Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Geovanny
Desperté en un horno.
Esa fue mi primera conciencia antes de abrir los ojos. Un calor sofocante que no provenía del exterior sino de mi propio cuerpo, ardiendo desde los huesos hacia la piel. Intenté moverme y un dolor punzante me atravesó las sienes. Mi garganta estaba seca, arenosa, como si hubiera tragado vidrio molido durante la noche.
—Geovanny
la voz de Romina llegó desde muy lejos.
— Geovanny, ¿estás bien?
Quise responder que sí, que estaba bien, que todo estaba bien. Pero lo único que salió de mi boca fue un gemido ronco.
Sentí su mano en mi frente, fresca como un milagro, y luego escuché su voz, más cerca, con un dejo de preocupación.
—Estás ardiendo. No te muevas.
La cama se hundió ligeramente cuando se levantó. La oí caminar, abrir una puerta, susurrar algo con su madre. Intenté abrir los ojos, pero los párpados pesaban como plomo.
Cuando por fin logré entrever algo, la luz de la mañana se colaba por la ventana y Romina estaba a mi lado, con un termómetro en la mano.
—Mide treinta y nueve con cinco
anunció, con ese tono que usaba para los números, exacto, profesional.
— Tienes fiebre.
—Estoy bien
logré articular, aunque mi voz sonaba a grava.
— Solo un poco de frío.
—No estás bien. Estás enfermo. Te lo dije anoche, con esa ropa mojada y caminando bajo la lluvia... pero tú terco.
Quise sonreír, pero el gesto se convirtió en una tos seca que me sacudió entero.
—Voy a cuidarte
dijo, y no era una pregunta. Era una sentencia.
Así comenzó aquella mañana.
Romina se movía por la habitación con una determinación que me dejaba sin aliento. Bajaba, subía, traía mantas, preparaba infusiones, cambiaba el paño de mi frente. Cada vez que se acercaba, su olor ese perfume suyo mezclado con el jabón de su casa me envolvía como un bálsamo.
—Bebe esto
me ordenó en un momento, acercándome una taza humeante.
Era una infusión de jengibre, canela y miel. Caliente, picante, dulce. La bebí a sorbos lentos mientras ella me observaba con atención.
—Toma
dijo después, ofreciéndome unas pastillas.
— Bajará la fiebre.
Obedecí sin cuestionar. Era extraño dejarme cuidar. Toda mi vida había sido el que resolvía problemas, el que arreglaba todo, el que estaba para los demás. Nadie se había quedado a mi lado cuando estaba enfermo. Ni mi padre, ni las asistentes, ni las parejas ocasionales. Pero ella estaba ahí, con sus manos frescas y sus ojos preocupados.
—¿Cómo te sientes?
preguntó mientras me ayudaba a recostarme de nuevo.
—Mejor
mentí.
—Mentiroso.
Sonrió, y esa sonrisa valió más que cualquier medicina.
Pasaron las horas. La fiebre subía y bajaba. En los momentos de mayor calor, deliraba. No recuerdo bien lo que dije, pero ella después me contó que hablé de mi madre, de aquel día en el hospital cuando tenía nueve años, de lo mucho que la extrañaba.
—lo siento por lo de tu mamá.
dijo en uno de mis momentos lúcidos, mientras cambiaba el paño de mi frente.
—Fue hace mucho.
Le dije.
—Eso no importa. Una madre siempre se extraña.
Su voz se quebró apenas en la última palabra. Abrí los ojos y la vi, con el cabello recogido en un moño desordenado, las manos ocupadas con el paño, los ojos fijos en mí.
—Mi mamá dice que la fiebre baja con cuidado y con paciencia
dijo.
—Así que voy a tener paciencia contigo. Aunque seas el paciente más terco que he tenido.
—¿Has cuidado a muchos enfermos?
—A mis hermanos. Siempre se enfermaban juntos, los dos a la vez. Mi mamá trabajaba, mi papá estaba en el taller. Así que aprendí.
Esa imagen una Romina adolescente cuidando a dos gemelos con fiebre, dando medicinas, cambiando paños, preparando infusiones me golpeó con una ternura feroz.
—Eres increíble
dije, sin pensarlo. Ella se sonrojó.
—Solo sé cuidar. Eso es todo.
El mediodía llegó con la fiebre bajando lentamente. Romina apenas se había movido de mi lado. Su madre subió varias veces, dejaba comida, miraba con aprobación silenciosa, y se iba. Los hermanos asomaban la cabeza, curiosos, pero ella los ahuyentaba con un gesto.
En una de mis horas más lúcidas, la encontré dormitando en la silla, la cabeza apoyada en el borde de la cama, una mano sobre mi brazo como si incluso durmiendo necesitara asegurarse de que seguía ahí.
La observé un largo rato. Su rostro relajado, sus pestañas largas, sus labios ligeramente entreabiertos. El sol de la tarde entraba por la ventana y pintaba su cabello con tonos cálidos.
Moví la mano con cuidado para no despertarla y toqué suavemente sus dedos. Ella suspiró en sueños, se movió apenas, pero no despertó.
Supe en ese momento, con la fiebre cediendo y la claridad volviendo a mi mente, que no había vuelta atrás. Que ella era la única mujer que podría cuidar de mí, que podría estar a mi lado en las horas bajas, que podría sostener mi mano cuando la vida pesara demasiado.
Y supe también que yo quería cuidar de ella. De ella y de nuestro hijo. Que quería ser el que estuviera despierto cuando ella enfermara, el que preparara infusiones, el que cambiara paños, el que la mirara dormir y sintiera que el mundo tenía sentido.
Cuando despertó, la fiebre había bajado casi por completo.
—Treinta y siete con dos
anunció, después de medirme.
—Ya pasó lo peor.
—Gracias a ti.
Ella negó con la cabeza.
—Gracias a tu cuerpo. Eres fuerte.
—No es mi cuerpo. Eres tú. Estuviste aquí todo el tiempo.
Se quedó callada, mirando sus manos.
—No podía dejarte solo
dijo al fin, con una honestidad que me partió el alma.
— Nadie debería estar solo cuando está enfermo.
—Mi madre decía lo mismo
susurré.
Nuestras miradas se encontraron. En sus ojos marrones vi algo que no había visto antes. No era lástima, no era obligación. Era algo más profundo, más antiguo. Algo que se parecía peligrosamente a lo que yo sentía desde hacía cuatro años.
—Romina
dije.
— Lo que siento por to...
—No
me interrumpió.
— No ahora. No cuando tienes fiebre. No cuando estás vulnerable. Después. Cuando estés bien. Cuando vuelvas a ser el Geovanny terco que llegó a mi casa bajo la lluvia.
Sonreí. Me rendí.
—Está bien. Después.
Pero esa noche, cuando ella volvió a acostarse a mi lado en esa cama demasiado pequeña, cuando su cuerpo se pegó al mío como buscando calor a pesar de que mi fiebre ya había cedido, supe que el después ya había llegado.
Y que ella también lo sabía.
Continuara....