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PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:644
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?

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Cerveza, confianza y un hombre llamado Arthur Ford

La tarde se deslizó entre risas y anécdotas que se prolongaron hasta mucho después de que el sol comenzara a hundirse en el horizonte. Lo que empezó como un sencillo almuerzo se convirtió en una cena entre hombres que apenas se conocían de hacía un par de horas, pero que ya se trataban como viejos camaradas.

—Sabes —dijo el señor MacAllister, golpeando suavemente el hombro de Cal—, tengo a mi hija Dorotea. Creo que es más o menos de tu edad. Es una chica de buen ver, educada y trabajadora. Deberías conocerla cuando lleguemos a Nueva York. Seguro que se caerían bien.

Cal sonrió con calma, pero con sinceridad.

—Claro, sería un placer. Ya estoy soltero, así que puedo conocer a todas las señoritas que quieran presentarme. Pero debo confesarle algo, señor MacAllister… —hizo una pausa, mirándolo a los ojos con seriedad—. No creo que sea lo suficientemente hombre para una hija criada por usted. Siento que lo defraudaría.

Todos estallaron en carcajadas.

—¡Vaya con el muchacho! —exclamó otro—. No solo se come las alitas con entusiasmo, sino que también sabe adular a estos viejos sin que nos demos cuenta. ¡Eso sí que es talento!

—¡Oigan, espérenme a mí! —intervino un tercero, levantando la voz entre risas—. ¡Yo ya le había pedido la mano de Dorotea para mi hijo! ¿Me están haciendo trampa aquí?

Las bromas volaron de un lado a otro, pero se notaba que todo era amistad pura. Cal sonrió para sí mismo. Esto es lo que necesito, pensó. Un círculo de hombres leales, que se apoyen entre sí. En mi otra vida tenía conocidos, no amigos. Cuando caí, todos desaparecieron. Pero estos hombres… sé que no me darían la espalda.

Se sirvió un vaso de cerveza oscura y espumosa. Lo observó con cierta cautela.

—Nunca he probado esto —confesó—. ¿Debo tomarlo de un golpe o poco a poco?

—Despacio, muchacho —le aconsejó el más anciano del grupo—. Al principio puede parecerte áspera, incluso amarga. Pero dale tiempo. Como la vida misma: lo que al principio te incomoda, después se vuelve tu mejor compañía.

Cal tomó un sorbo pequeño. El sabor fue fuerte, amargo, diferente a todo lo que conocía. Resiste, se dijo a sí mismo. No hagas muecas. Sonríe. Esto vale más que el sabor.

—Refrescante —dijo al terminar, limpiándose los labios con la manga de su camisa, tal como había visto hacer a ellos—. Ciertamente refrescante. Creo que voy a beber un poco cada día hasta que me acostumbre a su sabor. Es… bastante agradable.

Los hombres aplaudieron con risas. Para ellos, ese pequeño gesto valía más que cualquier discurso refinado: Cal estaba bajando su barrera para encontrarse con ellos a su propio nivel.

Cuando la noche ya estaba caída, uno de los hombres se apartó un momento con el mayor del grupo, hablando en voz baja. Cal lo notó. Las miradas se cruzaron entre ellos. Comprendió que tenían asuntos importantes que tratar, y que él era un extraño en esa conversación. Se levantó, tomando su saco.

—Bueno señores, ha sido una velada inolvidable, pero creo que tienen compromisos que atender. Los dejo en paz. Fue un placer conocerlos.

—¿De qué hablas, muchacho? —lo detuvo el anciano, con voz firme pero amable—. Tú te quedas. —Se giró hacia el hombre que había hablado aparte—. Alista un asiento más y sirve otro plato. Cal se queda con nosotros.

—Pero señor… —balbuceó el hombre—. Es la reunión con el señor Arthur Ford. Viene directamente del Banco Central. Es un asunto muy delicado…

—¿Y a mí qué me importa quién sea? —espetó el anciano, con una autoridad que hizo callar a todos—. Si él quiere hablar con nosotros, acepta que nuestro amigo se siente con nosotros. Si no quiere… que se vaya. Dile eso. Y si Cal no entra, ninguno de nosotros entra. Así de simple.

El hombre se marchó apresurado, visiblemente nervioso. Cal lo miró con los ojos muy abiertos. Arthur Ford, resonó en su mente. El presidente del Banco Central de Reserva de los Estados Unidos.

—¿Qué se cree este tal Ford? —masculló el anciano—. Que porque tiene un título importante puede venir a decirnos cómo hacer las cosas. Conmigo nadie se pone exigente. Nadie.

Cal respiró hondo, sintiendo el peso de ese gesto. No lo habían invitado por lástima. No lo habían tolerado por cortesía. Lo habían aceptado como uno de los suyos, tan rápido que ni él mismo lo había esperado. Y en ese momento comprendió que esa amistad valía más que todas las tierras que había comprado. Porque las tierras podían perderse, pero la lealtad de hombres así… eso era un tesoro que ningún dinero podía comprar.

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