Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 15
El estruendo de la puerta de roble al cerrarse retumbó en las paredes de mármol del recibidor de la mansión. El silencio que siguió fue aún más violento. David no se quitó la chaqueta del esmoquin; se quedó de pie, con los hombros tensos y la respiración pesada, mientras Anna caminaba hacia la escalera con una parsimonia que le resultaba insultante.
—No he terminado contigo, Anna —soltó David. Su voz no era un grito, era un gruñido bajo, cargado de una posesividad que hacía vibrar el aire.
Anna se detuvo en el primer escalón. Se giró lentamente, sosteniendo el bajo de su vestido de seda perla con una mano, mientras la otra descansaba sobre la barandilla. Su rostro era una máscara de porcelana fría, pero sus ojos verdes centelleaban con una chispa de rebelión que David nunca había visto en la oficina.
—¿"Terminado"? —repitió ella, arqueando una ceja—. No soy un informe de ventas que puedas archivar a tu antojo, David. Si tienes algo que decir sobre mi comportamiento profesional, puedes enviarme un memorándum mañana a las nueve.
David acortó la distancia en tres zancadas depredadoras. Se detuvo en el escalón inferior, quedando a la misma altura que ella. El aroma a sándalo y la furia contenida de él la envolvieron, chocando con el perfume de jazmín que ella había vuelto a usar esa noche como un acto de guerra psicológica.
—¿Comportamiento profesional? —David soltó una risa seca, desprovista de humor—. Permitir que Arturo Varga te toque la espalda desnuda frente a toda la élite de la ciudad no es profesional. Es una provocación. Es un insulto a mi nombre.
—Tu nombre —bufó Anna, cruzándose de brazos, lo que hizo que el escote de su vestido se tensara peligrosamente—. Siempre se trata de tu nombre, de tu herencia, de tu control. Arturo reconoció mi capacidad analítica en cinco minutos, algo que tú no has hecho en tres años. Él me ve como una estratega; tú me ves como un activo estático en tu balance general.
—Él te ve como una forma de llegar a mí —rugió David, dando un paso más, invadiendo el último centímetro de aire entre ellos—. Y tú le sonreíste como si... como si fueras libre de elegir.
—¡Es que lo soy! —replicó ella, su voz elevándose por primera vez—. Te recuerdo que esto es solo un contrato, David. Un acuerdo legal diseñado por dos abuelas con delirios de grandeza. No me posees. No eres mi dueño. Fuera de las cámaras y de este mausoleo de piedra, no somos nada.
Esas palabras fueron el detonante. David perdió el último vestigio de su legendario control. Con un movimiento fluido y brusco, la tomó por la cintura y la empujó contra la pared lateral de la escalera. El impacto fue seco, pero no doloroso; la espalda descubierta de Anna chocó contra la frialdad del papel tapiz de seda mientras el cuerpo cálido y sólido de David la acorralaba.
La atrapó colocando ambas manos a los lados de su cabeza, aprisionándola en un espacio que solo pertenecía a ellos dos. La sensualidad de la escena era insoportable. Anna sintió el calor de los muslos de David contra los suyos, la presión de su pecho contra sus pechos, y el ritmo frenético del corazón de él golpeando contra su propio esternón.
—"Solo un contrato", ¿eh? —susurró David, su rostro a milímetros del de ella. Sus ojos grises estaban oscuros, las pupilas tan dilatadas que apenas quedaba rastro del iris—. Entonces, ¿por qué tiemblas, Anna? ¿Por qué tu pulso está tratando de salirse de tu piel justo donde yo puedo verlo?
Él bajó la mirada a la garganta de ella, donde una pequeña vena latía con una violencia delatora. Anna intentó mantener la barbilla alta, pero su respiración era errática. El contacto físico estaba derritiendo su lógica analítica. Podía sentir el deseo posesivo de David emanando de cada poro, una fuerza primitiva que reclamaba territorio.
—Es indignación, David —logró decir ella, aunque su voz sonó más rota de lo que pretendía—. Es la reacción natural de un organismo ante una agresión.
—Mientes —sentenció él. David deslizó una mano desde la pared hacia la mejilla de ella, sus dedos rozando la mandíbula con una delicadeza que contrastaba con la violencia de su postura—. Tu cuerpo recuerda lo que tu mente intenta negar. Recuerda la noche en que no había contratos, solo nosotros.
David se inclinó, rozando con su nariz la oreja de Anna, inhalando profundamente. Su mano bajó por el cuello de ella, sus dedos trazando la línea de su clavícula con una lentitud tortuosa. Anna cerró los ojos, un gemido de protesta se quedó atrapado en su garganta. Estaba a punto de ceder, a punto de rodearle el cuello con los brazos y confesar que la noche de la discoteca no fue un error, sino un despertar.
David sintió la rendición de ella en la forma en que sus hombros cayeron ligeramente. Estaba tan cerca de besarla, de marcarla de nuevo, de borrar el rastro de Arturo con su propia boca. Su posesividad estaba a punto de transformarse en una entrega total.
Pero entonces, el orgullo, ese viejo aliado de ambos, se interpuso.
Anna recordó la imagen de David en la oficina, tratándola como una molestia burocrática. David recordó la huida de ella al amanecer, dejándolo solo con una perla y un vacío en el pecho.
Anna abrió los ojos y empujó el pecho de David con ambas manos. No fue un empuje fuerte, pero fue suficiente para romper el hechizo.
—No vuelvas a usar tu fuerza para intentar ganar una discusión, David. Si quieres mi lealtad, gánatela con respeto, no con acorralamientos nocturnos.
David se apartó, sus manos volviendo a sus costados, apretadas en puños. La frustración brillaba en sus ojos como un fuego mal apagado. Se sentía como un león al que le habían quitado la presa justo antes de la dentada final.
—Respeto —repitió él, su voz recuperando una frialdad cortante—. El respeto se basa en la honestidad, Anna. Y mientras sigas fingiendo que no eres la mujer que estuvo en mi cama, no esperes que te trate como a una socia. Te trataré como a la esposa que firmó el contrato: con distancia.
—Perfecto —dijo ella, subiendo los escalones que faltaban sin mirar atrás—. Entonces estamos de acuerdo. Mañana volveremos a la "distancia profesional". Buenas noches, esposo.
Anna desapareció en el pasillo superior, su corazón todavía martilleando una canción de deseo y rabia. David se quedó solo en el vestíbulo, mirando la marca que las manos de ella habían dejado en su camisa blanca. El territorio estaba marcado, pero la guerra estaba lejos de terminar. El orgullo los había separado por centímetros, pero la tensión sexual que habían dejado atrás seguía quemando en el aire, una mecha encendida que tarde o temprano haría estallar la mansión Bianchi.