Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 9
Cap 9: Sacar tajada
Susana apartó los dibujos para ponerme una taza de té.
—Primero explícame por qué una bolsa tan chiquita necesita tantas hojas.
Había dibujado el frente, la vuelta, el cierre y las medidas. En la otra vida cosí bolsos siguiendo patrones que otros vendían por mucho más de lo que yo cobraba al terminarlos. Ahora reconocía qué partes de una idea podían fabricarse y cuáles solo se veían bonitas en el papel.
Le enseñé dos modelos con combinaciones de color que recordaba de años posteriores. Había cambiado proporciones y detalles para hacerlos con materiales que podíamos conseguir allí.
—Podríamos ofrecérselos a una marca. Usted pone el contacto; ellos fabrican.
Susana revisó una medida con la regla.
—¿Y quién me dice que no agarran el dibujo y ya?
No lo había resuelto. Me quedé mirando las hojas.
—No les damos todo desde el principio. Primero una muestra. Y usted ve qué se firma.
—Eso ya suena mejor.
Conocía a una compradora vinculada con 0220. Se llevó copias, guardó mis originales en una carpeta y me advirtió que siguiera haciendo moños mientras esperaba. Los dibujos no pagaban nada hasta que alguien aceptara comprarlos.
La primera respuesta tardó semanas. Pidieron cambios en el cierre. Volví a dibujarlo y Susana me hizo preparar una pieza de prueba para ver si las medidas funcionaban.
Cuando llegó el pago del primer patrón, ella me sentó frente a sus cuentas. Separó el material, los gastos y lo que correspondía a cada una. Me hizo revisar las sumas.
Yo solo veía la cantidad que quedaba para mí.
—Eso no me lo puedo llevar a casa.
—Ya sé.
Fuimos al banco. Susana abrió una cuenta a su nombre para apartar aquel dinero del movimiento diario de la boutique. Yo no era titular; dependía de que ella cumpliera. Por eso llevábamos un registro de cada ingreso y de lo que me entregaba.
Guardé mi copia entre los libros de Praga. No era independencia completa, pero al menos Herminia no podía encontrar el dinero revisando mi mochila.
En la escuela empecé a vigilarme demasiado.
Me gustaba contestar en inglés, hasta que todos esperaban que supiera siempre la respuesta. El día del dictado reconocí casi todas las palabras y dejé algunas mal a propósito, mezcladas con otras que de verdad no sabía escribir.
Pensé que una calificación baja haría que dejaran de observarme. Beatriz me pidió quedarme después de clase.
—Lee esto en voz alta.
Lo leí.
—Ahora explícame por qué aquí escribiste otra cosa.
Busqué una excusa y no encontré una que no sonara preparada.
—Me cuesta escribirlo.
—Algunas sí. Otras no. Vamos a repasarlas.
No me acusó de nada. Me hizo trabajar hasta que dejé de mirar el reloj. Salí con más tarea y la sospecha de que había conseguido exactamente lo contrario de lo que quería.
Aun así, en matemáticas volví a hacerlo. Dejé errores fáciles y saqué setenta. Quería parecer una niña que podía fallar, no alguien que siempre encontraba la respuesta antes de que acabaran la pregunta.
Cuando vi la nota, pensé en la beca y me arrepentí. Si necesitaba ayuda de los maestros, les estaba dando razones para vigilarme; si quería proteger mi plaza, no podía acostumbrarlos a que me diera lo mismo perder puntos.
Lucero miró mi examen sin burlarse.
—Estudiamos juntas para el siguiente.
Asentí. Era más sencillo aceptar eso que explicarle cuánto esfuerzo estaba gastando en parecer menos capaz de lo que era.
Una tarde salí tarde del repaso de inglés. Había pocos alumnos en la calle de atrás. Me iba dando prisa para alcanzar el cruce cuando vi a Ulises junto a la barda.
Con él estaba una muchacha que no conocía. Llevaba una chamarra grande y miraba hacia la esquina, como si quisiera irse.
—Saca lo que traigas —dijo él.
—No tengo dinero.
—En escuela de ricos y sin dinero. Sí, cómo no.
Me quitó la mochila. Cayeron los cuadernos y los libros que Lázaro había forrado para mí. Ulises metió la mano en el bolsillo pequeño y lo volvió del revés.
No encontró nada. Me alegré de haber dejado las cuentas en Praga, pero no duró mucho: pateó el libro de inglés hacia la calle.
—¡Ese no!
Me agaché a recogerlo y me agarró del hombro. La cachetada me dejó un oído zumbando.
Quise gritar. Él se acercó otra vez y miré el espacio que quedaba entre su cuerpo y la barda. Tenía que salir hacia la calle, donde pudieran verme; detrás no había por dónde.
La muchacha dio un paso.
—Ya, Ulises. Vámonos.
—Espérate, Elisa.
Elisa. Cuando el viento le pegó la chamarra al cuerpo, vi una curva bajo la tela que no correspondía con sus brazos delgados. Puso la mano allí enseguida y me miró, incómoda.
No podía saberlo solo por eso. Pero recordé un rumor de la otra vida: una novia de Ulises, una muchacha que había terminado en el hospital. Nunca le presté atención suficiente para quedarme con todos los detalles.
Ahora tenía un nombre. Elisa.
Me odié un poco por pensar en cómo podía servirme mientras ella estaba ahí, esperando que terminara el abuso. También estaba enojada con ella por mirar y no hacer más. Las dos cosas se me mezclaron mientras recogía los libros.
Ulises pisó uno antes de que pudiera alcanzarlo.
—Pídelo bien.
Me quedé agachada. Pensé en el maestro borrando el nombre de otro alumno para que yo escribiera el mío.
—Quita el pie.
Levantó la mano. Oí el freno de una bicicleta, tan cerca que volví la cara por instinto.
—¡Déjala!
Rogelio tiró la bici y se metió entre nosotros.