeta en la mano y la dejó sobre la mesa.
—Esto es para ti.
Aitana abrió la carpeta.
Lo que encontró dentro no era una simple lista.
Era un horario.
Había tareas para cada habitación de la mansión, horarios de limpieza, organización de armarios, cocina, lavandería, comedor, baños, jardines y una serie de responsabilidades que parecían no terminar nunca.
Aitana levantó lentamente la mirada.
—¿Qué es esto?
—Tus nuevas obligaciones.
—¿Nuevas?
—Desde hoy no habrá personal encargado de esas cosas.
Aitana volvió a mirar las hojas.
—¿Y esperas que haga todo esto después de ir a la universidad?
—Sí.
La respuesta fue tan fría que durante unos segundos Aitana no supo qué decir.
—Gael, tengo clases.
—Lo sé.
—Tengo trabajos, exámenes...
—Entonces aprenderás a organizarte.
La nana se acercó inmediatamente.
—Señor, esto es imposible. Ella no podrá estudiar y hacer todo esto.
Gael la miró con dureza.
—No te preocupes por ella.
Aitana cerró la carpeta.
—¿Por qué estás haciendo esto?
Gael tardó unos segundos en responder.
—Porque Valentina me hizo entender que si quieres formar parte de esta familia, tienes que demostrar que puedes asumir responsabilidades.
Aitana sintió una punzada en el pecho al escuchar nuevamente aquel nombre. Sin embargo, esta vez no discutió.
—Está bien.
Gael pareció sorprendido.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Aitana tomó la carpeta y comenzó.
No lo hizo porque creyera que Gael tenía razón. Lo hizo porque no pensaba abandonar sus estudios ni permitir que aquella situación terminara convirtiéndose en otra razón para que la gente la señalara.
La primera hora pasó rápido.
Después llegó la segunda.
Cuando terminó de ordenar la cocina, tuvo que comenzar con el comedor. Después vinieron los pasillos, las habitaciones, los baños y finalmente la ropa acumulada que debía quedar preparada para el día siguiente.
La mansión era enorme.
Cada vez que terminaba una parte, descubría otra pendiente.
A las diez de la noche, Aitana todavía seguía trabajando.
A las once, sus ojos comenzaron a cerrarse del cansancio.
A medianoche, la nana volvió a insistirle que descansara.
—Mañana tienes universidad.
Aitana negó con la cabeza.
—Si no termino, Gael dirá que no cumplí.
—No puedes seguir así.
—Puedo.
Pero incluso mientras pronunciaba aquella palabra, sabía que estaba llegando al límite.
A la una de la madrugada, seguía ordenando.
A las dos, todavía quedaban habitaciones.
Y cuando el reloj marcó las tres, Aitana seguía de pie, terminando de limpiar el último pasillo de la mansión.
Tenía sueño, estaba agotada y sabía que en pocas horas tendría que levantarse para ir a clases.
Aun así, no se detuvo.
La nana apareció nuevamente y la encontró apoyada unos segundos contra la pared.
—Aitana, por favor.
Ella respiró profundamente y volvió a ponerse de pie.
—Solo falta esto.
—Mañana no podrás levantarte.
—Tengo que hacerlo.
La nana la miró con lágrimas contenidas.
—¿Por qué te estás haciendo esto?
Aitana bajó la mirada hacia sus manos.
—Porque si me rindo ahora, él va a pensar que tenía razón.
Y continuó.
A las tres y veinte de la madrugada terminó.
La casa estaba impecable.
Aitana dejó la última cosa en su lugar y cerró los ojos durante unos segundos. No sintió orgullo. No sintió satisfacción.
Solo cansancio.
Entonces escuchó pasos.
Gael bajaba las escaleras.
Había estado durmiendo.
Se detuvo al verla todavía despierta.
—¿Todavía estás trabajando?
Aitana lo miró.
—Ya terminé.
Gael recorrió la casa con la mirada.
—Bien.
Solo eso.
Ni un gracias.
Ni una palabra de reconocimiento.
Aitana sostuvo su mirada durante unos segundos y después tomó su bolso.
—Me voy a dormir. En unas horas tengo que ir a la universidad.
Gael no respondió.
Ella comenzó a subir las escaleras.
Pero antes de llegar al segundo piso, escuchó su voz.
—Aitana.
Se detuvo.
—Mañana quiero que empieces con el jardín.
Aitana cerró los ojos.
No dijo nada.
Siguió caminando.
Gael se quedó abajo, observándola desaparecer por las escaleras.
Y por primera vez, una pequeña duda apareció en su cabeza.
Había querido castigarla.
Había querido demostrarle que no podía aprovecharse de su apellido.
Pero verla trabajar hasta las tres de la madrugada no le produjo la satisfacción que esperaba.
Mientras tanto, en su habitación, Aitana se dejó caer sobre la cama.
No lloró.
Ya no tenía fuerzas.
Miró el reloj.
3:27 a. m.
En menos de cuatro horas tendría que levantarse.
Cerró los ojos.
Y sin saberlo, aquella noche había comenzado algo mucho más peligroso que una simple discusión entre esposos.
Porque Valentina había conseguido que Gael cruzara un límite.
Y Aitana acababa de descubrir cuánto dolor podria soportar.