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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:60
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23

—Mis abuelos —dijo Damián el domingo en la mañana, mientras Julián sacaba el coche— están grandes y están solos. Mi papá casi no va. Mi tío menos. Y a ellos les hace bien que alguien joven les alegre el día.

—¿Y yo por qué? —Yo todavía traía en el cuerpo la semana entera: el audio, Fernanda, la beca, mi papá sirviéndole tequila a mi marido secreto.

—Porque a cambio te consigo lo que andas pidiendo por debajo de la mesa. —Me miró—. Los mapas catastrales de Nueva Aurora. Los planos de la Inmobiliaria. Sé que los estás juntando, Rena. No eres tan discreta como crees. Consiente a mis abuelos y yo te abro esos archivos. Sin preguntas.

Me quedé callada. Era un trato. Yo entendía los tratos; llevaba siete años pagando uno. Y este, por lo menos, no me pedía que fingiera querer a nadie.

—Está bien —dije—. ¿Qué les gusta?

—Que los oigan.

La casona de los Carvajal estaba en las Lomas, detrás de una barda de piedra con hiedra, con un zaguán de madera vieja que olía a cera y a flores cortadas. Yo esperaba mármol y frialdad, retratos de gente muerta mirándome feo. Y sí había mármol. Pero también había un canario cantando, y macetas por todos lados, y un olor a caldo de pollo que salía de la cocina como sale de cualquier casa donde alguien te espera.

Llevé regalos. Una jaula con dos pericos australianos —uno azul, uno verde—, porque la señora del puesto de mascotas del mercado me dijo que a los viejitos les alegra tener a quién cuidar. Llevé también unos frascos de miel de la sierra y una pomada de árnica de las que hacía mi abuela Chelo, por si les servían para las rodillas.

Doña Amparo abrió la jaula, vio los pericos, y se le llenaron los ojos de agua.

—Fernando —dijo, con la voz temblorosa—. Fernando, ven. Trajo dos. Uno azul y uno verde.

Don Fernando llegó apoyado en un bastón que parecía más adorno que necesidad, miró la jaula, y algo se le ablandó en la cara de patriarca.

—Teníamos dos así —me dijo doña Amparo, tomándome las manos entre las suyas, que estaban frías y suaves como papel—. Igualitos. Uno azul y uno verde. Se nos murieron el año pasado, con una tormenta; les cayó cerca un rayo y del susto ya no despertaron. Y mira nomás. Los volviste a traer, mija. ¿Cómo supiste?

—No sabía —dije, y era verdad, y por alguna razón eso me apretó la garganta—. Se me hicieron bonitos, nada más.

—Ay, esta muchacha. —Doña Amparo me jaló hacia adentro—. Fernando, ¿ya viste qué ojos tiene? Grises. Como de nube. Ven, mija, ven a sentarte, cuéntamelo todo, que en esta casa nunca pasa nada.

Yo venía preparada para consentir a dos ancianos por encargo, a cambio de unos planos. No venía preparada para que me recibieran como si me estuvieran esperando desde hacía años.

Me trataron como a la nieta de la casa desde el primer minuto, y eso me descolocó más que cualquier desprecio. Al desprecio yo sabía responder. A esto no.

Doña Amparo me sirvió caldo aunque le dije que no tenía hambre. Don Fernando me enseñó su dominó de hueso, ficha por ficha, y me contó de cuando ganaba torneos en el casino español. Me preguntaron la edad.

—Veinticuatro —dije.

—¿Y tu cumpleaños, mija? —preguntó doña Amparo.

—Principios de noviembre.

Se le iluminó la cara como si le hubiera dicho que me había sacado la lotería.

—¡Fernando! ¡Igual que Damián! —Me apretó la mano—. Los dos de noviembre. Escorpiones los dos. Con razón. Dos tercos, eso van a ser. Ay, mija, eso no es casualidad, eso lo manda el de allá arriba.

—Doña Amparo, son coincidencias…

—A mi edad ya no creo en coincidencias. Solo en las cosas que Dios disimula. —Me tocó la mejilla—. ¿Y esos ojos? Nunca había visto unos ojos así.

—De mi mamá —dije—. Y ella los sacó de un bisabuelo que vino de allá, de Europa, hace mucho. En mi familia nadie se acuerda ni de su nombre. Nomás quedaron los ojos.

—Quedó lo bonito —dijo don Fernando, y volvió a sus fichas, pero lo dijo con una ternura de abuelo que no me correspondía y que me tomé de todas formas, porque hacía mucho que nadie me decía cosas así sin querer algo a cambio.

Doña Amparo sacó su celular —un celular enorme, con la funda de flores— y me empezó a grabar en video, torpe, apuntándome a la frente.

—Es que me gusta tener recuerdos —se disculpó—. A mi edad uno junta recuerdos como quien junta estampitas. Sonríe, mija. Ándale. Para cuando ya no estemos.

Comimos. Y después de comer, con el sol entrando de lado por los ventanales y don Fernando adormilándose en su sillón, doña Amparo se soltó a contarme de Damián niño, y yo la dejé, porque descubrí que quería oírlo con un hambre que me daba vergüenza.

—Era terrible. —Se reía sola de acordarse—. Una vez su abuelo escondía su tequila en un frasco, allá atrás, junto al estanque, para que yo no se lo racionara. Y el niño Damián, que tendría seis años, lo encontró y lo vació enterito al agua. "Para que los peces también sean felices, Abue", me dijo. Amanecieron todos los pescados panza arriba. Borrachos. —Se limpió una lágrima de risa—. Fernando no le habló en tres días. Y el niño, en vez de pedir perdón, le compró peces nuevos con sus domingos ahorrados y no le dijo a nadie. Así era. Hacía las cosas por debajo. Nunca le gustó que lo vieran queriendo.

Nunca le gustó que lo vieran queriendo.

Se me quedó atorada la frase en algún lado del pecho.

Don Fernando abrió los ojos entonces, como si el nombre de su nieto lo hubiera despertado, y habló despacio, sin mirarme, mirando el jardín.

—A mí me quedó una espina con ese muchacho —dijo—. Hace años, antes de irse a estudiar, me prometió una cosa. Me dijo: "Abuelo, si entro a la universidad, le traigo a la casa a una muchacha. Va a querer que la conozcan." Me lo dijo con una cara. —Don Fernando movió la cabeza—. Y entró. Sacó todo. Y en vez de traerme a nadie, un día agarró sus maletas y se fue del país sin avisar. Seis años afuera. Volvió otro. Volvió con esa cara de piedra que trae ahora. Y nunca trajo a nadie. Nunca me dijo qué pasó con la muchacha esa que iba a traer. —Me miró por fin—. ¿Tú sabrás, mija? Tú que trabajas con él.

Yo tenía la cuchara en la mano y no me acordaba de para qué servía.

—No, don Fernando —dije—. No sé.

Era mentira. O no lo era. Ya no sabía qué era mentira y qué no. Esa semana me había quitado el piso debajo de todas las certezas.

Doña Amparo quiso enseñarme el estanque antes de que se metiera el sol.

Estaba atrás, en el jardín de piedra, un estanque redondo con peces de colores gordos y lentos, esos que se acercan a la orilla en cuanto sienten una sombra, esperando que les caiga de comer. Me arrodillé a verlos y por un segundo, uno solo, me acordé del estanque de un restaurante donde parábamos al volver de Chalma. Mi mamá iba a cumplir sus mandas al santuario; yo esperaba la comida pegada al agua, mirando a los peces. Hacía años que no me acordaba de eso.

—A estos los cuido yo —dijo doña Amparo, echándoles migajas—. Desde los que envenenó el terrible. Ya van muchas generaciones. Los peces se heredan, ¿sabías, mija? Como las casas. Como los anillos. —Se tocó, sin darse cuenta, un aro que traía en la mano derecha, uno verde, profundo, que atrapó la luz—. Uno se va y deja lo que quiso para que otro lo siga queriendo.

Se inclinó a echar la última migaja.

Y de repente su mano soltó el pan, y se le fue el color de la cara, y dijo "ay", muy quedito, como quien se disculpa, y se ladeó.

Se ladeó hacia el agua.

No lo pensé. No hay nada que pensar en un segundo así. Me tiré hacia ella y la agarré del brazo y del vestido y jalé con todo lo que tenía hacia el otro lado, hacia la piedra, hacia lo seguro, y sentí que la enderezaba, que la salvaba, que doña Amparo caía sentada en el borde firme y no en el agua.

Lo que no calculé fue mi propio peso yéndose para el lado contrario.

El borde mojado. Mi zapato resbalando. El cielo dando una vuelta entera sobre mi cabeza.

Y el agua.

El agua verde y fría del estanque tragándome de golpe, entrando por la nariz, por la boca, cerrándose arriba de mí como una tapa. Manoteé. No hice pie. El estanque era más hondo de lo que parecía desde afuera, o el susto lo hizo hondo, y yo nunca aprendí a nadar, nunca, en mi colonia no había alberca, y lo único que alcancé a pensar, mientras el agua me metía para abajo y los peces gordos huían de mi sombra, fue qué manera tan tonta, tan tonta, de morirse.

Oí, lejísimos, arriba, un grito. La voz de doña Amparo.

Y oí, más cerca, un golpe de agua encima de mí, un cuerpo entrando entero, y unas manos —esas manos, las que me untaban la pomada en la espalda, las que le desespinaban las rosas al rosal— cerrándose alrededor de mi cintura y jalándome hacia arriba, hacia la luz, con una fuerza que no admitía que yo me quedara ahí abajo.

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